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La Inteligencia Emocional

31 de Diciembre, 2009  ·  Goleman, Daniel

Daniel Goleman

Inteligencia Emocional

Preparado por: www.capitalemocional.com

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES

PARTE I  

EL CEREBRO EMOCIONAL  

1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?  

2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL  

PARTE II  

LA NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL  

3. CUANDO EL LISTO ES TONTO_  

4. CONÓCETE A TI MISMO_  

5. ESCLAVOS DE LA PASIÓN_  

6. LA APTITUD MAESTRA_  

7. LAS RAÍCES DE LA EMPATÍA_  

8. LAS ARTES SOCIALES_  

PARTE III  

INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA_  

9. ENEMIGOS ÍNTIMOS_  

10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN_  

11. LA MENTE Y LA MEDICINA_  

PARTE IV_  

UNA PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD_  

12. EL CRISOL FAMILIAR_  

13. TRAUMA Y REEDUCACIÓN EMOCIONAL  

14. EL TEMPERAMENTO NO ES EL DESTINO_  

PARTE V_  

LA ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL  

15. EL COSTE DEL ANALFABETISMO EMOCIONAL  

16. LA ESCOLARIZACIÓN DE LAS EMOCIONES_  

APÉNDICE A ¿QUÉ ES LA EMOCIÓN? PAGEREF _Toc72311913 h 182 08D0C9EA79F9BACE118C8200AA004BA90B02000000080000000D0000005F0054006F0063003700320033003100310039003100330000000000

APÉNDICE B PARTICULARIDADES DE LAMENTE EMOCIONAL  

APÉNDICE C LOS CIRCUITOS NEURALES DELMIEDO_  

APÉNDICE D EL CONSORCIO W.T. GRANTLOS COMPONENTES ACTIVOS DE LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN_  

APÉNDICE E EL CURRICULUM DE SELFSCIENCE_  

APÉNDICE F APRENDIZAJE SOCIAL YEMOCIONAL: RESULTADOS  

NOTAS  

 

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES

Cualquiera puede enfadarse, eso esalgo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momentooportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, noresulta tan sencillo.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Era una bochornosa tarde deagosto en la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen quela gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel,tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo, me impresionóla cálida bienvenida del conductor, un hombre de raza negra de mediana edad encuyo rostro se esbozaba una sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso«¡Hola! ¿Cómo está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros quesubían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el denso tráfico delcentro de la ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos conidéntica amabilidad, el sofocante clima del día parecía afectarles hasta elpunto de que muy pocos le devolvían el saludo.

No obstante, a medida que elautobús reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo lugaruna lenta y mágica transformación. El conductor inició, en voz alta, un diálogoconsigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que iba comentandogenerosamente las escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en esosgrandes almacenes, una hermosa exposición en aquel museo y qué decir de lapelícula recién estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidentesatisfacción que le producía hablarnos de las múltiples alternativas queofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al finalde su trayecto y descendía del vehículo, parecía haberse sacudido de encima elhalo de irritación con el que subiera y, cuando el conductor le despedía con un«¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abiertasonrisa.

El recuerdo de aquelencuentro ha permanecido conmigo durante casi veinte años. Aquel día acababa dedoctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca oninguna atención a la forma en que tienen lugar estas transformaciones.

La ciencia psicológica sabíamuy poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesarde todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús era elepicentro de una contagiosa oleada de buenos sentimientos que, a traves de suspasajeros, se extendía por toda la ciudad. Aquel conductor era un conciliadornato, una especie de mago que tenía el poder de conjurar el nerviosismo y elmal humor que atenazaban a sus pasajeros, ablandando y abriendo un poco suscorazones.

Veamos ahora el marcadocontraste que nos ofrecen algunas noticias recogidas en los periódicos de laúltima semana:

En una escuela local, unniño de nueve años, aquejado de un acceso de violencia porque unos compañerosde tercer curso le habían llamado «mocoso», vertió pintura sobre pupitres, ordenadorese impresoras y destruyó un automóvil que se hallaba estacionado en elaparcamiento.

Ocho jóvenes resultanheridos a causa de un incidente ocurrido cuando una multitud de adolescentes seapiñaban en la puerta de entrada de un club de rap de Manhattan. El incidente,que se inició con una serie de empujones, llevó a uno de los implicados adisparar sobre la multitud con un revólver de calibre 38. El periodista subrayael aumento alarmante de estas reacciones desproporcionadas ante situaciones nimiasque se interpretan como faltas de respeto.

Según un informe, elcincuenta y siete por ciento de los asesinatos de menores de doce años fueroncometidos por sus padres o padrastros. En casi la mitad de los casos, lospadres trataron de justificar su conducta aduciendo que «lo único que deseabanera castigar al pequeño». Cuya falta, la mayoría de las veces, había consistidoen una «infracción» tan grave como ponerse delante del televisor, gritar oensuciar los pañales.

Un joven alemán es juzgadopor provocar un incendio que terminó con la vida de cinco mujeres y niñas deorigen turco mientras éstas dormían. El joven, integrante de un grupo neonazi,trató de disculpar su conducta aludiendo a su inestabilidad laboral, a susproblemas con el alcohol y a su creencia de que los culpables de su malafortuna eran los extranjeros. Y, con un hilo de voz apenas audible, concluyó sudeclaración diciendo «Me arrepentiré toda la vida. Estoy profundamenteavergonzado de lo que hicimos».

A diario, los periódicos nosacosan con noticias que hablan del aumento de la inseguridad y de ladegradación de la vida ciudadana. Fruto de una irrupción descontrolada de losimpulsos.

Pero este tipo de noticiassimplemente nos devuelve la imagen ampliada de la creciente pérdida de control sobrelas emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nosrodean. Nadie permanece a salvo de esta marea errática de arrebatos yarrepentimientos que, de una manera u otra, acaba salpicando toda nuestra vida.

En la última década hemosasistido a un bombardeo constante de este tipo de noticias que constituye elfiel reflejo de nuestro grado de torpeza emocional, de nuestra desesperación yde la insensatez de nuestra familia, de nuestra comunidad y, en suma, de todanuestra sociedad. Estos años constituyen la apretada crónica de la rabia y ladesesperación galopantes que bullen en la callada soledad de unos niños cuyamadre trabajadora los deja con la televisión como única niñera, en elsufrimiento de los niños abandonados, descuidados o que han sido víctimas deabusos sexuales y en la mezquina intimidad de la violencia conyugal. Estemalestar emocional también es el causante del alarmante incremento de ladepresión en todo el mundo y de las secuelas que lo deja tras de sí lainquietante oleada de la violencia: escolares armados, accidentesautomovilísticos que terminan a tiros, parados resentidos que masacran a susantiguos compañeros de trabajo, etcétera. Abuso emocional, heridas de bala yestrés postraumático son expresiones que han llegado a formar parte del léxicofamiliar de la última década, al igual que el moderno cambio de eslogan desdeel jovial «¡Que tenga un buen día!» a la suspicacia del «¡Hazme tener un buendía!».

Este libro constituye unaguía para dar sentido a lo aparentemente absurdo. En mi trabajo como psicólogoy —en la última década— como periodista del New York Times, he tenido laoportunidad de asistir a la evolución de nuestra comprensión científica deldominio de lo irracional. Desde esta privilegiada posición he podido constatarla existencia de dos tendencias contrapuestas, una que refleja la crecientecalamidad de nuestra vida emocional y la otra que nos parece brindarnos algunassoluciones sumamente esperanzadoras.

¿POR QUÉ ESTA INVESTIGACION AHORA?

A pesar de la abundancia demalas noticias, durante la última década hemos asistido a una eclosión sinprecedentes de investigaciones científicas sobre la emoción, uno de cuyosejemplos más elocuentes ha sido el poder llegar a vislumbrar el funcionamientodel cerebro gracias a la innovadora tecnología del escáner cerebral. Estosnuevos medios tecnológicos han desvelado por vez primera en la historia humanauno de los misterios más profundos: el funcionamiento exacto de esa intrincadamasa de células mientras estamos pensando, sintiendo, imaginando o soñando.

Este aporte de datosneurobiológicos nos permite comprender con mayor claridad que nunca la maneraen que los centros emocionales del cerebro nos incitan a la rabia o al llanto,el modo en que sus regiones más arcaicas nos arrastran a la guerra o al amor yla forma en que podemos canalizarlas hacia el bien o hacia el mal.

Esta comprensión—desconocida hasta hace muy poco— de la actividad emocional y de susdeficiencias pone a nuestro alcance nuevas soluciones para remediar la crisisemocional colectiva.

Para escribir este libro hetenido que aguardar a que la cosecha de la ciencia fuera lo suficientementefructífera. Este conocimiento ha tardado tanto en llegar porque, durante muchosaños, la investigación ha soslayado el papel desempeñado por los sentimientosen la vida mental, dejando que las emociones fueran convirtiéndose en el grancontinente inexplorado de la psicología científica. Y todo este vacío hapropiciado la aparición de un torrente de libros de autoayuda llenos deconsejos bien intencionados, aunque basados, en el mejor de los casos, enopiniones clínicas con muy poco fundamento científico, si es que poseen alguno.Pero hoy en día la ciencia se halla, por fin, en condiciones de hablar conautoridad de las cuestiones más apremiantes y contradictorias relativas a losaspectos más irracionales del psiquismo y de cartografiar, con ciertaprecisión, el corazón del ser humano.

Esta tarea constituye unauténtico desafío para quienes suscriben una visión estrecha de la inteligenciay aseguran que el CI (CI: coeficiente o cociente intelectual) es un datogenético que no puede ser modificado por la experiencia vital y que el destinode nuestras vidas se halla, en buena medida, determinado por esta aptitud. Peroeste argumento pasa por alto una cuestión decisiva: ¿qué cambios podemos llevara cabo para que a nuestros hijos les vaya bien en la vida? ¿Qué factores entranen juego, por ejemplo, cuando personas con un elevado CI no saben qué hacermientras que otras, con un modesto, o incluso con un bajo CI, lo hacensorprendentemente bien? Mi tesis es que esta diferencia radica con muchafrecuencia en el conjunto de habilidades que hemos dado en llamar inteligenciaemocional, habilidades entre las que destacan el autocontrol, el entusiasmo, laperseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Y todas estascapacidades, como podremos comprobar, pueden enseñarse a los niños,brindándoles así la oportunidad de sacar el mejor rendimiento posible alpotencial intelectual que les haya correspondido en la lotería genética.

Más allá de esta posibilidadpuede entreverse un ineludible imperativo moral. Vivimos en una época en la queel entramado  de nuestra sociedad parecedescomponerse aceleradamente, una época en la que el egoísmo, la violencia y lamezquindad espiritual parecen socavar la bondad de nuestra vida colectiva. Deahí la importancia de la inteligencia emocional, porque constituye el vínculoentre los sentimientos, el carácter y los impulsos morales. Además, existe lacreciente evidencia de que las actitudes éticas fundamentales que adoptamos enla vida se asientan en las capacidades emocionales subyacentes. Hay que teneren cuenta que el impulso es el vehículo de la emoción y que la semilla de todoimpulso es un sentimiento expansivo que busca expresarse en la acción.Podríamos decir que quienes se hallan a merced de sus impulsos —quienes carecende autocontrol— adolecen de una deficiencia moral porque la capacidad decontrolar los impulsos constituye el fundamento mismo de la voluntad y delcarácter.

Por el mismo motivo, la raízdel altruismo radica en la empatía, en la habilidad para comprender lasemociones de los demás y es por ello por lo que la falta de sensibilidad hacialas necesidades o la desesperación ajenas es una muestra patente de falta deconsideración. Y si existen dos actitudes morales que nuestro tiempo necesitacon urgencia son el autocontrol y el altruismo.

NUESTRO VIAJE

El presente libro constituyeuna guía para conocer todas esas visiones científicas sobre la emoción, unviaje cuyo objetivo es proporcionarnos una mejor comprensión de una de lasfacetas más desconcertantes de nuestra vida y del mundo que nos rodea.

La meta de nuestro viajeconsiste en llegar a comprender el significado —y el modo— de dotar deinteligencia a la emoción, una comprensión que, en sí misma, puede servirnos degran ayuda, porque el hecho de tomar conciencia del dominio de los sentimientospuede tener un efecto similar al que provoca un observador en el mundo de lafísica cuántica, es decir, transformar el objeto de observación.

Nuestro viaje se inicia enla primera parte con una revisión de los descubrimientos más recientes sobre laarquitectura emocional del cerebro que nos explica una de las coyunturas másdesconcertantes de nuestra vida, aquélla en que nuestra razón se ve desbordadapor el sentimiento. Llegar a comprender la interacción de las diferentesestructuras cerebrales que gobiernan nuestras iras y nuestros temores —onuestras pasiones y nuestras alegrías— puede enseñarnos mucho sobre la forma enque aprendemos los hábitos emocionales que socavan nuestras mejoresintenciones, así como también puede mostrarnos el mejor camino para llegar adominar los impulsos emocionales más destructivos y frustrantes. Y, lo que esaún más importante, todos estos datos neurológicos dejan una puerta abierta ala posibilidad de modelar los hábitos emocionales de nuestros hijos.

En la segunda parte, lasiguiente parada importante de nuestro recorrido, examinaremos el papel quedesempeñan los datos neurológicos en esa aptitud vital básica que denominamosinteligencia emocional, esa disposición que nos permite, por ejemplo, tomar lasriendas de nuestros impulsos emocionales, comprender los sentimientos másprofundos de nuestros semejantes, manejar amablemente nuestras relaciones odesarrollar lo que Aristóteles denominara la infrecuente capacidad de «enfadarsecon la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con elpropósito justo y del modo correcto». (Aquellos lectores que no se sientanatraídos por los detalles neurológicos tal vez quieran comenzar el librodirectamente por este capítulo).

Este modelo ampliado de loque significa «ser inteligente» otorga a las emociones un papel centralen el conjunto de aptitudes necesarias para vivir. En la tercera parteexaminamos algunas de las diferencias fundamentales originadas por este tipo deaptitudes: cómo pueden ayudarnos, por ejemplo, a cuidar nuestras relaciones máspreciadas o cómo, por el contrario, su ausencia puede llegar a destruirlas;cómo las fuerzas económicas que modelan nuestra vida laboral están poniendo unénfasis sin precedentes en estimular la inteligencia emocional para alcanzar eléxito laboral; cómo las emociones tóxicas pueden llegar a ser tan peligrosaspara nuestra salud física como fumar varios paquetes de tabaco al día y cómo,por último, el equilibrio emocional contribuye, por el contrario, a protegernuestra salud y nuestro bienestar.

La herencia genética nos hadotado de un bagaje emocional que determina nuestro temperamento, pero loscircuitos cerebrales implicados en la actividad emocional son tanextraordinariamente maleables que no podemos afirmar que el carácter determinenuestro destino. Como muestra la cuarta parte de nuestro libro, las leccionesemocionales que aprendimos en casa y en la escuela durante la niñez modelanestos circuitos emocionales tornándonos más aptos —o más ineptos— en el manejode los principios que rigen la inteligencia emocional. En este sentido, lainfancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilarlos hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestrasvidas.

La quinta parte explora cuáles la suerte que aguarda a aquellas personas que, en su camino hacia lamadurez, no logran controlar su mundo emocional y de qué modo las deficienciasde la inteligencia emocional aumentan el abanico de posibles riesgos, riesgosque van desde la depresión hasta una vida llena de violencia, pasando por lostrastornos alimentarios y el abuso de las drogas.

Esta parte también documentaextensamente los esfuerzos realizados en este sentido por ciertas escuelaspioneras que se dedican a enseñar a los niños las habilidades emocionales ysociales necesarias para mantener encarriladas sus vidas.

El conjunto de datos másinquietantes de todo el libro tal vez sea el que nos habla de la investigaciónllevada a cabo entre padres y profesores y que demuestra el aumento de latendencia en la presente generación infantil al aislamiento, la depresión, laira, la falta de disciplina, el nerviosismo, la ansiedad, la impulsividad y laagresividad, un aumento, en suma, de los problemas emocionales.

Si existe una solución, éstadebe pasar necesariamente, en mi opinión, por la forma en que preparamos anuestros jóvenes para la vida. En la actualidad dejamos al azar la educaciónemocional de nuestros hijos con consecuencias más que desastrosas. Como ya hedicho, una posible solución consistiría en forjar una nueva visión acerca delpapel que deben desempeñar las escuelas en la educación integral delestudiante, reconciliando en las aulas a la mente y al corazón. Nuestro viajeconcluye con una visita a algunas escuelas innovadoras que tratan de enseñar alos niños los principios fundamentales de la inteligencia emocional. Quisieraimaginar que, algún día, la educación incluirá en su programa de estudios laenseñanza de habilidades tan esencialmente humanas como el autoconocimiento, elautocontrol, la empatía y el arte de escuchar, resolver conflictos y colaborarcon los demás.

En su Ética a Nicómaco. Aristótelesrealiza una indagación filosófica sobre la virtud, el carácter y la felicidad,desafiándonos a gobernar inteligentemente nuestra vida emocional. Nuestraspasiones pueden abocar al fracaso con suma facilidad y. de hecho, así ocurre enmultitud de ocasiones; pero cuando se hallan bien adiestradas, nos proporcionansabiduría y sirven de guía a nuestros pensamientos, valores y supervivencia.Pero, como dijo Aristóteles, el problema no radica en las emociones en sí sino ensu conveniencia y en la oportunidad de su expresión. La cuestión esencial es: ¿dequé modo podremos aportar más inteligencia a nuestras emociones, más civismo anuestras calles y más afecto a nuestra vida social?

PARTE I

EL CEREBRO EMOCIONAL

 

1.    ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?

 

Sólo se puede ver correctamente con el corazón; loesencial permanece invisible para el ojo.

Antoine de Saint-Exupéry, El principito

Ahora, los últimos momentosde las vidas de Gary y Mary Jane Chauncey, un matrimonio completamente entregadoa Andrea, su hija de once años, a quien una parálisis cerebral terminóconfinando a una silla de ruedas. Los Chauncey viajaban en el tren anfibio quese precipitó a un río de la región pantanosa de Louisiana después de que unabarcaza chocara contra el puente del ferrocarril y lo semidestruyera. Pensandoexclusivamente en su hija Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible porsalvarla mientras el tren iba sumergiéndose en el agua y se las arreglaron, dealgún modo, para sacarla a través de una ventanilla y ponerla a salvo en manosdel equipo de rescate. Instantes después, el vagón terminó sumergiéndose en lasprofundidades y ambos perecieron. La historia de Andrea, la historia de unospadres cuyo postrero acto de heroísmo fue el de garantizar la supervivencia desu hija, refleja unos instantes de un valor casi épico. No cabe la menor dudade que este tipo de episodios se habrá repetido en innumerables ocasiones a lolargo de la prehistoria y la historia de la humanidad, por no mencionar lasveces que habrá ocurrido algo similar en el dilatado curso de la evolución.Desde el punto de vista de la biología evolucionista, la autoinmolaciónparental está al servicio del «éxito reproductivo» que supone transmitirlos genes a las generaciones futuras, pero considerado desde la perspectiva deunos padres que deben tomar una decisión desesperada en una situación limite,no existe más motivación que el amor.

Este ejemplar acto deheroísmo parental, que nos permite comprender el poder y el objetivo de lasemociones, constituye un testimonio claro del papel desempeñado por el amoraltruista —y por cualquier otra emoción que sintamos— en la vida de los sereshumanos. De hecho, nuestros sentimientos, nuestras aspiraciones y nuestrosanhelos más profundos constituyen puntos de referencia ineludibles y nuestraespecie debe gran parte de su existencia a la decisiva influencia de lasemociones en los asuntos humanos. El poder de las emociones es extraordinario,sólo un amor poderoso —la urgencia por salvar al hijo amado, por ejemplo— puedellevar a unos padres a ir más allá de su propio instinto de supervivenciaindividual. Desde el punto de vista del intelecto, se trata de un sacrificioindiscutiblemente irracional pero, visto desde el corazón, constituye la únicaelección posible.

Cuando los sociobiólogosbuscan una explicación al relevante papel que la evolución ha asignado a lasemociones en el psiquismo humano, no dudan en destacar la preponderancia delcorazón sobre la cabeza en los momentos realmente cruciales. Son las emociones—afirman— las que nos permiten afrontar situaciones demasiado difíciles —elriesgo, las pérdidas irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo apesar de las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una familia,etcétera— como para ser resueltas exclusivamente con el intelecto. Cada emociónnos predispone de un modo diferente a la acción; cada una de ellas nos señalauna dirección que, en el pasado, permitió resolver adecuadamente losinnumerables desafíos a que se ha visto sometida la existencia humana. En estesentido, nuestro bagaje emocional tiene un extraordinario valor desupervivencia y esta importancia se ve confirmada por el hecho de que lasemociones han terminado integrándose en el sistema nervioso en forma de tendenciasinnatas y automáticas de nuestro corazón.

Cualquier concepción de lanaturaleza humana que soslaye el poder de las emociones pecará de unalamentable miopía. De hecho, a la luz de las recientes pruebas que nos ofrecela ciencia sobre el papel desempeñado por las emociones en nuestra vida, hastael mismo término homo sapiens —la especie pensante— resulta un tanto equivoco.Todos sabemos por experiencia propia que nuestras decisiones y nuestrasacciones dependen tanto —y a veces más— de nuestros sentimientos como denuestros pensamientos. Hemos sobrevalorado la importancia de los aspectospuramente racionales (de todo lo que mide el CI) para la existencia humana pero,para bien o para mal, en aquellos momentos en que nos vemos arrastrados por lasemociones, nuestra inteligencia se ve francamente desbordada.

CUANDO LA PASION DESBORDA A LA RAZON

Fue una terrible tragedia.Matilda Crabtree, una niña de catorce años, quería gastar una broma a suspadres y se ocultó dentro de un armario para asustarles cuando éstos, despuésde visitar a unos amigos, volvieran a casa pasada la medianoche.

Pero Bobby Crabtree y suesposa creían que Matilda iba a pasar la noche en casa de una amiga. Por ellocuando, al regresar a su hogar, oyeron ruidos. Crabtree no dudó en coger supistola, dirigirse al dormitorio de Matilda para averiguar lo que ocurría ydispararle a bocajarro en el cuello apenas ésta salió gritando por sorpresa delinterior del armario. Doce horas más tarde, Matilda Crabtree fallecía. El miedoque nos lleva a proteger del peligro a nuestra familia constituye uno de loslegados emocionales con que nos ha dotado la evolución. El miedo fueprecisamente el que empujó a Bobby Crabtree a coger su pistola y buscar alintruso que creía que merodeaba por su casa. Pero aquel mismo miedo fue tambiénel que le llevó a disparar antes de que pudiera percatarse de cuál era elblanco, antes incluso de que pudiera reconocer la voz de su propia hija. Segúnafirman los biólogos evolucionistas, este tipo de reacciones automáticas haterminado inscribiéndose en nuestro sistema nervioso porque sirvió paragarantizar la vida durante un periodo largo y decisivo de la prehistoria humanay, más importante todavía, porque cumplió con la principal tarea de laevolución, perpetuar las mismas predisposiciones genéticas en la progenie. Sinembargo, a la vista de la tragedia ocurrida en el hogar de los Crabtree, todoesto no deja de ser una triste ironía.

Pero, si bien las emocioneshan sido sabias referencias a lo largo del proceso evolutivo, las nuevasrealidades que nos presenta la civilización moderna surgen a una velocidad talque deja atrás al lento paso de la evolución. Las primeras leyes y códigoséticos -el código de Hammurabi, los diez mandamientos del AntiguoTestamento o los edictos del emperador Ashoka— deben considerarsecomo intentos de refrenar, someter y domesticar la vida emocional puesto que,como ya explicaba Freud en El malestar de la cultura, la sociedad se havisto obligada a imponer normas externas destinadas a contener la desbordantemarea de los excesos emocionales que brotan del interior del individuo.

No obstante, a pesar detodas las limitaciones impuestas por la sociedad, la razón se ve desbordada detanto en tanto por la pasión, un imponderable de la naturaleza humana cuyoorigen se asienta en la arquitectura misma de nuestra vida mental. El diseñobiológico de los circuitos nerviosos emocionales básicos con el que nacemos nolleva cinco ni cincuenta, sino cincuenta mil generaciones demostrando sueficacia. Las lentas y deliberadas fuerzas evolutivas que han ido modelandonuestra vida emocional han tardado cerca de un millón de años en llevar a cabosu cometido, y de éstos, los últimos diez mil —a pesar de haber asistido a unavertiginosa explosión demográfica que ha elevado la población humana desdecinco hasta cinco mil millones de personas— han tenido una escasa repercusiónen las pautas biológicas que determinan nuestra vida emocional.

Para bien o para mal,nuestras valoraciones y nuestras reacciones ante cualquier encuentro interpersonalno son el fruto exclusivo de un juicio exclusivamente racional o de nuestrahistoria personal, sino que también parecen arraigarse en nuestro remoto pasadoancestral. Y ello implica necesariamente la presencia de ciertas tendenciasque, en algunas ocasiones —como ocurrió, por ejemplo, en el lamentableincidente acaecido en el hogar de los Crabtree—, pueden resultar ciertamentetrágicas. Con demasiada frecuencia, en suma, nos vemos obligados a afrontar losretos que nos presenta el mundo postmoderno con recursos emocionales adaptadosa las necesidades del pleistoceno. Éste, precisamente, es el tema fundamentalsobre el que versa nuestro libro.

Impulsos para la acción

Un día de comienzos deprimavera, yo me hallaba atravesando un puerto de montaña de una carretera deColorado cuando, de pronto, mi vehículo se vio atrapado en una ventisca. Lacegadora blancura del remolino de nieve era tal que, por más que entornara lamirada, no podía ver absolutamente nada. Disminuí entonces la velocidadmientras la ansiedad se apoderaba de mi cuerpo y podía escuchar con claridadlos latidos de mi corazón.

Pero la ansiedad terminóconvirtiéndose en miedo y entonces detuve mi coche a un lado de la calzadadispuesto a esperar a que amainase la tormenta. Media hora más tarde dejó denevar, la visibilidad volvió y pude proseguir mi viaje. Unos pocos centenaresde metros más abajo, sin embargo, me vi obligado a detenerme de nuevo porquedos vehículos que habían colisionado bloqueaban la carretera mientras el equipode una ambulancia auxiliaba a uno de los pasajeros. De haber seguido adelanteen medio de la tormenta, es muy probable que yo también hubiera chocado conellos.

Tal vez aquel día el miedome salvara la vida. Como un conejo paralizado de terror ante las huellas de unzorro —o como un protomamifero ocultándose de la mirada de un dinosaurio— me viarrastrado por un estado interior que me obligó a detenerme, prestar atención ytomar conciencia de la proximidad del peligro.

Todas las emociones son, enesencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática conlos que nos ha dotado la evolución. La misma raíz etimológica de la palabraemoción proviene del verbo latino movere (que significa «moverse») másel prefijo «e-», significando algo así como «movimiento hacia» ysugiriendo, de ese modo, que en toda emoción hay implícita una tendencia a laacción. Basta con observar a los niños o a los animales para darnos cuenta deque las emociones conducen a la acción; es sólo en el mundo «civilizado» de losadultos en donde nos encontramos con esa extraña anomalía del reino animal enla que las emociones —los impulsos básicos que nos incitan a actuar— parecenhallarse divorciadas de las reacciones.

La distinta improntabiológica propia de cada emoción evidencia que cada una de ellas desempeña unpapel único en nuestro repertorio emocional (véase el apéndice A para mayoresdetalles sobre las emociones «básicas»). La aparición de nuevos métodos paraprofundizar en el estudio del cuerpo y del cerebro confirma cada vez con mayordetalle la forma en que cada emoción predispone al cuerpo a un tipo diferentede respuesta.

El enojo aumenta el flujo sanguíneo a las manos, haciendomás fácil empuñar un arma o golpear a un enemigo; también aumenta el ritmo cardiacoy la tasa de hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energíanecesaria para acometer acciones vigorosas.

En el caso del miedo,la sangre se retira del rostro (lo que explica la palidez y la sensación de«quedarse frío») y fluye a la musculatura esquelética larga —como las piernas,por ejemplo- favoreciendo así la huida. Al mismo tiempo, el cuerpo pareceparalizarse, aunque sólo sea un instante, para calibrar, tal vez, si el hechode ocultarse pudiera ser una respuesta más adecuada. Las conexiones nerviosasde los centros emocionales del cerebro desencadenan también una respuestahormonal que pone al cuerpo en estado de alerta general, sumiéndolo en lainquietud y predisponiéndolo para la acción, mientras la atención se fija en laamenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta más apropiada.

Uno de los principalescambios biológicos producidos por la felicidad consiste en el aumento enla actividad de un centro cerebral que se encarga de inhibir los sentimientosnegativos y de aquietar los estados que generan preocupación, al mismo tiempoque aumenta el caudal de energía disponible. En este caso no hay un cambiofisiológico especial salvo, quizás, una sensación de tranquilidad que hace queel cuerpo se recupere más rápidamente de la excitación biológica provocada porlas emociones perturbadoras. Esta condición proporciona al cuerpo un reposo, unentusiasmo y una disponibilidad para afrontar cualquier tarea que se estéllevando a cabo y fomentar también, de este modo, la consecución de una ampliavariedad de objetivos.

El amor, los sentimientos de ternura y la satisfacciónsexual activan el sistema nervioso parasimpático (el opuesto fisiológico de larespuesta de «lucha-o-huida» propia del miedo y de la ira).

La pauta de reacción parasimpática—ligada a la «respuesta de relajación»— engloba un amplio conjunto dereacciones que implican a todo el cuerpo y que dan lugar a un estado de calma ysatisfacción que favorece la convivencia.

El arqueo de las cejas queaparece en los momentos de sorpresa aumenta el campo visual y permite quepenetre más luz en la retina, lo cual nos proporciona más información sobre elacontecimiento inesperado, facilitando así el descubrimiento de lo querealmente ocurre y permitiendo elaborar, en consecuencia, el plan de acción másadecuado.

El gesto que expresadesagrado parece ser universal y transmite el mensaje de que algo resultaliteral o metafóricamente repulsivo para el gusto o para el olfato. Laexpresión facial de disgusto —ladeando el labio superior y frunciendoligeramente la nariz— sugiere, como observaba Darwin, un intento primordial decerrar las fosas nasales para evitar un olor nauseabundo o para expulsar unalimento tóxico.

La principal función de latristeza consiste en ayudarnos a asimilar una pérdida irreparable (como lamuerte de un ser querido o un gran desengaño). La tristeza provoca ladisminución de la energía y del entusiasmo por las actividades vitales—especialmente las diversiones y los placeres— y, cuanto más se profundiza y seacerca a la depresión, más se enlentece el metabolismo corporal. Este encierrointrospectivo nos brinda así la oportunidad de llorar una pérdida o unaesperanza frustrada, sopesar sus consecuencias y planificar, cuando la energíaretorna, un nuevo comienzo. Esta disminución de la energía debe haber mantenidotristes y apesadumbrados a los primitivos seres humanos en las proximidades desu hábitat, donde más seguros se encontraban.

Estas predisposicionesbiológicas a la acción son modeladas posteriormente por nuestras experienciasvitales y por el medio cultural en que nos ha tocado vivir. La pérdida de unser querido. por ejemplo, provoca universalmente tristeza y aflicción, pero laforma en que expresamos esa aflicción -el tipo de emociones que expresamos oque guardamos en la intimidad— es moldeada por nuestra cultura, como también loes, por ejemplo, el tipo concreto de personas que entran en la categoría de «seresqueridos» y que, por tanto, deben ser llorados.

El largo período evolutivodurante el cual fueron moldeándose estas respuestas fue, sin duda, el más crudoque ha experimentado la especie humana desde la aurora de la historia. Fue untiempo en el que muy pocos niños lograban sobrevivir a la infancia, un tiempoen el que menos adultos todavía llegaban a cumplir los treinta años, un tiempoen el que los depredadores podían atacar en cualquier momento, un tiempo, ensuma, en el que la supervivencia o la muerte por inanición dependían del umbralimpuesto por la alternancia entre sequías e inundaciones. Con la invención dela agricultura, no obstante, las probabilidades de supervivencia aumentaronradicalmente aun en las sociedades humanas más rudimentarias. En los últimosdiez mil años, estos avances se han consolidado y difundido por todo el mundoal mismo tiempo que las brutales presiones que pesaban sobre la especie humanahan disminuido considerablemente.

Estas mismas presiones sonlas que terminaron convirtiendo a nuestras respuestas emocionales en un eficazinstrumento de supervivencia pero, en la medida en que han ido desapareciendo,nuestro repertorio emocional ha ido quedando obsoleto. Si bien, en un pasadoremoto, un ataque de rabia podía suponer la diferencia entre la vida y lamuerte, la facilidad con la que, hoy en día, un niño de trece años puedeacceder a una amplia gama de armas de fuego ha terminado convirtiendo a larabia en una reacción frecuentemente desastrosa.

Nuestras dos mentes

Una amiga estuvo hablándomede su divorcio, un doloroso proceso de separación. Su marido se había enamoradode una compañera de trabajo y un buen día le anunció que quería irse a vivircon ella. A aquel momento siguieron meses de amargos altercados con respecto alhogar conyugal, el dinero y la custodia de los hijos. Ahora, pocos meses mástarde, me hablaba de su autonomía y de su felicidad. «Ya no pienso en él—decía, con los ojos humedecidos por las lágrimas— eso es algo que ha dejado depreocuparme.» El instante en que sus ojos se humedecieron podía perfectamentehaber pasado inadvertido para mí, pero la comprensión empática (un acto de lamente emocional) de sus ojos húmedos me permitió, más allá de las palabras (unacto de la mente racional), percatarme claramente de su evidente tristeza comosi estuviera leyendo un libro abierto.

En un sentido muy real,todos nosotros tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente quesiente, y estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan paraconstruir nuestra vida mental. Una de ellas es la mente racional, la modalidadde comprensión de la que solemos ser conscientes, más despierta, más pensativa,más capaz de ponderar y de reflexionar. El otro tipo de conocimiento, másimpulsivo y más poderoso —aunque a veces ilógico—, es la mente emocional (véaseel apéndice B para una descripción más detallada de los rasgos característicosde la mente emocional).

La dicotomía entre loemocional y lo racional se asemeja a la distinción popular existente entre el«corazón» y la «cabeza». Saber que algo es cierto «en nuestro corazón»pertenece a un orden de convicción distinto —de algún modo, un tipo de certezamás profundo— que pensarlo con la mente racional. Existe una proporcionalidadconstante entre el control emocional y el control racional sobre la mente yaque, cuanto más intenso es el sentimiento, más dominante llega a ser la menteemocional.., y más ineficaz, en consecuencia, la mente racional. Ésta es unaconfiguración que parece derivarse de la ventaja evolutiva que supuso disponer,durante incontables ocasiones, de emociones e intuiciones que guiaran nuestrasrespuestas inmediatas frente a aquellas situaciones que ponían en peligronuestra vida, situaciones en las que detenernos a pensar en la reacción másadecuada podía tener consecuencias francamente desastrosas.

La mayor parte del tiempo,estas dos mentes —la mente emocional y la mente racional— operan en estrechacolaboración, entrelazando sus distintas formas de conocimiento para guiarnosadecuadamente a través del mundo. Habitualmente existe un equilibrio entre lamente emocional y la mente racional, un equilibrio en el que la emociónalimenta y da forma a las operaciones de la mente racional y la mente racionalajusta y a veces censura las entradas procedentes de las emociones. En todocaso, sin embargo, la mente emocional y la mente racional constituyen, como veremos,dos facultades relativamente independientes que reflejan el funcionamiento decircuitos cerebrales distintos aunque interrelacionados. En muchísimasocasiones, pues, estas dos mentes están exquisitamente coordinadas porque lossentimientos son esenciales para el pensamiento y lo mismo ocurre a la inversa.

Pero, cuando aparecen laspasiones, el equilibrio se rompe y la mente emocional desborda y secuestra a lamente racional.

Erasmo, el humanista delsiglo XVI, describió irónicamente del siguiente modo esta tensión perenne entrela razón y la emoción:

«Júpiter confiere muchamás pasión que razón, en una proporción aproximada de veinticuatro a uno. El haerigido dos irritables tiranos para oponerse al poder solitario de la razón: laira y la lujuria. La vida ordinaria del hombre evidencia claramente laimpotencia de la razón para oponerse a las fuerzas combinadas de estos dostiranos. Ante ella, la razón hace lo único que puede, repetir fórmulasvirtuosas, mientras que las otras dos se desgañitan, de un modo cada vez másruidoso y agresivo, exhortando a la razón a seguirlas hasta que finalmenteésta, agotada, se rinde y se entrega.»

EL DESARROLLO DEL CEREBRO

Para comprender mejor elgran poder de las emociones sobre la mente pensante —y la causa del frecuenteconflicto existente entre los sentimientos y la razón— consideraremos ahora laforma en que ha evolucionado el cerebro. El cerebro del ser humano, ese kilo ypico de células y jugos neurales, tiene un tamaño unas tres veces superior alde nuestros primos evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de millonesde años de evolución, el cerebro ha ido creciendo desde abajo hacia arriba, porasí decirlo, y los centros superiores constituyen derivaciones de los centrosinferiores más antiguos (un desarrollo evolutivo que se repite, por cierto, enel cerebro de cada embrión humano).

La región más primitiva delcerebro, una región que compartimos con todas aquellas especies que sólodisponen de un rudimentario sistema nervioso, es el tallo encefálico, que sehalla en la parte superior de la médula espinal. Este cerebro rudimentarioregula las funciones vitales básicas, como la respiración, el metabolismo delos otros órganos corporales y las reacciones y movimientos automáticos. Malpodríamos decir que este cerebro primitivo piense o aprenda porque se tratasimplemente de un conjunto de reguladores programados para mantener elfuncionamiento del cuerpo y asegurar la supervivencia del individuo. Éste es elcerebro propio de la Edadde los Reptiles, una época en la que el siseo de una serpiente era la señal queadvertía la inminencia de un ataque.

De este cerebro primitivo—el tallo encefálico— emergieron los centros emocionales que, millones de añosmás tarde, dieron lugar al cerebro pensante —o «neocórtex»— ese gran bulbo detejidos replegados sobre sí que configuran el estrato superior del sistemanervioso. El hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional yque éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticasrelaciones existentes entre el pensamiento y el sentimiento.

La raíz más primitiva denuestra vida emocional radica en el sentido del olfato o, más precisamente, enel lóbulo olfatorio, ese conglomerado celular que se ocupa de registrar yanalizar los olores. En aquellos tiempos remotos el olfato fue un órganosensorial clave para la supervivencia, porque cada entidad viva, ya seaalimento, veneno, pareja sexual, predador o presa, posee una identificaciónmolecular característica que puede ser transportada por el viento.

A partir del lóbuloolfatorio comenzaron a desarrollarse los centros más antiguos de la vidaemocional, que luego fueron evolucionando hasta terminar recubriendo porcompleto la parte superior del tallo encefálico. En esos estadiosrudimentarios, el centro olfatorio estaba compuesto de unos pocos estratosneuronales especializados en analizar los olores. Un estrato celular seencargaba de registrar el olor y de clasificarlo en unas pocas categoríasrelevantes (comestible, tóxico, sexualmente disponible, enemigo o alimento) yun segundo estrato enviaba respuestas reflejas a través del sistema nerviosoordenando al cuerpo las acciones que debía llevar a cabo (comer, vomitar,aproximarse, escapar o cazar).

Con la aparición de losprimeros mamíferos emergieron también nuevos estratos fundamentales en elcerebro emocional. Estos estratos rodearon al tallo encefálico a modo de unarosquilla en cuyo hueco se aloja el tallo encefálico. A esta parte del cerebroque envuelve y rodea al tallo encefálico se le denominó sistema «límbico», untérmino derivado del latín limbus, que significa «anillo». Este nuevoterritorio neural agregó las emociones propiamente dichas al repertorio derespuestas del cerebro.”

Cuando estamos atrapados porel deseo o la rabia, cuando el amor nos enloquece o el miedo nos haceretroceder, nos hallamos, en realidad, bajo la influencia del sistema límbico.

La evolución del sistemalímbico puso a punto dos poderosas herramientas: el aprendizaje y la memoria,dos avances realmente revolucionarios que permitieron ir más allá de lasreacciones automáticas predeterminadas y afinar las respuestas para adaptarlasa las cambiantes exigencias del medio, favoreciendo así una toma de decisionesmucho más inteligente para la supervivencia. Por ejemplo, si un determinadoalimento conducía a la enfermedad, la próxima vez seria posible evitarlo.Decisiones como la de saber qué ingerir y qué expulsar de la boca seguíantodavía determinadas por el olor y las conexiones existentes entre el bulboolfatorio y el sistema límbico, pero ahora se enfrentaban a la tarea dediferenciar y reconocer los olores, comparar el olor presente con los olorespasados y discriminar lo bueno de lo malo, una tarea llevada a cabo por el«rinencéfalo» —que literalmente significa «el cerebro nasal»— una parte delcircuito limbico que constituye la base rudimentaria del neocórtex, el cerebropensante.

Hace unos cien millones deaños, el cerebro de los mamíferos experimentó una transformación radical quesupuso otro extraordinario paso adelante en el desarrollo del intelecto, ysobre el delgado córtex de dos estratos se asentaron los nuevos estratos decélulas cerebrales que terminaron configurando el neocórtex (la región queplanifica, comprende lo que se siente y coordina los movimientos).

El neocórtex del Homosapiens, mucho mayor que el de cualquier otra especie, ha traído consigo todolo que es característicamente humano. El neocórtex es el asiento delpensamiento y de los centros que integran y procesan los datos registrados porlos sentidos. Y también agregó al sentimiento nuestra reflexión sobre él y nospermitió tener sentimientos sobre las ideas, el arte, los símbolos y lasimágenes.

A lo largo de la evolución,el neocórtex permitió un ajuste fino que sin duda habría de suponer una enormeventaja en la capacidad del individuo para superar las adversidades, haciendomás probable la transmisión a la descendencia de los genes que contenían lamisma configuración neuronal. La supervivencia de nuestra especie debe mucho altalento del neocórtex para la estrategia, la planificación a largo plazo yotras estrategias mentales, y de él proceden también sus frutos más maduros: elarte, la civilización y la cultura.

Este nuevo estrato cerebralpermitió comenzar a matizar la vida emocional. Tomemos, por ejemplo, el amor.Las estructuras límbicas generan sentimientos de placer y de deseo sexual (lasemociones que alimentan la pasión sexual) pero la aparición del neocórtex y desus conexiones con el sistema limbico permitió el establecimiento del vinculoentre la madre y el hijo, fundamento de la unidad familiar y del compromiso alargo plazo de criar a los hijos que posibilita el desarrollo del ser humano.En las especies carentes de neocórtex —como los reptiles, por ejemplo— elafecto materno no existe y los recién nacidos deben ocultarse para evitar serdevorados por la madre. En el ser humano, en cambio, los vínculos protectoresentre padres e hijos permiten disponer de un proceso de maduración que perduratoda la infancia, un proceso durante el cual el cerebro sigue desarrollándose.

A medida que ascendemos en la escala filogenética que conducede los reptiles al mono rhesus y, desde ahí, hasta el ser humano, aumenta lamasa neta del neocórtex, un incremento que supone también una progresióngeométrica en el número de interconexiones neuronales. Y además hay que teneren cuenta que, cuanto mayor es el número de tales conexiones, mayor es tambiénla variedad de respuestas posibles. El neocórtex permite, pues, un aumento dela sutileza y la complejidad de la vida emocional como, por ejemplo, tenersentimientos sobre nuestros sentimientos. El número de interconexionesexistentes entre el sistema límbico y el neocórtex es superior en el caso delos primates al del resto de las especies, e infinitamente superior todavía enel caso de los seres humanos; un dato que explica el motivo por el cual somoscapaces de desplegar un abanico mucho más amplio de reacciones —y de matices—ante nuestras emociones. Mientras que el conejo o el mono rhesus sólo disponede un conjunto muy restringido de respuestas posibles ante el miedo, elneocórtex del ser humano, por su parte, permite un abanico de respuestas muchomás maleable, en el que cabe incluso llamar al 091. Cuanto más complejo es elsistema social, más fundamental resulta esta flexibilidad; y no hay mundosocial más complejo que el del ser humano.’ Pero el hecho es que estos centrossuperiores no gobiernan la totalidad de la vida emocional porque, en losasuntos decisivos del corazón —y, más especialmente, en las situacionesemocionalmente críticas—, bien podríamos decir que delegan su cometido en elsistema limbico. Las ramificaciones nerviosas que extendieron el alcance de lazona limbica son tantas, que el cerebro emocional sigue desempeñando un papelfundamental en la arquitectura de nuestro sistema nervioso. La región emocionales el sustrato en el que creció y se desarrolló nuestro nuevo cerebro pensantey sigue estando estrechamente vinculada con él por miles de circuitosneuronales. Esto es precisamente lo que confiere a los centros de la emoción unpoder extraordinario para influir en el funcionamiento global del cerebro(incluyendo, por cierto, a los centros del pensamiento).

 

2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL

 

La vida es una comedia para quienes piensan y unatragedia para quienes sienten.

 Horace Walpole

Era una calurosa tarde deagosto del año 1963, la misma en que el reverendo Martin Luther King, jr.pronunciara en Washington aquella famosa conferencia que comenzó con la frase «Hoytuve un sueño» ante los manifestantes de la marcha en pro de los derechosciviles. Aquella tarde, Richard Robles, un delincuente habitual condenado atres años de prisión por los más de cien robos que había llevado a cabo paramantener su adicción a la heroína y que, por aquel entonces, se hallaba enlibertad condicional, decidió robar por última vez. Según declaróposteriormente, había tomado la decisión de dejar de robar pero necesitabadesesperadamente dinero para su amiga y para su hija de tres años de edad.

El lujoso apartamento delUpper East Side de Nueva York que Robles eligió para aquella ocasión pertenecíaa dos jóvenes mujeres, Janice Wylie, investigadora de la revista Newsweek, deveintiún años, y Emily Hoffert, de veintitrés años de edad y maestra en unaescuela primaria. Robles creía que no había nadie en casa pero se equivocó y.una vez dentro, se encontró con Wylie y se vio obligado a amenazarla con uncuchillo y amordazaría, y lo mismo tuvo que hacer cuando, a punto de salir,tropezó con Hoffert.

Según contó años más tarde,mientras estaba amordazando a Hoffert, Janice Wylie le aseguró que nuncalograría escapar porque ella recordaría su rostro y no cejaría hasta que lapolicía diera con él. Robles, que se había jurado que aquél sería su últimorobo, entró entonces en pánico y perdió completamente el control de sí mismo.Luego, en pleno ataque de locura, golpeó a las dos mujeres con una botellahasta dejarlas inconscientes y, dominado por la rabia y el miedo, las apuñalóuna y otra vez con un cuchillo de cocina. Veinticinco años más tarde,recordando el incidente, se lamentaba diciendo: «estaba como loco. Mi cabezasimplemente estalló».

Durante todo este tiempoRobles no ha dejado de arrepentirse de aquel arrebato de violencia. Hoy en día,treinta años más tarde, sigue todavía en prisión por lo que ha terminadoconociéndose como «el asesinato de las universitarias».

Este tipo de explosionesemocionales constituye una especie de secuestro neuronal. Según sugiere laevidencia, en tales momentos un centro del sistema limbico declara el estado deurgencia y recluta todos los recursos del cerebro para llevar a cabo suimpostergable tarea. Este secuestro tiene lugar en un instante y desencadenauna reacción decisiva antes incluso de que el neocórtex —el cerebro pensante— tengasiquiera la posibilidad de darse cuenta plenamente de lo que está ocurriendo, ymucho menos todavía de decidir si se trata de una respuesta adecuada. El rasgodistintivo de este tipo de secuestros es que, pasado el momento crítico, elsujeto no sabe bien lo que acaba de ocurrir.

Hay que decir también queestos secuestros no son, en modo alguno, incidentes aislados y que tampocosuelen conducir a crímenes tan detestables como «el asesinato de las universitarias».

En forma menos drástica,aunque no, por ello, menos intensa, se trata de algo que nos sucede a todos concierta frecuencia. Recuerde, sin ir más lejos, la última ocasión en la queusted mismo «perdió el control de la situación» y explotó ante alguien—tal vez su esposa. su hijo o el conductor de otro vehículo— con una intensidadque retrospectivamente considerada, le pareció completamente desproporcionada.Es muy probable que aquél también fuera un secuestro, un golpe de estado neuralque, como veremos, se origina en la amígdala, uno de los centros delcerebro límbico.

Pero no todos los secuestroslímbicos son tan peligrosos porque cuando por ejemplo, alguien sufre un ataquede risa, también se halla dominado por una reacción límbica, y lo mismo ocurreen los momentos de intensa alegría. Cuando Dan Jansen, tras varios intentosinfructuosos de conseguir una medalla de oro olímpica en la modalidad depatinaje sobre hielo (que, por cierto, había prometido alcanzar, en su lecho demuerte, a su moribunda hermana) logró finalmente alcanzar su objetivo en lacarrera de mil metros de la Olimpiada de Invierno de 1994 en Noruega, la excitación y laeuforia que experimentó su esposa fue tal, que tuvo que ser asistida deurgencia por el equipo médico junto a la misma pista de patinaje.

LA SEDE DETODAS LAS PASIONES

La amígdala del serhumano es una estructura relativamente grande en comparación con la de nuestrosparientes evolutivos, los primates. Existen, en realidad, dos amígdalas queconstituyen un conglomerado de estructuras interconectadas en forma de almendra(de ahí su nombre, un término que se deriva del vocablo griego que significa «almendra»),y se hallan encima del tallo encefálico, cerca de la base del anillo limbico,ligeramente desplazadas hacia delante.

El hipocampo y la amígdalafueron dos piezas clave del primitivo «cerebro olfativo» que, a lo largo delproceso evolutivo, terminó dando origen al córtex y posteriormente alneocórtex. La amígdala está especializada en las cuestiones emocionales y en laactualidad se considera como una estructura limbica muy ligada a los procesosdel aprendizaje y la memoria. La interrupción de las conexionesexistentes entre la amígdala y el resto del cerebro provoca una asombrosaineptitud para calibrar el significado emocional de los acontecimientos, unacondición que a veces se llama «ceguera afectiva».

A falta de toda cargaemocional, los encuentros interpersonales pierden todo su sentido. Un jovencuya amígdala se extirpó quirúrgicamente para evitar que sufrieraataques graves perdió todo interés en las personas y prefería sentarse a solas,ajeno a todo contacto humano. Seguía siendo perfectamente capaz de mantener unaconversación, pero ya no podía reconocer a sus amigos íntimos, a sus parientesni siquiera a su misma madre, y permanecía completamente impasible ante laangustia que les producía su indiferencia. La ausencia funcional de la amígdalaparecía impedirle todo reconocimiento de los sentimientos y todo sentimientosobre sus propios sentimientos. La amígdala constituye, pues, una especie dedepósito de la memoria emocional y, en consecuencia, también se la puedeconsiderar como un depósito de significado. Es por ello por lo que una vida sinamígdala es una vida despojada de todo significado personal.

Pero la amígdala no sóloestá ligada a los afectos sino que también está relacionada con las pasiones.Aquellos animales a los que se les ha seccionado o extirpado quirúrgicamente laamígdala carecen de sentimientos de miedo y de rabia, renuncian a la necesidadde competir y de cooperar, pierden toda sensación del lugar que ocupan dentrodel orden social y su emoción se halla embotada y ausente. El llanto, un rasgoemocional típicamente humano, es activado por la amígdala y por una estructura próximaa ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se siente apoyado, consolado yconfortado, esas mismas regiones cerebrales se ocupan de mitigar los sollozospero, sin amígdala, ni siquiera es posible el desahogo que proporcionan laslágrimas.

Joseph LeDoux, unneurocientífico del Center for Neural Science de la Universidad de NuevaYork, fue el primero en descubrir el Importante papel desempeñado por laamígdala en el cerebro emocional. LeDoux forma parte de una nueva hornada deneurocientíficos que, utilizando métodos y tecnologías innovadoras, se handedicado a cartografiar el funcionamiento del cerebro con un nivel de precisiónanteriormente desconocido que pone al descubierto misterios de la menteinaccesibles para las generaciones anteriores. Sus descubrimientos sobre loscircuitos nerviosos del cerebro emocional han llegado a desarticular lasantiguas nociones existentes sobre el sistema límbico, asignando a la amígdalaun papel central y otorgando a otras estructuras límbicas funciones muydiversas.

La investigación llevada acabo por LeDoux explica la forma en que la amígdala asume el control cuando elcerebro pensante, el neocórtex, todavía no ha llegado a tomar ninguna decisión.

Como veremos, elfuncionamiento de la amígdala y su interrelación con el neocórtex constituyenel núcleo mismo de la inteligencia emocional.

EL REPETIDOR NEURONAL

Los momentos másinteresantes para comprender el poder de las emociones en nuestra vida mentalson aquéllos en los que nos vemos inmersos en acciones pasionales de las quemás tarde, una vez que las aguas han vuelto a su cauce, nos arrepentimos.

¿Cómo podemos volvemosirracionales con tanta facilidad? Tomemos, por ejemplo, el caso de una jovenque condujo durante un par de horas para ir a Boston y almorzar y pasar el díacon su novio. Durante la comida él le regaló un cartel español muy difícil deencontrar y por el que había estado suspirando desde hacia meses. Pero todopareció desvanecerse cuando ella le sugirió que fueran al cine y él respondióque no podían pasar el día juntos porque tenía entrenamiento de béisbol. Doliday recelosa, nuestra amiga rompió entonces a llorar, salió del café y arrojó elcartel a un cubo de la basura. Meses más tarde, recordando el incidente, estabamás arrepentida por la pérdida del cartel que por haberse marchado con cajasdestempladas.

No hace mucho tiempo que laciencia ha descubierto el papel esencial desempeñado por la amígdala cuando lossentimientos impulsivos desbordan la razón. Una de las funciones de la amígdalaconsiste en escudriñar las percepciones en busca de alguna clase de amenaza. Deeste modo, la amígdala se convierte en un importante vigía de la vidamental, una especie de centinela psicológico que afronta toda situación,toda percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de todas:«¿Es algo que odio? ¿Que me pueda herir? ¿A lo que temo?» En el caso de que larespuesta a esta pregunta sea afirmativa, la amígdala reaccionará al momento poniendoen funcionamiento todos sus recursos neurales y cablegrafiando un mensajeurgente a todas las regiones del cerebro.

En la arquitectura cerebral,la amígdala constituye una especie de servicio de vigilancia dispuesto aalertar a los bomberos, la policía y los vecinos ante cualquier señal dealarma. En el caso de que, por ejemplo, suene la alarma de miedo, la amígdalaenvía mensajes urgentes a cada uno de los centros fundamentales del cerebro,disparando la secreción de las hormonas corporales que predisponen a la lucha oa la huida, activando los centros del movimiento y estimulando el sistemacardiovascular, los músculos y las vísceras: La amígdala también es laencargada de activar la secreción de dosis masivas de noradrenalina, la hormonaque aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales clave. entre las quedestacan aquéllas que estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado dealerta. Otras señales adicionales procedentes de la amígdala también seencargan de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión demiedo, paralizando al mismo tiempo aquellos músculos que no tengan que ver conla situación, aumentando la frecuencia cardiaca y la tensión sanguínea yenlenteciendo la respiración. Otras señales de la amígdala dirigen la atenciónhacia la fuente del miedo y predisponen a los músculos para reaccionar enconsecuencia. Simultáneamente los sistemas de la memoria cortical se imponensobre cualquier otra faceta de pensamiento en un intento de recuperar todoconocimiento que resulte relevante para la emergencia presente.

Estos son algunos de loscambios cuidadosamente coordinados y orquestados por la amígdala en su funciónrectora del cerebro (véase el apéndice C para tener una visión más detallada aeste respecto). De este modo, la extensa red de conexiones neuronales de la amígdalapermite, durante una crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro,incluida la mente racional.

EL CENTINELA EMOCIONAL

Un amigo me contó que, haceunos años, se hallaba de vacaciones en Inglaterra almorzando en la terraza deun café ubicado junto a un canal. Luego dio un paseo por la orilla del canalcuando de pronto, vio a una niña que miraba aterrada el agua. Antes de poderformarse una idea clara y darse cuenta de lo que pasaba, ya había saltado alcanal, sin quitarse la chaqueta ni los zapatos. Sólo una vez en el aguacomprendió que la chica miraba a un niño que estaba ahogándose y a quienfinalmente pudo terminar rescatando.

¿Qué fue lo que le hizosaltar al agua antes incluso de darse cuenta del motivo de su reacción? Larespuesta, en mi opinión, hay que buscarla en la amígdala.

En uno de losdescubrimientos más interesantes realizados en la última década sobre laemoción, LeDoux descubrió el papel privilegiado que desempeña la amígdala en ladinámica cerebral como una especie de centinela emocional capaz de secuestraral cerebro. Esta investigación ha demostrado que la primera estación cerebralpor la que pasan las señales sensoriales procedentes de los ojos o de los oídoses el tálamo y, a partir de ahí y a través de una sola sinapsis, la amígdala.Otra vía procedente del tálamo lleva la señal hasta el neocórtex, el cerebropensante. Esa ramificación permite que la amígdala comience a responderantes de que el neocórtex haya ponderado la información a través de diferentesniveles de circuitos cerebrales, se aperciba plenamente de lo que ocurre yfinalmente emita una respuesta más adaptada a la situación.

La investigación realizadapor LeDoux constituye una auténtica revolución en nuestra comprensión de lavida emocional que revela por vez primera la existencia de vías nerviosas paralos sentimientos que eluden el neocórtex. Este circuito explicaría el granpoder de las emociones para desbordar a la razón porque los sentimientos quesiguen este camino directo a la amígdala son los más intensos y primitivos.

Hasta hace poco, la visiónconvencional de la neurociencia ha sido que el ojo, el oído y otros órganossensoriales transmiten señales al tálamo y. desde ahí, a las regiones delneocórtex encargadas de procesar las impresiones sensoriales y organizarlas taly como las percibimos. En el neocórtex, las señales se interpretan parareconocer lo que es cada objeto y lo que significa su presencia. Desde elneocórtex —sostiene la vieja teoría— las señales se envían al sistema límbicoy, desde ahí, las vías eferentes irradian las respuestas apropiadas al restodel cuerpo. Ésta es la forma en la que funciona la mayor parte del tiempo, peroLeDoux descubrió, junto a la larga vía neuronal que va al córtex, la existenciade una pequeña estructura neuronal que comunica directamente el tálamo con laamígdala. Esta vía secundaria y más corta —una especie de atajo— permite que laamígdala reciba algunas señales directamente de los sentidos y emita unarespuesta antes de que sean registradas por el neocórtex.

Este descubrimiento hadejado obsoleta la antigua noción de que la amígdala depende de las señalesprocedentes del neocórtex para formular su respuesta emocional a causa de laexistencia de esta vía de emergencia capaz de desencadenar una respuestaemocional gracias un circuito reverberante paralelo que conecta la amígdala conel neocórtex. Por ello la amígdala puede llevarnos a actuar antes incluso deque el más lento —aunque ciertamente más informado— neocórtex despliegue sustambién más refinados planes de acción.

El hallazgo de LeDoux hatransformado la noción prevalente sobre los caminos seguidos por las emocionesa través de su investigación del miedo en los animales. En un experimentoconcluyente, LeDoux destruyó el córtex auditivo de las ratas y luego las expusoa un sonido que iba acompañado de una descarga eléctrica. Las ratas no tardaronen aprender a temer el sonido. aun cuando su neocórtex no llegara aregistrarlo. En este caso, el sonido seguía la ruta directa del oído al tálamoy, desde allí, a la amígdala, saltándose todos los circuitos principales. Lasratas, en suma, habían aprendido una reacción emocional sin la menorimplicación de las estructuras corticales superiores. En tal caso, la amígdalapercibía, recordaba y orquestaba el miedo de una manera completamenteindependiente de toda participación cortical. Según me dijo LeDoux: «anatómicamentehablando, el sistema emocional puede actuar independientemente del neocórtex. Existenciertas reacciones y recuerdos emocionales que tienen lugar sin la menorparticipación cognitiva consciente».

La amígdala puede albergar yactivar repertorios de recuerdos y de respuestas que llevamos a cabo sin quenos demos cuenta del motivo por el que lo hacemos, porque el atajo que va deltálamo a la amígdala deja completamente de lado al neocórtex. Este atajo permiteque la amígdala sea una especie de almacén de las impresiones y los recuerdosemocionales de los que nunca hemos sido plena. Una señal visual va de la retinaal tálamo, en donde se traduce al lenguaje del cerebro. La mayor parte de estemensaje va después al cortex visual, en donde se analiza y evalúa en busca desu significado para emitir la respuesta apropiada. Si esta respuesta esemocional, una señal se dirige a la amígdala para activar los centrosemocionales, pero una pequeña porción de la señal original va directamentedesde el tálamo a la amígdala por una vía más corta, permitiendo unarespuesta más rápida (aunque ciertamente también más imprecisa).

De este modo la amígdalapuede desencadenar una respuesta antes de que los centros corticales hayancomprendido completamente lo que está ocurriendo.

RESPUESTA DE LUCHA O HUIDA

Aumento de la frecuencia cardiacay de la tensión arterial. La musculatura larga se prepara para responderrápidamente.

(FALTA TEXTO)

mente conscientes. ¡Y LeDouxafirma que es precisamente el papel subterráneo desempeñado por la amígdala enla memoria el que explica, por ejemplo, un sorprendente experimento en el quelas personas adquirieron una preferencia por figuras geométricas extrañas cuyasimágenes habían visto previamente a tal velocidad que ni siquiera les habíapermitido ser conscientes de ellas!. Otra investigación ha demostrado que,durante los primeros milisegundos de cualquier percepción, no sólo sabemosinconscientemente de qué se trata sino que también decidimos si nos gusta o nosdesagrada. De este modo, nuestro «inconsciente cognitivo» no sólopresenta a nuestra conciencia la identidad de lo que vemos sino que también leofrece nuestra propia opinión al respecto. Nuestras emociones tienen una mentepropia, una mente cuyas conclusiones pueden ser completamente distintas a lassostenidas por nuestra mente racional.

EL ESPECIALISTA EN LA MEMORIA EMOCIONAL

Las opiniones inconscientesson recuerdos emocionales que se almacenan en la amígdala. Lainvestigación llevada a cabo por LeDoux y otros neurocientíficos parece sugerirque el hipocampo —que durante mucho tiempo se había considerado como laestructura clave del sistema límbico— no tiene tanto que ver con la emisión derespuestas emocionales como con el hecho de registrar y dar sentido a laspautas perceptivas. La principal actividad del hipocampo consiste enproporcionar una aguda memoria del contexto, algo que es vital para elsignificado emocional. Es el hipocampo el que reconoce el diferente significadode, pongamos por caso, un oso en el zoológico y un oso en el jardín de su casa.

Y si el hipocampo es el queregistra los hechos puros, la amígdala, por su parte, es la encargada deregistrar el clima emocional que acompaña a estos hechos. Si, porejemplo, al tratar de adelantar a un coche en una vía de dos carriles estimamosmal las distancias y tenemos una colisión frontal, el hipocampo registra losdetalles concretos del accidente, qué anchura tenía la calzada, quién sehallaba con nosotros y qué aspecto tenía el otro vehículo. Pero es la amígdalala que, a partir de ese momento, desencadenará en nosotros un impulso deansiedad cada vez que nos dispongamos a adelantar en circunstancias similares.Como me dijo LeDoux: «el hipocampo es una estructura fundamental parareconocer un rostro como el de su prima, pero es la amígdala la que le agregael clima emocional de que no parece tenerla en mucha estima».

El cerebro utiliza un métodosimple pero muy ingenioso para registrar con especial intensidad los recuerdosemocionales, ya que los mismos sistemas de alerta neuroquimicos que preparan alcuerpo para reaccionar ante cualquier amenaza —luchando o escapando— también seencargan de grabar vívidamente este momento en la memoria. En caso de estrés ode ansiedad, o incluso en el caso de una intensa alegría, un nervio que conectael cerebro con las glándulas suprarrenales (situadas encima de los riñones),estimulando la secreción de las hormonas adrenalina y noradrenalina,disponiendo así al cuerpo para responder ante una urgencia. Estas hormonas activandeterminados receptores del nervio vago, encargado, entre otras muchas cosas,de transmitir los mensajes procedentes del cerebro que regulan la actividad cardiacay, a su vez, devuelve señales al cerebro, activado también por estas mismashormonas. Y el principal receptor de este tipo de señales son las neuronas dela amígdala que, una vez activadas, se ocupan de que otras regiones cerebralesfortalezcan el recuerdo de lo que está ocurriendo.

Esta activación de laamígdala parece provocar una intensificación emocional que también profundizala grabación de esas situaciones. Este es el motivo por el cual, por ejemplo,recordamos a dónde fuimos en nuestra primera cita o qué estábamos haciendocuando oímos la noticia de la explosión de la lanzadera espacial Challenger.Cuanto más intensa es la activación de la amígdala, más profunda es la improntay más indeleble la huella que dejan en nosotros las experiencias que nos hanasustado o nos han emocionado. Esto significa, en efecto, que el cerebrodispone de dos sistemas de registro, uno para los hechos ordinarios y otro paralos recuerdos con una intensa carga emocional, algo que tiene un graninterés desde el punto de vista evolutivo porque garantiza que los animalestengan recuerdos particularmente vívidos de lo que les amenaza y de lo que lesagrada.

Pero, además de todo lo queacabamos de ver, los recuerdos emocionales pueden llegar a convenirse en falsasguías de acción para el momento presente.

UN SISTEMADE ALARMA NEURONAL ANTICUADO

Uno de los inconvenientes deeste sistema de alarma neuronal es que, con más frecuencia de la deseable, elmensaje de urgencia mandado por la amígdala suele ser obsoleto, especialmenteen el cambiante mundo social en el que nos movemos los seres humanos. Comoalmacén de la memoria emocional, la amígdala escruta la experiencia presente yla compara con lo que sucedió en el pasado. Su método de comparación esasociativo, es decir que equipara cualquier situación presente a otra pasadapor el mero hecho de compartir unos pocos rasgos característicos similares. Eneste sentido se trata de un sistema rudimentario que no se detiene a verificarla adecuación o no de sus conclusiones y actúa antes de confirmar la gravedadde la situación. Por esto que nos hace reaccionar al presente con respuestasque fueron grabadas hace ya mucho tiempo, con pensamientos, emociones yreacciones aprendidas en respuesta a acontecimientos vagamente similares, losuficientemente similares como para llegar a activar la amígdala.

No es de extrañar que unaantigua enfermera de la marina, traumatizada por las espantosas heridas que unavez tuvo que atender en tiempo de guerra, se viera súbitamente desbordada poruna mezcla de miedo, repugnancia y pánico cuando, años más tarde, abrió lapuerta de un armario en el que su hijo pequeño había escondido un hediondopañal. Bastó con que la amígdala reconociera unos pocos elementos similares aun peligro pasado para que terminara decretando el estado de alarma. Elproblema es que, junto a esos recuerdos cargados emocionalmente, que tienen elpoder de desencadenar una respuesta en un momento crítico, coexisten tambiénformas de respuesta obsoletas.

En tales momentos laimprecisión del cerebro emocional, se ve acentuada por el hecho de quemuchos de los recuerdos emocionales más intensos proceden de los primeros añosde la vida y de las relaciones que el niño mantuvo con las personas que lecriaron (especialmente de las situaciones traumáticas, como palizas oabandonos). Durante ese temprano período de la vida, otras estructurascerebrales, especialmente el hipocampo (esencial para el recuerdo emocional) yel neocórtex (sede del pensamiento racional) todavía no se encuentranplenamente maduros. En el caso del recuerdo, la amígdala y el hipocampotrabajan conjuntamente y cada una de estas estructuras se ocupa de almacenar yrecuperar independientemente un determinado tipo de información. Así, mientrasque el hipocampo recupera datos puros, la amígdala determina si esa informaciónposee una carga emocional. Pero la amígdala del niño suele madurar mucho másrápidamente.

LeDoux ha estudiado el papeldesempeñado por la amígdala en la infancia y ha llegado a una conclusiónque parece respaldar uno de los principios fundamentales del pensamientopsicoanalítico, es decir, que la interacción —los encuentros y desencuentros—entre el niño y sus cuidadores durante los primeros años de vida constituye unauténtico aprendizaje emocional. En opinión de LeDoux, este aprendizajeemocional es tan poderoso y resulta tan difícil de comprender para el adultoporque está grabado en la amígdala con la impronta tosca y no verbal propia dela vida emocional. Estas primeras lecciones emocionales se impartieron en untiempo en el que el niño todavía carecía de palabras y, en consecuencia, cuandose reactiva el correspondiente recuerdo emocional en la vida adulta, no existenpensamientos articulados sobre la respuesta que debemos tomar. El motivo queexplica el desconcierto ante nuestros propios estallidos emocionales es quesuelen datar de un período tan temprano que las cosas nos desconcertaban y nisiquiera disponíamos de palabras para comprender lo que sucedía. Nuestrossentimientos tal vez sean caóticos, pero las palabras con las que nos referimosa esos recuerdos no lo son.

CUANDO LAS EMOCIONES SON RÁPIDAS Y TOSCAS

Serían las tres de la mañanacuando un ruido estrepitoso procedente de un rincón de mi dormitorio medespertó bruscamente, como si el techo se estuviera desmoronando y todo elcontenido de la buhardilla cayera al suelo. Inmediatamente salté de la cama ysalí de la habitación, pero después de mirar cuidadosamente descubrí que loúnico que se había caído era la pila de cajas que mi esposa había amontonado enla esquina el día anterior para ordenar el armario. Nada había caído de labuhardilla; de hecho, ni siquiera había buhardilla. El techo estaba intacto..,y yo también lo estaba.

Ese salto de la cama mediodormido —que realmente podría haberme salvado la vida en el caso de que eltecho ciertamente se hubiera desplomado— ilustra a la perfección el poder de laamígdala para impulsamos a la acción en caso de peligro antes de que elneocórtex tenga tiempo para registrar siquiera lo que ha ocurrido. Encircunstancias así, el atajo que va desde el ojo —o el oído— hasta el tálamo yla amígdala resulta crucial porque nos proporciona un tiempo precioso cuando laproximidad del peligro exige de nosotros una respuesta inmediata. Pero elcircuito que conecta el tálamo con la amígdala sólo se encarga de transmitiruna pequeña fracción de los mensajes sensoriales y la mayor parte de lainformación circula por la vía principal hasta el neocórtex. Por esto, lo quela amígdala registra a través de esta vía rápida es, en el mejor de los casos,una señal muy tosca, la estrictamente necesaria para activar la señal dealarma. Como dice LeDoux: «Basta con saber que algo puede resultar peligroso».Esa vía directa supone un ahorro valiosísimo en términos de tiempo cerebral(que, recordémoslo, se mide en milésimas de segundo). La amígdala de una rata,por ejemplo, puede responder a una determinada percepción en apenas docemilisegundos mientras que el camino que conduce desde el tálamo hasta elneocórtex y la amígdala requiere el doble de tiempo. (En los seres humanostodavía no se ha llevado a cabo esta medición pero, en cualquiera de los casos,la proporción existente entre ambas vías sería aproximadamente la misma.)

La importancia evolutiva deesta ruta directa debe haber sido extraordinaria, al ofrecer una respuestarápida que permitió ganar unos milisegundos críticos ante las situacionespeligrosas. Y es muy probable que esos milisegundos salvaran literalmente lavida de muchos de nuestros antepasados porque esa configuración ha terminadoquedando impresa en el cerebro de todo protomamifero, incluyendo el de usted yel mío propio. De hecho, aunque ese circuito desempeñe un papel limitado en lavida mental del ser humano —restringido casi exclusivamente a las crisisemocionales— la mayor parte de la vida mental de los pájaros, de los pecesy de los reptiles gira en tomo a él, dado que su misma supervivencia depende deescrutar constantemente el entorno en busca de predadores y de presas. SegúnLeDoux: «El rudimentario cerebro menor de los mamíferos es el principalcerebro de los no mamíferos, un cerebro que permite una respuesta emocional muyveloz. Pero, aunque veloz, se trata también, al mismo tiempo, de una respuestamuy tosca, porque las células implicadas sólo permiten un procesamiento rápido,pero también impreciso».

Tal vez esta imprecisiónresulte adecuada, por ejemplo, en el caso de una ardilla, porque en talsituación se halla al servicio de la supervivencia y le permite escapar ante elmenor asomo de peligro o correr detrás de cualquier indicio de algo comestible,pero en la vida emocional del ser humano esa vaguedad puede llegar a tenerconsecuencias desastrosas para nuestras relaciones, porque implica,figurativamente hablando, que podemos escapar o lanzarnos irracionalmente sobrealguna persona o sobre alguna cosa. (Consideremos en este sentido, por ejemplo,el caso de aquella camarera que derramó una bandeja con seis platos en cuantovislumbró la figura de una mujer con una enorme cabellera pelirroja y rizadaexactamente igual a la de la mujer por la que la había abandonado suex-marido.)

Estas rudimentarias confusionesemocionales, basadas en sentir antes que en el pensar, son calificadas porLeDoux como «emociones precognitivas», reacciones basadas en impulsosneuronales fragmentarios, en bits de información sensorial que no han terminadode organizarse para configurar un objeto reconocible. Se trata de una formaelemental de información sensorial, una especie de «adivina la canción»neuronal —ese juego que consiste en adivinar el nombre de una melodía trashaber escuchado tan sólo unas pocas notas—, de intuir una percepción globalapenas percibidos unos pocos rasgos. De este modo, cuando la amígdalaexperimenta una determinada pauta sensorial como algo urgente, no busca en modoalguno confirmar esa percepción, sino que simplemente extrae una conclusiónapresurada y dispara una respuesta.

No deberíamos sorprendemosde que el lado oscuro de nuestras emociones más intensas nos resulteincomprensible, especialmente en el caso de que estemos atrapados en ellas. Laamígdala puede reaccionar con un arrebato de rabia o de miedo antes de que elcórtex sepa lo que está ocurriendo, porque la emoción se pone en marcha antesque el pensamiento y de un modo completamente independiente de él.

EL GESTOR DE LAS EMOCIONES

El día en que Jessica, lahija de seis años de una amiga, pasó su primera noche en casa de una compañera,mi amiga se hallaba tan nerviosa como ella. Durante todo el día había tratadode que Jessica no se diera cuenta de su ansiedad pero, cuando estaba a punto deacostarse, sonó el timbre del teléfono y mi amiga soltó de inmediato el cepillode dientes y corrió hacia el teléfono, con el corazón en un puño, mientras porsu mente desfilaba todo tipo de imágenes de Jessica en peligro.

«¡Jessica!» —dijo mi amiga,descolgando bruscamente el teléfono. Y entonces escuchó la voz de una mujerdisculpándose por haberse equivocado de número. Ante aquello, la madre deJessica, recuperando de golpe la compostura, replicó mesuradamente: « ¿Con quénúmero desea hablar?» El hecho es que, mientras la amígdala prepara unareacción ansiosa e impulsiva, otra parte del cerebro emocional se encarga deelaborar una respuesta más adecuada. El regulador cerebral que desconecta losimpulsos de la amígdala parece encontrarse en el otro extremo de una de lasprincipales vías nerviosas que van al neocórtex, en el lóbulo prefrontal, quese halla inmediatamente detrás de la frente. El córtex prefrontal pareceponerse en funcionamiento cuando alguien tiene miedo o está enojado pero sofocao controla el sentimiento para afrontar de un modo más eficaz la situaciónpresente o cuando una evaluación posterior exige una respuesta completamentediferente, como ocurrió en el caso de mi amiga. De este modo, el áreaprefrontal constituye una especie de modulador de las respuestas proporcionadaspor la amígdala y otras regiones del sistema límbico, permitiendo la emisión deuna respuesta más analítica y proporcionada.

Habitualmente, las áreasprefrontales gobiernan nuestras reacciones emocionales. Recordemos que elcamino nervioso más largo de los que sigue la información sensorial procedentedel tálamo, no va a la amígdala sino al neocórtex y a sus muchos centros paraasumir y dar sentido a lo que se percibe. Y esa información y nuestra respuestacorrespondiente las coordinan los lobulos prefrontales, la sede de laplanificación y de la organización de acciones tendentes a un objetivodeterminado, incluyendo las acciones emocionales. En el neocórtex, unaserie de circuitos registra y analiza esta información, la comprende y organizagracias a los lóbulos prefrontales, y si, a lo largo de ese proceso, serequiere una respuesta emocional, es el lóbulo prefrontal quien la dicta,trabajando en equipo con la amígdala y otros circuitos del cerebro emocional.

Este suele ser el procesonormal de elaboración de una respuesta, un proceso que —con la sola excepciónde las urgencias emocionales— tiene en cuenta el discernimiento. Así pues,cuando una emoción se dispara, los lóbulos prefrontales ponderanlos riesgos y los beneficios de las diversas acciones posibles y apuestan porla que consideran más adecuada. Cuándo atacar y cuándo huir, en el caso de losanimales, y cuándo atacar, cuándo huir, y también cuándo tranquilizar, cuándodisuadir, cuándo buscar la simpatía de los demás, cuándo permanecer a ladefensiva, cuándo despertar el sentimiento de culpa, cuándo quejarse, cuándoalardear, cuándo despreciar, etcétera —mediante todo nuestro amplio repertoriode artificios emocionales— en el caso de los seres humanos.

El tiempo cerebral invertidoen la respuesta neocortical es mayor que el que requiere el mecanismo delsecuestro emocional porque las vías nerviosas implicadas son más largas... perono debemos olvidar que también se trata de una respuesta más juiciosa y másconsiderada porque, en este caso, el pensamiento precede al sentimiento. Elneocórtex es el responsable de que nos entristezcamos cuando experimentamos unapérdida, de que nos alegremos después de haber conseguido algo queconsiderábamos importante o de que nos sintamos dolidos o encolerizados por loque alguien nos ha dicho o nos ha hecho.

Del mismo modo que sucedecon la amígdala, sin el concurso de los lóbulos prefrontalesgran parte de nuestra vida emocional desaparecería porque sincomprensión de que algo merece una respuesta emocional, no hay respuestaemocional alguna. Desde la aparición (en la década de los cuarenta) de latristemente famosa «cura» quirúrgica de la enfermedad mental —la lobotomíaprefrontal, una operación que consistía en seccionar las conexiones existentesentre el córtex prefrontal y el cerebro inferior o en extirpar parcialmente(con frecuencia de un modo bastante torpe)

una parte de los lóbulosprefrontales— los neurólogos han sospechado que éstos desempeñan un importantepapel en la vida emocional. En aquella época, anterior a la aparición de unamedicación eficaz para el tratamiento de la enfermedad mental, la lobotomía eraaclamada como el tratamiento para resolver los problemas mentales más graves:¡corta los vínculos entre los lóbulos prefrontales y el resto delcerebro y «liberarás» al paciente de su trastorno!... sin embargo, laeliminación de conexiones nerviosas clave terminaba también, por desgracia,«liberando» al paciente de su vida emocional, porque se había destruido sucircuito maestro.

El secuestro emocionalparece implicar dos dinámicas distintas: la activación de la amígdala y elfracaso en activar los procesos neocorticales que suelen mantener equilibradasnuestras respuestas emocionales. En esos momentos, la mente racional se vedesbordada por la mente emocional y lo mismo ocurre con la función del córtexprefrontal como un gestor eficaz de las emociones sopesando las reaccionesantes de actuar y amortiguando las señales de activación enviadas por la amígdalay otros centros límbicos, como un padre que impide que su hijo se comportearrebatando todo lo que quiere y le enseña a pedirlo (o a esperar).’ Elinterruptor que «apaga» la emoción perturbadora parece hallarse en el lóbuloprefrontal izquierdo. Los neurofisiólogos que han estudiado los estados deánimo de pacientes con lesiones en el lóbulo prefrontal han llegado a laconclusión de que una de las funciones del lóbulo prefrontal izquierdo consisteen actuar como una especie de termostato neural que regula las emocionesdesagradables. Así pues, el lóbulo prefrontal derecho es la sede desentimientos negativos como el miedo y la agresividad. mientras que el lóbuloprefrontal izquierdo los tiene a raya. muy probablemente inhibiendo el lóbuloderecho. En un determinado estudio, por ejemplo, los pacientes con lesiones enel córtex prefrontal izquierdo eran proclives a experimentar miedos ypreocupaciones catastrofistas mientras que aquéllos otros con lesiones en el córtexprefrontal derecho eran «desproporcionadamente joviales», bromeabancontinuamente durante las pruebas neurológicas y estaban tan despreocupados queno ponían el menor cuidado en lo que estaban haciendo.

Éste fue precisamente elcaso de un marido feliz, un hombre al que se le había extirpado parcialmente ellóbulo prefrontal derecho para eliminar una malformación cerebral, unaoperación después de la cual había experimentado un auténtico cambio depersonalidad que le convirtió en una persona más amable y —según dijo la mar decontenta su esposa a los médicos— más afectiva. El lóbulo prefrontal izquierdo,en suma, parece formar parte de un circuito que se encarga de desconectar—O, almenos, de atenuar parcialmente— los impulsos emocionales más negativos. Asípues, si la amígdala constituye una especie de señal de alarma, el lóbuloprefrontal izquierdo, por su parte, parece ser el interruptor que «desconecta»las emociones más perturbadoras, como si la amígdala propusiera y el lóbuloprefrontal dispusiera. De este modo, las conexiones nerviosas existentes entreel córtex prefrontal y el sistema límbico no sólo resultan esenciales parallevar a cabo un ajuste fino de las emociones sino que también lo son paraayudamos a navegar a través de las decisiones vitales más importantes.

ARMONIZANDO LA EMOCIÓN YEL PENSAMIENTO

Las conexiones existentesentre la amígdala (y las estructuras límbicas relacionadas con ella) yel neocórtex constituyen el centro de gravedad de las luchas y de lostratados de cooperación existentes entre el corazón y la cabeza,entre los pensamientos y los sentimientos. Esta vía nerviosa, en suma, explicaríael motivo por el cual la emoción es algo tan fundamental para pensareficazmente, tanto para tomar decisiones inteligentes como para permitimossimplemente pensar con claridad.

Consideremos el poder de lasemociones para obstaculizar el pensamiento mismo. Los neurocientíficos utilizanel término «memoria de trabajo» para referirse a la capacidad de laatención para mantener en la mente los datos esenciales para el desempeño deuna determinada tarea o problema (ya sea para descubrir los rasgos ideales queuno busca en una casa mientras hojea folletos de inmobiliarias como paraconsiderar los elementos que intervienen en una de las pruebas de un test derazonamiento). La corteza prefrontal es la región del cerebro que seencarga de la memoria de trabajo. Pero, como acabamos de ver, existe unaimportante vía nerviosa que conecta los lóbulos prefrontales con el sistemalímbico, lo cual significa que las señales de las emociones intensas —ansiedad,cólera y similares— pueden ocasionar parásitos neurales que saboteen lacapacidad del lóbulo prefrontal para mantener la memoria de trabajo. Éste es elmotivo por el cual, cuando estamos emocionalmente perturbados, solemos decirque «no puedo pensar bien» y también permite explicar por qué la tensiónemocional prolongada puede obstaculizar las facultades intelectuales del niño ydificultar así su capacidad de aprendizaje.

Estos déficit no losregistra siempre los tests que miden el CI, aunque pueden ser determinados poranálisis neuropsicológicos más precisos y colegidos de la continua agitación eimpulsividad del niño. En un estudio llevado a cabo con alumnos de escuelasprimarias que, a pesar de tener un CI por encima de la media, mostraban unpobre rendimiento académico, las pruebas neuropsicológicas determinaron claramentela presencia de un desequilibrio en el funcionamiento de la corteza frontal. Setrataba de niños impulsivos y ansiosos, a menudo desorganizados yproblemáticos, que parecían tener un escaso control prefrontal sobre susimpulsos límbicos. Este tipo de niños presenta un elevado riesgo de problemasde fracaso escolar, alcoholismo y delincuencia, pero no tanto porque supotencial intelectual sea bajo sino porque su control sobre su vida emocionalse halla severamente restringido. El cerebro emocional, completamente separadode aquellas regiones del cerebro cuantificadas por las pruebas corrientes delCl, controla igualmente la rabia y la compasión. Se trata de circuitosemocionales que son esculpidos por la experiencia a lo largo de toda lainfancia y que no deberíamos dejar completamente en manos del azar.

También hay que tener encuenta el papel que desempeñan las emociones hasta en las decisiones más«racionales». En su intento de comprensión de la vida mental, el doctor AntonioDamasio, un neurólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa,ha llevado a cabo un meticuloso estudio de los daños que presentan aquellospacientes que tienen lesionadas las conexiones existentes entre la amígdala yel lóbulo prefrontal. En tales pacientes, el proceso de toma de decisiones seencuentra muy deteriorado aunque no presenten el menor menoscabo de su CI o decualquier otro tipo de habilidades cognitivas. Pero, a pesar de que suscapacidades intelectuales permanezcan intactas, sus decisiones laborales ypersonales son desastrosas e incluso pueden obsesionarse con algo tan nimio como concertar una cita.

Según el doctor Damasio, elproceso de toma de decisiones de estas personas se halla deteriorado porque hanperdido el acceso a su aprendizaje emocional. En este sentido. elcircuito de la amígdala prefrontal constituye una encrucijada entre elpensamiento y la emoción, una puerta de acceso a los gustos y disgustos que elsujeto ha adquirido en el curso de la vida. Separadas de la memoria emocionalde la amígdala, las valoraciones realizadas por el neocórtex dejan dedesencadenar las reacciones emocionales que se le asociaron en el pasado y todoasume una gris neutralidad. En tal caso, cualquier estímulo, ya se trate de unanimal favorito o de una persona detestable, deja de despertar atracción orechazo; esos pacientes han «olvidado» todo aprendizaje emocional porquehan perdido el acceso al lugar en el que éste se asienta, la amígdala.

Estas averiguacionescondujeron al doctor Damasio a la conclusión contraintuitiva de que lossentimientos son indispensables para la toma racional de decisiones, porque nosorientan en la dirección adecuada para sacar el mejor provecho a lasposibilidades que nos ofrece la fría lógica. Mientras que el mundo suelepresentarnos un desbordante despliegue de posibilidades (¿En qué deberíainvertir los ahorros de mi jubilación? ¿Con quién debería casarme?), el aprendizajeemocional que la vida nos ha proporcionado nos ayuda a eliminar ciertasopciones y a destacar otras. Es así cómo —arguye el doctor Damasio— el cerebroemocional se halla tan implicado en el razonamiento como lo está el cerebropensante.

Las emociones, pues, sonimportantes para el ejercicio de la razón. En la danza entre el sentir y elpensar, la emoción guía nuestras decisiones instante tras instante, trabajandomano a mano con la mente racional y capacitando —o incapacitando— alpensamiento mismo. Y del mismo modo, el cerebro pensante desempeña un papelfundamental en nuestras emociones, exceptuando aquellos momentos en los que lasemociones se desbordan y el cerebro emocional asume por completo el control dela situación.

En cierto modo, tenemos doscerebros y dos clases diferentes de inteligencia: la inteligencia racionaly la inteligencia emocional y nuestro funcionamiento en la vida estádeterminado por ambos. Por ello no es el CI lo único que debemos tener encuenta, sino que también deberemos considerar la inteligencia emocional. Dehecho, el intelecto no puede funcionar adecuadamente sin el concurso de la inteligenciaemocional, y la adecuada complementación entre el sistema límbico y elneocórtex, entre la amígdala y los lóbulos prefrontales, exige la participaciónarmónica entre ambos. Sólo entonces podremos hablar con propiedad deinteligencia emocional y de capacidad intelectual.

Esto vuelve a poner sobre el tapete el viejo problema de lacontradicción existente entre la razón y el sentimiento. No esque nosotros pretendamos eliminar la emoción y poner la razón en su lugar —comoquería Erasmo-, sino que nuestra intención es la de descubrir el modointeligente de armonizar ambas funciones. El viejo paradigma proponía un idealde razón liberada de los impulsos de la emoción, El nuevo paradigma, por suparte, propone armonizar la cabeza y el corazón. Pero, para llevar a caboadecuadamente esta tarea, deberemos comprender con más claridad lo quesignifica utilizar inteligentemente las emociones.

 

PARTE II

LA NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

 

2.    CUANDO EL LISTO ES TONTO

3.      

Hasta la fecha no ha sidoposible determinar todavía el motivo exacto que indujo a un brillanteestudiante de secundaria a apuñalar con un cuchillo de cocina a DavidPologruto, su profesor de física. Pasemos ahora a describir los hechos,sobradamente conocidos.

Jason H., estudiante desegundo año del instituto de Coral Springs (Florida) e indudable candidato amatrícula de honor, estaba obsesionado con la idea de ingresar en unaprestigiosa facultad de medicina como la de Harvard. Pero Pologruto le habíacalificado con un notable alto, una nota que le obligaba a arrojar por la bordatodos sus sueños, de modo que, provisto de un cuchillo de camicero, se dirigióal laboratorio de física y, en el transcurso de una discusión con su profesor,no dudó en clavárselo a la altura de la clavícula antes de que pudieranreducirle por la fuerza.

El juez declaró inocente aJason porque, según reza la sentencia —confirmada, por otra parte, por un equipode psicólogos y psiquiatras— durante el altercado se hallaba claramente sumidoen un estado psicótico. El joven, por su parte, declaró que, apenas tuvoconocimiento de la nota, pensó en quitarse la vida pero que, antes desuicidarse, quiso visitar a Pologruto para hacerle saber que la única causa desu muerte sería su baja calificación. La versión de Pologruto, no obstante, fuemuy diferente, puesto que, según él, Jason se hallaba tan furioso que «creo queme visitó completamente decidido a atacarme».

Más tarde, Jason ingresó enuna escuela privada y, dos años después, logró graduarse con la nota más altade su clase. De haber seguido un curso normal, hubiera alcanzado unsobresaliente pero decidió matricularse en varias asignaturas adicionales paraelevar su nota media, que finalmente Fue de matrícula de honor. Pero a pesar deque Jason hubiera terminado graduándose con una calificación extraordinaria,Pologruto se lamentaba de que nunca se hubiera disculpado ni tampoco hubieraasumido la menor responsabilidad por su agresión.

¿Cómo puede una persona conun nivel de inteligencia tan elevado llegar a cometer un acto tan estúpido? Larespuesta necesariamente radica en que la inteligencia académica tiene poco quever con la vida emocional. Hasta las personas más descollantes y con un CI máselevado pueden ser pésimos timoneles de su vida y llegar a zozobrar en los escollosde las pasiones desenfrenadas y los impulsos ingobernables.

A pesar de la consideraciónpopular que suelen recibir, uno de los secretos a voces de la psicología es larelativa incapacidad de las calificaciones académicas, del CI, o de lapuntuación alcanzada en el SAT Test de Aptitud Académico (Abreviatura deScholastic Aptitude Test, el examen de aptitud escolar que realizan losestudiantes estadounidenses que acceden a la universidad) para predecir eléxito en la vida. A decir verdad, desde una perspectiva general sí que pareceexistir —en un sentido amplio- cierta relación entre el CI y las circunstanciaspor las que discurre nuestra vida. De hecho, las personas que tienen un bajo CIsuelen acabar desempeñando trabajos muy mal pagados mientras que quienes tienenun elevado CI tienden a estar mucho mejor remunerados. Pero esto, ciertamente,no siempre ocurre así.

Existen muchas másexcepciones a la regla de que el CI predice del éxito en la vida quesituaciones que se adapten a la norma. En el mejor de los casos, el CI pareceaportar tan sólo un 20% de los factores determinantes del éxito (lo cual suponeque el 80% restante depende de otra clase de factores). Como ha subrayado unobservador: «en última instancia, la mayor parte de los elementos que determinanel logro de una mejor o peor posición social no tienen que ver tanto con el CIcomo con factores tales como la clase social o la suerte».

Incluso autores como RichardHerrnstein y Charles Nurray cuyo libro Tite Bell Curve atribuye al Cluna relevancia Incuestionable, reconocen que: «tal vez fuera mejor que unestudiante de primer año de universidad con una puntuación SAT en matemáticasde 500 no aspirara a dedicarse a las ciencias exactas, lo cual no obsta paraque no trate de realizar sus sueños de montar su propio negocio, llegar a sersenador o ahorrar un millón de dólares La relación existente entre lapuntuación alcanzada en el SAT y el logro de nuestros objetivos vitales se vefrustrada por otras características».

Mi principal interés estáprecisamente centrado en estas «otras características» a las que hemos dado enllamar inteligencia emocional, características como la capacidadde motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de lasposibles frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones,de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustiainterfiera con nuestras facultades racionales y, por último —pero no. por ello,menos importante—, la capacidad de empatizar y confiar en los demás. Adiferencia de lo que ocurre con el Cl, cuya investigación sobre centenares demiles de personas tiene casi un siglo de historia, la inteligencia emocional esun concepto muy reciente. De hecho, ni siquiera nos hallamos en condiciones dedeterminar con precisión el grado de variabilidad interpersonal de lainteligencia emocional. Lo que sí podemos hacer, a la vista de los datos de quedisponemos, es avanzar que la inteligencia emocional puede resultar tandecisiva —y. en ocasiones, incluso más— que el Cl. Y, frente a quienes son dela opinión de que ni la experiencia ni la educación pueden modificarsubstancialmente el resultado del cual trataré de demostrar—en la quinta parte—que, si nos tomamos la molestia de educarles, nuestros hijos pueden aprender adesarrollar las habilidades emocionales fundamentales.

LA INTELIGENCIA EMOCIONAL Y EL DESTINO

Recuerdo a un compañero declase que había obtenido cinco puntuaciones de 800 en el SAT y otros tests derendimiento académico que nos habían pasado antes de ingresar en el AmherstCollege. Pero, a pesar de sus extraordinarias facultades intelectuales, miamigo tardó casi diez años en graduarse porque pasaba la mayor parte del tiempotumbado, se acostaba tarde, dormía hasta el mediodía y apenas si asistía a lasclases.

El CI no basta para explicarlos destinos tan diferentes de personas que cuentan con perspectivas, educacióny oportunidades similares. Durante la década de los cuarenta, un período en elque —como ocurre actualmente— los estudiantes con un elevado CI se hallabanadscritos a la Ivy Leaguede universidades, (La Ivy League constituye un grupo selecto de ocho universidadesprivadas de Nueva Inglaterra famosas por su prestigio académico y social.) sellevó a cabo un seguimiento de varios años de duración sobre noventa y cincoestudiantes de Harvard que dejó meridianamente claro que quienes habíanobtenido las calificaciones universitarias más elevadas no habían alcanzado unéxito laboral (en términos de salario, productividad o escalafón profesional) comparativamentesuperior a aquellos compañeros suyos que habían alcanzado una calificacióninferior. Y también resultó evidente que tampoco habían conseguido una cotasuperior de felicidad en la vida ni más satisfacción en sus relaciones con losamigos, la familia o la pareja.

En la misma época se llevó acabo un seguimiento similar sobre cuatrocientos cincuenta adolescentes —hijos,en su mayor parte, de emigrantes, dos tercios de los cuales procedían defamilias que vivían de la asistencia social— que habían crecido en Somerville,Massachussetts, un barrio que por aquella época era un «suburbio ruinoso»enclavado a pocas manzanas de la Universidad de Harvard. Y, aunque un tercio de ellos nosuperase el coeficiente intelectual de 90, también resultó evidente que el CItiene poco que ver con el grado de satisfacción que una persona alcanza tantoen su trabajo como en las demás facetas de su vida. Por ejemplo, el 7% de losvarones que habían obtenido un CI inferior a 80 permanecieron en el parodurante más de diez años, lo mismo que ocurrió con el 7% de quienes habíanlogrado un CI superior a 100. A decir verdad, el estudio también parecía mostrar (comoocurre siempre) una relación general entre el CI y el nivel socioeconómicoalcanzado a la edad de cuarenta y siete años, pero lo cierto es que ladiferencia existente radica en las habilidades adquiridas en la infancia (comola capacidad de afrontar las frustraciones, controlar las emociones o saberllevarse bien con los demás).

 Veamos, a continuación, los resultados—todavía provisionales— de un estudio realizado sobre ochenta y unvaledictorians y salutatorians (Los valedictorians son los alumnos quepronuncian los discursos de despedida en la ceremonia de entrega de diplomas,mientras que los salututorians son aquéllos que pronuncian los discursos desalutación en las ceremonias de apertura del curso universitario.) del curso de1981 de los institutos de enseñanza media de Illinois. Todos ellos habíanobtenido las puntuaciones medias más elevadas de su clase pero, a pesar de quesiguieron teniendo éxito en la universidad y alcanzaron excelentescalificaciones, a la edad de treinta años no podía decirse que hubieranobtenido un éxito social comparativamente relevante. Diez años después de haberfinalizado la enseñanza secundaria, sólo uno de cada cuatro de estos jóveneshabía logrado un nivel profesional más elevado que la media de su edad, y amuchos de ellos, por cierto, les iba bastante peor.

Karen Amold, profesora depedagogía de la Universidad de Boston y una de las investigadoras que llevó acabo el seguimiento recién descrito afirma: «creo que hemos descubierto a lagente “cumplidora”, a las personas que saben lo que hay que hacer para teneréxito en el sistema, pero el hecho es que los valedietorians tienen queesforzarse tanto como los demás. Saber que una persona ha logrado graduarse conunas notas excelentes equivale a saber que es sumamente buena o bueno en laspruebas de evaluación académicas, pero no nos dice absolutamente nada en cuantoal modo en que reaccionará ante las vicisitudes que le presente la vidas» .Y éste es precisamente el problema, porque la inteligencia académica no ofrecela menor preparación para la multitud de dificultades —o de oportunidades— a laque deberemos enfrentamos a lo largo de nuestra vida. No obstante, aunque unelevado CI no constituya la menor garantía de prosperidad, prestigio nifelicidad, nuestras escuelas y nuestra cultura, en general, siguen insistiendoen el desarrollo de las habilidades académicas en detrimento de la inteligenciaemocional, de ese conjunto de rasgos —que algunos llaman carácter— quetan decisivo resulta para nuestro destino personal.

Al igual que ocurre con lalectura o con las matemáticas, por ejemplo, la Vida emocional constituye un ámbito —que incluyeun determinado conjunto de habilidades— que puede dominarse con mayor o menorpericia. Y el grado de dominio que alcance una persona sobre estas habilidadesresulta decisivo para determinar el motivo por el cual ciertos individuosprosperan en la vida mientras que otros, con un nivel intelectual similar,acaban en un callejón sin salida. La competencia emocional constituye, en suma,una meta-habilidad que determina el grado de destreza que alcanzaremos en eldominio de todas nuestras otras facultades (entre las cuales se incluye elintelecto puro).

Existen, por supuesto,multitud de caminos que conducen al éxito en la vida, y muchos dominios en losque las aptitudes emocionales son extraordinariamente importantes. En unasociedad como la nuestra, que atribuye una importancia cada vez mayor alconocimiento, la habilidad técnica es indudablemente esencial.

Hay un chiste infantil aeste respecto que dice que no deberíamos extrañamos si dentro de unos añostenemos que trabajar para quien hoy en día consideramos «tonto». En cualquierade los casos, en la tercera parte veremos que hasta los «tontos» puedenbeneficiarse de la inteligencia emocional para alcanzar una posición laboralprivilegiada. Existe una clara evidencia de que las personas emocionalmente desarrolladas,es decir, las personas que gobiernan adecuadamente sus sentimientos, y asimismosaben interpretar y relacionarse efectivamente con los sentimientos de losdemás, disfrutan de una situación ventajosa en todos los dominios de la vida,desde el noviazgo y las relaciones íntimas hasta la comprensión de las reglastácitas que gobiernan el éxito en el seno de una organización. Las personas quehan desarrollado adecuadamente las habilidades emocionales suelen sentirse mássatisfechas, son más eficaces y más capaces de dominar los hábitos mentales quedeterminan la productividad. Quienes, por el contrario, no pueden controlar suvida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan sucapacidad de trabajo y les impiden pensar con la suficiente claridad.

UN TIPO DE INTELIGENCIA DIFERENTE

Desde la perspectiva de unobservador ocasional, Judy —una niña de cuatro años— pudiera parecer la fea delbaile entre sus compañeros, la chica que no participa. la que nunca ocupa elcentro sino que se mueve en la periferia. Pero el hecho es que, en realidad, Judyes una observadora muy perspicaz de la política social del patio delparvulario, posiblemente quien manifieste mayor sutilidad en la comprensión delos sentimientos de sus compañeros.

Esta sutilidad no se hizopatente hasta el día en que su maestra reuniera en torno a sí a todos los niñosde cuatro años para jugar un juego al que denominan «el juego de la clase», untest, en realidad, de sensibilidad social, en el que se utiliza una especie decasa de muñecas que reproduce el aula y en cuyo interior se dispone una seriede figurillas que llevan en sus cabezas las fotografías del rostro de susmaestros y de sus compañeros.

Cuando la maestra le pidió aJudy que situara a cada compañero en la zona del aula en la que preferiríajugar, Judy lo hizo con una precisión absoluta y, cuando se le pidió quesituara a cada niña y a cada niño junto a los compañeros con los que más lesgustaba jugar. Judy demostró una capacidad ciertamente extraordinaria.

La minuciosidad de Judyreveló que poseía un mapa social exacto de la clase, una sensibilidadciertamente excepcional para una niña de su edad. Y son precisamente estashabilidades las que posiblemente permitan que Judy termine alcanzando unaposición destacada en cualquiera de los campos en los que tengan importancialas «habilidades personales» (como las ventas, la gestiónempresarial o la diplomacia).

La brillantez social de Judy—por no decir nada de su precocidad— se ha podido descubrir gracias a que eraalumna de la Escuela Infantil Eliot-Pearson —una escuela sita en el campus de la Universidad de Tufts—en la que se lleva a cabo el Proyecto Spectrum, un programa de estudios que sededica deliberadamente al cultivo de los diferentes tipos de inteligencia. ElProyecto Spectrum reconoce que el repertorio de habilidades del ser humano vamucho más allá de «las tres erres» (Expresión que serefiere a la triple habilidad de lectura —read—, escritura —write—- y cálculo,—(a)rithmetic—, que constituyen el fundamento tradicional de la educaciónprimaria.) que delimitan la estrecha franja de habilidades verbales yaritméticas en la que se centra la educación tradicional. El programa encuestión reconoce también que una habilidad tal como la sensibilidad social deJudy constituye un tipo de talento que la educación debiera promover en lugarde limitarse a ignorarlo e incluso a reprimirlo. Para que la escuelaproporcione una educación en las habilidades de la vida es necesario alentar alos niños a desarrollar todo su amplio abanico de potencialidades y animarles asentirse satisfechos con lo que hacen.

La figura inspiradora delProyecto Spectrum es Howard Gardner, psicólogo de la Facultad de Pedagogía deHarvard que, en cierta ocasión, me dijo: «ha llegado ya el momento de ampliarnuestra noción de talento. La contribución más evidente que el sistemaeducativo puede hacer al desarrollo del niño consiste en ayudarle a encontraruna parcela en la que sus facultades personales puedan aprovecharse plenamentey en la que se sientan satisfechos y preparados. Sin embargo, hemos perdidocompletamente de vista este objetivo y, en su lugar, constreñimos por igual atodas las personas a un estilo educativo que, en el mejor de los casos, lesproporcionará una excelente preparación para convertirse en profesoresuniversitarios. Y nos dedicamos a evaluar la trayectoria vital de una personaen función del grado de ajuste a un modelo de éxito estrecho y preconcebido.Deberíamos invertir menos tiempo en clasificar a los niños y ayudarles más a identificary a cultivar sus habilidades y sus dones naturales. Existen miles de formas dealcanzar el éxito y multitud de habilidades diferentes que pueden ayudamos aconseguirlo»: Si hay una persona que comprende las limitaciones inherentesal antiguo modo de concebir la inteligencia, ése es Gardner, que no deja deinsistir en que los días de gloria del CI han llegado a su fin. El creador deltest de papel y lápiz para la determinación del CI fue un psicólogo deStanford, llamado Lewis Terman, durante la 1ª Guerra Mundial, cuando dosmillones de varones norteamericanos fueron clasificados mediante la primeraaplicación masiva de este test. Esto condujo a varias décadas de lo que Gardnerdenomina «el pensamiento CI», un tipo de pensamiento según el cual «lagente es inteligente o no lo es, la inteligencia es un dato innato (y no haymucho que podamos hacer, a este respecto, por cambiar las cosas) y existenpruebas psicológicas para discriminar entre ambos grupos. Por su parte, el testSAT que se realiza para entrar en la universidad se basa en el mismo principiode que una prueba de aptitud sirve para determinar el futuro. Esa forma depensar impregna a toda nuestra sociedad».

El influyente libro deGardner Frames of Mmd constituye un auténtico manifiesto que refuta «elpensamiento Cl». En este libro, Gardner afirma que no sólo no existe un único ymonolítico tipo de inteligencia que resulte esencial para el éxito en la vidasino que, en realidad, existe un amplio abanico de no menos de siete variedadesdistintas de inteligencia. Entre ellas, Gardner enumera los dos tipos deinteligencia académica (es decir, la capacidad verbal y la aptitudlógico-matemática); la capacidad espacial propia de los arquitectos o de losartistas en general; el talento kinestésico manifiesto en la fluidez y lagracia corporal de Martha Graham o de Magic Johnson; las dotes musicales deMozart o de YoYo Ma, y dos cualidades más a las que coloca bajo el epígrafe de «inteligenciaspersonales»: la inteligencia interpersonal (propia de un gran terapeutacomo Carl Rogers o de un líder de fama mundial como Martin Luther King jr.) yla inteligencia «intrapsiquica» que demuestran las brillantesintuiciones de Sigmund Freud o, más modestamente, la satisfacción interna queexperimenta cualquiera de nosotros cuando nuestra vida se halla en armonía connuestros sentimientos.

El concepto operativo deesta visión plural de la inteligencia es el de multiplicidad. Así, el modelo deGardner abre un camino que trasciende con mucho el modelo aceptado del Cl comoun factor único e inalterable. Gardner reconoce que los tests que nosesclavizaron cuando íbamos a la escuela —desde las pruebas de selecciónutilizadas para discriminar entre los estudiantes que pueden acceder a launiversidad y aquéllos otros que son orientados hacia las escuelas de formaciónprofesional, hasta el SAT (que sirve para determinar a qué universidad puedeacceder un determinado alumno, si es que puede acceder a alguna)— se basan enuna noción restringida de la inteligencia que no tiene en cuenta el amplioabanico de habilidades y destrezas que son mucho más decisivas para la vida queel CI.

Gardner es perfectamenteconsciente de que el número siete es un número completamente arbitrario y deque no existe, por tanto, un número mágico concreto que pueda dar cuenta de laamplia diversidad de inteligencias de que goza el ser humano. A la vista deello, Gardner y sus colegas ampliaron esta lista inicial hasta llegar a incluirveinte clases diferentes de inteligencia. La inteligencia interpersonal,por ejemplo, fue subdividida en cuatro habilidades diferentes, el liderazgo, laaptitud de establecer relaciones y mantener las amistades, la capacidad desolucionar conflictos y la habilidad para el análisis social (tanadmirablemente representada por Judy. la niña de cuatro años de la que hemoshablado antes).

Esta visión multidimensionalde la inteligencia nos brinda una imagen mucho más rica de la capacidad y delpotencial de éxito de un niño que la que nos ofrece el CI. Cuando los alumnosde Spectrum fueron evaluados en función de la escala de inteligencia deStanford-Binet (uno de los test más utilizados para la determinación del CI) yen función de otro conjunto de pruebas específicamente diseñadas para valorarel amplio espectro de inteligencias de Gardner, no apareció ninguna relaciónsignificativa entre ambos resultados. Los cinco niños que obtuvieron laspuntuaciones más elevadas del CI (entre 125 y 1 33) evidenciaron una ampliadiversidad de perfiles en las diez áreas cuantificadas por el test de Spectrum.En este sentido, por ejemplo, uno de los cinco niños «más inteligentes» —segúnlos parámetros del CI— mostraba una habilidad especial en tres de las áreas(medidas por la prueba de Spectrum), otros tres tenían aptitudes especialesvinculadas con dos de ellas y el último de los niños más «inteligentes» sólodestacaba en una de las habilidades consideradas por la clasificación deSpectrum. Además, estas áreas se hallaban dispersas: cuatro de las habilidadesde estos niños tenían que ver con la música, dos con las artes visuales, otracon la comprensión social, una con la lógica y dos con el lenguaje. Ninguno delos cinco muchachos «inteligentes» mencionados demostró la menor habilidadespecial en el movimiento, la aritmética o la mecánica. En realidad, dos deellos presentaban serias deficiencias en las áreas de movimiento y aritmética.

La conclusión de Gardner esque «la escala de inteligencia de Stant Ord Binet no sirve para pronosticarel éxito en el rendimiento de un subconjunto coherente de las actividadesseñaladas por Spectrum». Por otra parte, las puntuaciones obtenidas por lostests de Spectrum proporcionan a padres y profesores una guía muy esclarecedorasobre aquéllas áreas en las que los niños se interesarán de manera natural yaquellas otras con las que, por el contrario, nunca llegarán a entusiasmarse losuficiente como para transformar una simple destreza en una auténtica maestría.

A lo largo del tiempo, elconcepto de inteligencias múltiples de Gardner ha seguido evolucionando y. a losdiez años de la publicación de su primera teoría, Gardner nos brinda esta brevedefinición de las inteligencias personales:

«La inteligenciainterpersonal consiste en la capacidad de comprender a los demás: cuáles sonlas cosas que más les motivan, cómo trabajan y la mejor forma de cooperar conellos. Los vendedores, los políticos. los maestros, los médicos y losdirigentes religiosos de éxito tienden a ser individuos con un alto grado deinteligencia interpersonal. La inteligencia intrapersonal por su parte,constituye una habilidad correlativa —vuelta hacia el interior— que nos permiteconfigurar una imagen exacta y verdadera de nosotros mismos y que nos hacecapaces de utilizar esa imagen para actuar en la vida de un modo más eficaz

En otra publicación. Gardnerseñala que la esencia de la inteligencia interpersonal supone «lacapacidad de discernir y responder apropiadamente a los estados de ánimo,temperamentos, motivaciones y deseos de las demás personas». En el apartadorelativo a la inteligencia intrapersonal —la clave para el conocimiento de unomismo—, Gardner menciona «la capacidad de establecer contacto con lospropios sentimientos, discernir entre ellos y aprovechar este conocimiento paraorientar nuestra conducta».

SPOCK CONTRA DATA: CUANDO LA COGNICION NO BASTA

Existe otra dimensión de lainteligencia personal que Gardner señala reiteradamente y que, sin embargo, noparece haber explorado lo suficiente; nos estamos refiriendo al papel quedesempeñan las emociones. Es posible que ello se deba a que, tal como elmismo Gardner me reconoció personalmente, su trabajo está profundamenteinfluido por el modelo del psiquismo propugnado por las ciencias cognitivas y,en consecuencia, su visión de las inteligencias múltiples subraya el aspectocognitivo, es decir, la comprensión —tanto en los demás como en unomismo— de las motivaciones y las pautas de conducta, con el objetivo de poneresa visión al servicio de nuestra vida y de nuestras relaciones sociales. Pero,al igual que ocurre en el dominio kinestésico, en donde la excelencia física semanifiesta de un modo no verbal, el mundo de las emociones se extiende más alládel alcance del lenguaje y de la cognición.

Así pues, aunque ladescripción que hace Gardner de las inteligencias personales asigna una granimportancia al proceso de comprensión del juego de las emociones y a lacapacidad de dominarlas, tanto él como sus colaboradores centran toda suatención en la faceta cognitiva del sentimiento y no tratan de desentrañar elpapel que desempeñan los sentimientos. De este modo, el vasto continente de lavida emocional que puede convertir nuestra vida interior y nuestras relacionesen algo sumamente complejo, apremiante y desconcertante, queda sin explorar ynos deja en la ignorancia, tanto para descubrir la inteligencia ya patente enlas emociones como para averiguar la forma en que podemos hacerlas todavía másinteligentes.

El énfasis de Gardner en elcomponente cognitivo de la inteligencia personal es un reflejo del zeigeistpsicológico en que se asienta su visión. Esta insistencia de lapsicología en subrayar los aspectos cognitivos —incluso en el dominio de lasemociones— se debe, en parte, a la peculiar historia de esta disciplinacientífica.

Durante los años cuarenta ycincuenta, la psicología académica se hallaba dominada por los conductistas alestilo de B.F. Skinner, quienes opinaban que la única faceta psicológica quepodía observarse objetivamente desde el exterior con precisión científica erala conducta. Este fue el motivo por el cual los conductistas terminarondesterrando de un plumazo del territorio de la ciencia todo rastro de vidainterior, incluyendo la Vidaemocional.

A finales de la década delos sesenta, la «revolución cognitiva» cambió el centro deatención de la ciencia psicológica, que, a partir de entonces, se cifró enaveriguar la forma en que la mente registra y almacena la información y cuál esla naturaleza de la inteligencia. Pero, aun así, las emociones todavía quedabanfuera del campo de la psicología. La visión convencional de los científicoscognitivos supone que la inteligencia es una facultad hiperracional y fría quese encarga del procesamiento de la información, una especie de señor Spock (elpersonaje de la serie Star Trek), el arquetipo de los asépticos bytes de informaciónque no se ve afectado por los sentimientos, la encamación viva de la idea deque las emociones no tienen ningún lugar en la inteligencia y sólo sirven paraconfundir nuestra vida mental.

Los científicos cognitivosse adhirieron a este criterio seducidos por el modelo operante de la mentebasado en el funcionamiento de los ordenadores, olvidando que, en realidad, elwetware (juego de palabras en el que el autor establece una analogía entre elhardware, el software y el wetware cerebral al que, en tal caso, se asimila aun ordenador en estado líquido.) cerebral está inmerso en un líquido pulsanteimpregnado de agentes neuroquímicos que nada tiene que ver con el frío yordenado silicio que utilizan como metáfora del funcionamiento del psiquismo.De este modo, el modelo imperante entre los científicos cognitivos sobre laforma en que la mente procesa la información soslaya el hecho de que la razónse halla guiada —e incluso puede llegar a verse abrumada— por los sentimientos.El modelo cognitivo prevalente constituye, a este respecto, unavisión empobrecida de la mente, una perspectiva que no acierta a explicar el Sturmand Drang (Alusión al movimiento literario romántico alemán de ese mismonombre que se caracterizó por su oposición a las normas sociales y racionalesestablecidas y por su exaltación suprema de la sensibilidad y de la intuición.)de los sentimientos que sazonan la vida intelectual. No cabe duda de que, conel fin de poder sustentar su modelo, los científicos cognitivos se han vistoobligados a obviar la relevancia de los temores, de las esperanzas, de lasriñas matrimoniales, de las envidias profesionales y. en definitiva, de todo eltrasfondo de sentimientos que constituye el condimento mismo de la vida y que acada momento determinan la forma exacta (y el mayor o menor grado deadecuación) en que se procesa la información.

Pero esta concepcióncientífica unilateral de una vida mental emocionalmente plana —que durante losúltimos ochenta años ha condicionado la investigación sobre la inteligencia—está cambiando gradualmente a medida que la psicología comienza a reconocer elpapel esencial que desempeñan por los sentimientos en los procesos mentales. Lapsicología actual, más parecida a Data (el personaje de la serie Star Trek: TheNext Generation) que al señor Spock, comienza a tomar en consideración elpotencial y las virtudes —así como los peligros— de las emociones en nuestravida mental. Después de todo, como Data llega a columbrar (para su propiaconsternación, si es que puede sentir tal cosa), la fría lógica no sirve denada a la hora de encontrar una solución humana adecuada. Los sentimientosconstituyen el dominio en el que más evidente se hace nuestra humanidad y, enese sentido, Data quiere llegar a sentir porque sabe que, mientras no sienta,no podrá acceder a un aspecto fundamental de la humanidad. Anhela la amistad yla lealtad porque, como el Hombre de Hojalata de El mago de Oz, carece decorazón. Al faltarle el sentido lírico que proporcionan los sentimientos, Datapuede componer música o escribir poesía haciendo alarde de un alto grado devirtuosismo técnico, pero jamás podrá llegar a experimentar la pasión. Lalección que nos brinda el anhelo de Data es que la fría visión cognitivaadolece de los valores supremos del corazón humano, la fe, la esperanza, ladevoción y el amor. Así pues, dado que las emociones no resultan empobrecedorassino todo lo contrario, cualquier modelo de la mente que las soslaye serásiempre un modelo parcial.

Cuando pregunté a Gardnersobre su insistencia en la preponderancia del pensamiento sobre el sentimiento,o en la metacognición más que en las emociones mismas, reconoció que su visiónde la inteligencia se atenía al modelo cognitivo pero añadió: «cuandoescribí por vez primera sobre las inteligencias personales , podría, enrealidad, a las emociones, especialmente en lo que atañe a la noción de lainteligencia intrapersonal, uno de cuyos aspectos principales es la capacidadpara sintonizar con las propias emociones. Por otro lado, las señalesviscerales que nos envian los sentimientos también resultan decisivas para lainteligencia interpersonal, pero, a medida que ha ido desarrollándose, lateoría de la inteligencia múltiple ha evolucionado hasta centrarse más en la metacognición-es decir, en la toma de conciencia de los propios procesos mentales, que en elamplio espectro de las habilidades emocionales».

Aun así, Gardner se daperfecta cuenta de lo decisivas que son, en lo que respecta a la confusión y laviolencia de la vida, las aptitudes emocionales y sociales, y subraya que «muchaspersonas con un elevado CI de 160 (aunque con escasa inteligenciaintrapersonal) trabajan para gente que no supera el CI de 100 (pero que tienemuy desarrollada la inteligencia intrapersonal) y que en la vida cotidiana noexiste nada más importante que la inteligencia intrapersonal ya que, a falta deella, no acertaremos en la elección de la pareja con quien vamos a contraermatrimonio, en la elección del puesto de trabajo, etcétera. Es necesario que laescuela se ocupe de educar a los niños en el desarrollo de las inteligenciaspersonales».

¿LAS EMOCIONES PUEDEN SER INTELIGENTES?

Para poder forjamos una ideamás completa de cuáles podrían ser los elementos fundamentales de dichaeducación debemos acudir a otros teóricos que siguen el camino abierto porGardner, entre los cuales el más destacado tal vez sea Peter Salovey, notablepsicólogo de Harvard, que ha establecido con todo lujo de detalles el modo deaportar más inteligencia a nuestras emociones. Esta empresa no es nueva porque,a lo largo de los años, hasta los más vehementes teóricos del CI, en lugar deconsiderar que «emoción» e «inteligencia» son términosabiertamente contradictorios, de vez en cuando han tratado de introducir a lasemociones en el ámbito de la inteligencia. E.L. Thorndike, por ejemplo, uneminente psicólogo que desempeñó un papel muy destacado en la popularizacióndel CI en la década de los veinte, propuso en un artículo publicado en elHarper Magazine que la inteligencia «social» —un aspecto de la inteligenciaemocional que nos permite comprender las necesidades ajenas y «actuarsabiamente en las relaciones humanas»— constituye un elemento que hay quetener en cuenta a la hora de determinar el CI. Otros psicólogos de la épocaasumieron una concepción más cínica de la inteligencia social y la concibieronen términos de las habilidades que nos permiten manipular a los demás,obligándoles, lo quieran o no, a hacer lo que deseamos. Pero ninguna de estasformulaciones de la inteligencia social tuvo demasiada aceptación entre losteóricos del CI y, alrededor de 1960, un influyente manual sobre los test deinteligencia llegó incluso a afirmar que la inteligencia social era un conceptocompletamente «inútil».

Pero, en lo que atañe tantoa la intuición como al sentido común, la inteligencia personal no podía seguirsiendo ignorada. Por ejemplo, cuando Robert Stembeg, otro psicólogo de Yale,pidió a diferentes personas que definieran a un «individuo inteligente»,los principales rasgos reseñados fueron las habilidades prácticas.

Una investigación posteriormás sistemática condujo a Stemberg a la misma conclusión de Thomdike: lainteligencia social no sólo es muy diferente de las habilidades académicas,sino que constituye un elemento esencial que permite a la persona afrontaradecuadamente los imperativos prácticos de la vida. Por ejemplo, uno de loselementos fundamentales de la inteligencia práctica que suele valorarse más enel campo laboral, por ejemplo, es el tipo de sensibilidad que permite a losdirectivos eficaces darse cuenta de los mensajes tácitos de sus subordinados.En los últimos años, un número cada vez más nutrido de psicólogos ha llegado aconclusiones similares, coincidiendo con Gardner en que la vieja teoría del CIse ocupa sólo de una estrecha franja de habilidades lingüísticas y matemáticas,y que tener un elevado CI tal vez pueda predecir adecuadamente quién va a teneréxito en el aula o quién va a llegar a ser un buen profesor, pero no tiene nadaque decir con respecto al camino que seguirá la persona una vez concluida sueducación. Estos psicólogos —con Stemberg y Salovey a la cabeza— han adoptadouna visión más amplia de la inteligencia y han tratado de reformularla entérminos de aquello que hace que uno enfoque más adecuadamente su vida, unalínea de investigación que nos retrotrae a la apreciación de que lainteligencia constituye un asunto decididamente «personal» o emocional.

La definición de Saloveysubsume a las inteligencias personales de Gardner y las organizahasta llegar a abarcar cinco competencias principales:

1. El conocimiento de las propias emociones.El conocimiento de uno mismo, es decir, la capacidad de reconocer unsentimiento en el mismo momento en que aparece, constituye la piedra angular dela inteligencia emocional. Como veremos en el capítulo 4, la capacidad deseguir momento a momento nuestros sentimientos resulta crucial para laintrovisión psicológica y para la comprensión de uno mismo. Por otro lado, laincapacidad de percibir nuestros verdaderos sentimientos nos deja completamentea su merced. Las personas que tienen una mayor certeza de sus emociones suelendirigir mejor sus vidas, ya que tienen un conocimiento seguro de cuáles son sussentimientos reales, por ejemplo, a la hora de decidir con quién casarse o qué profesiónelegir.

2. La capacidad de controlar las emociones.La conciencia de uno mismo es una habilidad básica que nos permite controlarnuestros sentimientos y adecuarlos al momento. En el capítulo 5 examinaremos lacapacidad de tranquilizarse a uno mismo, de desembarazarse de la ansiedad, dela tristeza, de la irritabilidad exageradas y de las consecuencias que acarreasu ausencia. Las personas que carecen de esta habilidad tienen que batallarconstantemente con las tensiones desagradables mientras que, por el contrario,quienes destacan en el ejercicio de esta capacidad se recuperan mucho másrápidamente de los reveses y contratiempos de la vida.

3. La capacidad de motivarse uno mismo. Comoveremos en el capítulo 6, el control de la vida emocional y su subordinación aun objetivo resulta esencial para espolear y mantener la atencion, lamotivación y la creatividad. El autocontrol emocional —la capacidad de demorarla gratificación y sofocar la impulsividad— constituye un imponderable quesubyace a todo logro. Y si somos capaces de sumergimos en el estado de «flujo»estaremos más capacitados para lograr resultados sobresalientes en cualquierárea de la vida. Las personas que tienen esta habilidad suelen ser másproductivas y eficaces en todas las empresas que acometen.

4 .El reconocimiento de las emociones ajenas.La empatía, otra capacidad que se asienta en la conciencia emocional deuno mismo, constituye la «habilidad popular» fundamental. En elcapítulo 7 examinaremos las raíces de la empatía, el coste social de la faltade armonía emocional y las razones por las cuales la empatía puede prender lallama del altruismo. Las personas empáticas suelen sintonizar con las señalessociales sutiles que indican qué necesitan o qué quieren los demás y estacapacidad las hace más aptas para el desempeño de vocaciones tales como lasprofesiones sanitarias, la docencia, las ventas y la dirección de empresas.

5. El control de las relaciones. El arte delas relaciones se basa, en buena medida, en la habilidad para relacionarnosadecuadamente con las emociones ajenas. En el capitulo 8 revisaremos lacompetencia o la incompetencia social y las habilidades concretas involucradasen esta facultad. Éstas son las habilidades que subyacen a la popularidad, elliderazgo y la eficacia interpersonal. Las personas que sobresalen en este tipode habilidades suelen ser auténticas «estrellas» que tienen éxito en todas lasactividades vinculadas a la relación interpersonal.

No todas las personasmanifiestan el mismo grado de pericia en cada uno de estos dominios. Hayquienes son sumamente diestros en gobernar su propia ansiedad, por ejemplo,pero en cambio, son relativamente ineptos cuando se trata de apaciguar los trastornosemocionales ajenos. A fin de cuentas, el sustrato de nuestra pericia alrespecto es, sin duda, neurológico, pero, como veremos a continuación, elcerebro es asombrosamente plástico y se halla sometido a un continuo proceso deaprendizaje. Las lagunas en la habilidad emocional pueden remediarse y, entérminos generales, cada uno de estos dominios representa un conjunto dehábitos y de reacciones que, con el esfuerzo adecuado, pueden llegar amejorarse.

EL CI Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL: LOS TIPOS PUROS

El CI y la inteligenciaemocional no son conceptos contrapuestos sino tan sólo diferentes. Todosnosotros representamos una combinación peculiar entre el intelecto y laemoción. Las personas que tienen un elevado CI, pero que, en cambio manifiestanuna escasa inteligencia emocional (oque, por el contrario, muestran un bajo CIcon una elevada inteligencia emocional), suelen ser, a pesar de losestereotipos relativamente raras. En cambio parece como sí existiera una débilcorrelación entre el CI y ciertos aspectos de la inteligencia emocional, aunqueuna correlación lo suficientemente débil como para dejar bien claro que setrata de entidades completamente independientes.

A diferencia de lo queocurre con los test habituales del CI, no existe —ni jamás podrá existir— unsolo test de papel y lápiz capaz de determinar el «grado de inteligenciaemocional». Aunque se ha llevado a cabo una amplia investigación de loselementos que componen la inteligencia emocional, algunos de ellos —como laempatía, por ejemplo— sólo pueden valorarse poniendo a prueba la habilidad realde la persona para ejecutar una tarea específica como, por ejemplo, elreconocimiento de las expresiones faciales ajenas grabadas en vídeo. Aun así.Jack Block, psicólogo de la universidad californiana de Berkeley, utilizandouna medida muy similar a la inteligencia emocional que él denomina «capacidadadaptativa del ego» (y que incluye las principales competenciasemocionales y sociales) ha establecido una comparación de dos tiposteóricamente puros, el tipo puro de individuo con un elevado CI y el tipo purode individuo con aptitudes emocionales altamente desarrolladas. Las diferenciasencontradas a este respecto son sumamente expresivas. El tipo puro de individuocon un alto CI (esto es, soslayando la inteligencia emocional) constituye casiuna caricatura del intelectual entregado al dominio de la mente perocompletamente inepto en su mundo personal. Los rasgos más sobresalientesdifieren ligeramente entre mujeres y hombres. No es de extrañar que los hombrescon un elevado CI se caractericen por una amplia gama de intereses yhabilidades intelectuales y suelan ser ambiciosos, productivos, predecibles,tenaces y poco dados a reparar en sus propias necesidades. Tienden a sercríticos, condescendientes, aprensivos, inhibidos, a sentirse incómodos con lasexualidad y las experiencias sensoriales en general y son poco expresivos,distantes y emocionalmente fríos y tranquilos.

Por el contrario, loshombres que poseen una elevada inteligencia emocional suelen ser socialmenteequilibrados, extravertidos, alegres, poco predispuestos a la timidez y arumiar sus preocupaciones. Demuestran estar dotados de una notable capacidadpara comprometerse con las causas y las personas, suelen adoptarresponsabilidades, mantienen una visión ética de la vida y son afables ycariñosos en sus relaciones. Su vida emocional es rica y apropiada; se sienten,en suma, a gusto consigo mismos, con sus semejantes y con el universo social enel que viven.

Por su parte, el tipo purode mujer con un elevado CI manifiesta una previsible confianza intelectual, escapaz de expresar claramente sus pensamientos, valora las cuestiones teóricas ypresenta un amplio abanico de intereses estéticos e intelectuales. Tambiéntiende a ser introspectiva, predispuesta a la ansiedad, a la preocupación y laculpabilidad, y se muestra poco dispuesta a expresar públicamente su enfado(aunque pueda expresarlo de un modo indirecto).

En cambio, las mujeresemocionalmente inteligentes tienden a ser enérgicas y a expresar sussentimientos sin ambages, tienen una visión positiva de sí mismas y para ellasla vida siempre tiene un sentido. Al igual que ocurre con los hombres, suelenser abiertas y sociables, expresan sus sentimientos adecuadamente (en lugar deentregarse, por así decirlo, a arranques emocionales de los que posteriormente tenganque lamentarse) y soportan bien la tensión. Su equilibrio social les permitehacer rápidamente nuevas amistades; se sienten lo bastante a gusto consigomismas como para mostrarse alegres, espontáneas y abiertas a las experienciassensuales. Y, a diferencia de lo que ocurre con el tipo puro de mujer con unelevado CI, raramente se sienten ansiosas, culpables o se ahogan en suspreocupaciones.

Estos retratos, obviamente, resultan caricaturescos porquetoda persona es el resultado de la combinación, en distintas proporciones,entre el CI y la inteligencia emocional. Pero, en cualquier caso, nos ofrecenuna visión sumamente instructiva del tipo de aptitudes específicas que ambasdimensiones pueden aportar al conglomerado de cualidades que constituye una persona.Ambas imágenes, pues, se presentan combinadas porque toda persona poseeinteligencia cognitiva e inteligencia emocional, aunque lo cierto es que lainteligencia emocional aporta, con mucha diferencia, la clase de cualidades quemás nos ayudan a convertirnos en auténticos seres humanos.

 

4. CONÓCETE A TI MISMO

Según cuenta un viejo relatojaponés, en cierta ocasión, un belicoso samurai desafió a un anciano maestrozen a que le explicara los conceptos de cielo e infierno. Pero el monje replicócon desprecio:

—¡No eres más que un patán yno puedo malgastar mi tiempo con tus tonterías!

El samurai, herido en suhonor, montó en cólera y. desenvainando la espada, exclamó:

—Tu impertinencia te costarála vida.

—¡Eso —replicó entonces elmaestro— es el infierno!

Conmovido por la exactitudde las palabras del maestro sobre la cólera que le estaba atenazando, elsamurai se calmó, envainó la espada y se postró ante él, agradecido.

—¡Y eso —concluyó entoncesel maestro—, eso es el cielo!

La súbita caída en cuenta delsamurai de su propio desasosiego ilustra a la perfección la diferencia crucialexistente entre permanecer atrapado por un sentimiento y darse cuenta de queuno está siendo arrastrado por él. La enseñanza de Sócrates «conócete a timismo» —darse cuenta de los propios sentimientos en el mismo momento en queéstos tienen lugar— constituye la piedra angular de la inteligencia emocional.

A primera vista tal vezpensemos que nuestros sentimientos son evidentes, pero una reflexión máscuidadosa nos recordará las muchas ocasiones en las que realmente no hemosreparado —o hemos reparado demasiado tarde— en lo que sentíamos con respecto aalgo. Los psicólogos utilizan el engorroso término metafórico cognición parahablar de la conciencia de los procesos del pensamiento y el de metaestado parareferirse a la conciencia de las propias emociones. Yo, por mi parte, prefierola expresión conciencia de uno mismo, la atención continua a los propiosestados internos. Esa conciencia autorreflexiva en la que la mente se ocupa deobservar e investigar la experiencia misma, incluidas las emociones: Estacualidad en la que la atención admite de manera imparcial y no reactiva todocuanto discurre por la conciencia, como si se tratara de un testigo, se asemejaal tipo de atención que Freud recomendaba a quienes querían dedicarse alpsicoanálisis, la llamada «atención neutra flotante». Algunospsicoanalistas denominan «ego observador» a esta capacidad que permiteal analista percibir lo que el proceso de la asociación libre despierta en elpaciente y sus propias reacciones ante los comentarios del paciente.

Este tipo de conciencia deuno mismo parece requerir una activación del neocórtex, especialmente de lasáreas del lenguaje destinadas a identificar y nombrar las emociones. La concienciade uno mismo no es un tipo de atención que se vea fácilmente arrastrada por lasemociones, que reaccione en demasía o que amplifique lo que se perciba sinoque, por el contrario, constituye una actividad neutra que mantiene la atenciónsobre uno mismo aun en medio de la más turbulenta agitación emocional. WilliamStyron parece describir esta facultad cuando, al hablar de su profundadepresión, menciona la sensación de «estar acompañado por una especie desegundo yo, un observador espectral que, sin compartir la demencia de su doble,es capaz de darse cuenta, con desapasionada curiosidad, de sus profundosdesasosiegos». En el mejor de los casos, la observación de uno mismopermite la toma de conciencia ecuánime de los sentimientos apasionados o turbulentos.En el peor, constituye una especie de paso atrás que permite distanciarse de laexperiencia y ubicarse en una corriente paralela de conciencia que es «meta»,—que flota por encima, o que está junto— a la corriente principal y, enconsecuencia, impide sumergirse por completo en lo que está ocurriendo yperderse en ello, y, en cambio, favorece la toma de conciencia. Esta, porejemplo, es la diferencia que existe entre estar violentamente enojado conalguien y tener, aun en medio del enojo, la conciencia autorreflexiva de que«estoy enojado». En términos de la mecánica neural de la conciencia, es muyposible que este cambio sutil en la actividad mental constituya una señalevidente de que el neocórtex está controlando activamente la emoción, un primerpaso en el camino hacia el control. La toma de conciencia de las emocionesconstituye la habilidad emocional fundamental, el cimiento sobre el que seedifican otras habilidades de este tipo, como el autocontrol emocional, porejemplo.

En palabras de John Mayer,un psicólogo de Universidad of New Hampshire que, junto a Peter Salovey, deYale, ha formulado la teoría de la inteligencia emocional, ser consciente deuno mismo significa «ser consciente de nuestros estados de ánimo y delos pensamientos que tenemos acerca de esos estados de ánimo».> Serconsciente de uno mismo, en suma, es estar atento a los estados internos sinreaccionar ante ellos y sin juzgarlos. Pero Mayer también descubrió que estasensibilidad puede no ser tan ecuánime, como ocurre, por ejemplo, en el caso delos típicos pensamientos en los que uno, dándose cuenta de sus propiasemociones, dice «no debería sentir esto», «estoy pensando en cosas positivaspara animarme» o, en el caso de una conciencia más restringida de uno mismo, elpensamiento fugaz de que «no debería pensar en estas cosas».

Aunque haya una diferencialógica entre ser consciente de los sentimientos e intentar transformarlos,Mayer ha descubierto que, para todo propósito práctico, ambas cuestiones van dela mano y que tomar conciencia de un estado de ánimo negativo conlleva tambiénel intento de desembarazamos de él. Pero el hecho es que la toma de concienciade los sentimientos no tiene nada que ver con tratar de desembarazamos de losimpulsos emocionales. Cuando gritamos «¡basta!» a un niño cuya ira le hallevado a golpear a un compañero, tal vez podamos detener la pelea pero conello no anularemos la ira, porque el pensamiento del niño sigue todavía fijadoal desencadenante de su enfado («¡pero él me ha quitado mi juguete!») y, de esemodo, jamás lograremos erradicar la cólera. En cualquier caso, la comprensiónque acompaña a la conciencia de uno mismo tiene un poderoso efecto sobre lossentimientos negativos intensos y no sólo nos brinda la posibilidad de noquedar sometidos a su influjo sino que también nos proporciona la oportunidadde liberamos de ellos, de conseguir, en suma, un mayor grado de libertad.

En opinión de Mayer, existenvarios estilos diferentes de personas en cuanto a la forma de atender o tratarcon sus emociones:

La persona consciente desi misma. Como es comprensible, la persona que es consciente de sus estadosde ánimo mientras los está experimentando goza de una vida emocional másdesarrollada. Son personas cuya claridad emocional impregna todas las facetasde su personalidad; personas autónomas y seguras de sus propias fronteras;personas psicológicamente sanas que tienden a tener una visión positiva de lavida; personas que, cuando caen en un estado de ánimo negativo, no le danvueltas obsesivamente y, en consecuencia, no tardan en salir de él. Suatención, en suma, les ayuda a controlar sus emociones.

Las personas atrapadasen sus emociones. Son personas que suelen sentirse desbordadas por susemociones y que son incapaces de escapar de ellas, como si fueran esclavos desus estados de ánimo. Son personas muy volubles y no muy conscientes de sussentimientos, y esa misma falta de perspectiva les hace sentirse abrumados yperdidos en las emociones y, en consecuencia, sienten que no pueden controlarsu vida emocional y no tratan de escapar de los estados de ánimo negativos.

Las personas que aceptanresignadamente sus emociones. Son personas que, si bien suelen percibir conclaridad lo que están sintiendo, también tienden a aceptar pasivamente susestados de ánimo y, por ello mismo, no suelen tratar de cambiarlos. Parecehaber dos tipos de aceptadores, los que suelen estar de buen humor y se hallanpoco motivados para cambiar su estado de ánimo y los que, a pesar de suclaridad, son proclives a los estados de ánimo negativos y los aceptan con unaactitud de laissez-faire que les lleva a no tratar de cambiarlos a pesarde la molestia que suponen (una pauta que suele encontrarse entre aquellaspersonas deprimidas que están resignadas con la situación en que se encuentran).

EL APASIONADO Y EL INDIFERENTE

Imagine, por un momento, queestá volando entre Nueva York y San Francisco. El vuelo ha sido muy tranquilopero, al aproximarse a las montañas Rocosas, se escucha la voz del pilotoadvirtiendo: «Señoras y caballeros, estamos a punto de atravesar una zona deturbulencia atmosférica. Les rogamos que regresen a sus asientos y se abrochenlos cinturones». Luego el avión entra en la turbulencia y se ve sacudido dearriba a abajo y de un lado al otro como una pelota de playa a merced de lasolas.

¿Qué es lo que usted haríaen esa situación? ¿Es el tipo de persona que se desconectaría de todo yseguiría ensimismado en un libro, una revista o la película que en aquelmomento estuviera proyectándose, o acaso echaría mano rápidamente a la hoja deinstrucciones a seguir en caso de emergencia, escudriñaría el rostro de lasazafatas y los auxiliares de vuelo en busca de algún signo de pánico oprestaría atención al sonido de los motores tratando de advertir en ellos algúnsonido alarmante’?

El tipo de respuesta naturalque tengamos ante esta situación refleja la actitud de nuestra atención ante elestrés. En realidad, esta misma escena forma parte de una de las pruebas de untest desarrollado por Suzanne Miller, una psicóloga de la Temple University,para determinar si, en una situación angustiante, la persona tiende a centrarminuciosamente su atención en todos los detalles de la situación o si, por elcontrario, afronta esos momentos de ansiedad tratando de distraerse. Porque elhecho es que estas dos actitudes atencionales hacia el peligro tienenconsecuencias muy diferentes en la forma en que la gente experimenta suspropias reacciones emocionales. Quienes atienden a los detalles, por este mismomotivo tienden a amplificar inconscientemente la magnitud de sus propiasreacciones (especialmente en el caso de que su atención esté despojada de laecuanimidad que proporciona la conciencia de uno mismo) con el resultado de quesus emociones parecen más intensas. Quienes, por el contrario, se desconectan yse distraen, perciben menos sus propias reacciones, y así no sólo minimizansino que también disminuyen la intensidad de su respuesta emocional.

Y esto significa que, en loscasos extremos, la conciencia emocional de algunas personas esabrumadora mientras que la de otras es casi inexistente. Considere, si no, elcaso de aquel estudiante interno que, cierta noche, al descubrir un fuego en sudormitorio, cogió un extintor y lo apagó. No hay nada especialmente extraño ensu conducta, a excepción del hecho de que, en lugar de correr a apagar elfuego, nuestro estudiante lo hizo caminando tranquilamente porque, para él, noexistía ninguna situación de peligro.

Esta anécdota me fue contadapor Edward Diener, un psicólogo de la Universidad de Illinois, en Urbana, que se hadedicado a estudiar la intensidad con la que la gente experimenta susemociones. El estudiante del que hablábamos destacaba entre todos los casosestudiados por Diener como uno de los menos intensos con los que se había encontrado,una persona completamente desapasionada, alguien que atravesaba la vidasintiendo poco o nada, aun en medio de una situación de peligro de incendiocomo la descrita.

Consideremos ahora, en elotro extremo del espectro de Diener, el caso de una mujer que quedó muyconsternada durante varios días por haber perdido su pluma estilográficafavorita. En otra ocasión, esta misma mujer se emocionó tanto al ver un anunciode rebajas de zapatos que dejó todo lo que estaba haciendo, montó a toda prisaen su coche y condujo sin parar durante tres horas hasta llegar a Chicago,donde se hallaba la zapatería en cuestión.

Según Diener, las mujeressuelen experimentar las emociones en general, tanto positivas como negativas,con más intensidad que los hombres. En cualquier caso, y dejando de lado lasdiferencias de sexo, la vida emocional es más rica para quienes perciben más.Por otra parte, el exceso de sensibilidad emocional supone una verdaderatormenta emocional —ya sea celestial o infernal— para las personas situadas enuno de los extremos del continuo de Diener, mientras que quienes se hallan enel otro polo apenas si experimentan sentimiento alguno aun en lascircunstancias más extremas.

EL HOMBRE SIN SENTIMIENTOS

Gary era un cirujano deéxito, inteligente y solícito, pero su novia, Ellen, estaba exasperada porque,en el terreno emocional, Gary era una persona chata y sumamente reservada.Podía hablar brillantemente de cuestiones científicas y artísticas pero, en lotocante a sus sentimientos, era —aun con Ellen— absolutamente inexpresivo. Y,por más que ella tratara de mover sus emociones, Gary permanecía indiferente eimpasible y no cesaba de repetir: «yo no expreso mis sentimientos» al terapeutaa quien visitó a instancias de Ellen y, cuando llegó el momento de hablar de suvida emocional, Gary concluyó: «no sé de qué hablar. No tengo sentimientosintensos, ni positivos ni negativos».

Pero Ellen no era la únicaen estar frustrada con el mutismo emocional de Gary porque, como le confió a suterapeuta, era completamente incapaz de hablar abiertamente con nadie de sussentimientos. Y el motivo fundamental de aquella incapacidad era, en primerlugar, que ni siquiera sabía lo que sentía, lo único que sabía era que él no seenfadaba; era alguien sin tristezas pero también sin alegrías. Como observó suterapeuta, la impasibilidad emocional convierte a la gente como Gary enpersonas sosas y blandas, personas que «aburren a cualquiera. Es por ello porlo que sus esposas suelen aconsejarles que emprendan un tratamiento psicológico».

La monotonía emocional deGary es un ejemplo de lo que los psiquiatras denominan alexitimia, —delgriego a, un prefijo que indica negación, lexis , que significa «palabra» ythymos, que significa «emoción»—, la incapacidad para expresar con palabras suspropios sentimientos. En realidad, los alexitímicos parecen carecer de todotipo de sentimientos aunque el hecho es que, más que hablar de una ausencia desentimientos, habría que hablar de una incapacidad de expresar las emociones.Los psicoanalistas fueron quienes primero advirtieron la existencia de estetipo de personas refractarias al tratamiento porque no proporcionabansentimientos, fantasías ni sueños de ningún tipo, porque no aportaban, en suma,ninguna vida emocional interna acerca de la cual hablar. Los rasgos clínicosmás sobresalientes de los alexitímicos son la dificultad para describir lossentimientos —tanto los propios como los ajenos— y un vocabulario emocionalsumamente restringido. Es más, se trata de personas que hasta tienen dificultadespara discriminar las emociones de las sensaciones corporales, así que tal vezpuedan decir que tienen mariposas en el estómago, palpitaciones, sudores yvértigos, pero son ciertamente incapaces de reconocer que lo que sienten esansiedad.

El término alexitimia , fueacuñado en 1972 por el doctor Peter Sifneos, un psiquiatra de Harvard, parareferirse a un tipo de pacientes que «dan la impresión de ser diferentes,seres extraños que provienen de un mundo completamente distinto al nuestro,seres que viven en medio de una sociedad gobernada por los sentimientos».Los alexitímicos, por ejemplo, rara vez lloran pero, cuando lo hacen, suslágrimas son copiosas y se quedan desconcertados si se les pregunta por elmotivo de su llanto. Una paciente alexitímica, por ejemplo, quedó tanapesadumbrada después de haber visto una película de una mujer con ocho hijosque estaba muriendo de cáncer, que aquella misma noche se despertó llorando.Cuando el terapeuta le sugirió que tal vez estuviera preocupada porque la películale recordara a su propia madre —que, por cierto, también se hallaba a punto demorir de cáncer—, la mujer se sentó inmóvil, desconcertada y en silencio.Luego, cuando el terapeuta le preguntó qué era lo que sentía, lo único que pudoarticular fue que se sentía «muy mal» y agregó que, a pesar de las ganas dellorar que experimentaba, ignoraba cuál era el verdadero motivo de su llanto.Ése es precisamente el nudo del problema. No es que los alexitimicos nosientan, sino que son incapaces de saber y especialmente incapaces de poner enpalabras lo que sienten. Se trata de personas que carecen de la habilidadfundamental de la inteligencia emocional, la conciencia de uno mismo, elconocimiento de lo que están sintiendo en el mismo momento en que las emocionesbullen en su interior. Los alexitímicos ni siquiera tienen una idea de lo queestán sintiendo y, en este sentido, son un ejemplo que refuta claramente lacreencia de que todos sabemos cuáles son nuestros sentimientos. Cuando algo —o,más exactamente, alguien— les hace sentir, se quedan tan conmovidos yperplejos, que tratan de evitar esta situación a toda costa. Los sentimientosllegan a ellos, cuando lo hacen, como un desconcertante manojo de tensiones y,como ocurría en el caso de la paciente que acabamos de mencionar, se sienten«muy mal» pero no pueden decir exactamente qué tipo de mal es el que sienten.

Esta confusión básica desentimientos suele llevarles a quejarse de problemas clínicos difusos, aconfundir el sufrimiento emocional con el dolor físico, una condición conocidaen psiquiatría con el nombre de somatización (algo, por cierto, muydistinto a la enfermedad psicosomática. en la que los problemas emocionalesterminan originando auténticas complicaciones médicas). De hecho, gran partedel interés psiquiátrico en los alexitímicos consiste en el reconocimiento delos pacientes que acuden al médico en busca de ayuda porque son sumamenteproclives a la búsqueda infructuosa de un diagnóstico y de un tratamientomédico para lo que, en realidad, es un problema emocional.

Aunque la causa de laalexitimia todavía no esté claramente establecida, el doctor Sifneos apunta laposibilidad de que radique en una desconexión entre el sistema límbico y elneocórtex (especialmente los centros verbales), lo cual parece coincidirperfectamente con lo que hemos visto con respecto al cerebro emocional. SegúnSifneos, aquellos pacientes a quienes, para aliviarles de algún tipo de ataquesgraves, se ha seccionado esa conexión, terminan liberándose de sus síntomas perose convierten en personas parecidas a los alexitímicos, personas emocionalmentechatas, incapaces de poner sus sentimientos en palabras y súbitamentedespojados de toda imaginación. En resumen, pues, aunque los circuitosemocionales del cerebro puedan reaccionar a los sentimientos, el neocórtex delos alexitimicos no parece capaz de clasificar esos sentimientos y hablar sobreellos. Y, como dice Henry Roth en su novela Call It Sleep sobre el poderdel lenguaje:

 «Cuando puedas poner palabras a lo que sienteste apropiarás de ello».

Ese, precisamente, es eldilema en el que se encuentra atrapado el alexitímico, porque carecer depalabras para referirse a los sentimientos significa no poder apropiarse deellos.

ELOGIO DE LAS SENSACIONES VISCERALES

Una operación quirúrgicaextirpó por completo el tumor que Elliot tenía inmediatamente detrás de lafrente, un tumor del tamaño de una naranja pequeña. Pero, aunque la operaciónhabía sido todo un éxito, los conocidos advirtieron un cambio tal depersonalidad que les resultaba difícil reconocer que se trataba de la mismapersona. Antes había sido un abogado de éxito pero ahora ya no podía mantenersu trabajo, su esposa terminó por abandonarle, dilapidó todos sus ahorros eninversiones improductivas y se vio obligado a vivir recluido en la habitaciónde huéspedes de casa de su hermano.

Algo en Elliot resultabadesconcertante porque, si bien intelectualmente seguía siendo tan brillantecomo siempre, malgastaba inútilmente el tiempo perdiéndose en los detalles más insignificantes,como sí hubiera perdido toda sensación de prioridad. Y los consejos no teníanel menor efecto sobre él y le despedían sistemáticamente de todos los trabajos.Los tests intelectuales no parecían encontrar nada extraño en sus facultadesmentales, pero Elliot decidió visitar a un neurobiólogo con la esperanza dedescubrir la existencia de algún problema neurológico que justificara suincapacidad porque, de no ser así, debía concluir lógicamente que su enfermedadera meramente inexistente.

Antonio Damasio, elneurólogo al que consultó, se quedó completamente atónito ante el hecho de que,aunque la capacidad lógica, la memoria, la atención y otras habilidades cognitivasse hallaran intactas, Elliot no parecía darse cuenta de sus sentimientos conrespecto a lo que le estaba ocurriendo. Podía hablar de los acontecimientos mástrágicos de su vida con una ausencia completa de emociones, como sí fuera unmero espectador de las pérdidas y los fracasos de su pasado, sin mostrar lamenor desazón, tristeza, frustración o enojo por la injusticia de la vida. Supropia tragedia parecía causarle tan poco sufrimiento que hasta el mismoDamasio parecía más preocupado que él.

Damasio llegó a laconclusión de que la causa de aquella ignorancia emocional había que buscarlaen la intervención quirúrgica, ya que la extirpación del tumor cerebral deberíahaber afectado parcialmente a los lóbulos prefrontales. Efectivamente, laoperación había seccionado algunas de las conexiones nerviosas existentes entrelos centros inferiores del cerebro emocional, (en panicular, la amígdala yotras regiones adyacentes) y las regiones pensantes del neocórtex. De estemodo, su pensamiento se había convertido en una especie de ordenador,completamente capaz de dar los pasos necesarios para tomar una decisión, peroabsolutamente incapaz de asignar valores a cada una de las posiblesalternativas. Todas las posibilidades que le ofrecía su mente resultaban, así,igualmente neutras. Ese razonamiento francamente desapasionado era, en opiniónde Damasio, el núcleo de los problemas de Elliot, ya que la falta de concienciade sus propios sentimientos sobre las cosas era precisamente lo que hacíadefectuoso su proceso de razonamiento.

Las dificultades de Elliotse presentaban incluso en las decisiones más nimias. Cuando Damasio trató deconcertar un día y una hora para la próxima cita, Elliot se convirtió en unamasijo de dudas porque encontraba pros y contras para cada uno de los días yde las horas que le proponía Damasio y no acertaba a elegir entre ninguna deellas. Los motivos que aducía para aceptar u objetar cualquiera de lasalternativas eran sumamente razonables, pero era incapaz de darse cuenta decómo se sentía con cualquiera de ellas. Y aquella falta de conciencia de suspropios sentimientos era precisamente lo que le convertía en alguiencompletamente apático.

Los sentimientos desempeñanun papel fundamental para navegar a través de la incesante corriente de lasdecisiones personales que la vida nos obliga a tomar. Es cierto que lossentimientos muy intensos pueden crear estragos en el razonamiento, perotambién lo es que la falta de conciencia de los sentimientos puede serabsolutamente desastrosa, especialmente en aquellos casos en los que tenemosque sopesar cuidadosamente decisiones de las que, en gran medida, dependenuestro futuro (como la carrera que estudiaremos, la necesidad de mantener untrabajo estable o de arriesgarnos a cambiarlo por otro más interesante, conquién casamos, dónde vivir, qué apartamento alquilar, qué casa comprar, etcétera).Estas son decisiones que no pueden tomarse exclusivamente con la razón sino quetambién requieren del concurso de las sensaciones viscerales y de la sabiduríaemocional acumulada por la experiencia pasada. La lógica formal por sí sola nosirve para decidir con quién casamos, en quién confiar o qué trabajo desempeñarporque, en esos dominios, la razón carente de sentimientos es ciega.

Las señales intuitivas quenos guían en esos momentos llegan en forma de impulsos límbicos que Damasiodenomina «indicadores somáticos», sensaciones viscerales, un tipo dealarma automática que llama la atención sobre el posible peligro de undeterminado curso de acción. Estos indicadores suelen orientarnos en contra dedeterminadas decisiones y también pueden alertamos de la presencia de algunaoportunidad interesante. En esos momentos no solemos recordar la experienciaconcreta que determina esa sensación negativa, aunque en realidad lo único quenos interesa es la señal de que un determinado curso de acción puede conducimosal desastre. De este modo, la presencia de esta sensación visceral confiere unaseguridad que nos permite renunciar o proseguir con un determinado curso deacción, reduciendo así la gama de posibles alternativas a una lista mucho másmanejable. La llave que favorece la toma de decisiones personales consiste, ensuma, en permanecer en contacto con nuestras propias sensaciones.

SONDEANDO EL INCONSCIENTE

La vacuidad emocional deElliot patentiza la existencia de todo un abanico de capacidades personales paradarse cuenta de las emociones en el mismo momento en que se estánexperimentando. Según la lógica de la neurociencia, si la ausencia de undeterminado circuito neuronal conduce a una deficiencia en una capacidadconcreta, la fortaleza o debilidad relativa de ese mismo circuito en personascuyos cerebros se hallan intactos debería conducir a niveles comparables decompetencia en esa misma capacidad. Esto significa que existen motivosneurológicos —ligados al papel que desempeñan los circuitos prefrontales en latoma de conciencia de las emociones— que justifican que determinadas personaspuedan detectar con más facilidad que otras la excitación propia del miedo o laalegría y así ser más conscientes de sus emociones.

Tal vez la capacidad para laintrospección psicológica esté relacionada con estos circuitosneuronales. Hay personas que naturalmente se hallan más sintonizadas con lasmodalidades simbólicas propias de la mente emocional, como, por ejemplo, lametáfora, la analogía, la poesía, la canción y la fábula escritos todos ellosen el lenguaje del corazón. Y lo mismo ocurre en el caso de los sueños y losmitos, en los que el flujo narrativo está determinado por asociaciones difusasque siguen la lógica de la mente emocional. Quienes sintonizan naturalmente conla voz de su propio corazón -con el lenguaje de la emoción— son más proclives aescuchar sus mensajes, ya sea como novelistas, compositores o psicoterapeutas.Esta sintonía interna les hace más aptos para escuchar la voz de «la sabiduríadel inconsciente» y captar así el significado que sienten sobre sus sueños ysus fantasías, los símbolos que encaman nuestros deseos más profundos.

La conciencia de unomismo —la facultad que trata defortalecer la psicoterapia— es fundamental para la introspección psicológica.De hecho, el modelo de la inteligencia intrapsíquica que sigue Howard Gardneres el propuesto por Sigmund Freud, el gran cartógrafo de la dinámica oculta delpsiquismo. Como señaló claramente Freíd, gran parte de nuestra vida emocionales inconsciente, y nuestros sentimientos no siempre logran cruzar el umbral dela conciencia. La verificación empírica de este axioma psicológico procede, porejemplo, de los experimentos sobre las emociones inconscientes, como eldescubrimiento de que las personas relacionan concretamente cosas que nisiquiera saben que han visto anteriormente. Cualquier emoción puede ser —ynormalmente es— inconsciente.

El correlato fisiológico dela emoción suele tener lugar antes de que la persona sea consciente delsentimiento que le corresponde. Cuando, por ejemplo, a las personas quetemen a las serpientes se les muestra la imagen de una serpiente, sensoresconvenientemente colocados en su piel detectan el sudor —un signo de ansiedad—antes de que los sujetos afirmen experimentar miedo. Y esta respuesta tienelugar aun en el caso de que el sujeto se vea expuesto a la imagen una fraccióntan corta de tiempo que no tenga la menor idea consciente de lo que ha visto yque sólo sepa que está comenzando a sentirse ansioso. Sin embargo, en la medidaen que esa emoción preconsciente sigue intensificándose, llega un momento en elque logra atravesar el umbral y emerge en la conciencia. Existen, pues, dosniveles de la emoción, un nivel consciente y otro inconsciente, y el momento enque llega a la conciencia constituye el jalón que indica su registro por el córtexfrontal.

Pero. aunque no tengamos lamenor idea de ellas, el hecho es que las emociones que bullen bajo el umbral dela conciencia pueden tener un poderoso impacto en nuestra forma de percibir yde reaccionar. Tornemos, por ejemplo, el caso de alguien que haya tenido unencuentro desagradable y que luego permanezca irritable durante muchas horas,sintiéndose insultado por el menor motivo y respondiendo mal a la menorinsinuación. El sujeto puede ser completamente inconsciente de sususceptibilidad y sorprenderse mucho si alguien le llama la atención a esterespecto, aunque no cabe la menor duda de que las emociones están bullendo ensu interior y son las que dictan sus ariscas respuestas.

Pero una vez que el sujetotoma conciencia de este hecho —una vez que su córtex lo registra—, puedeevaluar las cosas de un modo nuevo, decidir dejar a un lado los sentimientosque experimento aquel día y transformar así su visión y su estado de ánimo.

Así es como la conciencia emocional de uno mismo conduce alsiguiente elemento constitutivo esencial de la inteligencia emocional: lacapacidad de desembarazarse de los estados de ánimo negativos.

 4.      ESCLAVOSDE LA PASIÓN

 Tú has sido...

un hombre capaz de aceptar con igual semblante los premios y los reveses deFortuna...
Dame a un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y lo colocaré en el centrode mi corazón, ¡ay! en el corazón de mi corazón.
Como hago contigo...

 Hamlet a su amigo Horacio

El dominio de uno mismo, esacapacidad de afrontar los contratiempos emocionales que nos deparan losavatares del destino y que nos emancipa de la «esclavitud de las pasiones» hasido una virtud altamente encomiada desde los tiempos de Platón. Como señala PageDuBois, el notable erudito de la Grecia clásica, el antiguo término griego utilizado parareferirse a esta virtud era sofrosyne, «el cuidado y la inteligencia enel gobierno de la propia vida». Los romanos y la iglesia cristiana primitiva,por su parte, la denominaban temperantia —templanza— la contención delexceso emocional. Pero el objetivo de la templanza no es la represión de lasemociones sino el equilibrio, porque cada sentimiento es válido y tiene supropio valor y significado. Una vida carente de pasión sería una tierra yermaindiferente que se hallaría escindida y aislada de la fecundidad de la vidamisma. Como apuntaba Aristóteles, el objetivo consiste en albergar la emociónapropiada, un tipo de sentimiento que se halle en consonancia con las circunstancias.El intento de acallar las emociones conduce al embotamiento y la apatía,mientras que su expresión desenfrenada, por el contrario, puede terminarabocando, en situaciones extremas, al campo de lo patológico (como ocurre, porejemplo, en los casos de depresión postrante, ansiedad aguda, cóleradesmesurada o autación maniaca).

El hecho de mantener enjaque a las emociones angustiosas constituye la clave de nuestro bienestaremocional. Como acabamos de señalar, los extremos —esto es, las emociones queson desmesuradamente intensas o que se prolongan más de lo necesario— socavannuestra estabilidad. Pero ello no significa, en modo alguno, que debamoslimitarnos a experimentar un sólo tipo de emoción. El intento de permanecerfeliz a toda costa nos recuerda a la ingenuidad de aquellas insignias derostros sonrientes que estuvieron tan de moda durante la década de los setenta.Habría mucho que decir acerca de la aportación constructiva del sufrimiento ala vida espiritual y creativa, porque el sufrimiento puede ayudamos a templarel alma.

La vida está sembrada dealtibajos, pero nosotros debemos aprender a mantener el equilibrio. Enúltima instancia, en las cuestiones del corazón es la adecuada proporción entrelas emociones negativas y las positivas la que determina nuestra sensación debienestar. Esto es, al menos, lo que nos indican ciertos estudios sobre elestado de ánimo en los que se distribuyeron «avisadores» —aparatos que sonabanaleatoriamente— a cientos de mujeres y de hombres, con la función derecordarles que debían registrar las emociones que estaban experimentando enaquel mismo instante. No se trata, pues, de que, para ser felices, debamosevitar los sentimientos angustiosos, sino tan sólo que no nos paseninadvertidos y terminen desplazando a los estados de ánimo más positivos. Aunquienes atraviesan episodios de enojo o depresión aguda disponen, a pesar detodo, de la posibilidad de disfrutar de cierta sensación de bienestar sicuentan con el adecuado contrapunto que suponen las experiencias alegres yfelices. Estos estudios también confirman la escasa relación existente entre elbienestar emocional de la persona y sus calificaciones académicas o su CI, locual demuestra la independencia de las emociones con respecto a lainteligencia académica.

De la misma forma que existeun murmullo continuo de pensamientos en el fondo de la mente, también podemosconstatar la existencia de un constante ruido emocional. Despiértese a alguien,por ejemplo, a las seis de la mañana o a las siete de la tarde y descubrirá quesiempre se halla en un determinado estado de ánimo. Por supuesto que, en dosmañanas diferentes, uno puede hallarse en dos estados de ánimo muy distintospero, cuando tratamos de determinar el estado de ánimo general de una persona alo largo de las semanas o los meses, los datos obtenidos tienden a reflejar susensación global de bienestar. Y también resulta evidente que los sentimientosmuy intensos son relativamente raros y que la mayor parte de las personasvivimos en una especie de término medio gris, en una suave montaña rusaemocional apenas salpicada de ligeros sobresaltos.

Llegar a dominar lasemociones constituye una tarea tan ardua que requiere una dedicación completa yes por ello por lo que la mayor parte de nosotros sólo podemos tratar decontrolar —en nuestro tiempo libre— el estado de ánimo que nos embarga. Todo loque hacemos, desde leer una novela o ver la televisión, hasta las actividades ylos amigos que elegimos, no son más que intentos de llegar a sentirnos mejor. Elarte de calmarse a uno mismo constituye una habilidad vital fundamental, yalgunos intérpretes del pensamiento psicoanalítico, como, por ejemplo, JohnBowlby y D.W. Winnicott consideran que se trata del más fundamental de losrecursos psicológicos. En teoría, los niños emocionalmente sanos aprenden acalmarse tratándose a sí mismos del modo en que han sido tratados por losdemás, y es así como se vuelven menos vulnerables a las erupciones del cerebroemocional.

Como ya hemos visto, eldiseño del cerebro pone de manifiesto que tenemos escaso o ningún control conrespecto al momento en que nos veremos arrastrados por una emoción y quetampoco disponemos de mucho margen de maniobra sobre el tipo de emoción que nosaquejará. Lo que tal vez si se halla en nuestra mano es el tiempo quepermanecerá una determinada emoción. El problema no estriba tanto en ladiversidad emocional que reflejan, por ejemplo, la tristeza, la preocupación oel enfado (ya que normalmente estos estados de ánimo desaparecen con el tiempo ypaciencia), como en el hecho de que su desmesura y su inadecuación conlleva losmás sombríos matices: la ansiedad crónica, la furia desbocada y la depresión.Tanto es así que, en sus manifestaciones más graves y persistentes, suerradicación puede llegar a requerir medicación, psicoterapia o ambas cosas ala vez.

Uno de los indicadores de laautorregulación emocional es el hecho de saber reconocer en qué momento laexcitación crónica del cerebro emocional es tan intensa como para requerirayuda farmacológica. Por ejemplo, dos tercios de las personas que sufren detrastornos maníaco—depresivos no han recibido nunca tratamiento médico alrespecto. Pero el hecho es que el litio u otros fármacos más vanguardistaspueden llegar a frustrar el ciclo característico del trastornomaníaco—depresivo (en el que se alternan la euforia caótica y la grandiosidadcon la irritación y la rabia). Uno de los problemas característicos de lostrastornos maníaco-depresivos es que, cuando la persona está inmersa en plenacrisis maníaca, se halla plenamente convencida de que no necesita ningún tipode ayuda a pesar de las desastrosas decisiones que pueda estar tomando. Asípues, la medicación psiquiátrica brinda a las personas que están atravesandoeste tipo de episodios un instrumento para manejar más adecuadamente sus vidas.

Pero cuando se trata desuperar un tipo más habitual de estados negativos sólo contamos con nuestrospropios recursos.

Como ha señalado Diane Tice,psicóloga de la Case Western Reserve University que interrogó a más decuatrocientas personas sobre las diferentes estrategias que utilizaban parasuperar los estados de ánimo angustiantes y sobre el grado de éxito que éstasles procuraban, estos recursos no siempre se mostraron lo suficientementeeficaces  Hay que decir, para comenzar,que no todos los encuestados partían de la premisa de que fuera necesariocambiar los estados de ánimo negativos. La investigación de Tice puso demanifiesto la existencia de cerca de un 5% de «puristas del estado de ánimo»,es decir, personas que afirmaban que ellos nunca trataban de cambiar undeterminado estado de ánimo porque, en su opinión, todas las emociones son«naturales» y deben experimentarse tal y como se presentan, por másdesalentadoras que resulten. Asimismo, también había otros que buscabanpromover estados de ánimo negativos por razones pragmáticas: médicos quenecesitan mostrarse apesadumbrados para dar una mala noticia a sus pacientes;activistas sociales que alimentan su indignación ante la injusticia para poderser más eficaces a la hora de combatirla; y hubo incluso un joven que admitióque alimentaba su rabia para poder defender más adecuadamente a su hermanomenor de las agresiones de que era objeto en el patio de recreo. Otros, porúltimo, se mostraron abiertamente maquiavélicos en la manipulación de susestados de ánimo, como atestiguaron varios cobradores que ejercitaban suirritabilidad para poder mantener su inflexibilidad ante los morosos. Encualquiera de los casos, la verdad es que, aparte de estos raros ejemplos decultivo deliberado de las emociones negativas, la mayoría admitió que sehallaba a merced de sus estados de ánimo. Los caminos que emprende la gentepara sacudirse de encima los estados de ánimo perturbadores son decididamentemuy heterogéneos.

LA ANATOMIA DELENFADO

Supongamos que otroconductor se nos acerca peligrosamente mientras estamos circulando por laautopista. Aunque nuestro primer pensamiento reflejo sea, por ejemplo,«¡maldito hijo de puta!», lo que realmente resulta decisivo para el desarrollode la rabia es que ese pensamiento vaya seguido de otros pensamientos deirritación y venganza, como, por ejemplo: «¡ese cabrón Podría haber chocadoconmigo! ¡No puedo permitírselo!». En tal caso, nuestros nudillos palidecenmientras las manos aprietan firmemente el volante (una especie de sustitucióndel hecho de estrangular al otro conductor), el cuerpo se predispone para lalucha —no para la huida— y comenzamos a temblar mientras resbalan por nuestrafrente gotas de sudor, el corazón late con fuerza y tensamos todos los músculosdel rostro. Es como si quisiéramos asesinarle. Entonces es cuando oímos elclaxon del coche que nos sigue y nos damos cuenta de que, después de haberevitado por los pelos la colisión, hemos aminorado la marcha inadvertidamente yestamos a punto de explotar y proyectar toda nuestra rabia sobre ese otroconductor. Esta es la sustancia misma de la hipertensión, de la conducciónimprudente y hasta de muchos accidentes de automóvil.

Comparemos ahora estasecuencia del desarrollo de la rabia con otra línea de pensamiento más amablehacia el conductor que se ha interpuesto en nuestro camino: «es muy posible queno me haya visto o que tenga una buena razón para conducir de ese modo,probablemente una urgencia médica». Esta posibilidad atempera nuestro enfadocon la compasión o, al menos, con cierta apertura mental que permite detener laescalada de la rabia. El problema estriba, como nos recuerda el desafío deAristóteles, en tener el grado de enfado apropiado, ya que, con demasiada frecuencia,la rabia escapa a nuestro control. Benjamin Franklin expresó muy acertadamenteeste punto cuando dijo: «siempre hay razones para estar enfadados, peroéstas rara vez son buenas».

Existen, claro está,diferentes tipos de enfado. Es muy probable que la amígdala sea elprincipal asiento del súbito chispazo de ira que experimentamos hacia elconductor cuya falta de atención ha puesto en peligro nuestra seguridad. Pero,en el otro extremo del circuito emocional, el neocórtex tiende a fomentar untipo de enfados más calculados, como la venganza fría o las reacciones quesuscitan la infidelidad y la injusticia. Estos enfados premeditados suelen seraquéllos a los que Franklin se refería cuando decía que «esconden una buenarazón» o, por lo menos, que así nos lo parece.

Como afirma Tice, el enfadoparece ser el estado de ánimo más persistente y difícil de controlar. De hecho,el enfado es la más seductora de las emociones negativas porque el monólogointerno que lo alienta proporciona argumentos convincentes para justificar elhecho de poder descargarlo sobre alguien. A diferencia de lo que ocurre en elcaso de la melancolía, el enfado resulta energetizante e incluso euforizante.Es muy posible que su poder persuasivo y seductor explique el motivo por el cualciertos puntos de vista sobre el enfado se hallan tan difundidos. La gente, porejemplo, suele pensar que la ira es ingobernable y que, en todo caso, nodebiera ser controlada o que una descarga «catártica» puede ser sumamenteliberadora. El punto de vista opuesto —que quizá constituya una reacción anteel desolador panorama que nos brindan las actitudes recién mencionadas—,sostiene, por el contrario, que el enfado puede ser totalmente evitado. Perouna lectura atenta de los descubrimientos realizados por la investigación deTice nos sugiere que este tipo de actitudes habituales hacia el enfado no sóloestán equivocadas sino que son francas supersticiones. Sin embargo, la cadenade pensamientos hostiles que alimenta al enfado nos proporciona una posibleclave para poner en práctica uno de los métodos más eficaces de calmarlo. Enprimer lugar, debemos tratar de socavar las convicciones que alimentan elenfado. Cuantas más vueltas demos a los motivos que nos llevan al enojo, más«buenas razones» y más justificaciones encontraremos para seguir enfadados. Lospensamientos obsesivos son la leña que alimenta el fuego de la ira, un fuegoque sólo podrá extinguirse contemplando las cosas desde un punto de vistadiferente. Como ha puesto de manifiesto la investigación realizada por Tice,uno de los remedios más poderosos para acabar con el enfado consiste en volvera encuadrar la situación en un marco más positivo.

La «irrupción» de la rabia

Este descubrimiento confirmalas conclusiones a las que ha llegado Dolf Zillmann, psicólogo de la Universidad deAlabama, quien, a lo largo de una exhaustiva serie de cuidadosos experimentos,ha determinado con detalle la anatomía de la rabia. Si tenemos en cuenta que laraíz de la cólera se asienta en la vertiente beligerante de la respuesta delucha-o-huida, no es de extrañar que Zillman concluya que el detonanteuniversal del enfado sea la sensación de hallarse amenazado. Y nonos referimos solamente a la amenaza física sino también, como suele ocurrir, acualquier amenaza simbólica para nuestra autoestima o nuestro amor propio(como, por ejemplo, sentirse tratado ruda o injustamente, sentirse insultado,menospreciado, frustrado en la consecución de un determinado objetivo,etcétera), percepciones, todas ellas, que actúan a modo de detonante de unarespuesta límbica que tiene un efecto doble sobre el cerebro. Por una parte,libera la secreción de catecolaminas que cumplen con la función de generar unacceso puntual y rápido de la energía necesaria para «emprender una acción decidida—como dice Zillman— tal como la lucha o la huida». Esta descarga de energíalímbica perdura varios minutos durante los cuales nuestro cuerpo, en función dela magnitud que nuestro cerebro emocional asigne a la amenaza, se dispone parael combate o para la huida.

Mientras tanto, otra oleadaenergética activada por la amígdala perdura más tiempo que la descargacatecolamínica y se desplaza a lo largo de la rama adrenocortical del sistemanervioso, aportando así el tono general adecuado a la respuesta. Estaexcitación adrenocortical generalizada puede perdurar horas e incluso días,manteniendo al cerebro emocional predispuesto a la excitación y convirtiéndoseen un trampolín fisiológico que provoca que las reacciones subsecuentes seproduzcan con especial celeridad. Esta hipersensibilidad difusa provocada porla excitación adrenocortical explica por qué la mayoría de las personas parecenmás predispuestas a enfadarse una vez que ya han sido provocadas o se hallanligeramente excitadas. Por otra parte, todos los tipos de estrés provocan unaexcitación adrenocortical que contribuye a bajar el umbral de la irritabilidad.De este modo, después de un duro día del trabajo, una persona se sentiráespecialmente predispuesta a enfadarse en casa por las razones más insignificantes—el ruido o el desorden de los niños, por ejemplo—, razones que en otrascircunstancias no tendrían el poder suficiente para desencadenar un secuestroemocional.

Zillman ha llegado a estasconclusiones después de una concienzuda experimentación. En uno de susestudios, por ejemplo, contaba con un cómplice cuya misión era la de provocar alas personas que se habían ofrecido voluntarias para el experimento haciendocomentarios sarcásticos sobre ellos. Seguidamente, los voluntarios veían una películadivertida u otra de carácter más perturbador. A continuación se les ofrecía laocasión de desquitarse de quien les acababa de criticar pidiéndoles quevalorasen lo que, en su opinión, debía pagársele. Los resultados demostraronclaramente que la intensidad de su venganza era directamente proporcional algrado de excitación que habían experimentado durante la contemplación de lapelícula. Así pues, quienes acababan de ver la película más desagradable semostraban más enfadados y ofrecían las peores valoraciones.

El enfado se construye sobre el enfado

La investigación realizadapor Zillman parece explicar la dinámica inherente a un drama familiar domésticodel que fui testigo cierto día que me hallaba de compras en el supermercado. Alotro extremo del pasillo podía oírse el tono mesurado y amable de una jovenmadre que se dirigía a su hijo con un escueto.

—Devuelve... eso... a susitio.

—Pero yo lo quiero—gimoteaba el pequeño, aferrándose con más fuerza a la caja de cereales con laimagen de las Tortugas Ninja.

—Ponlo en su sitio —dijo lamadre con un tono de voz que comenzaba a traslucir una cierta irritación.

En aquel momento, una niñamás pequeña, que iba sentada en el asiento del carro, tiró al suelo el tarro degelatina que estaba mordisqueando y, al derramarse por el suelo, la madrecomenzó a vociferar.

—¡Toma! —dijo furiosamientras le daba un bofetón.

A continuación arrebató lacaja de manos del niño, la arrojó al anaquel más cercano y, levantando a suhijo velozmente del suelo por la cintura, lo llevó a rastras pasillo adelantemientras empujaba el carro amenazadoramente. Ahora la niña lloraba y el niñopataleaba protestando:

—¡Bájame! ¡Bájame!

Zilíman ha descubierto quecuando el cuerpo se encuentra en un estado de irritabilidad —como ocurría, por ejemplo,en el caso de esta madre— y algo suscita un secuestro emocional, la emociónsubsecuente, sea de enfado o ansiedad, revestirá una intensidad especial. Yésta es la dinámica que invariablemente se pone en funcionamiento cuandoalguien se irrita. Zillman considera la escalada del enfado como «unasecuencia de provocaciones, cada una de las cuales suscita una reacción deexcitación que tiende a disiparse muy lentamente». En esta secuencia, cadauno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierte en un minimodetonante de la descarga catecolamínica de la amígdala, y cada una deestas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonalprecedente. De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que laprimera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y asísucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomos de lasanteriores, aumentando así vertiginosamente la escalada del nivel de excitaciónfisiológica. Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este procesoprovocará una irritación mucho más intensa que la que tendría lugar al comienzode la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempoque la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces,la ira, ante la que nuestra razón se muestra impotente, desembocaráfácilmente en un estallido de violencia.

En este momento, la personase siente incapaz de perdonar y se cierra a todo razonamiento. Todos suspensamientos gravitan en torno a la venganza y la represalia, sin detenerse aconsiderar las posibles consecuencias de sus actos. Este alto nivel deexcitación, afirma Zillman, «alimenta una ilusión de poder einvulnerabilidad que promueve y fomenta la agresividad», ya que, «afalta de toda guía cognitiva adecuada», la persona enfadada se retrotrae ala más primitiva de las respuestas. Es así cómo las descargas límbicasprosiguen su curso ascendente y las lecciones más rudimentarias de labrutalidad terminan convirtiéndose en guías para la acción.

Un bálsamo para el enfado

A la vista de este análisissobre la anatomía del enfado, Zillman considera que existen dos posibilidadesde intervención en el proceso. El primer modo de restar fuerza al enfadoconsiste en prestar la máxima atención y darnos cuenta de los pensamientos quedesencadenan la primera descarga de enojo (esta evaluación original confirma yalienta la primera explosión mientras que las siguientes sólo sirven paraavivar las llamas ya encendidas). El momento del ciclo del enfado en el que intervengamosresulta sumamente importante porque, cuanto antes lo hagamos, mejores resultadosobtendremos. De hecho, el enfado puede verse completamente cortocircuitado si,antes de darle expresión, damos con alguna información que pueda mitigarlo.

El poder de la comprensiónpara desactivar la irritación resulta bien patente en otro de los experimentosrealizados por Zillman, en el que un ayudante especialmente grosero (cómplice,en realidad, del experimentador) se dedicaba a insultar y provocar a los sujetosque en aquel momento realizaban un ejercicio físico.

Cuando se les brindó laposibilidad de desquitarse de su desagradable compañero —dándoles laoportunidad de estimar sus aptitudes para un posible trabajo—, acometieron latarea con una mezcla de enojo y complacencia. En cambio, en otra versión delmismo experimento, una mujer entraba en la sala, después de que los voluntarioshubiesen sido provocados e inmediatamente antes de que se les diera laoportunidad de desquitarse, y hacía salir al cómplice del lugar con la excusade que acababa de recibir una llamada telefónica urgente. Cuando éste salía, sedespedía despectivamente de la mujer quien, sin embargo, parecía tomarse elcomentario con muy buen humor, explicando a los demás que su compañero se hallabasometido a terribles presiones porque estaba muy nervioso ante la inminencia deun examen oral. En este caso, la explicación ofrecida pareció despertar lacompasión de los sujetos del experimento quienes, cuando tuvieron laoportunidad de desquitarse, rehusaron hacerlo. Este tipo de informaciónatemperante parece, pues, permitir la reconsideración del incidente quedesencadena el enfado.

Sin embargo, como decíamosanteriormente, también existe otra posibilidad para desarticular el enfado que,según Zilíman, sólo resulta posible en casos de irritación moderada y, por elcontrario, no funciona en niveles más intensos, debido a lo que el mismo Zillmandenomina «incapacidad cognitiva», que impide a las personasrazonar adecuadamente. Cuando la gente se halla sometida a un nivel deirritabilidad muy intenso, tiende a infravalorar los posibles mensajes deinformación mitigante con frases tales como « ¡esto es intolerable!» o -comoafirma Zillmann —con suma delicadeza— con «las más burdas procacidades quenos brinda nuestro idioma».

El enfriamiento

En cierta ocasión, cuandosólo tenía trece anos, me enzarcé en una agria discusión en casa y salí de ellajurando que jamás regresaría. Era un hermoso día de verano y estuve paseandopor el campo hasta que la paz y la belleza circundantes me invadieron ygradualmente fui tranquilizándome. Al cabo de unas horas regresé a casa serenoy completamente arrepentido. A partir de aquel momento, cada vez que me enfadobusco una oportunidad para hacer lo mismo, lo que considero el mejor de losremedios.

Este relato forma parte deuno de los primeros estudios científicos sobre el enfado llevado a cabo en1899, un estudio que aún sigue siendo todo un modelo de la segunda forma deaplacar el enfado que citábamos anteriormente, tratar de aplacar la excitaciónfisiológica ligada a la descarga adrenalínica en un entorno en el que no hayapeligro de que se produzcan más situaciones irritantes. Eso supone, porejemplo, que, en el caso de una discusión, la persona agraviada debería alejarsedurante un tiempo de la persona causante del enojo y frenar la escalada depensamientos hostiles tratando de distraerse. Como ha descubierto Zillmann, lasdistracciones son un recurso sumamente eficaz para modificar nuestroestado de ánimo por la sencilla razón de que es difícil seguir enfadado cuandouno se lo está pasando bien. El truco, pues, consiste en darnos permiso paraque el enfado vaya enfriándose mientras tratamos de disfrutar de un ratoagradable.

El análisis realizado porZillmann sobre los mecanismos que contribuyen a incrementar o disminuir lairritación nos brinda una explicación a buena parte de los descubrimientosrealizados por Diane Tice acerca de las estrategias que la gente suele emplearpara aliviar el enfado. Una de tales estrategias —claramente eficaz— consisteen retirarse y quedarse a solas mientras tiene lugar el proceso deenfriamiento. Para la gran mayoría de los varones esto se traduce en dar unpaseo en automóvil, una actividad que concede una tregua mientras uno conduce(y, que según me confesó Tice, la hace conducir ahora con mayor precaución).

Quizás una alternativa mássaludable sea la de dar una larga caminata. El ejercicio activo contribuye adominar el enfado y lo mismo puede decirse de los métodos de relajación, como,por ejemplo, la respiración profunda y la distensión muscular porque estosejercicios permiten aliviar la elevada excitación fisiológica provocada por elenfado y propiciar un estado de menor excitación y también obviamente porqueasí uno se distrae del estímulo que suscitó el enfado. El ejercicio activopuede servir además para disminuir el enfado por una razón similar ya que,después del alto nivel de activación fisiológica suscitado por el ejercicio, elcuerpo vuelve naturalmente a un nivel de menor excitación.

Pero el período deenfriamiento no será de ninguna utilidad si lo empleamos en seguir alimentandola cadena de pensamientos irritantes, ya que cada uno de éstos constituye, porsí mismo, un pequeño detonante que hace posibles nuevos brotes de cólera. Elpoder sedante de la distracción reside precisamente en poner fin a la cadena depensamientos irritantes. En su revisión de las estrategias utilizadas por lamayoría de las personas para controlar el enfado, Tice descubrió que lasdistracciones más utilizadas para tratar de calmarse —ver la televisión, ir alcine, leer y actividades similares— ponen coto eficazmente a la cadena depensamientos hostiles que alimentan el enfado. No obstante, también tenemos quematizar, no obstante, como ha explicado Tice, que actividades tales como comere ir de compras no tienen el mismo efecto, ya que resulta sumamente sencilloproseguir con nuestros pensamientos de indignación mientras recorremos lospasillos de un centro comercial o damos buena cuenta de un pastel de chocolate.

A estas estrategias debemosañadir las propuestas por Redford Williams, psiquiatra de la Universidad de Duke,quien trata de ayudar a controlar su cólera a las personas muy irritables quepresentan un elevado riesgo de enfermedad cardíaca. Una de sus recomendacionesconsiste en que la persona aprenda a utilizar la conciencia de si mismo paradarse cuenta de los pensamientos irritantes o cínicos en el mismo momento enque aparecen y, seguidamente, registrarlos por escrito.Cuando los pensamientos irritantes se han detectado de este modo, puedenafrontarse y considerarse desde una perspectiva más adecuada; aunque, comoZillmann descubriera, esta aproximación es más provechosa cuando lairritabilidad no ha alcanzado todavía la cota de la cólera.

La falacia de la catarsis

Apenas subí a un taxi de laciudad de Nueva York, un joven que quería cruzar la calle se detuvo ante elvehículo a esperar que el tráfico disminuyera. El taxista, impaciente porarrancar, tocó entonces el claxon y comenzó a mover el vehículo lentamente afin de que el joven se apartara de su camino. La réplica de éste fue un ademánobsceno y grosero.

—Eh. tú. hijo de puta! —leespetó, entonce, el taxista. pisando el acelerador y el freno al mismo tiempoamenazando con embestirle.

Ante aquella intimidación,el joven se hizo a un lado bruscamente y descargó un puñetazo sobre lacarrocería del taxi mientras éste trataba de abrirse paso a través del tráfico.El taxista soltó entonces una burda letanía de exclamaciones dirigidas aljoven.

—No puedes cargar con lamierda del primer imbécil que se te cruce en el camino. Tienes que devolvérselaa gritos. Por lo menos, eso te hace sentir mejor —me dijo luego el conductor, aguisa de conclusión, todavía visiblemente afectado.

La catarsis —el hechode dar rienda suelta a nuestro enfado— se ensalza a veces como un modo adecuadode manejar la irritación.

La opinión popular sostieneque «eso te hace sentir mejor» pero, tal como nos sugieren los descubrimientosrealizados por Zillmann, existe un poderoso argumento en contra de la catarsis,un argumento que comenzó a elaborarse a partir de la década de los cincuentacuando los psicólogos comprobaron experimentalmente los efectos de la catarsisy descubrieron que el hecho de airear el enfado de poco o nada sirve paramitigarlo (aunque, dada su seductora naturaleza, pueda proporcionarnos ciertasatisfacción). No obstante, existen ciertas condiciones concretas en las que elhecho de expresar abiertamente el enfado puede resultar apropiado como, porejemplo, cuando se trata de comunicar algo directamente a la persona causantede nuestro enojo; cuando sirve para restaurar la autoridad, el derecho o lajusticia; o cuando con ello se inflige «un daño proporcional» a la otrapersona que la obliga, más allá de todo sentimiento de venganza por nuestraparte, a cambiar la situación que nos agobia. Hay que decir también que, debidoa la naturaleza altamente inflamable de la ira, esto es más fácil de decir quede llevar a la práctica.

Tice descubrió, asimismo,que el hecho de expresar abiertamente el enfado constituye una de las peoresmaneras de tratar de aplacarlo, porque los arranques de ira incrementannecesariamente la excitación emocional del cerebro y hacen que la persona sesienta todavía más irritada. En este sentido, las respuestas ofrecidas por lagente confirmaron a Tice que el efecto de expresar abiertamente la cólera antela persona que la provocaba había sido el de prolongar su mal humor en lugar deacabar con él. Parece mucho más eficaz, en suma, que la persona comiencetratando de calmarse y que posteriormente, de un modo más asertivo yconstructivo, entable un diálogo para tratar de resolver el problema. Comoescuché en cierta ocasión, al maestro tibetano Chogyam Trungpa cuando se lepreguntó por el mejor modo de relacionarse con el enfado:

«Ni lo reprimas ni tedejes arrastrar por él».

APLACAR LA ANSIEDAD:¿QUÉ ES LO QUE ME PREOCUPA?

¡Oh no! Parece que se haestropeado el silenciador del tubo de escape... Tendré que llevarlo areparar... Pero ahora no tengo dinero... Tal vez pueda coger el dinero de lamatrícula de Jamie...Pero ¿qué pasará si luego no puedo pagar su matrícula?...Bueno, el último informe del instituto ha sido francamente desalentador... Esmuy probable que sus notas sigan siendo malas y finalmente no puedamatricularse en la universidad. El silenciador sigue haciendo ruido...

Así es como la menteobsesionada da vueltas y más vueltas, una y otra vez, a un culebrónaparentemente interminable de preocupaciones concatenadas. El ejemplo anterior noslos proporcionan Lizabeth Roemer y Thomas Borkovec, psicólogos de la Pennsylvania UniversityState, cuya investigación sobre la preocupación —el núcleo fundamental de laansiedad— ha llamado la atención sobre el tema de los artistas y de loscientíficos neuróticos. « Según parece, una vez iniciado, no hay modoalguno de detener el ciclo de la preocupación. En el extremo opuesto, lareflexión constructiva acerca de un problema —una actividad sólo en aparienciasimilar a la preocupación— puede permitirnos dar con la solución adecuada».

En realidad, todapreocupación se asienta en el estado de alerta ante un peligro potencial que,sin duda alguna, ha sido esencial para la supervivencia en algún momento denuestro proceso evolutivo. Cuando el miedo activa nuestro cerebro emocional,una parte de la ansiedad centra nuestra atención en la amenaza, obligando a lamente a buscar obsesivamente una salida y a ignorar todo lo demás. Lapreocupación constituye, pues, en cierto modo, una especie de ensayo en el queconsideramos las distintas alternativas de respuesta posibles. En este sentido,la función de la preocupación consiste, por consiguiente, en una anticipaciónde los peligros que pueda presentamos la vida y en la búsqueda de solucionespositivas ante ellos.

El problema surge cuando lapreocupación se hace crónica y reiterativa, cuando se repite continuamente sinprocuramos nunca una solución positiva. Un análisis más detenido de lapreocupación crónica evidencia que ésta presenta todos los rasgos característicospropios de un secuestro emocional moderado: parece no proceder de ningunaparte, es incontrolable, genera un ruido constante de ansiedad, se muestraimpermeable a todo razonamiento y encierra a la persona preocupada en unaactitud unilateral y rígida sobre el asunto que la preocupa. Cuando el ciclo dela preocupación se intensifica y persiste, ensombrece el hilo argumental hastadesembocar en arrebatos nerviosos, fobias, obsesiones, compulsiones yauténticos ataques de pánico. En cada uno de estos desórdenes la preocupaciónse centra en un contenido diferente: en el caso de la fobia, la ansiedad sefija en la situación temida; en las obsesiones, se ocupa en impedir algúnposible desastre; por último, en los ataques de pánico suele gravitar en tornoa la muerte o a la misma posibilidad de sufrir un ataque de pánico.

El denominador común de todasestas condiciones es una falta de control sobre el ciclo de la preocupación.Por ejemplo, una mujer aquejada de un trastorno obsesivo-compulsivo se veíaobligada a ejecutar una serie de ceremonias rituales que le ocupaban la mayorparte del tiempo que pasaba despierta, como ducharse durante cuarenta y cincominutos varias veces o lavarse las manos cinco minutos seguidos veinte o másveces al día. No se sentaba a menos que antes hubiera limpiado el asiento conalcohol para esterilizarlo. Tampoco podía tocar a niño o a animal algunoporque, según decía, estaban «demasiado sucios». En realidad, todos estoscomportamientos compulsivos estaban motivados por un miedo mórbido a losgérmenes, puesto que albergaba el temor constante de que, si no se lavaba yesterilizaba, terminaría enfermando y moriría.”

Otra mujer que estaba siendotratada de un «trastorno de ansiedad generalizada» —la etiqueta psicológicautilizada para referirse a una persona excesivamente aprensiva— respondió delsiguiente modo a la petición de que durante un minuto expresara en voz alta suspreocupaciones:

«—Podría no hacerlo bien.Sonaría tan artificial que no nos permitiría hacernos una idea correcta de larealidad de mi problema y lo que necesitamos es comprender esa realidad...Porque si no vemos la realidad jamás me pondré bien y, si no me pongo bien,jamás podré llegar a ser feliz.»

En este despliegue depreocupación sobre preocupación, el mismo hecho de pedirle al sujeto queexpresara en voz alta sus preocupaciones durante un minuto provocó una escaladaque terminó desembocando, poco después, en una conclusión auténticamentecatastrófica: «jamás llegaré a ser feliz». El ciclo de lapreocupación suele comenzar con un relato interno que salta de un tema aotro y que no suele incluir la representación imaginaria del infortunio encuestión. En efecto, las preocupaciones son de carácter más auditivo que visual-es decir, se expresan en palabras y no en imágenes—, un hecho muy importante ala hora de intentar controlarlas.

Borkovec y sus colegascomenzaron a estudiar la preocupación en si misma cuando estaban tratando deencontrar un tratamiento para el insomnio. La ansiedad, como han observadootros investigadores, tiene una manifestación cognitiva —los pensamientospreocupantes— y otra somática, evidenciada por los síntomas fisiológicostípicos de la ansiedad (como el sudor, la aceleración del ritmo cardíaco o latensión muscular). Sin embargo, lío como descubrió Borkovec, el problemaprincipal de la gente que padece insomnio no es la excitación somática sino lospensamientos intrusivos. Se trata de aprensivos crónicos que no pueden dejar deestar preocupados, por más cansados que se encuentren. Lo único que pareceayudarles a conciliar el sueño es el hecho de alejar su mente de laspreocupaciones, focalizándola, en su lugar, en las sensaciones producidas porel ejercicio de algún tipo de relajación. Resumiendo: se puede cortar el círculovicioso de la preocupación cambiando el foco de la atención.

Sin embargo, la mayoría delas personas aprensivas no parecen responder a este método, y según Borkovec,esto se debe a que el ciclo de la preocupación proporciona una recompensaparcial que refuerza el hábito. El aspecto positivo, por así decirlo, de lapreocupación, es que constituye una forma de afrontar las amenazas potencialesy los peligros que puedan cruzarse en nuestro camino. Como ya hemos dicho, laverdadera función de la preocupación es la de constituir una especie de ensayofrente a esas amenazas que nos ayuda a encontrar posibles soluciones.

Pero el hecho es que esteaspecto de la preocupación no siempre resulta adecuado. Las solucionesoriginales y las formas creativas de encarar un problema no suelen estarligadas a la preocupación, especialmente en el caso de la preocupación crónica.En lugar de buscar una posible solución a los problemas potenciales, losaprensivos se limitan simplemente a dar vueltas y más vueltas en torno alpeligro, profundizando así el surco del pensamiento que les atemoriza. Losaprensivos crónicos pueden albergar miedos frente a un amplio abanico desituaciones —la mayoría de ellas con escasas probabilidades de ocurrir— yadvierten peligros en el viaje de la vida que los demás no llegamos siquiera abarruntar.

Sin embargo, segúnconfirmaron a Borkovec algunas de estas personas, aunque la preocupación puedaayudarles, lo cierto es que tiende a autoperpetuarse y a girar incesantementeen tomo a un mismo y angustioso pensamiento. Pero ¿por qué la preocupaciónpuede terminar convirtiéndose en una especie de adicción mental? Posiblementeporque, como señala Borkovec, el hábito de la preocupación tiene una funciónsimilar al de la superstición.

La gente suele preocuparsepor cosas que tienen muy pocas probabilidades de ocurrir —como la muerte de unser querido en un accidente de aviación, la bancarrota y similares—, y todoeste proceso, al menos en lo que se refiere al cerebro límbico, tiene algo demágico. Así, del mismo modo que un amuleto nos protege de algún dañoanticipado, la preocupación proporciona la confianza psicológica necesaria parahacer frente a los peligros que nos obsesionan.

Una forma de trabajo con la preocupación

Ella se había trasladadodesde el Medio Oeste hasta Los Angeles porque un editor le había ofrecidotrabajo pero, una vez ahí, se enteró de que la editorial había sido compradapor otra empresa y se quedó sin él. Entonces empezó a trabajar como escritoraindependiente, una profesión muy inestable que lo mismo la sobrecargaba detrabajo que la colocaba en una precaria situación económica. No era infrecuenteque tuviera que racionar las llamadas telefónicas y por vez primera carecía deseguro de enfermedad. Aquella inestabilidad la hacía sentirse tan angustiadaque no tardó en descubrirse teniendo pensamientos sombríos sobre su salud,convencida de que su dolor de cabeza era el síntoma de un tumor cerebral eimaginando que iba a sufrir un accidente cada vez que tomaba el coche. Muchasveces se descubría completamente perdida en una interminable secuencia depreocupaciones que la envolvían como una especie de neblina. Como ella mismadecía, sus obsesiones habían acabado convirtiéndose en una especie de adicción.

Borkovec también mencionaotra ventaja adicional de la preocupación, ya que, mientras la persona se hallainmersa en sus pensamientos obsesivos, no parece reparar en las sensacionessubjetivas de ansiedad (el aumento del ritmo cardíaco, la sudoración, lostemblores, etcétera) suscitadas por esos mismos pensamientos. Así pues, lapersistencia de la preocupación parece silenciar esa ansiedad, al menos en loque respecta al ritmo cardíaco. Al parecer, la secuencia de la preocupación esla siguiente: la persona comienza adviniendo algo que suscita la idea de algunaamenaza o un peligro potencial, una catástrofe imaginaria que, a su vez,desencadena un ataque moderado de ansiedad: luego el aprensivo se sumerge enuna serie de pensamientos de angustia, cada uno de los cuales desata nuevaspreocupaciones. Mientras la atención permanezca circunscrita a este ámbitoobsesivo y se mantenga focalizada en este tipo de pensamientos, conseguiráapartar de su mente la imagen original catastrófica que disparó la ansiedad.Como descubrió Borkovec, las imágenes son más poderosas que los pensamientos ala hora de activar la ansiedad fisiológica. Es por esto por lo que la inmersiónen los pensamientos y la exclusión de las imágenes catastróficas es capaz dealiviar parcialmente la angustia. Y. en ese sentido, la preocupación se vereforzada porque constituye una suerte de antídoto parcial de la angustia.

Pero la preocupación crónicatambién resulta frustrante porque se constituye una secuencia de ideasobsesivas y estereotipadas que no aportan ninguna solución creativa quecontribuya realmente a resolver el problema. Esta rigidez no sólo se manifiestaen el contenido mismo del pensamiento obsesivo —que simplemente se limita arepetir la misma idea una y otra vez— sino también a nivel neurológico, endonde parece presentarse una cierta inflexibilidad cortical y una incapacidaddel cerebro emocional para adaptarse a las circunstancias cambiantes. Enresumen, pues, aunque la preocupación crónica funcione en ciertos sentidos, nolo hace en otros aspectos mucho más importantes. Tal vez pueda disiparparcialmente la ansiedad, pero jamás contribuirá a aportar la solución a undeterminado problema.

En cualquier caso, no haynada más difícil para un aprensivo crónico que seguir el consejo que másfrecuentemente se le brinda: «deja de preocuparte» (o peor todavía: «no tepreocupes; se feliz»). No olvidemos el papel que desempeña la amígdala en eldesarrollo de las preocupaciones crónicas, un papel que justifica su irrupcióninesperada y su persistencia una vez que han hecho su aparición en escena. Sin embargo,la investigación realizada por Borkovec le ha permitido elaborar un métodosencillo que puede ayudar a los aprensivos crónicos a controlar su hábito.

El primer paso consiste entomar conciencia de uno mismo y registrar el primer acceso depreocupación tan pronto como sea posible. En circunstancias ideales, esteregistro debería tener lugar inmediatamente, en el mismo instante en que unafugaz imagen catastrófica pone en marcha el ciclo de la preocupación y laansiedad. En este sentido, el adiestramiento propuesto por Borkovec consiste encomenzar enseñándoles a darse cuenta de los signos de la ansiedad y, enespecial, adiestrándoles a identificar las situaciones, las imágenes y lospensamientos ocasionales que desencadenan el ciclo de la preocupación y lassensaciones corporales de ansiedad que las acompañan. Con el debidoentrenamiento, la persona puede llegar a captar el surgimiento de lapreocupación en un momento cada vez más cercano al inicio de la espiral de laansiedad. También es posible recurrir al aprendizaje de alguna técnica derelajación que la persona pueda aplicar apenas advierta el inicio del ciclo yejercitarse en ella hasta ser capaz de utilizarla adecuadamente en el momentopreciso.

Sin embargo, la relajaciónno basta por sí sola. Las personas aprensivas también deben afrontar másactivamente los pensamientos perturbadores porque, de lo contrario, la espiralde la preocupación volverá a iniciarse una y otra vez. El siguiente pasoconsiste en adoptar una postura crítica ante las creencias quesustentan la preocupación. ¿Cabe ciertamente la posibilidad de que ocurra elacontecimiento temido? ¿Es algo absolutamente necesario y no existe másalternativa que aceptarlo? ¿Hay algo positivo que pueda hacerse al respecto?¿Realmente me sirve de algo dar vueltas y más vueltas a los mismospensamientos?

Esta combinación de atencióny sano escepticismo puede servir para frenar la activación neurológica quesubyace a la ansiedad moderada. La inducción activa de este tipo depensamientos puede terminar inhibiendo el impulso límbico que alimenta lapreocupación. Paralelamente, la inducción activa de un estado de relajacióncontrarresta las señales de ansiedad que el cerebro emocional envía a todo elcuerpo.

De hecho, como señalaBorkovec, estas estrategias determinan un curso de actividad mental que esincompatible con la preocupación. La reiterada persistencia de un determinadopensamiento obsesivo aumenta su poder persuasivo pero, en el caso de quelogremos desviar la atención hacia un abanico de alternativas igualmenteplausibles, evitaremos tomar ingenuamente como verdaderos los pensamientos quenos obsesionan. Este método se ha mostrado eficaz para aliviar este contumazhábito hasta con aquellas personas cuyas preocupaciones son tan serias como paramerecer un diagnóstico psiquiátrico.

Por otra parte, seríatambién recomendable —e incluso diríamos que sería una señal de autoconciencia—que las personas cuyas preocupaciones son tan graves como para desembocar enfobias, trastornos obsesivo—compulsivos o ataques de pánico, recurrieran a lamedicación para tratar de interrumpir este círculo vicioso. No obstante, unareeducación emocional a través de la terapia sigue siendo imprescindible paradisminuir la probabilidad de que los trastornos de ansiedad vuelvan apresentarse una vez que se haya dejado la medicación.

EL CONTROL DE LA TRISTEZA

La tristeza es el estado deánimo del que la gente más quiere despojarse y Diane Tice descubrió que lasestrategias para conseguirlo son muy variadas. Sin embargo, no debería evitarsetoda tristeza porque, al igual que ocurre con cualquier otro estado de ánimo,tiene sus facetas positivas. La tristeza que provoca una pérdida irreparable,por ejemplo, suele ir acompañada de ciertas consecuencias: disminuye el interéspor los placeres y diversiones, fija la atención en aquello que se ha perdido eimpone una pausa momentánea que renueva nuestra energía para permitirnosacometer nuevas empresas. La tristeza, en suma, proporciona una especie derefugio reflexivo frente a los afanes y ocupaciones de la vida cotidiana, quenos sume en un periodo de retiro y de duelo necesario para asimilar nuestrapérdida, un período en el que podemos ponderar su significado, llevar a cabolos ajustes psicológicos pertinentes y, por último, establecer nuevos planesque permitan que nuestra vida siga adelante.

Pero, si bien la tristeza esútil, la depresión, en cambio, no lo es. William Styron nos brinda unaelocuente descripción de «las múltiples manifestaciones de la postración»,entre las que se cuentan el «odio hacia uno mismo», «la falta de autoestima»,«la pesadumbre enfermiza» que va acompañada de una «sombría constricción,cierta sensación de sobrecogimiento y alienación y, por encima de todo, de unaansiedad abrumadora». También podemos enumerar las secuelas intelectuales queacompañan a ese estado: «confusión, imposibilidad de concentrarse y pérdidade memoria» y, en un nivel más intenso, la mente se ve «caóticamentedistorsionada» y «los procesos mentales se ven arrastrados por una mareatóxica y abyecta que impide cualquier posible respuesta satisfactoria al mundoen que uno vive». Además, este estado también tiene sus correlatos físicos:el insomnio, la apatía, «una sensación de embotamiento,nerviosismo y, más concretamente, una extraña fragilidad» que vanacompañados de «un inquietante desasosiego». A todo ello debemos añadirtambién la disminución de la capacidad de gozar de las situaciones: «todaslas facetas de la sensibilidad se vuelven difusas y hasta la comida parececompletamente insípida». Señalemos, por último, que toda esperanza sedisipa dejando el residuo de una «gris llovizna de congoja» que genera unadesesperación tan palpable como el dolor físico, un dolor tan insoportable quela única solución posible parece ser el suicidio.

En el caso de una depresiónmayor como la descrita, la vida se paraliza y parece que no exista la menoralternativa para salir de la situación. Los mismos síntomas de la depresiónindican que el flujo de la vida ha quedado estancado. En el caso de Styron, lamedicación y la terapia no sirvieron de gran cosa sino que fue el paso deltiempo y el internamiento en un hospital lo que finalmente despejó suabatimiento. Pero, en lo que se refiere a la mayoría de las personas,especialmente a aquéllas aquejadas de depresiones más benignas, la psicoterapiay la medicación pueden ser de gran ayuda. El Prozac es el tratamiento de moda,pero existe más de una docena de fármacos que pueden ser útiles para tratar ladepresión.

Sin embargo, mi principalcentro de interés es la tristeza común, o la simple melancolía que, ensus manifestaciones más extremas, puede llegar a convertirse, técnicamentehablando, en una «depresión subclínica». Las personas con suficientes recursosinternos pueden manejar por sí solas este tipo de melancolía pero, pordesgracia, algunas de las estrategias más frecuentemente empleadas resultanfrancamente perjudiciales y no hacen más que empeorar la situación. Una deestas estrategias consiste en aislarse, lo cual, si bien puede resultaratractivo cuando nos sentimos abatidos, también contribuye a aumentar nuestrasensación de soledad y desamparo. Esto puede explicar, en parte, por qué Ticeconstató que la táctica más extendida para combatir la depresión son lasactividades sociales, es decir, salir a comer, ir a ver un acontecimientodeportivo o al cine; en resumen, compartir algún tipo de actividad con losamigos o con la familia. Este tipo de actividades puede ser muy eficaz siempreque quede claro que el objetivo que se pretende lograr es que la mente seolvide de su tristeza porque, en caso contrario, sólo conseguirá perpetuar suestado de ánimo.

En realidad, uno de losprincipales determinantes de la duración y la intensidad de un estado depresivoes el grado de obsesión de la persona. Preocuparse por aquello que nos deprimesólo contribuye a que la depresión se agudice y se prolongue más todavía. En ladepresión, la preocupación puede adoptar diferentes formas, aunque, sinembargo, todas ellas se focalizan en algún aspecto de la depresión misma como,por ejemplo, el agotamiento, la escasa motivación, la faltade energía o el pocorendimiento.

Pero, por regla general,ninguno de estos pensamientos va acompañado de una acción decidida a subsanarel problema. Según la psicóloga de Stanford Susan Nolen—Hoeksma, que se haocupado de estudiar a fondo el pensamiento obsesivo en las personas deprimidas,otras estrategias habituales son las de «aislarse, dar vueltas a lo mal quenos sentimos, temer que nuestra pareja se aburra de nosotros y pueda llegar a abandonarnoso no dejar de preguntarnos si vamos a padecer otra noche de insomnio». Lapersona deprimida puede tratar de justificar este tipo de comportamientoaduciendo que «sólo intenta conocerse mejor a sí misma». Pero el hechoes que, en la mayoría de los casos, el deprimido sólo se dedica a alimentar elsentimiento de tristeza sin ocuparse de hacer nada que pueda sacarle realmentede su estado de ánimo. La terapia puede resultar muy útil a la hora dereflexionar sobre las causas profundas de la depresión, siempre que no se tratede una mera inmersión pasiva —que sólo contribuye a empeorar la situación y nospermita acceder a visiones o a acciones tendentes a cambiar las condiciones quela motivaron—.

Asimismo, el pensamientoobsesivo puede agudizar la depresión en cuanto que establece condiciones másdepresivas, si cabe. Nolen—Hoeksma nos habla, por ejemplo, del caso de unavendedora aquejada de depresión que estaba tan preocupada que no realizaba lasllamadas telefónicas tan necesarias para su trabajo. Entonces las ventasdisminuyeron, lo cual reforzó su sensación de fracaso y consolidó su depresión.La distracción, por el contrario, le habría permitido acopiar la energíanecesaria para hacer aquellas llamadas y también le habría servido para escaparde las atenazadoras garras de la tristeza. Con ello, las ventas se habríanincrementado y habría fortalecido la confianza en si misma, contribuyendo así,en consecuencia, a reducir su depresión.

Según Nolen—Hoeksma, lasmujeres son más proclives que los hombres a obsesionarse cuando estándeprimidas, lo cual podría explicar el hecho de que la cifra de mujeresdiagnosticadas de depresión duplique a la de hombres. Obviamente, éste no es elúnico factor que tener en cuenta, porque las mujeres también son más proclivesa expresar abiertamente su angustia y tienen más motivos para deprimirse. Loshombres, por su parte, como muestran las estadísticas, doblan a las mujeres ensu predisposición a ahogar sus penas en alcohol.

Ciertas investigaciones hanpuesto de manifiesto que la terapia cognitiva orientada a modificar estaspautas de pensamiento resulta tan eficaz como la medicación a la hora de tratarla depresión leve, y es superior a ella en cuanto a prevenir su retorno. Dosestrategias, en concreto, se han mostrado especialmente eficaces en esta lucha:una de ellas consiste en aprender a afrontar los pensamientos que seesconden en el mismo núcleo de la obsesión, cuestionar su validez y consideraralternativas más positivas. La otra consiste en establecer deliberadamente unprograma de actividades agradables que procure alguna clase de distracción.

Una de las razones por lascuales la distracción puede ser un remedio eficaz es que los pensamientosdepresivos tienen un carácter automático y se introducen de manera inesperadaen la mente. Aun en el caso de que la persona deprimida trate de eliminar lospensamientos obsesivos, no resulta fácil conseguirlo.

Una vez que el tren de lospensamientos depresivos se ha puesto en marcha resulta muy difícil detener elcontinuo proceso de asociaciones mentales que desencadena. Un estudio realizadocon personas deprimidas a quienes se pidió que ordenaran frases con palabrasdesordenadas al azar, tuvieron mucho más éxito con los mensajes negativos («elfuturo me parece sombrío») que con los más optimistas («el futuro me pareceespléndido»). La depresión es un estado de ánimo que tiende a perpetuarse y aeclipsar incluso las distracciones elegidas por el sujeto. Cuando RichardWenzlaff, psicólogo de la Universidad de Texas, llevó a cabo una investigación en laque proporcionó a varias personas deprimidas una lista de actividades paraapartar de sus mentes un hecho triste como, por ejemplo, la muerte de un amigo,casi todos ellos eligieron las alternativas menos risueñas. En su opinión, laspersonas deprimidas deben hacer el sobreesfuerzo de prestar atención a algo quepueda animarles y poner un cuidado especial en no elegir inconscientemente todoaquello que les hunda nuevamente (como, por ejemplo, una película o una novelamuy triste).

Los elevadores del estado de ánimo

Imagine que está conduciendoen medio de la niebla por una carretera desconocida, empinada y tortuosa, yque, de pronto, un coche sale bruscamente de una vía lateral pocos metrosdelante de usted sin darle tiempo siquiera a detenerse. Lo único que puedehacer es pisar a fondo el pedal del freno, con lo cual su vehículo derrapa deun lado a otro de la calzada. Un instante antes de oír el ruido del impactometálico y de los cristales rotos, se da cuenta de que el otro coche está llenode niños y de que es un transporte escolar que va camino de la escuela. Luego,tras el breve silencio que sucede a la colisión, oye un coro de llantos y selas arregla como puede para correr hasta el otro coche. Entonces descubreconsternado que uno de los niños está tendido en el suelo completamente inertey se siente invadido por el sentimiento de culpa de haber sido el causante deuna tragedia...

 Escenas tan estremecedoras como la queacabamos de describir se utilizaron en uno de los experimentos realizados porWenzlaff para impresionar a los sujetos que participaban en él. La tarea quedebían llevar a cabo era la de apartar la escena de sus mentes y registrar,durante un periodo de nueve minutos, el número de pensamientos ligados a laescena. Este experimento puso de relieve que, a medida que iba pasando eltiempo, la mayoría de los participantes tendían a pensar cada vez menos en lasescenas perturbadoras, pero los deprimidos, por el contrario, mostraban unmarcado incremento en el número de pensamientos intrusivos, llegando incluso apensar tangencialmente en la escena mientras se hallaban inmersos enactividades distractivas.

Y, lo que es todavía mássignificativo, los voluntarios deprimidos solían distraerse recurriendo a otrotipo de pensamientos aflictivos para tratar de apartar de su mente la escena encuestión.

Como me dijo Wenzlaff: «lasasociaciones de pensamientos no sólo se basan en su contenido sino tambiénsegún el propio estado de ánimo. Las personas contamos con un repertorio de pensamientosnegativos que acuden a nuestra mente con mayor facilidad cuando estamosalicaídos. Quienes son más proclives a la depresión tienden a establecer fuerteslazos asociativos entre estos pensamientos, de modo que, una vez que se haevocado un determinado estado de ánimo negativo, resulta mucho más difícilsuprimirlo. Por más irónico que pueda parecer, las personas deprimidas tiendena distraerse recurriendo a otros pensamientos depresivos, con lo cual lo únicoque consiguen es profundizar todavía más su depresión».

Según afirma una teoría, el llantopuede constituir un método natural para reducir los niveles deneurotransmisores cerebrales que alimentan la angustia. Pero, aunque el hechode llorar puede romper a veces el maleficio de la tristeza, también puedeobsesionar a la persona con la causa de su aflicción. La idea de que «el llantoes bueno» resulta un tanto equívoca porque, cuando refuerza el ciclo depensamientos obsesivos, sólo sirve para prolongar el sufrimiento. Ladistracción, en cambio, es capaz de romper la cadena de pensamientos sombríosque sostiene a la depresión. Una de las teorías imperantes que explica el éxitode la terapia electroconvulsiva en el tratamiento de la mayor parte de lasdepresiones graves se basa en el hecho de que provoca una pérdida de memoria acorto plazo y, en consecuencia, los pacientes mejoran simplemente porque nopueden recordar el motivo de su tristeza. Como descubrió Diane Tice, muchaspersonas se sacuden las flores mustias de la tristeza con entretenimientostales como la lectura, la televisión, el cine, los videojuegos, losrompecabezas, el sueño y las ensoñaciones diurnas como, por ejemplo, divagaracerca de unas fantásticas vacaciones. Wenzlaff añade que las distracciones máseficaces son aquéllas que pueden cambiar nuestro estado de ánimo como, porejemplo, un apasionante acontecimiento deportivo, una película divertida o unlibro interesante. (Advirtamos también, en este punto, que algunasdistracciones pueden contribuir a perpetuar la depresión, como lo demuestranlos estudios llevados a cabo con telespectadores empedernidos. que han puestode relieve que, después de una sesión de televisión, suelen hallarse todavíamás deprimidos que antes de ella.)

Según Tice, el aerobices una de las tácticas más eficaces para sacudirse de encima tanto la depresiónleve como otros estados de ánimo negativos. Pero el caso es que los beneficiosderivados de este elevador del estado de ánimo resultan más palpables en laspersonas perezosas, es decir, en aquéllas que no suelen practicar este tipo deejercicios. Quienes se atienen a una rutina diaria de ejercicio físicoobtienen, por el contrario, más beneficios de este tipo antes de llegar aconsolidar el hábito. De hecho, quienes practican habitualmente un deporte obtienenel efecto inverso sobre el estado de ánimo y se sienten peor en aquellos díasen los que se saltan su rutina. La eficacia del ejercicio parece radicar en supoder para cambiar la condición fisiológica provocada por el estado de ánimo:la depresión constituye un estado de baja activación mientras que el aerobic,en cambio, eleva el tono corporal. Por el mismo motivo, las técnicas derelajación -que reducen el nivel general de activación física— funcionanadecuadamente para tratar la ansiedad (que es un estado de alta activaciónfisiológica) pero resultan inadecuadas para el tratamiento de la depresión. Entodo caso, cada uno de estos enfoques parece romper el ciclo de la depresión yde la ansiedad, porque pone al cerebro en un nivel de actividad incompatiblecon el estado emocional que lo embarga.

Tratar de infundirse ánimo asi mismo mediante regalos y placeres sensoriales constituye otro antídoto muydifundido para combatir la tristeza. Entre los métodos más utilizados por laspersonas para aliviar su depresión podemos enumerar el tomar un baño caliente,disfrutar de las comidas favoritas, escuchar música o hacer el amor. Hacerse unregalo o invitarse a uno mismo para tratar de desprenderse de un estado deánimo negativo es una estrategia muy común entre las mujeres, como también loes, en general, ir de compras. Tice descubrió asimismo que el hecho de comer esuna estrategia bastante generalizada entre las estudiantes universitarias —unamedia tres veces superior a los hombres— para calmar la depresión. Los hombres,por su parte, parecen mostrar una inclinación cinco veces superior a lasmujeres hacia el consumo de drogas y alcohol. Pero el hecho de recurrir alalcohol o a la comida como antídotos para la depresión constituye unaestrategia que tiene sus obvias contraindicaciones. La sobrealimentación sueleprovocar remordimientos mientras que el alcohol, por su parte, es un depresordel sistema nervioso central cuyas secuelas se suman a las de la mismadepresión.

Según Tice, una aproximaciónmás constructiva para elevar el estado de ánimo consiste en proyectar unaactividad que pueda proporcionarnos un pequeño triunfo o un éxito fácil como,por ejemplo, acometer alguna tarea doméstica que hayamos pospuesto (como cercarel jardín, por ejemplo) o concluir alguna actividad pendiente que hayamosestado evitando. Por el mismo motivo, los cambios de imagen, aunque sólo sea enla forma de vestirnos o de arreglarnos, también pueden resultar beneficiosos.

Uno de los antídotos máseficaces contra la depresión —muy poco utilizado, por cierto, fuera delcontexto de la terapia— es la llamada reestructuración cognitiva o,dicho de otro modo, tratar de ver las cosas desde una óptica diferente. Esnatural lamentarse por el fin de una relación o sumergirse en pensamientos autocompasivoscomo, por ejemplo, «esto significa que siempre estaré solo», pensamientos queno hacen más que fortalecer la sensación de desesperación. Sin embargo, elhecho de recapacitar y reconsiderar los aspectos negativos de la relación o dever que esa relación de pareja no era la adecuada —en otras palabras,reconsiderar la pérdida desde una perspectiva diferente, bajo una luz máspositiva— puede servir de adecuado antídoto a la tristeza.

Por esta misma razón, lospacientes aquejados de cáncer, sea cual sea la gravedad de su estado, seencuentran de mejor humor cuando pueden pensar en otro paciente cuyo estado estodavía peor («a fin de cuentas yo no estoy tan mal.; por lo menos puedoandar»), mientras que, por el contrario, quienes se comparan con personas sanassolo consiguen deprimirse más. Este tipo de comparaciones resultasorprendentemente estimulante porque lo que parecía desesperanzador pierdesúbitamente sus connotaciones negativas.

Otro eficaz elevador delestado de ánimo consiste en ayudar a quienes lo necesitan. Puesto que ladepresión se alimenta de obsesiones y preocupaciones que giran en torno a unomismo, el hecho de ayudar a quien se halla afligido puede contribuir a que nosdesembaracemos de este tipo de preocupaciones. De este modo, entregarse a unaactividad de voluntariado —hacerse entrenador de la liga infantil, convertirseen una especie de hermano mayor o ayudar a los indigentes— constituye, segúnTice, uno de las estrategias más adecuadas, pero también menos frecuentes, paraelevar el estado de ánimo.

Debemos señalar, por último,que existen también personas que pueden encontrar cierto alivio a su tristezaorientándose hacia un poder trascendente. Según me dijo Tice: «la oraciónconstituye una actividad especialmente indicada para elevar el estado de ánimode las personas con una orientación religiosa».

LOS REPRESORES DE LA EMOCIÓNLA NEGACIÓN OPTIMISTA

La frase comenzaba diciendo«aunque pisó a su compañero de habitación en el estómago»... y finalizaba...«sólo quería encender la luz».

Esa transformación de unacto agresivo en una inocente —aunque poco plausible— confusión reflejavivamente la represión emocional y fue escrita por un estudiante universitarioque se había ofrecido como sujeto voluntario en una investigación realizada sobrelos represores, es decir, aquellas personas que parecen borrar sistemáticamentetodo rastro de angustia emocional de su campo de conciencia. Una de las pruebasconsistía en completar una frase que comenzaba diciendo: «pisó a su compañerode habitación en el estómago...». Otros tests demostraron que este pequeño actode evitación mental forma parte de un patrón general que oblitera la prácticatotalidad de los trastornos emocionales.

A diferencia de lasconclusiones extraídas por las primeras investigaciones realizadas en estesentido, que apuntaban que los individuos represores constituían un casomanifiesto de incapacidad para experimentar las emociones —lo que les convertíaen parientes cercanos de los alexitimicos—, la tendencia actual los considera personassuficientemente aptas como para regular sus emociones. Se diría, pues, queestas personas están tan acostumbradas a protegerse de los sentimientosproblemáticos que ni siquiera son conscientes de sus aspectos negativos. A lavista de lo anterior tal vez fuera más adecuado no llamarles represores —comoresulta habitual entre los investigadores— sino impasibles.

La mayor parte de estainvestigación, llevada a cabo por Daniel Weinberger, psicólogo de la Case Western ReserveUniversity, demuestra que, aunque estas personas puedan parecer completamentetranquilas e inalterables, a veces se encuentran sometidas a una serie dealteraciones fisiológicas de las que no son conscientes. Durante la prueba deformar frases que hemos mencionado anteriormente, los voluntarios tambiénfueron monitorizados con el fin de controlar su nivel de activaciónfisiológica.

De este modo, el barniz decalma que aparentan los represores se ve desmentido por el elevado grado deagitación corporal que evidencian los síntomas manifiestos de ansiedad(aceleración del ritmo cardíaco, sudoración y aumento de la tensión arterial)cuando deben enfrentarse a la tarea de completar la frase sobre un compañero dehabitación violento u otras similares. Sin embargo, cuando se les pregunta al respectoafirman rotundamente que se sienten perfectamente tranquilos.

Esta continua falta desintonía con respecto a emociones tales como el enfado y la ansiedad esbastante habitual y. según Weinberger, afecta a una de cada seis personas. Lascausas teóricas que explican los motivos por los cuales un niño desarrolla estepatrón de relación con sus emociones son muy distintas. Una de ellas, porejemplo, afirma que se trata de una estrategia de supervivencia ante unasituación problemática tal como un padre alcohólico en una familia que nisiquiera admite la existencia del problema. Otra posibilidad consiste en tenerunos padres que son ellos mismos represores emocionales y que de este modotransmiten el continuo ejemplo de una despreocupación o de una rigidez muscularque se refleja en la elevación del labio superior ante cualquier sentimientoangustioso. O tal vez se trate simplemente de un rasgo heredado. En cualquiercaso, todavía no estamos en condiciones de determinar cómo y a qué altura de lavida se origina esta pauta de conducta: sin embargo, en el momento en que laspersonas represoras alcanzan la madurez, ya se muestran fríos e indiferentescuando se sienten coaccionados.

Lo que todavía nos queda pordeterminar, de hecho, es cuán calmos y fríos se mantienen en realidad. ¿Esposible que realmente no sean conscientes de los síntomas físicos que provocanlas emociones perturbadoras y que simplemente estén fingiendo una tranquilidadaparente? La respuesta a esta pregunta nos la brinda la hábil investigaciónllevada a cabo por Richard Davidson, psicólogo de la Universidad deWisconsin y anterior colaborador de Weinberger. Davidson pidió a variaspersonas que presentaban esta pauta de impasibilidad, que efectuaran una seriede asociaciones libres sobre una lista de palabras, muchas de ellas neutrales,aunque algunas poseedoras de connotaciones sexuales o violentas capaces desuscitar ansiedad en la mayoría de las personas. La investigación puso demanifiesto que las asociaciones realizadas con las palabras más perturbadoras—aquéllas cuyos síntomas fisiológicos revelaban una evidente respuesta deangustia— también demostraban un claro intento de eliminar las connotacionesmás negativas. Por esto si, por ejemplo, la primera palabra era «odio», larespuesta ofrecida por ese tipo de sujetos solía ser «amor».

El estudio de Davidson sebenefició considerablemente del hecho de que (en las personas diestras) lamitad derecha del cerebro constituye el centro clave del procesamiento de lasemociones negativas, mientras que el centro del habla se halla en el hemisferioizquierdo. Cuando el hemisferio derecho reconoce una palabra perturbadora,transmite esta información al centro del habla a través del cuerpo calloso, queconecta ambos hemisferios cerebrales, y es entonces cuando aparece una palabracomo respuesta. Sirviéndose de un elaborado dispositivo óptico, Davidsonmostraba cada palabra de modo que ésta ocupara sólo la mitad del campo visualy, por la peculiar disposición neurológica de la visión, si la palabra se presentabade modo que incidiera en el lado izquierdo del campo visual, primero erareconocida por el hemisferio cerebral derecho, con su acusada sensibilidad paralas perturbaciones. Si, por el contrario, incidía en el lado derecho del campovisual, la señal era captada por el hemisferio cerebral izquierdo sinexperimentar ninguna alteración.

Asimismo, cuando laspalabras problemáticas se presentaban de tal modo que eran captadasfundamentalmente por el hemisferio cerebral derecho, se producía una demora enla respuesta de las personas impasibles. En cambio, no había ningún intervaloapreciable en la velocidad de asociación frente a las palabras neutras, y elretraso sólo aparecía cuando las palabras se presentaban ante el hemisferioderecho, pero no ante el izquierdo. Dicho de otro modo, la impasibilidad pareceoriginarse en un mecanismo neural que lentifica o interfiere con el flujo deinformación perturbadora. Ello significaría que tales personas no estánfingiendo una falta de conciencia ante la angustia que puedan sentir, sino quees su mismo cerebro el que les mantiene alejados de esta clase de información.Para ser más exactos, el barniz de sentimientos positivos que encubre laspercepciones amenazantes bien podría originarse en la actividad del lóbulo prefrontalizquierdo. Para mayor sorpresa, cuando Davidson cuantificó los niveles deactividad de los lóbulos prefrontales, quedó patente un marcado predominio dela actividad del lóbulo izquierdo (el centro del bienestar) y un descenso en laactividad del lóbulo derecho (el centro del malestar).

Según me comentaba Davidson,estas personas «se ven a sí mismas desde una perspectiva positiva, con unestado de ánimo teñido de optimismo, niegan que el estrés les cause ningúntrastorno y muestran una pauta de activación frontal del lóbulo izquierdocuando están descansando, lo que suele estar ligado a la aparición desentimientos positivos. Este tipo de actividad cerebral podría ser la clave queexplicara su pretendido optimismo a pesar de la existencia de una excitaciónfisiológica subyacente muy semejante a la angustia». Davidson sostiene que,en términos de actividad cerebral, el intento de experimentar continuamente losacontecimientos perturbadores bajo una luz positiva exige un gasto enorme deenergía. Así pues, el aumento de la activación fisiológica podría estaroriginado en el sostenido intento por parte del circuito neurológico, tanto demantener los sentimientos positivos a cualquier precio como de suprimir oinhibir cualquier clase de sentimientos negativos.

La impasibilidad, en suma, constituye un intento de negaciónoptimista, una especie de disociación positiva y, muy posiblemente, la claveque explicaría el mecanismo neurológico que interviene en estados disociativosmás graves, como los que suelen existir en los desórdenes de estréspostraumático. Pero, según Davidson, cuando se trata simplemente de conseguiruna cierta estabilidad, «parece una estrategia positiva para laautorregulación emocional», el coste adicional para la conciencia de unomismo resulta todavía desconocido.

 

6. LA APTITUD MAESTRA

Una sola vez en la vida mehe visto paralizado por el miedo.

Fue con ocasióndel examen de cálculo del primer curso de universidad, un examen para el que nome había preparado lo suficiente. Todavía recuerdo el momento en que entré enel aula con una intensa sensación de fatalidad y culpa. Había estado en aquellasala muchas veces pero aquella mañana no vi nada más allá de las ventanas ytampoco puedo decir que prestara la menor atención al aula. Mientras caminabahacia una silla situada junto a la puerta, mi vista permanecía clavada en elsuelo, y cuando abrí las tapas azules del libro de examen, la ansiedadatenazaba el fondo de mi estómago y escuché con toda nitidez el sonido de loslatidos de mi corazón.

Bastó con echarun rápido vistazo a las preguntas del examen para darme cuenta de que no teníala menor alternativa. Durante una hora permanecí con la vista clavada enaquella página mientras mi mente no dejaba de dar vueltas a las consecuenciasde mi negligencia. Los mismos pensamientos se repetían una y otra vez, como sise tratara de un interminable tiovivo de miedo y temblor. Yo estabacompletamente inmóvil, como un animal paralizado por el curare. Lo que más mesorprendió de aquel angustioso lapso fue lo encogida que se hallaba mi mente.Durante aquella hora no hice el menor intento de pergeñar algo que se asemejaraa una respuesta, ni siquiera ensoñaba, simplemente me hallaba atenazado por elmiedo, esperando que mi tormento llegara a su fin.1

 

El protagonista de esterelato de terror soy yo mismo y ésta ha sido la prueba más palpable que hetenido hasta el momento del impacto devastador que causa la tensión emocionalsobre la lucidez mental. Hoy en día sigo considerando aquel suplicio como el testimoniomás rotundo del poder del cerebro emocional para sofocar, e incluso llegar aparalizar, al cerebro pensante.

Los maestros sabenperfectamente que los problemas emocionales de sus discípulos entorpecen elfuncionamiento de la mente. En este sentido, los estudiantes que se hallanatrapados por el enojo, la ansiedad o la depresión tienen dificultades paraaprender porque no perciben adecuadamente la información y. en consecuencia, nopueden procesarla correctamente. Como ya hemos visto en el capítulo 5, las emocionesnegativas intensas absorben toda la atención del individuo, obstaculizandocualquier intento de atender a otra cosa. De hecho, uno de los signos de quelos sentimientos han derivado hacia el campo de lo patológico es que son tanobsesivos que sabotean todo intento de prestar atención a la tarea que se estéllevando a cabo. Cualquier persona que haya atravesado por un doloroso divorcio(y cualquier niño cuyos padres se hallen en este proceso) sabe lo difícil queresulta mantener la atención en las rutinas relativamente triviales del trabajoy la escuela, y cualquier persona que haya padecido una depresión clínica sabetambién que, en tal caso, los pensamientos autocompasivos, la desesperación, laimpotencia y el desaliento son tan intensos que impiden cualquier otraactividad.

Cuando las emocionesdificultan la concentración, se dificulta el funcionamiento de la capacidad cognitivaque los científicos denominan «memoria de trabajo», la capacidad demantener en la mente toda la información relevante para la tarea que se estéllevando a cabo. El contenido concreto de la memoria de trabajo puede ser algotan simple como los dígitos de un número de teléfono o tan intrincado como latrama de una novela. La memoria de trabajo es la función ejecutiva por excelenciade la vida mental, la que hace posible cualquier otra actividad intelectual,desde pronunciar una frase hasta formular una compleja proposición lógica. Y laregión cerebral encargada de procesar la memoria de trabajo es el córtexprefrontal, la misma región, recordemos, en donde se entrecruzan lossentimientos y las emociones. Es por ello por lo que la tensión emocionalcompromete el buen funcionamiento de la memoria de trabajo a través de lasconexiones límbicas que convergen en el córtex prefrontal, dificultando así—como yo mismo descubrí durante aquel angustioso examen de cálculo— todaposibilidad de pensar con claridad.

Consideremos ahora, por otraparte, el importante papel que desempeña la motivación positiva —ligadaa sentimientos tales como el entusiasmo, la perseverancia y la confianza— sobreel rendimiento. Según los estudios que se han llevado a cabo en este dominio,los atletas olímpicos, los compositores de fama mundial y los grandes maestrosdel ajedrez comparten una elevada motivación y una rigurosa rutina deentrenamiento (que, en el caso de las auténticas «estrellas», suele comenzar enla misma infancia). El promedio de tiempo dedicado al entrenamiento por losatletas de doce años del equipo chino que participó en las olimpiadas de 1992era el mismo que el invertido por los integrantes del equipo americano durantelos primeros veinte años de su vida (de hecho, muchos de los chinos habíancomenzado a entrenarse a la edad de cuatro años). Del mismo modo, los mejoresvirtuosos de violín del siglo veinte comenzaron su aprendizaje alrededor de loscinco años de edad y los campeones mundiales de ajedrez lo hicieron cerca delos siete años (mientras que aquellos que adquirieron un prestigio de ámbitoexclusivamente nacional habían comenzado a eso de los diez años de edad). Sediría que el hecho de comenzar antes permite un margen de tiempo mucho mayor:los alumnos más aventajados de violín de la mejor academia de música de Berlín—todos ellos de poco más de veinte años— habrán invertido unas diez mil horasde práctica en toda su vida, mientras que aquéllos que ocupan un segundo otercer lugar sólo habrán promediado un total de unas siete mil quinientashoras.

Lo que parece diferenciar aquienes se encuentran en la cúspide de su carrera de aquéllos otros que,teniendo una capacidad similar, no alcanzan esa cota, radica en la prácticaardua y rutinaria seguida a lo largo de años y años. Y esta perseveranciadepende fundamentalmente de factores emocionales, como el entusiasmo y latenacidad frente a todo tipo de contratiempos.

El nivel sobresalientelogrado por los estudiantes asiáticos en el mundo académico y profesional delos Estados Unidos demuestra que, al margen de las capacidades innatas, la recompensaañadida del éxito en la vida depende de la motivación. Una revisión completa delos datos existentes sobre este sugiere que los alumnos americanos de origenasiático suelen tener un CI promedio superior en unos tres puntos al de losblancos. Por su parte, los médicos y abogados de origen asioamericano secomportaron, grupalmente considerados, como si su CI fuera muy superior (elequivalente a un CI de 110 para los de origen japonés y de un 120 para los deorigen chino) al de los blancos. La razón parece estribar en que, en losprimeros años de escuela, los niños asiáticos estudian más que los blancos.Sanford Dorenbush, un sociólogo de Stanford que ha investigado a más de diezmil estudiantes de instituto, descubrió que los asioamericanos invierten casiun 40% más de tiempo en sus deberes que el resto de los estudiantes. «Lamayoría de padres americanos blancos parecen dispuestos a admitir que sus hijostengan asignaturas más flojas y a subrayar, en cambio, las más fuertes, pero laactitud que sostienen los padres asiáticos es la de que “si no te lo sabesestudiarás esta noche y si aun así tampoco te lo sabes mañana, te levantarástemprano y seguirás estudiando”. Ellos consideran que, con el esfuerzoadecuado, todo el mundo puede tener un buen rendimiento escolar».

En resumen, una fuerte éticacultural de trabajo se traduce en una mayor motivación,celo y perseverancia, un auténtico acicate emocional.

Así pues, las emocionesdificultan o favorecen nuestra capacidad de pensar, de planificar, de acometerel adiestramiento necesario para alcanzar un objetivo a largo plazo, desolucionar problemas, etcétera, y, en este mismo sentido, establecen loslímites de nuestras capacidades mentales innatas y determinan así los logrosque podremos alcanzar en nuestra vida. Y en la medida en que estemos motivadospor el entusiasmo y el gusto en lo que hacemos —o incluso por un grado óptimode ansiedad— se convierten en excelentes estímulos para el logro. Es por ellopor lo que la inteligencia emocional constituye una aptitud maestra, unafacultad que influye profundamente sobre todas nuestras otras facultades ya seafavoreciéndolas o dificultándolas.

EL CONTROL DE LOS IMPULSOS: EL TEST DE LAS GOLOSINAS

Imagine que tiene cuatroaños de edad y que alguien le hace la siguiente propuesta: «ahora debomarcharme y regresaré en unos veinte minutos. Si lo deseas puedes tomar unagolosina pero, si esperas a que vuelva, te daré dos». Para un niño de cuatroaños de edad éste es un verdadero desafío, un microcosmos de la eterna luchaentre el impulso y su represión, entre el id y el ego, entre el deseo y elautocontrol, entre la gratificación y su demora. Y sea cual fuere la decisiónque tome el niño, constituye un test que no sólo refleja su carácter sino quetambién permite determinar la trayectoria probable que seguirá a lo largo de suvida.

Tal vez no haya habilidadpsicológica más esencial que la de resistir al impulso. Ese es el fundamentomismo de cualquier autocontrol emocional, puesto que toda emoción, por su mismanaturaleza, implica un impulso para actuar (recordemos que el mismo significadoetimológico de la palabra emoción, es del de «mover»). Es muy posible —aunquetal interpretación pueda parecer por ahora meramente especulativa— que lacapacidad de resistir al impulso, la capacidad de reprimir el movimientoincipiente, se traduzca, al nivel de función cerebral, en una inhibición de lasseñales límbicas que se dirigen al córtex motor.

En cualquier caso, WalterMisehel llevó a cabo, en la década de los sesenta, una investigación conpreescolares de cuatro años de edad —a quienes se les planteaba la cuestión conla que iniciábamos esta sección —que ha terminado demostrando la extraordinariaimportancia de la capacidad de refrenar las emociones y demorarlos impulsos. Esta investigación, que se realizó en el campus de la Universidad deStanford con hijos de profesores, empleados y licenciados, prosiguió cuando losniños terminaron la enseñanza secundaria. Algunos de los niños de cuatro añosde edad fueron capaces de esperar lo que seguramente les pareció una verdaderaeternidad hasta que volviera el experimentador. Y fueron muchos los métodos queutilizaron para alcanzar su propósito y recibir las dos golosinas comorecompensa: taparse el rostro para no ver la tentación, mirar al suelo, hablarconsigo mismos, cantar, jugar con sus manos y sus pies e incluso intentardormir. Pero otros, más impulsivos, cogieron la golosina a los pocos segundosde que el experimentador abandonara la habitación.

El poder diagnóstico de laforma en que los niños manejaban sus impulsos quedó claro doce o catorce añosmás tarde, cuando la investigación rastreó lo que había sido de aquellos niños,ahora adolescentes. La diferencia emocional y social existente entre quienes seapresuraron a coger la golosina y aquéllos otros que demoraron la gratificaciónfue contundente. Los que a los cuatro años de edad habían resistido a latentación eran socialmente más competentes, mostraban una mayor eficaciapersonal, eran más emprendedores y más capaces de afrontar las frustraciones dela vida. Se trataba de adolescentes poco proclives a desmoralizarse, estancarseo experimentar algún tipo de regresión ante las situaciones tensas,adolescentes que no se desconcertaban ni se quedaban sin respuesta cuando seles presionaba, adolescentes que no huían de los riesgos sino que losafrontaban e incluso los buscaban, adolescentes que confiaban en sí mismos y enlos que también confiaban sus compañeros, adolescentes honrados y responsablesque tomaban la iniciativa y se zambullían en todo tipo de proyectos. Y, más deuna década después, seguían siendo capaces de demorar la gratificación en labúsqueda de sus objetivos.

En cambio, el tercioaproximado de preescolares que cogió la golosina presentaba una radiografíapsicológica más problemática. Eran adolescentes más temerosos de los contactossociales, más testarudos, más indecisos, más perturbados por las frustraciones,más inclinados a considerarse «malos» o poco merecedores, a caer en laregresión o a quedarse paralizados ante las situaciones tensas, a serdesconfiados, resentidos, celosos y envidiosos, a reaccionardesproporcionadamente y a enzarzarse en toda clase de discusiones y peleas. Yal cabo de todos esos años seguían siendo incapaces de demorar lagratificación.

Así pues, las aptitudes quedespuntan tempranamente en la vida terminan floreciendo y dando lugar a unamplio abanico de habilidades sociales y emocionales. En este sentido, lacapacidad de demorar los impulsos constituye una facultad fundamental quepermite llevar a cabo una gran cantidad de actividades, desde seguir una dietahasta terminar la carrera de medicina. Hay niños que a los cuatro años de edadya llegan a dominar lo básico, y son capaces de percatarse de las ventajassociales de demorar la gratificación de sus impulsos, desvían su atención de latentación presente y se distraen mientras siguen perseverando en el logro de suobjetivo: las dos golosinas.

Pero lo más sorprendente esque, cuando los niños fueron evaluados de nuevo al terminar el instituto, elrendimiento académico de quienes habían esperado pacientemente a los cuatroaños de edad era muy superior al de aquéllos otros que se habían dejadoarrastrar por sus impulsos. Según la evaluación llevada a cabo por sus mismospadres, se trataba de adolescentes más competentes, más capaces de expresar conpalabras sus ideas, de utilizar y responder a la razón, de concentrarse, dehacer planes, de llevarlos a cabo, y se mostraron muy predispuestos a aprender.Y, lo que resulta más asombroso todavía, es que estos chicos obtuvieron mejoresnotas en los exámenes SAT. El tercio aproximado de los niños que a los cuatroaños no pudieron resistir la tentación y se apresuraron a coger la golosinaobtuvieron una puntuación verbal de 524 y una puntuación cuantitativa(«matemática») de 528, mientras que el tercio de quienes esperaron el regresodel experimentador alcanzó una puntuación promedio de 610 y 652,respectivamente (una diferencia global de 210 puntos).”

La forma en que los niños decuatro años de edad responden a este test de demora de la gratificación constituyeun poderoso predictor tanto del resultado de su examen SAT como de su CI; elCI, por su parte, sólo predice adecuadamente el resultado del examen SATdespués de que los niños aprendan a leer. “Esto parece indicar que lacapacidad de demorar la gratificación contribuye al potencial intelectual de unmodo completamente ajeno al mismo CI. (El pobre control de los impulsos durantela infancia también es un poderoso predictor de la conducta delictivaposterior, mucho mejor que el CI.)”' Como veremos en la cuarta parte,aunque haya quienes consideren que el CI no puede cambiarse y que constituyeuna limitación inalterable de los potenciales vitales del niño, cada vez existeun convencimiento mayor de que habilidades emocionales como el dominio de losimpulsos y la capacidad de leer las situaciones sociales es algo que puedeaprenderse.

Así pues, lo que Walter Misehel,el autor de esta investigación, describe con el farragoso enunciado de «lademora de la gratificación autoimpuesta dirigida a metas» —la capacidad dereprimir los impulsos al servicio de un objetivo (ya sea levantar una empresa,resolver un problema de álgebra o ganar la Copa Stanley)— talvez constituya la esencia de la autorregulación emocional. Este descubrimientosubraya el papel de la inteligencia emocional como una metahabilidad quedetermina la forma —adecuada o inadecuada— en que las personas son capaces deutilizar el resto de sus capacidades mentales.

ESTADOS DE ÁNIMO NEGATIVOS, PENSAMIENTOS NEGATIVOS

«Estoy preocupada por mihijo. Acaba de ingresar en el equipo de fútbol de la universidad y sé que puedelesionarse en cualquier momento. Me pone tan nerviosa verle en el campo que noquiero asistir a ninguno de sus partidos. Estoy segura de que esto le resultadecepcionante, pero la verdad es que simplemente no puedo soportarlo.»

Quien así habla es una mujerque está en terapia a causa de su ansiedad. Ella comprende perfectamente que supreocupación no le permite vivir como le gustaría pero cuando llega el momentode tomar una decisión tan sencilla como ir o no a ver el partido que jugará suhijo, su mente se ve asediada por terribles pensamientos. En tales condicionesno es libre de elegir porque sus preocupaciones desbordan su razón.

Como ya hemos visto, lapreocupación es la esencia de los efectos perniciosos de la ansiedad sobre todotipo de actividad mental. La preocupación es, en cierto modo, unarespuesta útil aunque desencaminada, una especie de ensayo mental ante laprevisión de una amenaza Pero este ensayo mental se convierte en un auténticodesastre cognitivo cuando nuestra mente se queda atrapada en una rutinaobsoleta que captura nuestra atención e impide todo intento de focalizarla encualquier otro sitio.

La ansiedad entorpecede tal modo el funcionamiento del intelecto que constituye un predictor casiseguro del fracaso en el entrenamiento o el desempeño de una tarea compleja,intelectualmente exigente y tensa como la que llevan a cabo, por ejemplo, loscontroladores de vuelo. Como ha demostrado un estudio realizado sobre 1.790estudiantes de control del tráfico aéreo, es muy probable que los ansiososterminen fracasando aunque sus puntuaciones en los tests de inteligencia seanfrancamente elevadas. De hecho, la ansiedad también sabotea todo tipo derendimiento académico. Ciento veintiséis estudios diferentes que implicaban amás de 36.000 personas han puesto de relieve que cuanto más proclive apreocuparse es la persona, más pobre resulta su rendimiento académico (sinimportar que el tipo de medición utilizada fuera la clasificación por tests, lapuntuación media o los tests de rendimiento).

Cuando a las personas quetienden a preocuparse se les pide que lleven a cabo una tarea cognitiva como,por ejemplo, clasificar objetos ambiguos en una o dos categorías, y quedescriban lo que pasa por su mente mientras lo están haciendo, suelen mencionarla presencia de pensamientos negativos —como «no seré capaz de hacerlo», «yo nosoy bueno en este tipo de pruebas», etcétera— que obstaculizandirectamente el proceso de toma de decisiones.

De hecho, cuando a un grupode control de sujetos normalmente despreocupados se les pidió que sepreocupasen durante quince minutos, su rendimiento disminuyó considerablemente.Y cuando, por el contrario, a quienes suelen preocuparse se les ofreció una sesiónde relajación —que reduce el nivel de preocupación— de quince minutos antes deemprender la tarea, llegaron a desempeñarla sin ningún tipo de problemas.Richard Alpert, que fue quien primero estudió científicamente la ansiedad en ladécada de los sesenta, me confesó que el motivo que despertó su interés en estetema radicaba en las malas pasadas que le hicieron los nervios en los exámenesde su etapa de estudiante, algo que a su compañero Ralph Haber, por elcontrario, parecía estimularle. Esa investigación, entre otras muchas, hademostrado que existen dos tipos de estudiantes ansiosos: aquellos a quienes laansiedad menoscaba su rendimiento académico y aquéllos otros que son capaces detrabajar bien a pesar de la tensión o. tal vez, gracias a ella. La paradoja esque la misma excitación e interés por hacerlo bien que motiva a los estudiantescomo Haber a prepararse y estudiar para la ocasión, puede sabotear, en cambio,los esfuerzos de otros. En las personas que, como Alpert, muy ansiosas, laexcitación previa al examen interfiere con el pensamiento y el recuerdo claronecesarios para estudiar eficazmente, enturbiando también durante el examen laclaridad mental requerida para el buen rendimiento.

La magnitud de laspreocupaciones que tiene la gente mientras está haciendo un examen esproporcional a la pobreza de su ejecución, porque los recursos mentalesinvertidos en una determinada tarea cognitiva —la preocupación— reducen losrecursos disponibles para procesar otro tipo de información. En este sentido,si estamos preocupados por suspender el examen dispondremos de mucha menosatención para elaborar una respuesta adecuada. Es así como nuestraspreocupaciones terminan convirtiéndose en profecías autocumplidas que conducenal fracaso.

En cambio, quienes controlansus emociones pueden utilizar esa ansiedad anticipatoria —por ejemplo, sobre unexamen o una charla próxima— para motivarse a si mismos, prepararseadecuadamente y, en consecuencia, hacerlo bien. Según afirma la psicología, larepresentación gráfica de la relación existente entre la ansiedad y elrendimiento —incluido el rendimiento mental— constituye una especie de Uinvertida. En la cúspide de esta U invertida está la relación óptima entre la ansiedady el rendimiento, el mínimo nerviosismo que permite alcanzar el máximorendimiento. Pero muy poca ansiedad —la parte izquierda de la U— genera apatía o muy pocamotivación, mientras que el exceso de ansiedad —la parte derecha de la U— sabotea todo intento de hacerlobien.

Un estado ligeramenteeufórico —al que técnicamente se le denomina hipornania— parece óptimopara escritores y otro tipo de profesiones creativas que exigen un pensamientofluido e imaginativo, un estado que se halla en la cúspide de la U invertida.

Pero cuando la euforia sedescontrola, como ocurre en la exaltación del estado de ánimo tornadizo delmaniaco-depresivo, se convierte en franca manía, un estado en el que laagitación socava toda capacidad de pensar de un modo lo suficientementecoherente como para desempeñarse adecuadamente bien, aunque las ideas fluyancon libertad, en realidad, con demasiada libertad como para poder persistir encualquiera de ellas y elaborar un producto terminado.

Los estados de ánimopositivos aumentan la capacidad de pensar con flexibilidad y complejidad,haciendo más fácil encontrar soluciones a los problemas, ya sean intelectualeso interpersonales. Esto parece indicar que una forma de ayudar a alguien aresolver un problema consiste en contarle un chiste. La risa, al igual que laeuforia, parece ampliar la perspectiva y, de ese modo, ayuda a la gente apensar con más amplitud y a asociar con mayor libertad, advirtiendo relacionesque, de otra manera, podrían pasar inadvertidas, una habilidad mentalimportante, no sólo para la creatividad sino también para el reconocimiento delas relaciones complejas y la previsión de las consecuencias de una determinadadecisión.

Los beneficios intelectualesde una buena carcajada son más sorprendentes cuando se trata de resolver unproblema que exige una solución creativa. Un estudio ha descubierto que quienesacaban de ver una película cómica en video resuelven mejor los rompecabezas quesuelen usar los psicólogos que se ocupan de valorar el pensamiento creativo. «Enesa investigación se le da a la gente velas, cerillas y una caja de tachuelas yse les pide que busquen la forma de colgar la vela a un panel de corcho paraque pueda arder sin que la cera gotee al suelo. La mayor parte de la gente,ante este problema, cae en una especie de «fijación funcional» y sólo piensa enutilizar los objetos de un modo convencional pero, comparados con aquéllosotros que habían visto una película de matemáticas, quienes acababan de ver lapelícula cómica descubrieron un uso alternativo de la caja y llegaron a unasolución creativa, clavándola con tachuelas a la pared y utilizándola comopalmatoria.

Incluso los cambios másligeros de estado de ánimo pueden llegar a modificarnuestros pensamientos. La capacidad de planificar y tomar decisiones delas personas de buen humor presenta una predisposición perceptiva que les llevaa pensar de una manera más abierta y positiva. Esto se explica, en parte,porque la memoria es un fenómeno específico de estado, es decir que, porejemplo, en un estado positivo, solemos recordar acontecimientos positivos. Deeste modo, en la medida en que nos sentimos a gusto mientras estamos pensandoen los pros y los contras de un determinado curso de acción, nuestra memoriabusca datos en una dirección positiva, inclinándonos, por ejemplo, a emprenderacciones más aventuradas y arriesgadas.

De la misma manera, losestados de ánimo negativos sesgan también nuestros recuerdos en una direcciónnegativa, haciendo más probable que nos contraigamos en decisiones mástemerosas y suspicaces. Así pues, el descontrol emocional obstaculiza la labordel intelecto pero, como ya hemos visto en el capitulo 5, podemos volver ahacernos cargo de las emociones descontroladas, la verdadera aptitud maestraque facilita otros tipos de inteligencia. Veamos ahora algunos casos pertinentesa este respecto, las ventajas de la esperanza y el optimismo y aquellosmomentos difíciles en los que la gente se supera a si misma.

POLLYANNA* Y LA CAJA DEPANDORA: EL PODER DEL PENSAMIENTO POSITIVO

* N. de los T. Personajeliterario creado por la novelista Eleanor Poner y caracterizado por sudesmesurado optimismo.

¿Qué es lo que harías en elcaso de que acabaras de saber que has suspendido un examen parcial en el queesperabas sacar un notable?

La respuesta a estasituación hipotética depende casi exclusivamente del nivel de expectativas. Losestudiantes universitarios con un alto nivel de expectativas contestaron quetrabajarían duro y pensaron en las muchas cosas que podían hacer para aprobarel examen final; aquéllos otros cuyo nivel de expectativas era moderado tambiénpensaron en varias alternativas posibles, pero parecían menos dispuestos alograrlo y, comprensiblemente, los estudiantes con bajo nivel de expectativas,se desalentaron y dijeron que renunciarían a presentarse al examen final.

Pero no estamos hablando dealgo puramente teórico porque cuando C. R. Snyder, el psicólogo de la Universidad de Kansasque llevó a cabo este estudio, comparó el rendimiento académico real deuniversitarios con alto y bajo nivel de expectativas, descubrió que éste nivelera un mejor predictor de los resultados de los exámenes del primer semestreque sus puntuaciones en el SAT, un test (que tiene, por cierto, una elevadacorrelación con el CI) supuestamente capaz de predecir el rendimiento de los universitarios.Una vez más, dado aproximadamente el mismo rango de capacidadesintelectuales, las aptitudes emocionales son las que establecen las diferencias.

La conclusión de Snyder fuela siguiente: «los estudiantes con un alto nivel de expectativas se proponenobjetivos elevados y saben lo que deben hacer para alcanzarlos. El único factorresponsable del distinto rendimiento académico de estudiantes con similaraptitud intelectual parece ser su nivel de expectativas».

Según cuenta la conocidaleyenda, los dioses, celosos de su belleza, regalaron a Pandora, una princesade la antigua Grecia, una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás debíaabrirla. Pero un día la curiosidad y la tentación pudieron más que ella yfinalmente abrió la tapa para ver su contenido, liberando así en el mundo lasgrandes aflicciones, para cerrar la caja justo a tiempo de evitar que seescapara de ella la esperanza, el único remedio que hace soportable lasmiserias de la vida.

Según los modernosinvestigadores, la esperanza no sólo ofrece consuelo a la aflicción sino quedesempeña un papel muy importante en dominios tan diversos como el rendimientoescolar y el hecho de soportar un trabajo pesado. Técnicamente hablando, laesperanza es algo más que la visión ingenua de que todo irá bien; en opinión deSnyder se trata de «la creencia de que uno tiene la voluntad y dispone de laforma de llevar a cabo sus objetivos, cualesquiera que éstos sean».

Ciertamente, no todo elmundo tiene el mismo grado de expectativas. Hay quienes creen que son capacesde salir de cualquier situación o de encontrar la forma de resolver losproblemas, mientras que otros simplemente no se ven con la energía, lacapacidad o los medios de alcanzar sus objetivos. Según Snyder, las personascon un alto nivel de expectativas comparten ciertos rasgos, entre los quedestacan la capacidad de motivarse a sí mismos, de sentirse lo suficientementediestros como para encontrar la forma de alcanzar sus objetivos. de asegurarsede que las cosas irán mejor cuando están atravesando una situación difícil, deser lo bastante flexibles como para encontrar formas diferentes de alcanzar susobjetivos —o de cambiarlos en el caso de que le resulten imposibles dealcanzar— y de saber descomponer una tarea compleja en otras más sencillas ymanejables.

Desde el punto de vista dela inteligencia emocional, la esperanza significa que uno no se rinde ala ansiedad, el derrotismo o la depresión cuando tropieza con dificultades ycontratiempos. De hecho, las personas esperanzadas se deprimen menos en sunavegación a través de la vida en búsqueda de sus objetivos y también semuestran menos ansiosas en general y experimentan menos tensiones emocionales.

EL OPTIMISMO: EL GRAN MOTIVADOR

Los americanos interesadosen la natación abrigaban muchas esperanzas en Matt Biondi, un miembro delequipo olímpico de los Estados Unidos en 1988. Algunos periodistas deportivosllegaron a afirmar que era muy probable que Biondi igualara la hazaña realizadapor Mark Spitz en 1972 de ganar siete medallas de oro. Pero Biondi terminó enun desalentador tercer puesto en la primera de las pruebas, los 200 metros libres, y enla siguiente carrera, los 100 metros mariposa, fue superado por otro nadador que hizoun esfuerzo extraordinario en el sprint final.

Los comentaristas deportivosllegaron a decir que aquellos fracasos desanimarían a Biondi, pero no habíancontado con su reacción, una reacción que le llevó a ganar la medalla de oro enlas cinco últimas pruebas. A quien no le sorprendió la respuesta de Biondi fuea Martin Seligman, un psicólogo de la Universidad de Pennsylvania que había estadovalorando el grado de optimismo de Biondi aquel mismo año. En un determinadoexperimento realizado con Seligman, el entrenador le dijo a Biondi que, en unade sus pruebas favoritas, había realizado un tiempo muy malo cuando lo ciertoes que no fue así. Pero a pesar del aparente mal resultado, cuando se le invitóa descansar e intentarlo de nuevo, su marca —realmente muy buena— mejoró mástodavía. No obstante, cuando otros miembros del equipo —cuyas puntuaciones enoptimismo eran ciertamente bajas—, a quienes también se les dio un tiempofalso, lo intentaron por segunda vez, lo hicieron francamente peor.

El optimismo —al igual quela esperanza— significa tener una fuerte expectativa de que, en general, lascosas irán bien a pesar de los contratiempos y de las frustraciones. Desde elpunto de vista de la inteligencia emocional, el optimismo es una actitud queimpide caer en la apatía, la desesperación o la depresión frente a lasadversidades. Y al igual que ocurre con su prima hermana, la esperanza, eloptimismo —siempre y cuando se trate de un optimismo realista(porque el optimismo ingenuo puede llegar a ser desastroso)— tiene susbeneficios.

Seligman define al optimismoen función de la forma en que la gente se explica a si misma sus éxitosy sus fracasos. Los optimistas consideran que los fracasos se deben aalgo que puede cambiarse y, así, en la siguiente ocasión en la que afronten unasituación parecida pueden llegar a triunfar. Los pesimistas, por el contrario,se echan las culpas de sus fracasos, atribuyéndolos a alguna característicaestable que se ven incapaces de modificar. Y estas distintas explicacionestienen consecuencias muy profundas en la forma de hacer frente a la vida. Anteun despido, por ejemplo, los optimistas tienden a responder de una maneraactiva y esperanzada, elaborando un plan de acción o buscando ayuda y consejoporque consideran que los contratiempos no son irremediables y pueden sertransformados. Los pesimistas, en cambio, consideran que los contratiemposconstituyen algo irremediable y reaccionan ante la adversidad asumiendo que nohay nada que ellos puedan hacer para que las cosas salgan mejor la próxima vezy, en consecuencia, no hacen nada por cambiar el problema. Para ellos, losproblemas se deben a algún déficit personal con el que siempre tendrán quecontar.

Al igual que ocurre con laesperanza, el optimismo también es un buen predictor del éxito académico. Laspuntuaciones obtenidas en un test de optimismo por quinientos estudiantes delos primeros cursos de 1984 de la Universidad de Pennsylvania, fueron un mejorpredictor de su rendimiento académico en aquellos años que las puntuacionesobtenidas en el examen SAT. Según Seligman, el autor de esta investigación, «losexámenes de ingreso en la universidad constituyen una medida del talento,mientras que el estilo explicativo le dice quién abandonará. Es la combinaciónentre el talento razonable y la capacidad de perseverar ante el fracaso lo queconduce al éxito. En los tests que valoran las habilidades de uno u otro tiposuele dejarse de lado la motivación. Todo lo que usted debe saber es si seguiráadelante cuando las cosas resulten frustrantes. Yo creo que, dado undeterminado nivel de inteligencia, el logro real no depende tanto del talentocomo de la capacidad de seguir adelante a pesar de los fracasos» Una de laspruebas más claras del poder motivador del optimismo nos la proporciona unestudio realizado por el mismo Seligman sobre los vendedores de seguros de lacompañía MetLife.

Ser capaz de encajar unanegativa es algo fundamental en todo tipo de ventas, especialmente en el casode un producto tal como los seguros, en el que la proporción entre «noes» y«síes» puede llegar a ser desalentadoramente elevada. Esta es la razón queexplica el que tres cuartas partes de los vendedores de seguros abandonen sutrabajo durante los tres años primeros. La investigación realizada por Seligmandemostró que durante los primeros dos años los optimistas vendían un 3,7% másque los pesimistas, y que el porcentaje de abandono entre los pesimistas era eldoble que entre los optimistas.

Y, lo que es más, Seligmanpersuadió a MetLife de contratar a un grupo especial de demandantes de empleoque no habían superado las pruebas estándar (basadas en determinar suproximidad a un perfil confeccionado con las habilidades que parecían presentarlos vendedores de éxito) que, sin embargo, habían puntuado muy alto en un testde optimismo. Este grupo especial vendió un 21 % más que los pesimistas elprimer año y un 57% más durante el segundo.

Pero el optimismo no sólo esun factor importante en cuanto al éxito en las ventas sino que fundamentalmentese trata de una y actitud emocionalmente inteligente. Para un vendedor, cada«no» constituye una pequeña derrota, y la reacción emocional a ese fracaso esdecisiva a la hora de controlar suficientemente la motivación para proseguir suactividad. Y a medida que los «noes» aumentan, la moral se debilita, haciendocada vez más difícil marcar el número de la siguiente llamada telefónica. Estosrechazos son especialmente difíciles de asumir para un pesimista, quien losinterpreta como significando «soy un fracaso en esto; jamás llegaré a ser unbuen vendedor», una interpretación que, con toda seguridad, despierta la apatíay el derrotismo, cuando no la franca depresión. Ante esta situación, en cambio,los optimistas se dicen: «estoy utilizando un abordaje inadecuado» o «esaúltima persona estaba de mal humor» y, de este modo, al considerar que elfracaso no depende de una deficiencia en si mismos sino de algo que radica enla situación, pueden cambiar su enfoque la próxima llamada. Es así como elequipaje mental de los pesimistas les conduce a la desesperación mientras queel de los optimistas reactiva su esperanza.

Uno de los orígenes de unavisión positiva o negativa puede ser el temperamento innato, ya que haypersonas que tienden naturalmente hacia una o hacia la otra. Pero, como tambiénveremos en el capítulo 14, el temperamento puede verse modulado por la experiencia.El optimismo y la esperanza —al igual que la impotencia y la desesperación—pueden aprenderse. Detrás de los dos existe lo que los psicólogos denominanautoeficacia, la creencia de que uno tiene el control de los acontecimientos desu vida y puede hacer frente a los problemas en la medida en que se presenten.Desarrollar algún tipo de habilidad fortalece la sensación de eficacia ypredispone a asumir riesgos y problemas más difíciles. Y el hecho de superarestas dificultades aumenta a su vez la sensación de autoeficacia, una aptitudque lleva a hacer un mejor uso de cualquier habilidad y que también contribuyea desarrollarlas.

Albert Bandura, un psicólogode la Universidadde Stanford que se ha ocupado de investigar el tema de la autoeficacia, resumeperfectamente este punto del siguiente modo: «las creencias de las personassobre sus propias habilidades tienen un profundo efecto sobre éstas. Lahabilidad no es un atributo fijo sino que, en este sentido, existe unaextraordinaria variabilidad. Las personas que se sienten eficaces se recuperaranprontamente de los fracasos y no se preocupan tanto por el hecho de que lascosas puedan salir mal sino que se aproximan a ellas buscando el modo demanejarlas»

EL «FLUJO»: LA NEUROBIOLOGIA DE LA EXCELENCIA

Un compositor describió asílos momentos en los que mejor trabajaba:

«Usted se encuentra en unestado extático en el que se siente como si casi no existiera. Así es como lohe experimentado yo en numerosas ocasiones. En esos casos, mis manos parecenvacías de mi y yo no tengo nada que ver con lo que ocurre sino que simplementecontemplo maravillado y respetuoso todo lo que sucede. Y eso es algo que fluyepor sí mismo

Esta descripción se asemejasorprendentemente a la de cientos de hombres y mujeres —alpinistas, campeonesde ajedrez, cirujanos, jugadores de baloncesto, ingenieros, ejecutivos eincluso sacerdotes— cuando hablan de una época en la que se superaron a simismos en alguna de sus actividades favoritas. Mihaly Csikszentmihalyi, elpsicólogo de la Universidadde Chicago que se ha dedicado a investigar y recopilar durante dos décadasrelatos de momentos de rendimiento cumbre, ha denominado a ese estado con elnombre de «flujo». Los atletas, por su parte, se refieren a ese estadode gracia con el nombre de «la zona», un estado de absorción beatífica centradoen el presente, en el que espectadores y competidores desaparecen y laexcelencia se produce sin el menor esfuerzo. Diane Roffe-Steinrotter, ganadorade una medalla de oro en la olimpiada de invierno de 1994 dijo, después dehaber terminado su turno de participación en la carrera de esquí, que sólorecordaba haber estado inmersa en la relajación: «era como si formara partede una catarata»

La capacidad de entrar en elestado de «flujo» es el mejor ejemplo de la inteligencia emocional, un estadoque tal vez represente el grado superior de control de las emociones alservicio del rendimiento y el aprendizaje. En ese estado lasemociones no se ven reprimidas ni canalizadas sino que, por el contrario, seven activadas, positivadas y alineadas con la tarea que estemos llevando acabo. Para verse atrapados por el tedio de la depresión o por la agitación dela ansiedad es necesario separarse del «flujo».

De uno u otro modo, casitodo el mundo ha entrado en alguna que otra ocasión en el estado de «flujo» (oen un apacible «microflujo»), especialmente en aquellos casos en los quenuestro rendimiento es óptimo o cuando trascendemos nuestros límitesanteriores. Tal vez la experiencia que mejor refleje este estado sea el acto deamor extático, la fusión de dos personas en una unidad fluidamente armoniosa.

El rasgo distintivo de estaexperiencia extraordinaria es una sensación de alegría espontánea, incluso derapto. Es un estado en el que uno se siente tan bien que resultaintrínsecamente recompensante, un estado en el que la gente se absorbe porcompleto y presta una atención indivisa a lo que está haciendo y suconciencia se funde con su acción. La reflexión excesiva en lo que se estáhaciendo interrumpe el estado de «flujo» y hasta el mismo pensamiento de que«lo estoy haciendo muy bien» puede llegar a ponerle fin. En este estado, laatención se focaliza tanto que la persona sólo es consciente de la estrechafranja de percepción relacionada con la tarea que está llevando a cabo,perdiendo también toda noción del tiempo y del espacio. Un cirujano, porejemplo, recordó una difícil operación durante la que entró en ese estado y alterminarla advirtió la presencia de cascotes en el suelo del quirófano,sorprendiéndose al oír que, mientras estaba concentrado en la operación, partedel techo se había desplomado sin que él se diera cuenta de nada.

El «flujo» es un estado deolvido de uno mismo, el opuesto de la reflexión y la preocupación, un estado enel que la persona, en lugar de perderse en el desasosiego, se encuentra tanabsorta en la tarea que está llevando a cabo, que desaparece toda conciencia desí mismo y abandona hasta las más pequeñas preocupaciones de la vida cotidiana(salud, dinero e incluso hasta el hecho de hacerlo bien). Dicho de otro modo,los momentos de «flujo» son momentos en los que el ego se halla completamenteausente. Paradójicamente, sin embargo, las personas que se hallan en este estadoexhiben un control extraordinario sobre lo que están haciendo y sus respuestasse ajustan perfectamente a las exigencias cambiantes de la tarea. Y aunque elrendimiento de quienes se hallan en este estado es extraordinario, en talesmomentos la persona está completamente despreocupada de lo que hace y su únicamotivación descansa en el mero gusto de hacerlo.

Hay varias formas de entraren el estado de «flujo». Una de ellas consiste en enfocar intencionalmente laatención en la tarea que se esté llevando a cabo; no hay que olvidar que laesencia del «flujo» es la concentración. En la entrada en estos dominiosparece haber un bucle de retroalimentación puesto que, si bien el primer pasonecesario para calmarse y centrarse en la tarea requiere un considerableesfuerzo y cierta disciplina, una vez dado ese paso funciona por si sólo,liberando al sujeto de la inquietud emocional y permitiéndole afrontar la tareasin el menor esfuerzo.

Otra forma posible de entraren este estado también puede darse cuando la persona emprende una tarea para laque está capacitado y se compromete con ella en un nivel que exige de todas susfacultades. Como me dijo en cierta ocasión el mismo Csikszentmihalyi. «Laspersonas parecen concentrarse mejor cuando se les pide algo más que locorriente, en cuyo caso son capaces de ir más allá de lo normal. Si la demandaes muy inferior a su capacidad, la persona se aburre y si, por el contrario, esexcesiva, termina angustiándose. El estado de «flujo» tiene lugar en esadelicada franja que separa el aburrimiento de la ansiedad». Elplacer, la gracia y la eficacia espontánea que caracterizan el estado de«flujo» es incompatible con el secuestro emocional en el que los impulsoslimbicos capturan la totalidad del cerebro. La cualidad de la atención del«flujo» es relajada aunque muy concentrada; es una concentración muy distintade la atención tensa propia de los momentos en los que estamos fatigados oaburridos, o en los que nuestra atención se ve asediada por sentimientosintrusivos como la ansiedad o el enojo.

Si exceptuamos la presenciade un sentimiento intensamente motivador de apacible éxtasis, el «flujo» es unestado carente de todo ruido emocional. Este éxtasis parece ser un subproductodel mismo enfoque de la atención que constituye uno de los requisitos del«flujo». De hecho, la literatura clásica de las grandes tradicionescontemplativas describe estos estados de absorción que se viven como purabeatitud como un «flujo» solamente inducido por una intensa concentración.

Si observamos a alguien quese halle en este estado tendremos la impresión de que las dificultades sedesvanecen y el rendimiento cumbre parece algo natural y cotidiano, unaimpresión que corre pareja a lo que está sucediendo en el cerebro, en donde lastareas más complejas se realizan con un gasto mínimo de energía mental. En el«flujo», el cerebro se halla en un estado «frío», y la activación e inhibiciónde todos los circuitos neuronales parece ajustarse perfectamente a las demandasde la situación. Cuando las personas están comprometidas con actividades quecapturan su atención y la mantienen sin realizar esfuerzo alguno, su cerebro«se sosiega», en el sentido de que hay una disminución de la estimulacióncortical. Este descubrimiento es notable, puesto que el «flujo» permite abordarlas tareas más complejas de un determinado dominio, ya sea jugar una partidacontra un maestro de ajedrez o resolver un complejo problema matemático. Alparecer, en este caso se esperaría precisamente lo contrario, es decir que estaclase de tarea requeriría más actividad cortical, no menos, pero una de lasclaves del «flujo» es que tiene lugar sin alcanzar el límite de la capacidad,un estado en el que las habilidades se realizan más adecuadamente y loscircuitos neurales funcionan más eficazmente.

La concentración tensa —enla que la preocupación alimenta la atención— aumenta la actividad cortical.Pero la zona de flujo y de rendimiento óptimo parece ser una especie de oasisde eficacia cortical en el que el gasto de energía cortical es mínimo. Tal vezla destreza práctica que permite a la gente entrar en el estado de «flujo»tenga lugar después de dominar los movimientos básicos de una determinadaactividad (ya sea física, como, por ejemplo, ascender una montaña) o mental(como elaborar un complejo programa informático). Un movimiento bien practicadorequiere mucho menos esfuerzo mental que aquél otro que esté siendo aprendido olos que todavía resultan muy difíciles. Por otra parte, cuando el cerebrotrabaja menos eficazmente a causa de la fatiga o el nerviosismo —como ocurre,por ejemplo, al final  de una larga yagotadora jornada de trabajo—, disminuye la precisión del esfuerzo cortical yse activan muchas áreas superfluas, un estado mental que se experimenta comosumamente distraído, y lo mismo ocurre en el caso del aburrimiento. Pero cuandoel cerebro está trabajando en la zona cúspide de su eficacia, como ocurre en elcaso del estado de «flujo», existe una relación muy precisa entre la actividadcerebral y los requerimientos de la tarea. En ese estado hasta el trabajo másduro puede resultar renovador y pleno en lugar de extenuante.

APRENDIZAJE Y «FLUJO»: UN NUEVO MODELO EDUCATIVO

El «flujo» aparece en esazona en la que una actividad exige a la persona el uso de todas sus capacidadesy es por ello por lo que, en la medida en que aumenta la destreza, también lohace la dificultad de entrar en el estado de «flujo». Si una tarea es demasiadosencilla resulta aburrida y si, por el contrario, es más compleja de la cuenta,el resultado es la ansiedad. Podría objetarse que la maestría en un determinadoarte o habilidad se ve espoleada por la experiencia del «flujo», que lamotivación a hacerlo cada vez mejor —ya se trate de tocar el violín, de bailaro del más especializado trabajo de laboratorio— consiste en permanecer en«flujo» mientras se lleva a cabo. En realidad, en un estudio efectuado sobredoscientos artistas dieciocho años después de que terminaran sus estudios,Csikszentmihalyi descubrió que aquéllos que en sus días de estudiante habíansaboreado el puro gozo de pintar eran los que se habían convertido enauténticos pintores, mientras que la mayor parte de quienes habían sidomotivados por ensueños de fama y riqueza abandonaron el arte poco después degraduarse.

La conclusión deCsikszentmihalyi es clara: «por encima de cualquier otra cosa, lo que lospintores quieren es pintar. Si el artista que se halla frente al lienzocomienza a preguntarse a cuánto vendera la obra o lo que los críticos pensaránde ella, será incapaz de abrir nuevos caminos. La obra creativa exige unaentrega sin condiciones»

Del mismo modo que el estadode «flujo» es un requisito para el dominio de un oficio, una profesión o unarte, lo mismo ocurre con el aprendizaje. Al margen de lo que digan los testsde resultados, el rendimiento de los estudiantes que entran en «flujo» al estudiares mayor que el de quienes no lo hacen así. Los estudiantes de una escuelaespecial de ciencias de Chicago —todos los cuales se hallaban entre el 5% delos que habían alcanzado una puntuación más elevada en un test de destrezamatemática— fueron clasificados por sus profesores de matemáticas en dosgrupos: más aventajados y menos aventajados. Luego se vigiló la forma en queinvertían el tiempo utilizando un avisador que sonaba al azar varias veces aldía y el estudiante debía anotar lo que estaba haciendo y cuál era su estado deánimo. No es sorprendente que los que habían sido clasificados como menosaventajados invirtieran sólo unas quince horas semanales de estudio en casa, unpromedio claramente inferior a las veintisiete horas que dedicaban quieneshabían sido clasificados en el grupo de los más aventajados. Aquéllos, por otraparte, invertían la mayor parte del tiempo en que no estaban estudiando enactividades sociales, pasear con los amigos y estar con la familia.

El análisis de su estado deánimo reveló un importante descubrimiento, porque tanto unos como otros pasabanmucho tiempo aburriéndose con actividades tales como ver la televisión, que noponían a prueba sus habilidades. Así es, a fin de cuentas, el mundo de losadolescentes. Pero la diferencia fundamental estribaba en su experiencia delestudio, una experiencia de la que los que formaban parte del grupo deaventajados entraban en «flujo» el 40% del tiempo invertido, algo que, en elcaso de quienes formaban parte del grupo inferior sólo ocurría el 16% deltiempo, a causa, posiblemente, de la ansiedad que generaba una demanda queexcedía sus capacidades. Estos últimos, por su parte, encontraban placer y«flujo» en la socialización y no en el estudio. En resumen, los estudiantes másaventajados tienden a estudiar porque ello les pone en «flujo», pero, pordesgracia, los menos aventajados no entran en «flujo» con el estudio, lo cuallimita el alcance de las tareas intelectuales de las que disfrutarán en elfuturo. Howard Gardner, el psicólogo de Harvard que desarrolló la teoría de lainteligencia múltiple, considera el «flujo» y los estados positivos que locaracterizan, como parte de una forma más saludable de enseñar a los niños,motivándolos desde el interior en lugar de recurrir a las amenazas o a laspromesas de recompensa. «Deberíamos utilizar los mismos estados positivos delos niños para atraerles hacia el estudio de aquellos dominios en los quedemuestren ser más diestros —propone Gardner—. El “flujo” es un estado internoque significa que el niño está comprometido en una tarea adecuada. Todo lo quetiene que hacer es encontrar algo que le guste y perseverar en ello. Cuando losniños se aburren en la escuela y se sienten desbordados por sus deberes escuando se pelean y se portan mal. Uno aprende mejor cuando hace algo que legusta y disfruta comprometiéndose con ello».

La estrategia utilizada enla mayor parte de las escuelas que están poniendo en práctica el modelo de lainteligencia múltiple de Gardner gira en torno a identificar y fortalecer elperfil de competencias naturales de un niño al tiempo que trata también dedespojarle de sus debilidades. Por ejemplo, un niño con un talento natural parala música o el movimiento entrará en «flujo» más fácilmente en ese dominioque en aquéllos otros en los que es menos diestro. De este modo, conocer elperfil de un niño puede ayudar al maestro a adaptar la forma de presentarle undeterminado tema y ajustar también el nivel —desde terapéutico hasta muyavanzado— que suponga para él un reto óptimo. Hacer esto significa fomentar unaprendizaje más placentero, un aprendizaje que no resulte angustioso ni tampocoaburrido. «La esperanza es que cuando los niños aprendan a aprender“fluyendo”, se animaran a asumir el riesgo de enfrentarse a nuevas áreas»,dice Gardner, agregando que esto es precisamente lo que parece demostrar laexperiencia.

Hablando en términos másgenerales, el modelo del «flujo» sugiere que el logro del dominio en cualquierhabilidad o cuerpo de conocimientos debe tener lugar de manera natural en lamedida en que el niño se ocupa de las áreas en las que espontáneamente sesiente más comprometido, es decir, que más le gustan.

Esta pasión inicial puedeser la semilla de niveles superiores de éxito en la medida en que comience acomprender que seguir en ello —ya sea la danza, las matemáticas o la música—constituye una fuente del gozo del «flujo». Y puesto que ello pone en juego loslímites de su propia capacidad de sostener el estado de «flujo», se convierteen una motivación para hacerlo cada vez mejor, lo cual hace feliz al niño.Este, evidentemente, es un modelo más positivo de aprendizaje y educación queel que solemos encontrar en la mayor parte de las escuelas. ¿Quién no recuerdala escuela, al menos en parte, como un interminable desfile de horas deaburrimiento puntuadas por momentos de gran ansiedad? Tratar de que elaprendizaje se realice a través del «flujo» constituye una forma más humana,más natural y probablemente más eficaz de poner las emociones al servicio de laeducación.

En un sentido amplio,canalizar las emociones hacia un fin más productivo constituye una verdaderaaptitud maestra. Ya se trate de controlar los impulsos, de demorar lagratificación, de regular nuestros estados de ánimo para facilitar —y nodificultar— el pensamiento, de motivarnos a nosotros mismos a perseverar yhacer frente a los contratiempos o de encontrar formas de entrar en «flujo» yasí actuar más eficazmente, todo ello parece demostrar el gran poder que poseenlas emociones para guiar más eficazmente nuestros esfuerzos.

7. LAS RAÍCES DE LA EMPATÍA

Volvamos ahora a Gary, elbrillante cirujano alexitímico que tanto sufrimiento causara a su prometidaEllen haciendo gala de una ignorancia absoluta con respecto al mundo de lossentimientos. Como ocurre con la mayoría de los alexitímicos, Gary carecía deempatía y de intuición. Si ella le comentaba que se sentía abatida, Gary noacertaba a comprenderla, y si le dirigía palabras cariñosas, él cambiaba detema. Gary no cesaba de formular críticas «útiles» sobre las cosas que haciaEllen, sin percatarse de que tales críticas no la ayudaban en lo más mínimosino que sólo la hacían sentirse atacada.

La conciencia de unomismo es la facultad sobre la que se erige la empatía, puesto que,cuanto más abiertos nos hallemos a nuestras propias emociones, mayor seránuestra destreza en la comprensión de los sentimientos de los demás. Losalexitimicos como Gary no tienen la menor idea de lo que sienten y por lo mismotambién se encuentran completamente desorientados con respecto a lossentimientos de quienes les rodean. Son, por así decirlo, sordos a lasemociones y carecen de la sensibilidad necesaria para percatarse de las notas ylos acordes emocionales que transmiten las palabras y las acciones de sussemejantes. En este sentido, los tonos, los temblores de voz, los cambios depostura y los elocuentes silencios les pasan totalmente inadvertidos.

Confundidos, pues, acerca desus propios sentimientos, los alexitímicos son igualmente incapaces de percibirlos sentimientos ajenos. Y esta incapacidad no sólo supone una importantecarencia en el ámbito de la inteligencia emocional sino que también implica ungrave menoscabo de su humanidad, porque la raíz del afecto sobre el que seasienta toda relación dimana de la empatía, de la capacidad para sintonizaremocionalmente con los demás.

Esa capacidad, que nospermite saber lo que sienten los demás, afecta a un amplio espectro deactividades (desde las ventas hasta la dirección de empresas, pasando por lacompasión, la política, las relaciones amorosas y la educación de nuestroshijos) y su ausencia, que resulta sumamente reveladora, podemos encontrarla enlos psicópatas, los violadores y los pederastas.

No es frecuente que laspersonas formulen verbalmente sus emociones y éstas, en consecuencia, suelenexpresarse a través de otros medios. La clave, pues, que nos permite acceder alas emociones de los demás radica en la capacidad para captar los mensajesno verbales (el tono de voz, los gestos, la expresión facial, etcétera).Es muy probable que la investigación más exhaustiva llevada a cabo sobre lafacultad de interpretar los mensajes no verbales sea la efectuada por RobertRosenthal, psicólogo de la Universidad de Harvard, y sus alumnos. Rosenthal elaboró untest para determinar el grado de empatía al que denominó PSNV (perfil desensibilidad no verbal). Este test consiste en una serie de videos en los queuna mujer joven expresa una amplia gama de sentimientos que van desde el odiohasta el amor maternal, pasando por los celos, el perdón, la gratitud y laseducción. El vídeo ha sido editado de modo que oculta sistemáticamente uno ovarios canales de comunicación no verbal. Así, en algunas de las escenas nosólo se ha silenciado el mensaje verbal sino que también se ha ocultado todaclave —excepto la expresión facial— que pueda ofrecer pistas acerca del estadoemocional; en otras secuencias, en cambio, sólo se muestran los movimientoscorporales, recorriendo así, sucesivamente, los principales canales decomunicación no verbal. El objetivo, en cualquier caso, consiste en que laspersonas que miran los vídeos detecten las emociones implicadas recurriendo apistas específicamente no verbales.

La investigación, llevada acabo sobre unas siete mil personas de los Estados Unidos y de otros dieciochopaíses, puso de manifiesto las ventajas que conlleva la capacidad de leer lossentimientos ajenos a partir de mensajes no verbales (el ajuste emocional, lapopularidad, la sociabilidad y también —no deberíamos sorprendernos por ello—la sensibilidad). Hay que decir que, en este sentido, las mujeres suelensuperar a los hombres. Por otra parte. aquellas personas cuya destreza vaperfeccionándose a lo largo de los cuarenta y cinco minutos que dura el test—un indicador de que se hallan especialmente dotadas para desarrollar laempatía— suelen mantener buenas relaciones con el sexo opuesto, una habilidadobviamente inestimable para la vida amorosa.

Esta prueba también demostróla relación puramente circunstancial existente entre la empatía y las calificacionesobtenidas en el SAT, el CI y otros tests de rendimiento académico. Laindependencia de la empatía con respecto a la inteligencia académica ha quedadosobradamente demostrada en una investigación realizada con una versión del PSNVadaptada para niños. Una encuesta realizada sobre 1.011 niños demostró quequienes eran mas capaces de leer los mensajes emocionales no verbales no sólogozaban de mayor popularidad entre sus compañeros sino que también presentabanuna mayor estabilidad emocional. Estos niños, por otra parte, tambiénmostraban un mayor rendimiento académico —superior incluso a la media— pero, encambio, su CI no era superior al de los menos dotados para descifrar losmensajes emocionales no verbales, un dato que parece sugerirnos que la empatíafavorece el rendimiento escolar (o, tal vez, simplemente les haga másatractivos a los ojos de sus profesores).

A diferencia de la menteracional, que se comunica a través de las palabras, las emociones lo hacen deun modo no verbal. De hecho, cuando las palabras de una persona no coincidencon el mensaje que nos transmite su tono de voz, sus gestos u otros canales decomunicación no verbal, la realidad emocional no debe buscarse tanto en elcontenido de las palabras como en la forma en que nos está transmitiendo elmensaje. Una regla general utilizada en las investigaciones sobre lacomunicación afirma que más del 90% de los mensajes emocionales es denaturaleza no verbal (la inflexión de la voz, la brusquedad de un gesto,etcétera) y que este tipo de mensaje suele captarse de manera inconsciente, sinque el interlocutor repare, por cierto, en la naturaleza de lo que se estácomunicando y se limite tan sólo a registrarlo y responder implícitamente. Enla mayoría de los casos, las habilidades que nos permiten desempeñaradecuadamente esta tarea también se aprenden de forma tácita.

EL DESARROLLO DE LA EMPATIA

Cuando Hope, una niña deapenas nueve meses de edad, vio caer a otro niño, las lágrimas afloraron a susojos y se refugió en el regazo de su madre buscando consuelo como si fuera ellamisma quien se hubiera caído. Michael, un niño de quince meses, le dio su ositode peluche a su apesadumbrado amigo Paul pero, al ver que éste no dejaba dellorar, le arropó con una manta. Estas pequeñas muestras de simpatía y cariñofueron registradas por madres que habían sido específicamente adiestradas pararecoger in situ esta clase de manifestaciones empáticas. Los resultados de esteestudio parecen sugerirnos que las raíces de la empatía se retrotraen a la más tempranainfancia. Prácticamente desde el mismo momento del nacimiento, los bebés semuestran afectados cuando oyen el llanto de otro niño, una reacción que algunoshan considerado como el primer antecedente de la empatía. La psicologíaevolutiva ha descubierto que los bebés son capaces de experimentar este tipo deangustia empática antes incluso de llegar a ser plenamente conscientes de suexistencia separada. A los pocos meses del nacimiento, los bebés reaccionanante cualquier perturbación de las personas cercanas como si fuera propia, yrompen a llorar cuando oyen el llanto de otro niño.

En una investigación llevadaa cabo por Martin L. Hoffman, de la Universidad de Nueva York, un niño de un añollevó a su madre ante un amigo suyo que se encontraba llorando para queintentara consolarlo, a pesar de que la madre de éste último también se hallaraen la misma habitación. Este tipo de confusión también puede encontrarse enaquellos niños de un año de edad que imitan la angustia de los demás, unaforma, posiblemente, de poder llegar a comprender mejor los sentimientosajenos. No es tampoco infrecuente que, si un niño se lastima los dedos, otro selleve la mano a la boca para comprobar si también se ha hecho daño o que, alcontemplar el llanto de su madre, se frote los ojos aunque él no esté llorando.

Esta imitación motriz, comose la denomina, constituye, en realidad, el auténtico significado técnico deltérmino etopaha , tal como lo definió por vez primera el psicólogonorteamericano E.B. Titehener en la década de los veinte, una acepciónligeramente diferente del significado original del término griego empatheiasentir dentro», la expresión utilizada por los teóricos de laestética para referirse a la capacidad de percibir la experiencia subjetiva deotra persona. Titchener sostenía que la empatía se deriva de una suerte deimitación física del sufrimiento ajeno con el fin de evocar idénticassensaciones en uno mismo y es por ello por lo que se ocupó de buscar unapalabra distinta a simpatía, ya que podemos sentir simpatía por la situacióngeneral en que se halla una persona sin necesidad, en cambio, de compartir sussentimientos.

La imitación motriz de losniños desaparece alrededor de los dos años y medio de edad, a partir delmomento mismo en que aprenden a diferenciar el dolor de los demás del suyopropio y, en consecuencia, se hallan más capacitados para consolarles. He aquíun episodio típico extraído del diario de una madre:

«El bebé de la vecina estállorando ... y Jenny se acerca a darle una galleta. Entonces lo sigue y tambiénempieza a quejarse. A continuación, trata de acariciarle el pelo, pero él laaparta. Finalmente, el bebé se tranquiliza pero Jenny sigue preocupada ycontinúa dándole juguetes y suaves palmaditas en la cabeza y los hombros»

En este punto de sudesarrollo, los niños pequeños comienzan a manifestar ciertas diferencias en sucapacidad de experimentar los trastornos emocionales ajenos. Así pues, mientrasque algunos —como Jenny— se muestran agudamente conscientes de las emociones,otros, por el contrario, parecen ignorarlas por completo. Una serie de estudiosllevados a cabo por Manan Radke Yarrow y Carolyn Zahn-Waxler en el NationalInstitute of Mental Health demostró que buena parte de las diferenciasexistentes en el grado de empatía se hallan directamente relacionadascon la educación que los padres proporcionan a sus hijos. Según hapuesto de relieve esta investigación, los niños se muestran más empáticoscuando su educación incluye, por ejemplo, la toma de conciencia del daño que suconducta puede causar a otras personas (decirles, por ejemplo, «mira qué tristela has puesto», en lugar de «eso ha sido una travesura»). La investigacióntambién ha puesto de manifiesto que el aprendizaje infantil de la empatía sehalla mediatizado por la forma en que las otras personas reaccionan ante elsufrimiento ajeno. Así pues, la imitación permite que los niños desarrollen unamplio repertorio de respuestas empáticas, especialmente a la hora de brindarayuda a alguien que lo necesite.

EL NIÑO BIEN SINTONIZADO

Sarah tenía veinticinco añoscuando dio a luz a sus gemelos, Mark y Fred. Según afirmaba, Mark era muyparecido a ella mientras que Fred se parecía más a su padre. Esta percepciónpudo haber sido el germen de una sutil pero palpable diferencia en el trato quedio a cada uno de sus hijos. A los tres meses de edad, Sarah trataba de captarla mirada de Fred y, cada vez que éste apartaba la vista, ella insistía enatrapar su atención, a lo que Fred respondía desviando nuevamente la mirada.Luego, cuando Sarah miraba hacia otro lado, Fred se volvía a mirarla y el ciclode atracción-rechazo empezaba de nuevo, un ciclo que solía terminar despertandoel llanto de Fred. En el caso de Mark, no obstante, Sarah jamás trató deimponerle el contacto visual y podía romperlo cuando quisiera sin que la madrele obligara a mantenerlo.

Este acto mínimo resulta, noobstante, sumamente decisivo ya que, al cabo de un año, Fred se mostrabaostensiblemente más temeroso y dependiente que Mark. Y una de las formas en queexpresaba su temor era apartando el rostro, mirando hacia el suelo y evitandoel contacto visual con los demás, tal y como había aprendido a hacer con supropia madre. Mark, por el contrario, miraba a la gente directamente a los ojosy, cuando quería romper el contacto visual, desviaba ligeramente su cabezahacia arriba con una sonrisa de satisfacción.

Los gemelos y su madrefueron sometidos a una observación minuciosa cuando participaban en unainvestigación llevada a cabo por Daniel Stern, psiquiatra, por aquel entonces,de la Facultadde Medicina de la Universidad de Cornell. Stern, que está fascinado por losminúsculos y repetidos intercambios que tienen lugar entre padres e hijos, esde la opinión de que el aprendizaje fundamental de la vida emocional tienelugar en estos momentos de intimidad. Y los más críticos de todos estosmomentos tal vez sean aquéllos en los que el niño constata que sus emocionesson captadas, aceptadas y correspondidas con empatía, un proceso que Stemdenomina sintonización. En este sentido, Sarah se hallaba emocionalmentesintonizada con Mark pero completamente desintonizada de Fred. Según Stern, esmuy posible que la continua exposición a momentos de armonía o de disarmoníaentre padres e hijos determine —en mayor medida, posiblemente, que otrosacontecimientos aparentemente más espectaculares de la infancia— lasexpectativas emocionales que tendrán, ya de adultos, en sus relaciones íntimas.

La sintonizaciónconstituye un proceso tácito que marca el ritmo de toda relación. Stern,que estudió este fenómeno con precisión microscópica grabando en vídeo horasenteras de la relación entre las madres y sus hijos, descubrió que, por mediode dicho proceso, la madre transmite al niño la sensación de que sabe cómo sesiente. Cuando un bebé emite, por ejemplo, suaves chillidos, la madre confirmasu alegría dándole una cariñosa palmadita, arrullándole o imitando sus sonidos.En otra ocasión, el bebé puede menear el sonajero y la madre agitar rápidamentela mano a modo de respuesta. Este tipo de interacciones en los que elmensaje de la madre se ajusta al nivel de excitación del niño tiene lugar,según Stern, a un ritmo aproximado de una vez por minuto, proporcionando así alniño la reconfortante sensación de hallarse emocionalmente conectado con sumadre.

La sintonización es algo muydistinto a la mera imitación. «Si te limitas a imitar al bebé —me comentabaStern— tal vez logres saber lo que hace pero jamás averiguarás qué es lo quesiente. Para hacerle llegar que sabes cómo se siente debes tratar de reproducirsus sensaciones internas. Es entonces cuando el bebé se sentirá comprendido.»Hacer el amor tal vez sea el acto adulto más parecido a la estrechasintonización que tiene lugar entre la madre y el hijo. Según Stern, larelación sexual «implica la capacidad de experimentar el estado subjetivodel otro: compartir su deseo, sintonizar con sus intenciones y gozar de unestado mutuo y simultáneo de excitación cambiante»; una experiencia, ensuma, en la que los amantes responden con una sincronía que les proporciona unasensación tácita de profunda compenetración. Pero, si bien la relación sexualconstituye, en el mejor de los casos, la máxima expresión de la empatía mutua,en el peor de ellos, sin embargo, manifiesta la ausencia de toda reciprocidademocional.

EL COSTE DE LA FALTA DESINTONÍA

Stern sostiene que, graciasa la repetición de estos momentos de sintonía emocional, el niño desarrolla lasensación de que los demás pueden y quieren compartir sus sentimientos. Estasensación parece emerger alrededor de los ocho meses de edad —una época en laque el bebé comienza a comprender que se halla separado de los demás— y siguemodelándose en función del tipo de relaciones próximas que mantenga a lo largode toda su vida.

Cuando los padres están desintonizadosemocionalmente de sus hijos, esta situación puede llegar a ser especialmenteabrumadora. En uno de sus experimentos, Stern utilizó a madres que, en lugar deestablecer una comunicación armónica con sus hijos, reaccionabandeliberadamente por encima o por debajo de lo normal a sus demandas, algo a loque los niños respondían siempre con una muestra inmediata de consternación omalestar.

El coste de la falta desintonía emocional entre padres e hijos es extraordinario. Cuando los padresfracasan reiteradamente en mostrar empatía hacia una determinada gama deemociones de su hijo —ya sea la risa, el llanto o la necesidad de serabrazado, por ejemplo— el niño dejará de expresar e incluso dejará de sentirese tipo de emociones. Es muy posible que, de este modo, muchas emocionescomiencen a desvanecerse del repertorio de sus relaciones íntimas,especialmente en el caso de que estos sentimientos fueran desalentados de formamás o menos explícita durante la infancia.

Por el mismo motivo, losniños pueden alimentar también una serie de emociones negativas, dependiendo delos estados de ánimo que hayan sido reforzados por sus padres. Los niños sontan capaces de «captar» los estados de ánimo que hasta los bebés de tres meses,hijos de madres depresivas, por ejemplo, reflejan el estado anímico de éstasmientras juegan con ellas, mostrando más sentimientos de enfado y tristeza quede curiosidad e interés espontáneo, en comparación con aquellos otros bebéscuyas madres no mostraban ningún síntoma depresivo.

Por ejemplo, una de lasmadres que participó en la investigación realizada por Stern apenas síreaccionaba a las demandas de actividad de su bebé y éste, finalmente, aprendióa ser pasivo.

«Un niño que es tratadoasí —afirma Stern— aprende que, cuando está excitado, no puede conseguir que sumadre se excite también, de modo que tal vez sería mejor que ni siquiera lointente

Sin embargo. existe todavíacierta esperanza en lo que se ha dado en llamar relaciones «compensatorias»,«las relaciones mantenidas a lo largo de toda la vida—con los amigos, losfamiliares o incluso dentro del campo de la psicoterapia— que remodelan de continuola pauta de nuestras relaciones. De este modo, ¿cualquier posibledesequilibrio puede corregirse después o se trata de un proceso que perdura alo largo de toda la vida?

De hecho, varias teoríaspsicoanalíticas consideran que la relación terapéutica constituye un adecuadocorrectivo emocional que puede proporcionar una experiencia satisfactoria desintonización. Algunos pensadores psicoanalíticos utilizan el término espejopara referirse a la técnica mediante la cual el psicoanalista devuelve alcliente —de modo muy similar a la madre que se halla en armonía emocional consu hijo— un reflejo que le permite alcanzar una comprensión de su propio estadointerno. La sincronía emocional pasa inadvertida y queda fuera del conocimientoconsciente, aunque el paciente puede sentirse reconfortado y con la profundasensación de ser respetado y comprendido.

El coste emocional de lafalta de sintonización en la infancia puede ser alto... y no sólo para el niño.Un estudio efectuado con convictos de delitos violentos puso de manifiesto quetodos ellos habían padecido una situación infantil —que los diferenciabatambién de otros delincuentes— muy parecida, que consistía en haber cambiadoconstantemente de familia adoptiva o haber crecido en orfanatos, es decir,haber experimentado una seria orfandad emocional o haber gozadode muy pocas oportunidades de experimentar la sintonía emocional. El descuido emocionalocasiona una torpe empatía pero el abuso emocional intenso y sostenido —esdecir, el trato cruel, las amenazas, las humillaciones y las mezquindades—provoca un resultado paradójico. En tal caso, los niños que han experimentadoestos abusos pueden llegar a mostrarse extraordinariamente atentos a lasemociones de quienes les rodean, un estado de alerta postraumática ante lossignos que impliquen algún tipo de amenaza. Esta preocupación obsesiva por lossentimientos ajenos es típica de aquellos niños que han padecido abusospsicológicos, niños que, al llegar a la edad adulta, mostrarán una volubilidademocional que puede llegar a ser diagnosticada como «trastorno borderlinede la personalidad». Muchas de estas personas están especialmente dotadas parapercatarse de lo que sienten quienes les rodean y es bastante común comprobarque, durante la infancia, han sido objeto de algún tipo de abuso emocional.”

LA NEUROLOGÍA DELA EMPATÍA

Como suele suceder en elcampo de la neurología, los informes sobre casos extraños o poco frecuentesproporcionan claves muy importantes para asentar los fundamentos cerebrales dela empatía. Un informe de 1975, por ejemplo, revisaba varios casos de pacientesque habían sufrido lesiones en la región derecha del lóbulo frontal y quepresentaban la curiosa deficiencia de ser incapaces de captar el mensajeemocional contenido en los tonos de voz, aunque sí que eran capaces decomprender perfectamente el significado de las palabras. Para ellos, no existíaninguna diferencia entre un «gracias» sarcástico, neutral o sincero. Otroinforme publicado en 1979, por el contrario, hablaba de pacientes con lesionesen regiones distintas del hemisferio cerebral derecho que manifestaban otrotipo de deficiencias en la percepción de las emociones. En este caso se tratabade pacientes incapaces de expresar sus propias emociones a través del tono devoz o del gesto. Sabían lo que sentían pero eran simplemente incapaces decomunicarlo. Según apuntan los investigadores, estas regiones corticales del cerebroestán estrechamente ligadas al funcionamiento del sistema límbico.

Estos estudios sirvieron debase para un artículo pionero escrito por Leslie Brothers, psiquiatra delInstituto Tecnológico de California, que versaba sobre la biología de la empatia.Su revisión de los diferentes hallazgos neurológicos y los estudioscomparativos realizados sobre animales le llevó a sugerir que la amígdalay sus conexiones con el área visual del córtex constituyen el asiento cerebralde la empatía.

La mayor parte de lainvestigación neurológica llevada a cabo en este sentido ha sido realizada conanimales, especialmente primates. El hecho de que los primates sean capaces deexperimentar la empatía —o, como prefiere llamarla Brothers, la «comunicaciónemocional»— resulta evidente no sólo a partir de estudios más o menosanecdóticos sino también según investigaciones como la que reseñamos acontinuación. En este experimento se adiestró a varios monos rhesus a emitiruna respuesta anticipada de temor ante un determinado sonido sometiéndoles auna descarga eléctrica inmediatamente después de escucharlo. Los monos teníanque aprender a evitar la descarga empujando una palanca cada vez que oían elsonido. Luego se dispuso a los simios por parejas en jaulas separadas cuya únicacomunicación posible era a través de un circuito cerrado de televisión que sóloles permitía ver una imagen del rostro de su compañero. De este modo, cada vezque uno de los monos escuchaba el sonido que anticipaba la descarga, su carareflejaba el miedo y, en el momento en que el otro mono veía ese semblante,evitaba la descarga empujando la palanca. Todo un acto de empatía... por nodecir de altruismo.

Una vez que se comprobó quelos primates son capaces de leer las emociones en el rostro de sus semejantes,los investigadores introdujeron largos y finos electrodos en sus cerebros paradetectar el menor indicio de actividad de determinadas neuronas.

Los electrodos insertados enlas neuronas del córtex visual y de la amígdala mostraban que, cuando un monoveía el rostro del otro, la información afectaba, en primer lugar, a lasneuronas del córtex visual y posteriormente a las de la amígdala. Este es elcamino normal que sigue la información emocionalmente más relevante. Pero eldescubrimiento más sorprendente de esta investigación fue la identificación dedeterminadas neuronas del córtex visual que clínicamente parecen activarse enrespuesta a expresiones faciales o gestos concretos, como una bocaamenazadoramente abierta, una mueca de miedo o una inclinación de sumisión. Yestas neuronas son distintas a aquellas otras situadas en la misma zona quepermiten el reconocimiento de los rostros familiares.

Esto podría significar queel cerebro es un instrumento diseñado para reaccionar ante expresionesemocionales concretas o. dicho de otro modo, que la empatía es un imponderablebiológico.

Según Brothers, otrainvestigación en la que se sometió a observación a un grupo de monos en estadosalvaje a los que se habían seccionado las conexiones existentes entre la amígdalay el córtex, demuestra el importante papel que desempeña la víaamigdalocortical en la percepción y respuesta ante las emociones.

Cuando fueron devueltos a sumanada, estos monos seguían siendo capaces de desempeñar tareas ordinarias comoalimentarse o subirse a los árboles pero habían perdido la capacidad de dar unarespuesta emocional adecuada a los otros miembros de la manada.

La situación era tal quellegaban incluso a huir cuando otro mono se les acercaba amistosamente, yterminaban viviendo aislados y evitando todo contacto con el grupo.

Según Brothers, las zonasdel córtex en las que se concentran las neuronas especializadas en la emociónestán directamente ligadas a la amígdala. De este modo, el circuitoamigdalocortical resulta fundamental para identificar las emociones y desempeñaun papel crucial en la elaboración de una respuesta apropiada.

«El valor de este sistemapara la supervivencia —afirma Brothers— resulta manifiesto en el caso de losprimates. La percepción de que otro individuo se aproxima pone rápidamente enfuncionamiento una pauta concreta de respuesta fisiológica, adecuado alpropósito del otro, según sea propinar un mordisco, desparasitar o copular».

 La investigación realizada por RobertLevenson, psicólogo de la Universidad de Berkeley, sugiere la existencia de unfundamento similar de la empatía en el caso de los seres humanos. El estudio deLevenson se realizó con parejas casadas que debían tratar de identificar quéera lo que estaba sintiendo su cónyuge en el transcurso de una acaloradadiscusión. El método era muy sencillo ya que, mientras los miembros de lapareja discutían alguna cuestión problemática que afectara al matrimonio —laeducación de los hijos, los gastos, etcétera—, eran grabados en vídeo y susrespuestas fisiológicas eran también monitorizadas. Posteriormente, cadamiembro de la pareja veía el vídeo y narraba lo que ella o él sentían en cadauno de los momentos de la interacción y luego volvía a mirar la filmación perotratando, esta vez, de identificar los sentimientos del otro.

El mayor grado de empatíatenía lugar en aquellos matrimonios cuya respuesta fisiológica coincidía,es decir, en aquéllos en los que el aumento de sudoración de uno de loscónyuges iba acompañado del aumento de sudoración del otro y en los que eldescenso de la frecuencia cardiaca del uno iba seguido del descenso de lafrecuencia del otro. En suma, era como si el cuerpo de uno imitara, instantetras instante, las reacciones sutiles del otro miembro de la pareja.Pero, cuando estaban contemplando la grabación, no podría decirse que tuvieranuna gran empatía para determinar lo que su pareja estaba sintiendo. Es como sisólo hubiera empatía entre ellos cuando sus reacciones fisiológicas se hallabansincronizadas.

Esto nos sugiere que cuandoel cerebro emocional imprime al cuerpo una reacción violenta —como la tensiónde un enfado, por ejemplo— casi no es posible la empatía. La empatía exige lacalma y la receptividad suficientes para que las señales sutiles manifestadaspor los sentimientos de la otra persona puedan ser captadas y reproducidas pornuestro propio cerebro emocional.

LA EMPATÍA YLA ÉTICA: LAS RAÍCES DEL ALTRUISMO

La frase «nunca preguntespor quién doblan las campanas porque están doblando por ti» es una de lasmás célebres de la literatura inglesa. Las palabras de John Donne se dirigen alnúcleo del vínculo existente entre la empatía y el afecto, ya que eldolor ajeno es nuestro propio dolor. Sentir con otro es cuidar de él y. en estesentido, lo contrario de la empaña seria la antipatía. La actitud empática estáinextricablemente ligada a los juicios morales porque éstos tienen quever con víctimas potenciales. ¿Mentiremos para no herir los sentimientos de unamigo? ¿Visitaremos a un conocido enfermo o, por el contrario, aceptaremos unainesperada invitación a cenar? ¿Durante cuánto tiempo deberíamos seguirutilizando un sistema de reanimación para mantener con vida a una persona que,de otro modo, moriría?

Estos dilemas éticos hansido planteados por Martin Hoffman, un investigador de la empatía que sostieneque en ella se asientan las raíces de la moral. En opinión de Hoffman, «esla empatía hacia las posibles victimas, el hecho de compartir la angustia dequienes sufren, de quienes están en peligro o de quienes se hallan desvalidos, loque nos impulsa a ayudarlas». Y, más allá de esta relación evidente entreempatía y altruismo en los encuentros interpersonales, Hoffman propone que laempatía —la capacidad de ponernos en el lugar del otro— es, en últimainstancia, el fundamento de la comunicación.

Según Hoffman, el desarrollode la empatía comienza ya en la temprana infancia. Como hemos visto, una niñade un año de edad se alteró cuando vio a otro niño caerse y comenzar a llorar;su compenetración con él era tan íntima que inmediatamente se puso el pulgar enla boca y sumergió la cabeza en el regazo de su madre como si fuera ella mismaquien se hubiera hecho daño.

Después del primer año,cuando los niños comienzan a tomar conciencia de que son una entidad separadade los demás, tratan de calmar de un modo más activo el desconsuelo de otroniño ofreciéndole, por ejemplo, su osito de peluche. A la edad de dos años, losniños comienzan a comprender que los sentimientos ajenos son diferentes a lospropios y así se vuelven más sensibles a las pistas que les permiten conocercuáles son realmente los sentimientos de los demás. Es en este momento, porejemplo, cuando pueden reconocer que la mejor forma de ayudar a un niño quellora es dejarle llorar a solas, sin prestarle atención para no herir suorgullo.

En la última fase de lainfancia aparece un nivel más avanzado de la empatía, y los niños puedenpercibir el malestar más allá de la situación inmediata y comprender quedeterminadas situaciones personales o vitales pueden llegar a constituir unafuente de sufrimiento crónico. Es entonces cuando suelen comenzar a preocuparsepor la suerte de todo un colectivo, como, por ejemplo, los pobres, losoprimidos o los marginados, una preocupación que en la adolescencia puede versereforzada por convicciones morales centradas en el deseo de aliviar lainjusticia y el infortunio ajeno.

Sea como fuere, lo cierto esque la empatía es una habilidad que subyace a muchas facetas del juicio y de laacción ética. Una de estas facetas es la «indignación empática» que JohnStuart Mill describiera como «el sentimiento natural de venganza alimentadopor la razón, la simpatía y el daño que nos causan los agravios de que otraspersonas son objeto» y que calificara como «el custodio de la justicia».Otro ejemplo en el que resulta evidente que la empatía puede sustentar laacción ética es el caso del testigo que se ve obligado a intervenir paradefender a una posible víctima. Según ha demostrado la investigación, cuantamás empatía sienta el testigo por la víctima, más posibilidades habrá de que secomprometa en su favor. Existe cierta evidencia de que el grado de empatíaexperimentado por la gente condiciona sus juicios morales. Por ejemplo,estudios realizados en Alemania y Estados Unidos demuestran que cuanto más empáticaes la persona, más a favor se halla del principio moral que afirma que losrecursos deben distribuirse en función de las necesidades.

UNA VIDA CARENTE DE EMPATÍA: LA MENTALIDAD DEL AGRESOR.
LA MORAL DEL SOCIOPATA

Eric Eckardt se vioinvolucrado en un miserable delito. Cuando era guardaespaldas de la patinadoraTonya Harding preparó un brutal atentado contra su eterna rival, NancyKerrigan, medalla de oro en las olimpiadas de invierno de 1994, a consecuencia delcual quedó seriamente maltrecha y tuvo que dejar su entrenamiento durantevarios meses. Pero cuando Eckardt vio la imagen de la sollozante Kerrigan entelevisión, tuvo un súbito arrepentimiento y entonces llamó a un amigo paracontarle su secreto, iniciando así la secuencia de acontecimientos que terminóabocando a su detención. Tal es el poder de la empatía.

Pero, por desgracia, laspersonas que cometen los delitos más execrables suelen carecer de toda empatía.Los violadores, los pederastas y las personas que maltratan a sus familiascomparten la misma carencia psicológica, son incapaces de experimentar laempatía, y esa incapacidad de percibir el sufrimiento de los demás les permitecontarse las mentiras que les infunden el valor necesario para perpetrar susdelitos. En el caso de los violadores, estas mentiras tal vez adopten la formade pensamientos como «a todas las mujeres les gustaría ser violadas» o «elhecho de que se resista sólo quiere decir que no le gusta poner las cosasfáciles».

En este mismo sentido, lapersona que abusa sexualmente de un niño quizás se diga algo así como «yo noquiero hacerle daño, sólo estoy mostrándole mi afecto», o bien «ésta essimplemente otra forma de cariño». Por su parte, el padre que pega a sus hijosposiblemente piense «ésta es la mejor de las disciplinas». Todas estasjustificaciones, expresadas por personas que han recibido tratamiento por lasconductas que acabamos de reseñar, son las excusas que se repiten cuandoviolentan a sus victimas o se preparan para hacerlo.

La notable falta de empatíaque presentan estas personas cuando agreden a sus víctimas suele formar partede un ciclo emocional que termina precipitando su crueldad. Veamos, porejemplo, la secuencia emocional típica que conduce a un delito como el abusosexual de un niño. El ciclo se inicia cuando la persona comienza a sentirsealterada: inquieta, deprimida o aislada. Estos sentimientos pueden seractivados por la contemplación de una pareja feliz en la televisión, lo que lelleva a sentirse inmediatamente deprimido por su propia soledad. Es entoncescuando busca consuelo en su fantasía favorita, que suele ser la afectuosaamistad con un niño, una fantasía que paulatinamente va adquiriendo un carizcada vez más sexual y suele terminar en la masturbación. Tal vez entonces elagresor experimente un alivio momentáneo pero la tregua es muy breve y ladepresión y la sensación de soledad retornan con más virulencia que antes.Entonces es cuando el agresor comienza a pensar en la posibilidad de llevar ala práctica su fantasía repitiéndose justificaciones del tipo «si el niño nosufre ninguna violencia física, no le estoy haciendo ningún daño» o «si noquisiera hacer el amor conmigo tratara de evitarlo».

A estas alturas, el agresorve al niño a través de la lente de sus perversas fantasías, sin la menormuestra de empatía por sus sentimientos. Esta indiferencia emocional es la quedetermina la escalada de los hechos subsiguientes, desde la elaboración delplan para encontrar a un niño solo, pasando por la minuciosa consideración delos pasos a seguir, hasta llegar a la ejecución del plan.

Y todo esto se realiza comosi la víctima careciera de sentimientos; muy al contrario, el agresor nopercibe sus verdaderos sentimientos (asco, miedo y rechazo) porque, en casode hacerlo, podría llegar a arruinar sus planes y, en cambio, proyecta laactitud cooperante de la víctima.

La falta de empatía esprecisamente uno de los focos principales en los que se centran los nuevostratamientos diseñados para la rehabilitación de esta clase de delincuentes. Enuno de los programas más prometedores los agresores deben leer losdesgarradores relatos de este tipo de delitos contados desde la perspectiva dela víctima y contemplar videos en los que las víctimas narran desconsoladamentelo que experimentaron cuando sufrieron la agresión. Luego, el agresor tiene queescribir acerca de su propio delito pero poniéndose, esta vez, en el lugar dela víctima y, por último, debe representar el episodio en cuestión desempeñandoahora el papel de víctima.

En opinión de WilliamPithers, psicólogo de la prisión de Vermont que ha desarrollado esta terapia decambio de perspectiva: «la empatía hacia la víctima transforma la percepciónhasta el punto de impedir la negación del sufrimiento, incluso a nivel de laspropias fantasías», fortaleciendo así la motivación de los hombres paracombatir sus perversas urgencias sexuales. La proporción de agresores sexualesque, después de pasar por este programa en prisión, reincidían, era la mitadque la de quienes no se sometieron al programa. Si falta esta motivaciónempática, las otras fases del tratamiento no funcionarán adecuadamente.

Pero si son pocas lasesperanzas de infundir una mínima sensación de empatía en los agresoressexuales de los niños, menos todavía lo son en el caso de otro tipo de criminales,como los psicópatas (a los que los recientes diagnósticos psiquiátricosdenominan soci6patas). El psicópata no sólo es una persona aparentementeencantadora sino que también carece de todo remordimiento ante los actos máscrueles y despiadados. La psicopatía, la incapacidad de experimentar empatíao cualquier tipo de compasión o, cuanto menos, remordimientos deconciencia, es una de las deficiencias emocionales más desconcertantes. Laexplicación de la frialdad del psicópata parece residir en su comletaincapacidad para establecer una conexión emocional profunda. Los criminales másdespiadados, los asesinos sádicos múltiples que se deleitan con el sufrimientode sus victimas antes de quitarles la vida, constituyen el epitome de lapsicopatía. Los psicópatas también suelen ser mentirosos impenitentesdispuestos a manipular cínicamente las emociones de sus victimas y a decir loque sea necesario con tal de conseguir sus objetivos. Consideremos el caso deFaro, un adolescente de diecisiete años, integrante de una banda de LosAngeles, que causó la muerte de una mujer y de su hijo en un atropello que élmismo describía con más orgullo que pesar. Mientras se hallaba conduciendo uncoche junto a Leon Bing, quien estaba escribiendo un libro sobre las pandillasde los Crips y los Bloods de la ciudad de Los Angeles, Faro quiso hacer unademostración para Bing. Según relata éste, Faro «pareció enloquecer»cuando vio al «par de tipos» que conducían el automóvil que iba detrás delsuyo. Esto es lo que dice Bing acerca del incidente:

«El conductor, alpercatarse de que alguien estaba mirándole, echó entonces una mirada a nuestrocoche y, cuando sus ojos tropezaron con los de Faro, se abrieron completamentedurante un instante. Entonces rompió el contacto visual y bajó los ojos haciaun lado. No cabía duda de que su mirada reflejaba miedo.

Entonces Faro hizo unademostración a Bing de la fiera mirada que había lanzado a los ocupantes delotro coche:

Me miró directamente ytoda su cara se transformó, como si algún truco fotográfico lo hubieraconvertido en un aterrador fantasma que te aconseja que no aguantes la miradadesafiante de este chico, una mirada que dice que nada le preocupa, ni tu vidani la suya.»

Es evidente que hay muchasexplicaciones plausibles de una conducta tan compleja como ésta. Una de ellaspodría ser que la capacidad de intimidar a los demás tiene cierto valor desupervivencia cuando uno debe vivir en entornos violentos en los que ladelincuencia es algo habitual. En tales casos, el exceso de empatía podría sercontraproducente. Así pues, en ciertos aspectos de la vida, una oportunafalta de empatía puede ser una «virtud» (desde el «policía malo» de losinterrogatorios hasta el soldado entrenado para matar). En este mismo sentido,las personas que han practicado torturas en estados totalitarios refieren cómoaprendían a disociarse de los sentimientos de sus victimas para poder llevar acabo mejor su «trabajo».

Una de las formas másdetestables de falta de empatía ha sido puesta de manifiesto accidentalmentepor una investigación que reveló que los maridos que agreden físicamente oincluso llegan a amenazar con cuchillos o pistolas a sus esposas, se hallanaquejados de una grave anomalía psicológica, ya que, en contra de lo quepudiera suponerse, estos hombres no actúan cegados por un arrebato de ira sinoen un estado frío y calculado. Y, lo que es más, esta anomalía era máspatente a medida que su cólera aumentaba y la frecuencia de sus latidoscardiacos disminuía en lugar de aumentar (como suele ocurrir en los accesos defuria), lo cual significa que cuanto más beligerantes y agresivos se sienten,mayor es su tranquilidad fisiológica. Su violencia, pues, parece ser un acto deterror calculado, una forma de controlar a sus esposas sometiéndolas a un régimende terror.

Los maridos que muestran unacrueldad brutal constituyen un caso aparte entre los hombres que maltratan asus esposas. Como norma general, también suelen mostrarse muy violentos fueradel matrimonio, suelen buscar pelea en los bares o están continuamentediscutiendo con sus compañeros de trabajo y sus familiares. Así pues, aunque lamayor parte de los hombres que maltratan a sus esposas actúan de maneraimpulsiva —bien sea movidos por el enfado que les produce sentirse rechazados ocelosos, o debido al miedo a ser abandonados— los agresores fríos ycalculadores golpean a sus esposas sin ninguna razón aparente y. una vez quehan empezado, no hay nada que éstas puedan hacer —ni siquiera el intento deabandonarles— para aplacar su violencia.

Algunos estudiosos de lospsicópatas criminales sospechan que esta capacidad de manipular fríamente a losdemás, esta total ausencia de empatía y de afecto, puede originarse en un defectoneurológico.* Existen dos pruebas que apuntan a la existencia deun posible fundamento fisiológico de las psicopatías más crueles, pruebas quesugieren la implicación de vías neurológicas ligadas al sistema límbico. En undeterminado experimento se midieron las ondas cerebrales del sujeto mientraséste trataba de descifrar una serie de palabras entremezcladas, proyectadas auna velocidad aproximada de diez palabras por segundo. La mayor parte de laspersonas reaccionan de un modo diferente ante las palabras que conllevan unapoderosa carga emocional, como matar, que ante las palabras neutras, comosilla, por ejemplo. Dicho de otro modo, la mayoría de las personas son capacesde reconocer rápidamente las palabras cargadas emocionalmente y sus cerebrosmuestran patrones de onda característicamente diferentes en respuesta a las palabrascargadas emocionalmente y a las palabras neutras. Los psicópatas, por elcontrario, adolecen de este tipo de reacción y sus cerebros no muestran ningúnpatrón distintivo que les permita discernir las palabras emocionalmentecargadas y tampoco responden más rápidamente a ellas, lo cual parece sugeriralgún tipo de disfunción en el circuito que conecta la región cortical en dondese reconocen las palabras con el sistema límbico, el área del cerebro queasocia un determinado sentimiento a cada palabra.

En opinión de Robert Hare,el psicólogo de la Universidad de la Columbia Británicaque ha llevado a cabo esta investigación, los psicópatas tienen una comprensiónmuy superficial del contenido emocional de las palabras, un reflejo de la faltade profundidad de su mundo afectivo. Según Hare, la indiferencia de lospsicópatas se asienta en una pauta fisiológica ligada a ciertas irregularidadesfuncionales de la amígdala y de los circuitos neurológicos relacionadoscon ella. En este sentido, los psicópatas que reciben una descarga eléctrica nomuestran los síntomas de miedo que son normales en las personas cuando sufrendolor. Es precisamente el hecho de que la expectativa del dolor no suscita enellos ninguna reacción de ansiedad lo que, en opinión de Hare, justifica quelos psicópatas no se preocupen por las posibles consecuencias de sus actos. Ysu incapacidad de experimentar el miedo es la que da cuenta de su ausencia detoda empatía —o compasión— hacia el dolor y el miedo de sus victimas.

* Una breve nota de advertencia: si bien puedehablarse de la existencia de ciertas pautas biológicas que intervengan enalgunos tipos de delito —como, por ejemplo, algún defecto neurológico queimpida la empatía—, ello no nos permite inferir que todos los delincuentessufran algún deterioro biológico o que exista un determinante biológico de ladelincuencia. Este tema ha suscitado enormes controversias aunque, por elmomento, sólo se ha logrado cierto consenso de que no existe ningúndeterminante biológico de que tampoco puede hablarse de «genes criminales»,.Así pues, aunque, con determinados casos pueda hablarse de un fundamento fisiológicode la falta de empatía, ello no supone, en modo alguno, que esa disfunciónaboque inexorablemente al delito. La falta de empatía debe ser considerada comouno más de los factores psicológicos, económicos y sociales que pueden abocar ala delincuencia.

8. LAS ARTES SOCIALES

Como sucede con tantafrecuencia entre hermanos, Len, de cinco años de edad, perdió la paciencia conJay, de dos años y medio, porque había desordenado las piezas del Lego con lasque estaban jugando y en un ataque de rabia le mordió. Su madre, al escucharlos gritos de dolor de Jay, se apresuró entonces a regañar a Len, ordenándoleque recogiera en seguida el objeto de la disputa. Y ante aquello, que debió deparecerle una gran injusticia, Len rompió a llorar, pero su madre, enojada, senegó a consolarle.

Fue entonces cuando elagraviado Jay, preocupado con las lágrimas de su hermano mayor, se aprestó aconsolarle. Y esto fue, más o menos, lo que ocurrió:’

—¡No llores más, Len!—imploró Jay— ¡Deja de llorar, hermano, deja de llorar!

Pero, a pesar de sussúplicas, Len continuaba llorando. Entonces Jay se dirigió a su madrediciéndole:

—¡Len está llorando, mamá!¡Len está llorando! ¡Mira, mira. Len está llorando!

Luego, dirigiéndose aldesconsolado Len, Jay adoptó un tono materno, susurrándole:

—¡No llores, Len!

No obstante, Len seguíallorando. Así que Jay intentó otra táctica, ayudándole a guardar en su bolsalas piezas del Lego con un amistoso.

—¡Mira! ¡Yo las meto en labolsa para Lenny!

Pero como aquello tampocofuncionó, el ingenioso Jay ensayó una nueva estrategia, la distracción.Entonces cogió un coche de juguete y trató de llamar con él la atención de Len:

—Mira quién está dentro delcoche, Len. ¿Quién es?

Pero Len seguía sin mostrarel menor interés. Estaba realmente consternado y sus lágrimas parecían no tenerfin. Entonces su madre, perdiendo la paciencia, recurrió a una clásica amenaza:

—¿Quieres que te pegue?

—¡ No! —balbució entoncesLen.

—¡Pues deja ya de llorar!—concluyó la madre, exasperada, con firmeza.

—¡Lo estoy intentando!—farfulló Len, en un tono patético y jadeante, a través de sus lágrimas.

Y eso fue lo que despertó laestrategia final de Jay que, imitando el tono autoritario y amenazante de sumadre, ordenó: — ¡Deja de llorar, Len! ¡Acaba ya de una vez!

Este pequeño drama domésticoevidencia muy claramente la sutileza emocional que puede desplegar un mocoso depoco más de dos años para influir sobre las emociones de otra persona. En suapremiante intento de consolar a su hermano, Jay desplegó un amplio abanico detácticas que iban desde la súplica hasta la ayuda, pasando por la distracción,la exigencia e incluso la amenaza, un auténtico repertorio que había aprendidode lo que otros habían intentado con él. Pero, en cualquiera de los casos, loque ahora nos importa es subrayar que, incluso a una edad tan temprana, losniños disponen de un auténtico arsenal de tácticas dispuestas para serutilizadas.

Como sabe cualquier padre,el despliegue de empatía y compasión demostrado por Jay no es, en modo alguno,universal. Es igual de probable que un niño de esta edad considere la angustiade su hermano como una oportunidad para vengarse de él y hostigarle más aún.Las mismas habilidades mostradas por Jay podrían haber sido utilizadas parafastidiar o atormentar a su hermano. No obstante, ello no haría sino confirmarla presencia de una aptitud emocional fundamental, la capacidad de conocer lossentimientos de los demás y de hacer algo para transformarlos, una capacidadque constituye el fundamento mismo del sutil arte de manejar las relaciones.

Pero para llegar a dominaresta capacidad, los niños deben poder dominarse previamente a si mismos, debenpoder manejar sus angustias y sus tensiones, sus impulsos y su excitación,aunque sea de un modo vacilante, puesto que para poder conectar conlos demás es necesario un mínimo de sosiego interno. Es precisamente en esteperíodo cuando, en lugar de recurrir a la fuerza bruta, aparecen los primerosrasgos distintivos de la capacidad de controlar las propias emociones, deesperar sin gimotear, de razonar o de persuadir (aunque no siempre elijan estasopciones).

La paciencia constituye unaalternativa a las rabietas —al menos de vez en cuando— y los primeros signos dela empatía comienzan a aparecer alrededor de los dos años de edad (fueprecisamente la empatía —la raíz de la compasión— la que impulsó a Jay aintentar algo tan difícil como tranquilizar a su desconsolado hermano).

Así pues, el requisito parallegar a controlar las emociones de los demás —para llegar a dominar el arte delas relaciones— consiste en el desarrollo de dos habilidades emocionalesfundamentales: el autocontrol y la empatía.

Es precisamente sobre la basedel autocontrol y la empatía sobre la que se desarrollan las «habilidadesinterpersonales». Estas son las aptitudes sociales que garantizan la eficaciaen el trato con los demás y cuya falta conduce a la ineptitud social o alfracaso interpersonal reiterado. Y también es precisamente la carencia de estashabilidades la causante de que hasta las personas intelectualmente másbrillantes fracasen en sus relaciones y resulten arrogantes, insensibles yhasta odiosas. Estas habilidades sociales son las que nos permitenrelacionarnos con los demás, movilizarles, inspirarles, persuadirles,influirles y tranquilizarles profundizar, en suma, en el mundo de lasrelaciones.

LA EXPRESIÓN DELAS EMOCIONES

La capacidad de expresar lospropios sentimientos constituye una habilidad social fundamental. Paul Ekmanutiliza el término despliegue de roles para referirse al consenso social en elque resulta adecuado expresar los sentimientos, un dominio en el que existe unaenorme variabilidad intercultural. Ekman y sus colegas estudiaron lasreacciones faciales de los estudiantes japoneses ante una película que mostrabaescenas de una circuncisión ritual de los adolescentes aborígenes descubriendoque, cuando los estudiantes contemplaban la película en presencia de alguna figurade autoridad, sus rostros apenas si reaccionaban, pero cuando creían queestaban solos (aunque, en realidad, estaban siendo filmados por tina cámaraoculta), sus rostros mostraban un amplio abanico de emociones que iban desde latensión hasta el miedo y la repugnancia.

Existen varios tiposfundamentales de despliegue de roles. Uno de ellosconsiste en minimizar las emociones (la norma japonesa paraexpresar los sentimientos en presencia de una figura de autoridad que consisteen esconder el disgusto tras una cara de póker). Otro consiste en exagerarlo que uno siente magnificando la expresión emocional (una estrategiautilizada con mucha frecuencia por los niños pequeños que consiste en fruncirpatéticamente el ceño y estremecer los labios mientras se quejan a su madre deque sus hermanos mayores les toman el pelo). Un tercero consiste en sustituirun sentimiento por otro (algo que suele tener lugar, por ejemplo, enaquellas culturas orientales en las que decir «no» se considera de malaeducación y. en su lugar, se expresan emociones positivas aunque falsas). Elconocimiento de estas estrategias y del momento en que pueden manifestarseconstituye un factor esencial de la inteligencia emocional.

El aprendizaje deldespliegue de los roles tiene lugar a una edad muy temprana. Se trata de unaprendizaje que sólo es parcialmente explícito (el aprendizaje, por ejemplo,que tiene lugar cuando enseñamos a un niño a ocultar su desengaño ante elespantoso regalo de cumpleaños que acaba de entregarle su bienintencionadoabuelo) y que suele conseguir mediante un proceso de modelado, con el que losniños aprenden lo que tienen que hacer viendo lo que hacen los demás. En laeducación sentimental las emociones son, al mismo tiempo, el medio y elmensaje. Si el padre, por ejemplo, le dice a su hijo que «sonría y le dé lasgracias al abuelo» con un tono enfadado, severo y frío que desaprueba elmensaje en lugar de aprobarlo cordialmente, es muy probable que el niño aprendauna lección muy diferente y que responda a su abuelo con un desaprobador y seco«gracias». Y, del mismo modo, el efecto sobre el abuelo será muy diferente enambos casos: en el primero estará contento (aunque engañado), mientras que enel segundo estará dolido por la confusión implícita del mismo mensaje.

La consecuencia inmediatadel despliegue emocional es el impacto que provoca en el receptor. En el casoque estamos considerando, el rol que aprende el niño es algo así como «escondetus verdaderos sentimientos cuando puedan herir a alguien a quien quieras y sustitúyelospor otros que, aunque sean falsos, resulten menos dolorosos». Las reglas querigen la expresión de las emociones no sólo forman parte del léxico de laeducación social sino que también dictan la forma en que nuestros sentimientosafectan a los demás. El conocimiento y el uso adecuado de estas reglas noslleva a causar el impacto óptimo mientras que su ignorancia, por el contrario,fomenta el desastre emocional.

Los actores son verdaderosmaestros en el despliegue de las emociones y su expresividad despierta larespuesta de su audiencia. Y no cabe duda de que hay personas que sonverdaderos actores natos. Pero subrayemos que, en cualquiera de los casos, elaprendizaje del despliegue de los roles varia en función de los modelos de quedispongamos y que, en este sentido, existe una extraordinaria variabilidadentre los diversos individuos.

LA EXPRESIVIDAD YEL CONTAGIO EMOCIONAL

Al comienzo de la guerra delVietnam, un pelotón norteamericano se hallaba agazapado en un arrozal luchandocon el Vietcong cuando, de repente, una fila de seis monjes comenzó a caminarpor el sendero elevado que separaba un arrozal de otro.

Completamente serenos yecuánimes, los monjes se dirigían directamente hacia la línea de fuego.

«Caminaban perfectamenteen línea recta —recuerda David Bush, uno de los soldados integrantes de aquelpelotón— sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Fue muy extraño peronadie les disparó un solo tiro y, después de que hubieran atravesado elsendero, la lucha concluyó. Nadie pareció querer seguir combatiendo, al menosno aquel día. Y lo mismo debió de haber ocurrido en el bando contrario porquetodos dejamos de disparar, simplemente dejamos de disparar».

El poder del valiente ysilencioso desfile de los monjes que apaciguó a los soldados en pleno campo debatalla ilustra uno de los principios fundamentales de la vida social: el hechode que las emociones son contagiosas. A decir verdad, este ejemplo constituyeun caso extremo, puesto que la mayor parte del contagio emocional tiene lugar deforma mucho más sutil y es parte del intercambio tácito que se da en todoencuentro interpersonal.

En cada relación subyace unintercambio subterráneo de estados de ánimo que nos lleva a percibir algunosencuentros como tóxicos y otros, en cambio, como nutritivos. Este intercambioemocional suele discurrir a un nivel tan sutil e imperceptible que la forma enque un vendedor le dé las gracias puede hacerle sentir ignorado, resentido oauténticamente bienvenido y valorado. Nosotros percibimos los sentimientos delos demás como si se tratase de una especie de virus social.

En cada encuentro quesostenemos emitimos señales emocionales y esas señales afectan a las personasque nos rodean. Cuanto más diestros somos socialmente, más control tenemossobre las señales que emitimos; a fin de cuentas, las reglas de urbanidad sonuna forma de asegurarnos de que ninguna emoción desbocada dificultará nuestrarelación (una regla social que, cuando afecta a las relaciones intimas, resultasofocante). La inteligencia emocional incluye el dominio de este intercambio;«popular» y «encantador» son términos con los que solemos referirnos a laspersonas con quienes nos agrada estar porque sus habilidades emocionales noshacen sentir bien. Las personas que son capaces de ayudar a los demásconstituyen una mercancía social especialmente valiosa, son las personas aquienes nos dirigimos cuando tenemos una gran necesidad emocional puesto que,lo queramos o no, cada uno de nosotros forma parte del equipo de herramientasde transformación emocional con que cuentan los demás.

Veamos ahora otro claroejemplo de la sutileza con que las emociones se transmiten de una persona aotra. En un determinado experimento, dos voluntarios, tras rellenar unformulario en el que se describía su estado de ánimo, se sentaban simplementeen parejas (compuestas por una persona muy comunicativa y otra completamenteinexpresiva) a esperar que el experimentador regresara a la habitación. Un parde minutos más tarde, el experimentador volvía y les pedía que rellenaran otroformulario. El resultado del experimento en cuestión demostró que el estado deánimo del individuo más expresivo se transmitía invariablemente al más pasivo.¿Cómo tiene lugar esta mágica transformación? La respuesta más probable es queel inconsciente reproduzca las emociones que ve desplegadas por otra persona através de un proceso no consciente de imitación de los movimientos quereproduce su expresión facial, sus gestos, su tono de voz y otros indicadoresno verbales de la emoción. Mediante este proceso, el sujeto recrea en sí mismoel estado de ánimo de la otra persona en una especie de versión libre delmétodo Stanislavsky (un método en el que el actor recurre al recuerdo de lasposturas, los movimientos y otras expresiones de alguna emoción intensa quehaya experimentado en el pasado para evocar la actualización de esos mismossentimientos).

La imitación cotidiana delos sentimientos suele ser algo muy sutil. Ulf Dimberg, un investigador suecode la Universidadde Uppsala, descubrió que, cuando las personas ven un rostro sonriente o unrostro enojado, la musculatura de su propio rostro tiende a experimentar unatransformación sutil en el mismo sentido, una transformación que, si bien noresulta evidente, si que puede manifestarse mediante el uso de sensoreselectrónicos.

El sentido de latransferencia de estados de ánimo entre dos personas va desde la más expresivahasta la más pasiva. No obstante, existen personas especialmente proclives alcontagio emocional, ya que su sensibilidad innata hace que su sistema nerviosoautónomo (un indicador de la actividad emocional) se active con más facilidad.Esta habilidad parece hacerlos tan impresionables que un mero anuncio puedehacerles llorar mientras que un comentario banal con alguien alegre puedellegar a animarles (lo cual, por cierto, les convierte en personas muyempáticas porque se ven fácilmente conmovidas por los sentimientos de losdemás).

John Cacioppo, el psicólogosocial de la Universidadde Ohio que ha estudiado este tipo de intercambio emocional sutil, señala que«comprendamos o no la mímica de la expresión facial, basta conver a alguien expresar una emoción para evocar ese mismo estado de ánimo. Estoes algo que nos sucede de continuo, una especie de danza, una sincronía, unatransmisión de emociones.

«Y es esta sincronización deestados de ánimo la que determina el que usted se sienta bien o mal en unadeterminada relación».

El grado de armonía emocionalque experimenta una persona en un determinado encuentro se refleja en la formaen que adapta sus movimientos físicos a los de su interlocutor (un indicador deproximidad que suele tener lugar fuera del alcance de la conciencia). Unapersona se mueve en el mismo momento en que la otra deja de hablar, ambascambian de postura simultáneamente o una se acerca al mismo tiempo que la otraretrocede. Esta especie de coreografía puede llegar a ser tan sutil que ambaspersonas se muevan en sus sillas al mismo ritmo. Así, la reciprocidad quearticula los movimientos de la gente que se encuentra emocionalmente vinculadapresenta la misma sincronía que Daniel Stern descubrió en aquellas madres quese encuentran sintonizadas con sus hijos.

La sincronía parecefacilitar la emisión y recepción de estados de ánimo, aunque se trate deestados de ánimo negativos. Por ejemplo, en una determinada investigación sobrela sincronía física se estudió en situación de laboratorio la forma en que lasmujeres deprimidas discutían con su pareja descubriendo que, cuanto mayor erael grado de sincronía no verbal en las parejas, peor se sentían los compañerosde las mujeres deprimidas al finalizar la discusión, como si hubieran quedadoatrapados en el estado de ánimo negativo de su pareja. En resumen, pues, pareceque cuanto mayor es el grado de sintonía física existente entre dos personas,mayor es la semejanza entre sus estados de ánimo, sin importar tanto el queéste sea optimista o pesimista.

La sincronía entre maestrosy discípulos constituye también un indicador del grado de relación existenteentre ellos, y los estudios realizados en el aula señalan que cuanto mayor esel grado de coordinación de movimientos entre maestro y discípulo, mayor estambién la amabilidad, satisfacción, entusiasmo, interés y tranquilidad con queinteractúan. Hablando en términos generales, podríamos decir que el alto nivelde sincronía de una determinada interacción es un indicador del grado derelación existente entre las personas implicadas. Frank Bernieri, el psicólogo dela Universidaddel Estado de Oregón que llevó a cabo este estudio me contaba que «lacomodidad o incomodidad que experimentamos con los demás es, en cierto modo,física. Para que dos personas se sientan a gusto y coordinen sus movimientos,deben tener ritmos compatibles. La sincronía refleja la profundidad de larelación existente entre los implicados y, cuanto mayor es el grado decompromiso, más interrelacionados se hallan sus estados de ánimo, sean éstospositivos o negativos».

En resumen, la coordinaciónde los estados de ánimo constituye la esencia del rapport, la versión adulta dela sintonía que la madre experimenta con su hijo. Cacioppo propone que uno delos factores determinantes de la eficacia interpersonal consiste en la destrezacon que la gente mantiene la sincronía emocional.

Quienes son más diestros ensintonizar con los estados de ánimo de los demás o en imponer a los demás suspropios estados de ánimo son también emocionalmente más amables. El rasgodistintivo de un auténtico líder consiste precisamente en su capacidad paraconectar con una audiencia de miles de personas. Y, por esta misma razón,Cacioppo afirma también que las personas que tienen dificultades para captar ytransmitir las emociones suelen tener problemas de relación, puesto quedespiertan la incomodidad de los demás sin que éstos puedan explicar claramenteel motivo.

Ajustar el tono emocionalde una determinada interacción constituye, en cierto modo, un signo de controlprofundo e intimo que condiciona el estado de ánimo de los demás. Es muyprobable que este poder para inducir emociones se asemeje a lo que en biologíase denomina zeitgeber, un «temporizador», un proceso que, al igual que ocurrecon el ciclo día-noche o con las fases mensuales de la luna, impone undeterminado ritmo biológico (en el caso del baile, por ejemplo, la música constituyeun zeitgeber corporal). En lo que se refiere a las relaciones interpersonales,la persona más expresiva —la persona más poderosa— suele ser aquélla cuasemociones arrastran a la otra. En este sentido, también hay que decir que elelemento dominante de la pareja es el que habla más, mientras que el elementosubordinado es quien más observa el rostro del otro, una forma también demanifestar el afecto. Y, por ese mismo motivo, el poder de un buen orador —unpolítico o un evangelista, pongamos por caso— se mide por su capacidad paramovilizar las emociones de su audiencia.6 Esto es precisamente lo que queremosdecir cuando afirmamos que «los tiene en la palma de la mano». La movilizaciónemocional constituye la esencia misma de la capacidad de influir en losdemás.

LOS RUDIMENTOS DE LA INTELIGENCIA SOCIAL

Es hora del recreo en laguardería y un grupo de niños está corriendo por la hierba. Reggie tropieza, selastima la rodilla y comienza a llorar mientras todos los demás siguen con susjuegos, excepto Roger, que se detiene junto a él. Cuando los sollozos de Reggiese acallan, Roger se agacha y se frota la rodilla diciendo: «¡yo también me helastimado!»

Thomas Hatch, colega deHoward Gardner en Spectrum, una escuela basada en el concepto de la inteligenciamúltiple, cita a Roger como un modelo de inteligencia interpersonal. Alparecer, Roger tiene una rara habilidad en reconocer los sentimientos de suscompañeros y en establecer un contacto rápido y amable con ellos. Él fue elúnico que se dio cuenta del estado y del sufrimiento de Reggie, y también fueel único que trató de consolarle aunque sólo pudiera ofrecerle su propio dolor,un gesto que denota una habilidad especial para la conservación de lasrelaciones próximas —sea en el matrimonio, la amistad o el mundo laboral—, unahabilidad que, en el caso de un preescolar, augura la presencia de un ramilletede talentos que irán floreciendo a lo largo de toda la vida.

El talento de Rogerrepresenta una de las cuatro habilidades identificadas por Hatch y Gardner comolos elementos que componen la inteligencia emocional:

Organización de grupos.La habilidad esencial de un líder consiste en movilizar y coordinar losesfuerzos de un grupo de personas. Ésta es la capacidad que podemos advertir enlos directores y productores de teatro, en los oficiales del ejército y en losdirigentes eficaces de todo tipo de organizaciones y grupos. En el patio derecreo se trata del niño que decide a qué jugarán, el niño que terminaconvirtiéndose en el capitán del equipo.

Negociar soluciones.El talento del mediador consiste en impedir la aparición de conflictos oen solucionar aquéllos que se declaren. Las personas que presentan estahabilidad suelen descollar en el mundo de los negocios, en el arbitrio y lamediación de conflictos y también pueden hacer carrera en el cuerpodiplomático, en el mundo del derecho, como intermediarios o como consejeros deempresa. Son los niños, en nuestro caso, que resuelven las disputas que sepresentan en el patio de recreo.

Conexiones personales.Esta es la habilidad que acabamos de reseñar en Roger, una habilidad que seasienta en la empatía, favorece el contacto con los demás, facilita elreconocimiento y el respeto por sus sentimientos y sus intereses y permite, ensuma, el dominio del sutil arte de las relaciones. Estas personas saben «trabajaren equipo» y suelen ser consortes responsables y buenos amigos o compañerosde trabajo; en el mundo de los negocios son buenos vendedores o ejecutivos ytambién pueden ser excelentes maestros. Los niños como Roger suelen llevarsebien con casi todo el mundo, no tienen dificultades para jugar con otros niñosy disfrutan haciéndolo. Estos niños tienden a ser muy buenos leyendo lasemociones de las expresiones faciales y también son muy queridos por sus compañeros.

Análisis social.Esta habilidad consiste en ser capaces de detectar e intuir los sentimientos,los motivos y los intereses de las personas, un conocimiento que suele fomentarel establecimiento de relaciones con los demás y su profundización. En el mejorde los casos, esta capacidad les convierte en competentes terapeutas oconsejeros psicológicos y, en el caso de combinarse con el talento literario,produce novelistas y dramaturgos muy dotados.

El conjunto de todas estashabilidades constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal,el ingrediente fundamental del encanto, del éxito social e incluso del carisma.Las personas socialmente inteligentes pueden conectar fácilmente con los demás,son diestros en leer sus reacciones y sus sentimientos y también puedenconducir, organizar y resolver los conflictos que aparecen en cualquierinteracción humana. Ellos son los líderes naturales, las personas que sabenexpresar los sentimientos colectivos latentes y articularlos para guiar al grupohacia sus objetivos. Son el tipo de personas con quienes a los demás les gustaestar porque son emocionalmente nutricios, dejan a los demás de buen humor ydespiertan el comentario de que «es un placer estar con alguien así».

Estas habilidadesinterpersonales propician el desarrollo de otras facetas de la inteligenciaemocional. Las personas que causan una excelente impresión social, por ejemplo,son expertas en controlar la expresión de sus emociones, son especialmentediestras en captar la forma en que reaccionan los demás y son capaces demantenerse continuamente en contacto con su actividad social y de ajustarlapara conseguir el efecto deseado. En este sentido, son actores especialmentehabilidosos.

No obstante, si estashabilidades interpersonales no tienen el adecuado contrapeso de una clarasensación de los propios sentimientos y necesidades y del modo desatisfacerlas, pueden terminar abocando a un éxito social hueco, a unapopularidad, en fin, conseguida pasando por encima de uno mismo. Esta es, al menos,la hipótesis sostenida por Mark Snyder, un psicólogo de la Universidad deMinnesota que ha estudiado a las personas cuyas habilidades sociales lasconvierten en verdaderos camaleones sociales, campeones en causarbuena impresión, el tipo de persona cuyo credo psicológico podría resumirse enaquella cita de W.H. Auden, en la que decía que la imagen que tenía de si mismo«es muy distinta de la imagen que trato de crear en la mente de los demáspara que puedan quererme». Esta especie de mercantilismo emocional sueleocurrir cuando las habilidades sociales sobrepasan a la capacidad de conocer yadmitir los propios sentimientos ya que, para ser querido —o, por lo menos,para gustar—, el camaleón social parece transformarse en lo que quierenaquéllos con quienes está. En opinión de Snyder, el rasgo distintivo de quienescaen en esta pauta es que causan una impresión excelente pero mantienenrelaciones muy inestables y muy poco gratificantes. La pauta realmentesaludable consiste, por el contrario, en utilizar las habilidades socialesequilibradamente sin olvidarse de uno mismo.

Pero los camaleones socialesno dudan lo más mínimo en decir una cosa y hacer otra diferente, malviviendoasí con la contradicción entre su rostro público y su realidad privada, si elloles reporta un mínimo de aprobación social. La psicoanalista Helena Deutschllamaba a esas personas «personalidades como si», personalidades quemanifiestan una extraordinaria plasticidad para adaptarse a las señales quereciben de quienes les rodean. «En la mayor parte de los casos —me dijoSnyder— la persona pública y la persona privada se entremezclan adecuadamente,pero en otros casos, sin embargo, parecen constituir una especie decalidoscopio de apariencias sumamente tornadizas. Son como Zelig, el personajede Woody Alíen que trataba desesperadamente de camuflarse en función de laspersonas con quienes se encontraba».

Estas personas, en lugar dedecir lo que verdaderamente sienten, tratan antes de buscar pistas sobre lo quelos demás quieren de ellos. Para llevarse bien y ser queridos por los demás,están dispuestos a ser exageradamente amables hasta con las personas que lesdesagradan, y suelen utilizar sus habilidades sociales para actuar en funciónde lo que exijan las diferentes situaciones sociales, de modo que puedenrepresentar personajes muy distintos en función de las personas con quienes seencuentran, cambiando de la sociabilidad más efusiva, pongamos por caso, a lacircunspección más reservada. A decir verdad, estos rasgos son muy apreciadosen ciertas profesiones que requieren un control eficaz de la impresión que secausa, como ocurre en el mundo del teatro, el derecho, las ventas, ladiplomacia y la política.

Existe, no obstante, otrotipo de control de las emociones más decisivo, que permite diferenciar entrelos camaleones sociales carentes de centro de gravedad que tratan deimpresionar a todo el mundo y aquellos otros que utilizan su destreza socialmás en consonancia con sus verdaderos sentimientos. Estamos hablando de la integridad,de la capacidad que nos permite actuar según nuestros sentimientos y valoresmás profundos sin importar las consecuencias sociales, una actitud emocionalque puede conducir a provocar una confrontación deliberada para trascender lafalsedad y la negación, una forma de clarificación que los camaleones socialesjamás podrán llevar a cabo.

LA GÉNESIS DELA INCOMPETENCIA SOCIAL

No cabía la menor duda deque Cecil era brillante; era un universitario experto en varios idiomasextranjeros y un soberbio traductor pero, en lo que respecta a las habilidadessociales más sencillas, se mostraba completamente inútil. No sabía ni siquieratener una conversación intrascendente sobre el tiempo, y parecía absolutamenteincapaz de la más rutinaria interacción social. Su falta de talento socialresultaba más patente cuando se hallaba con una mujer. Es por ello por lo quese preguntó si todo aquello no se debería a algún tipo de «tendenciashomosexuales latentes» —a pesar de no tener ningún tipo de fantasías en esesentido— y se decidió a emprender una terapia.

Como confió a su terapeuta,el problema real radicaba en su temor a que nada de lo que pudiera decirinteresara a nadie. Pero aquel miedo se asentaba en una profunda carenciade habilidades sociales. Su nerviosismo durante los encuentros le llevaba areír en los momentos más inoportunos aunque no lo conseguía, sin embargo, pormás que lo intentara, cuando alguien decía algo realmente divertido. Y estainadecuación se remontaba a la infancia porque durante toda su vida sólo sehabía sentido socialmente cómodo cuando estaba con su hermano mayor quien, dealgún modo, le facilitaba las cosas, pero apenas salía de casa, suincompetencia era abrumadora y se sentía completamente inútil.

Lakin Phillips, un psicólogode la Universidad George Washington, concluyó que las dificultades de Cecil seoriginaban en su fracaso infantil para aprender las lecciones más elementalesde la interacción social:

¿Qué podría habérseleenseñado a Cecil? Hablar directamente a los demás, entablar contacto, noesperar siempre que ellos dieran el primer paso, mantener una conversación másallá de los «síes», los «noes» o los meros monosílabos, expresar gratitud, cederel paso a los demás antes de cruzar una puerta, esperar a servirse hasta que elotro se hubiera servido, dar las gracias, pedir «por favor», compartir  y el resto de habilidades sociales quecomenzamos a enseñar a los niños a partir de los dos años de edad.

No queda claro si ladeficiencia de Cecil se debe al fracaso de los demás en enseñarle estosrudimentos de civismo o a su propia incapacidad para aprenderlos. Pero sea cualfuere su origen, la historia de Cecil resulta instructiva porque subraya lanaturaleza esencial de las múltiples lecciones que el niño aprende en lainteracción sincrónica y en las reglas no escritas de la armonía social.

Y la consecuencia de unfracaso en el aprendizaje de estas reglas llega a incomodar a quienes nosrodean. Es evidente que la función de estas reglas consiste en favorecer elintercambio social y que la inadecuación genera ansiedad. Así pues, laspersonas que carecen de estas habilidades no sólo son ineptas para lassutilezas de la vida social sino que también tienen dificultades para manejarlas emociones de la gente que les rodea e inevitablemente terminan generandoperturbaciones a su alrededor.

Todos conocemos a personascomo Cecil, personas con una enojosa falta de desenvoltura social, personas queno parecen saber cuándo poner fin a una conversación o a una llamada telefónicay que siguen hablando sin darse cuenta de todos los indicadores de despedida,personas cuya conversación gira exclusivamente en torno a si mismos, personasque no muestran el menor interés en los demás y que ignoran todo intento decambiar de tema, entrometidos que siempre parecen tener a punto alguna pregunta«indiscreta». Y todas estas desviaciones de la trayectoria social afabledenotan una clara ignorancia de los rudimentos de la interacción social.

Los psicólogos han acuñadoel término disemia (del griego dys, que significa «dificultad»y semes, que significa «señal») para referirse a la incapacidadpara captar los mensajes no verbales, un punto en el que un niño de cada diezsuele tener problemas. Este problema puede radicar en ignorar la existencia deun espacio personal (y permanecer, en consecuencia, demasiado cerca de laspersonas con quienes está hablando e invadir su territorio), en interpretar outilizar pobremente el lenguaje corporal, en interpretar o utilizar inadecuadamentela expresividad facial (por ejemplo, no mirar a quien se habla) o una prosodia(la cualidad emocional del habla) ciertamente deficiente que les lleva a hablaren un tono demasiado estridente o demasiado monótono. En este sentido se hainvestigado mucho sobre niños que muestran signos de deficiencia social, niñoscuya inadecuación les hace ser menospreciados o rechazados por sus compañeros.

Si dejamos de lado a losfanfarrones, los niños suelen evitar a aquéllos otros que ignoran losrudimentos de la interacción cara a cara, especialmente de las reglasimplícitas que gobiernan el encuentro interpersonal. Si un niño tienedificultades en el lenguaje, las personas asumen que no es muy brillante o queestá poco educado, pero si tiene dificultades en lo que respecta a las reglasno verbales de la interacción, se les suele considerar —especialmente suscompañeros— como «niños raros», niños a los que hay que evitar. Estos son losniños que no saben jugar, que incomodan a los demás, que están, en suma, «fuerade juego».

Son niños que no han llegadoa dominar el lenguaje silencioso de las emociones y que inconscientementeemiten mensajes que causan incomodidad.

Como dijo Stephen Nowicky,un psicólogo de la Universidad Emory que se ha dedicado al estudio de lashabilidades no verbales de los niños, «los niños que no pueden expresar susemociones o leer adecuadamente las de los demás se sienten continuamentefrustrados. Son niños que no comprenden lo que está ocurriendo porque no llegana acceder al subtexto constante que encuadra todo tipo de comunicación. Recordemosque es imposible dejar de mostrar nuestra expresión facial o nuestra postura, yque tampoco hay modo de ocultar nuestro tono de voz. Si usted comete errores enlos mensajes emocionales que emite de continuo, sentirá que las personasreaccionan de manera extraña y se sentirá desairado sin saber por qué. Si ustedcree que está expresando felicidad pero, en cambio, lo que muestra es enojo,descubrirá que los demás están enojados y no comprenderá el motivo.

«Estos niños terminancareciendo de toda sensación de control sobre la forma en que les tratan losdemás y sobre la forma en que sus acciones afectan a quienes les rodean, unasituación que les hace sentirse incapaces, deprimidos y apáticos».

Pero además de convertirseen individuos socialmente aislados, estos niños también suelen tener problemasacadémicos. El aula es simultáneamente una situación social y una situaciónacadémica, de modo que es muy probable que el niño socialmente incompetentecomprenda y responda tan inadecuadamente a un maestro como a otro niño. Y laansiedad y confusión resultantes pueden, a su vez, entorpecer la capacidad deaprendizaje. De hecho, los tests de sensibilidad no verbal infantil handemostrado que el rendimiento académico de los niños que no tienen en cuentalos indicadores emocionales es inferior al que seria de esperar en función desu Cl.’

«TE ODIAMOS»: EL MOMENTO CRITICO

Uno de los momentos en losque la ineptitud social resulta más dolorosa y explícita es cuando el niñotrata de acercarse a un grupo de niños para jugar. Y se trata de un momentoespecialmente crítico porque entonces es cuando se hace patente públicamente elhecho de ser querido o de no serlo, de ser aceptado o no. Es por este motivopor lo que los estudiosos del desarrollo infantil se han ocupado de investigarestos momentos cruciales y han llegado a la conclusión de que existe un marcadocontraste entre las estrategias de aproximación utilizadas por los niñospopulares y las que usan quienes podríamos llamar proscritos sociales. Losdescubrimientos realizados en este sentido destacan la importanciaextraordinaria de las habilidades sociales para registrar, interpretar yresponder a los datos emocional e interpersonalmente relevantes. Es conmovedorver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de niños que están jugando ydescubrir que no se lo permiten. Como demostró un estudio realizado con niñosde segundo y tercer grado, el 26% de las veces, hasta los niños más populares yqueridos son rechazados cuando tratan de aproximarse a jugar con otros niños.

Los niños pequeños soncruelmente sinceros en los juicios emocionales implícitos en tales rechazos.Veamos, por ejemplo, el siguiente diálogo que tuvo lugar en una guardería entreniños de cuatro años de edad.’

 Linda queda jugar con Barbara, Nancy y Billque estaban jugando con animales de juguete y bloques de construcción. Duranteun minuto estuvo observando lo que ocurría y luego se aproximó a Barbara ycomenzó a jugar con los animales.

Barbara entonces se dirigióa ella diciéndole.

—¡No puedes jugar!

—¡Sí que puedo! —replicóLinda— ¡Yo también puedo jugar!

—¡No, no puedes! —respondióBarbara, con brusquedad— ¡Hoy no te queremos!

Entonces Bill protestó ennombre de Linda, pero Nancy se unió al ataque agregando:

—¡Hoy te odiamos!

Es precisamente el riesgo desentirse odiado, implícita o explícitamente, el que hace que los niños seanespecialmente cautos a la hora de aproximarse a un grupo. Y es muy probable queesta ansiedad no sea muy distinta de la que siente el adolescente que seencuentra aislado en medio de una charla que sostienen en una fiesta quienesparecen ser amigos íntimos. Y también es por esto por lo que este momentoresulta, como dijo un investigador, «sumamente diagnóstico [...] porquerevela claramente las diferencias en las habilidades sociales». Lo normales que los recién llegados comiencen observando lo que ocurre durante un tiempoy que luego pongan en marcha sus estrategias de aproximación, mostrando suasertividad de manera muy discreta. Lo más importante a la hora de determinarsi un niño será aceptado o no es su capacidad para comprender el marco dereferencia del grupo y para saber qué cosas son aceptables y cuáles se hallanfuera de lugar.

Los dos pecados capitalesque suelen despertar el rechazo de los demás son el intento de asumir el mandodemasiado pronto y no sintonizar con el marco de referencia. Pero esto esprecisamente lo que tienden a hacer los niños impopulares, tratar de cambiar detema demasiado bruscamente o demasiado pronto, o dar sus opiniones y estar endesacuerdo inmediato con los demás, intentos manifiestos, todos ellos, dellamar la atención y que, paradójicamente, les lleva a ser ignorados orechazados. En contraste, los niños populares, antes de aproximarse a un gruposuelen dedicarse a observarlo para comprender lo que está ocurriendo y luegohacen algo para ratificar su aceptación, esperando a confirmar su estatus en elgrupo antes de tomar la iniciativa de sugerir lo que todos deberían hacer.

Volvamos ahora a Roger, elniño de cuatro años a quien Thomas Hatch ponía como ejemplo de niño con unelevado grado de inteligencia interpersonal. La táctica que Roger utilizabapara aproximarse a un grupo era la de comenzar observando, luego imitaba lo queotro niño estaba haciendo y finalmente hablaba y se ponía a jugar con él, unaestrategia ciertamente ganadora. La habilidad de Roger era evidente: porejemplo, cuando él y Warren estaban jugando a lanzar «bombas» (en realidad,piedras) desde sus calcetines. Warren le preguntó a Roger si quería estar en unhelicóptero o en un avión y antes de responder. Roger inquirió: « ¿A ti qué tegusta más?» Esta interacción aparentemente inocua revela una gran sensibilidadante los intereses de los demás y una gran capacidad para utilizar esteconocimiento para mantener el contacto con ellos.

Hatch comentó con respecto aRoger: «tuvo en cuenta los deseos de su compañero para no perder la conexióncon él. He visto a muchos niños que simplemente cogen su helicóptero o su avióny que, literal y figurativamente hablando, se alejan volando de los demás».

EL RESPLANDOR EMOCIONAL: INFORME DE UN CASO

Si la capacidad de sosegarla inquietud de los demás es una prueba de la destreza social, el hecho dehacerlo en pleno ataque de rabia constituye una auténtica demostración demaestría. Los datos sobre autorregulación de la angustia y contagio emocionalsugieren que una estrategia eficaz puede ser la de distraer a la personaairada, empatizar con sus sentimientos y con su perspectiva y luego dirigir suatención a un foco alternativo, uno que le conecte con un campo de sentimientosmás positivos, algo que bien pudiera calificarse como una especie de judoemocional.

El mejor ejemplo querecuerdo de esta habilidad sutil en el arte de la influencia emocional me locontó mi difunto amigo Terry Dobson quien, en la década de los cincuenta, fueuno de los primeros norteamericanos que viajó a Japón a estudiar aikido.

Una noche mi amigo volvía acasa en el metro de Tokio cuando entró en el vagón un enorme, belicoso, ebrio ysucio trabajador. El hombre, tambaleándose, comenzó a asustar a los pasajerosgritando todo tipo de imprecaciones y empujó a una mujer que llevaba consigo unbebé, lanzándola hacia donde se encontraba una anciana pareja, que entonces selevantó de golpe y huyó precipitadamente al otro extremo del vagón. El borrachodio unos cuantos golpes más y. en su rabia, cogió la barra de metal que sehallaba en medio del vagón y. con un rugido, trató de arrancarla.

En aquel momento Terry. quese hallaba en plenas condiciones físicas debido a su entrenamiento diario deocho horas de aíkido, se sintió llamado a intervenir antes de que alguienquedara seriamente dañado. Entonces recordó las palabras de su maestro: «elaikido es el arte de la reconciliación y quien lo considere como una lucharomperá su conexión con el universo. En el mismo momento en que tratas dedominar a los demás estás derrotado. Nosotros estudiamos la forma de resolverlos conflictos, no de iniciarlos».

Ciertamente, cuando Terryemprendió su aprendizaje se comprometió con su maestro a no iniciar nunca unapelea y a utilizar este arte marcial sólo como una forma de defensa. Ahoraacababa de descubrir una oportunidad para poner a prueba su práctica del aikidoen la vida real, en lo que era un caso claro de legítima defensa. Es por elloque, mientras los demás pasajeros permanecían paralizados en sus asientos,Terry se levantó lenta y deliberadamente.

Al verle, el borracho bramó:

—¡Ah, un extranjero! ¡Lo quetú necesitas es una lección sobre modales japoneses!— y se dispuso a lanzarsesobre Terry.

Pero cuando estaba a puntode hacerlo alguien gritó en voz muy alta y divertida:

—¡Eh!

El grito mostraba el tonojovial de alguien que había reconocido súbitamente a un querido amigo. Elborracho, sorprendido, se dio la vuelta y vio a un diminuto japonés de unossetenta años ataviado con un kimono que permanecía sentado. El anciano sonriócon alegría al borracho y le saludó con un leve movimiento de la mano y un animoso:

—¡Venga aquí!

El borracho se acerco dandozancadas a él preguntando, con un agresivo:

—¿Y por qué diablos deberíahablar contigo?

Mientras tanto, Terry estabadispuesto a reducir al borracho apenas hiciera el menor movimiento violento.

—¿Qué has estado bebiendo?—preguntó el anciano con sus ojos chispeantes.

—He bebido sake y ése no esasunto tuyo —vociferó el borracho.

—¡Oh, muy bien, muy bien!—replicó el anciano— ¿Sabes? A mi también me gusta el sake. Cada noche, miesposa y yo (ella tiene setenta y seis años) nos bebemos una botella pequeña desake en el jardín, donde nos sentamos en un viejo banco de madera...

Y luego siguió hablando deun caqui que había en su jardín y de las excelencias de beber sake en mitad dela noche.

A medida que iba escuchandoal anciano, el rostro del borracho comenzó a dulcificarse y sus puños serelajaron:

—Sí... a mí también me gustael caqui... —dijo con la voz apagada.

—Sí —replicó el ancianoenérgicamente—. Y estoy seguro de que tienes una esposa maravillosa.

—¡No! —respondió el obrero—.Mi esposa murió...

Yentonces, sollozando, selanzó a contar el triste relato de la pérdida de su esposa, de su hogar y de sutrabajo, y se mostró avergonzado de sí mismo.

Cuando el metro llegó a suparada y Terry estaba saliendo del vagón alcanzó a escuchar cómo el ancianoinvitaba al borracho a ir a su casa para contarle más detalladamente todoaquello y aún pudo vislumbrar cómo se arrellanaba en el asiento y apoyaba sucabeza en el regazo del anciano.

Esto es resplandor emocional.

 

PARTE III

 

INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA

 

9. ENEMIGOS ÍNTIMOS

En cierta ocasión SigmundFreud le dijo a su discípulo Erik Erikson que la capacidad de amar y detrabajar constituyen los indicadores que jalonan el logro de la plena madurez.Pero, de ser cierta esta afirmación, el bajo porcentaje de matrimonios yel alto número de divorcios del mundo actual convertiría a la madurez en unaetapa de la vida en peligro de extinción que requeriría, hoy más que nunca, delconcurso de la inteligencia emocional.

Si tenemos en cuenta los datosestadísticos relativos al número de divorcios, comprobaremos que la media anualse mantiene más o menos estable pero si, en cambio, calculamos la probabilidadde que una pareja recién casada acabe divorciándose, nos veremos obligados areconocer que, en este sentido, se ha producido una peligrosa escalada. Asípues, si bien la proporción total de divorcios entre los recién casadospermanece estable, el índice de riesgo de separación, no obstante, ha aumentadoconsiderablemente.

Y este cambio resulta máspatente cuando se comparan los porcentajes de divorcio de quienes han contraídomatrimonio en un determinado año. Por ejemplo, el porcentaje de divorcio dequienes se casaron el año 1 890 en los Estados Unidos era del orden del 10%,una cifra que alcanzó el 18% en los matrimonios celebrados en 1920 y el 30% en1950. Las parejas que iniciaron su relación matrimonial en 1970 tenían el 50%de probabilidades de separarse o de seguir juntas ¡mientras que, en 1990, estaprobabilidad había alcanzado el 67%! Si esta estimación es válida, sólo tres decada diez personas recién casadas pueden confiar en seguir unidas.

Podría aducirse que esteincremento se debe, en buena medida, no tanto al declive de la inteligenciaemocional como a la constante erosión de las presiones sociales queantiguamente mantenían cohesionada a la pareja (el estigma que suponía eldivorcio o la dependencia económica de muchas mujeres con respecto a susmaridos), aun estando sometida a las condiciones más calamitosas. Pero el hechoes que, al desaparecer las presiones sociales que mantenían la unión delmatrimonio, ésta sólo puede asentarse sobre la base de una relación emocionalestable entre los cónyuges.

En los últimos años se hallevado a cabo una serie de investigaciones que se ha ocupado de analizar conuna precisión desconocida hasta la fecha los vínculos emocionales que mantienenlos esposos y los problemas que pueden llegar a separarlos. Es muy posible queel avance más importante en la comprensión de los factores que contribuyen a launión o a la separación del matrimonio esté ligado al uso de sutiles instrumentosfisiológicos que permiten rastrear minuciosamente, instante tras instante, losintercambios emocionales que tienen lugar en la interacción entre los miembrosde la pareja. Los científicos se hallan actualmente en condiciones de detectarlas más mínimas descargas de adrenalina de un marido —que, de otro modo,pasarían inadvertidas—, las modificaciones de la tensión arterial y deregistrar, asimismo, las fugaces —aunque muy reveladoras— microemociones quemuestra el rostro de una esposa. Estos registros fisiológicos demuestran laexistencia de un subtexto biológico que subyace a las dificultades por las queatraviesa una pareja, un nivel crítico de realidad emocional que suele pasarinadvertido y que, en consecuencia, se tiende a soslayarlo completamente. Estosdatos ponen de relieve, pues, las auténticas fuerzas emocionales quecontribuyen a mantener o a destruir una relación. Pero no debemos olvidar, noobstante, que gran parte del fracaso de las relaciones de pareja se asienta enlas diferencias existentes entre los mundos emocionales de los hombres y de lasmujeres.

LOS ANTECEDENTES INFANTILES DE DOS CONCEPCIONES DIFERENTES DEL MATRIMONIO

No hace mucho, estaba apunto de entrar en un restaurante cuando, de repente, un joven, en cuyo rostrose dibujaba una rígida mueca de disgusto, salió del local con paso airado. Trasél iba desesperadamente una mujer —también joven— pisándole los talones ygolpeándole en la espalda al tiempo que le gritaba «¡Maldito! ¡Vuelve aquí y séamable conmigo!» Esta conmovedora queja, paradójicamente contradictoria,dirigida a una espalda en retirada, ejemplifica un modelo muy extendido derelación conyugal en peligro, según el cual la mujer demanda atención mientrasel hombre se bate en retirada. Los terapeutas matrimoniales han descubiertoque, en el mismo momento en que los miembros de la pareja se ponen de acuerdopara acudir a la consulta, ya están atrapados en una pauta de respuesta decompromiso-o-evitación, en la que el marido se queja de las «irracionales» exigenciasy ataques de su mujer mientras que ella se lamenta de la indiferenciamanifiesta de él ante sus necesidades.

Este desenlace refleja, dehecho, la existencia de dos realidades emocionales distintas—la de la mujer y la del hombre— en una misma relación de pareja. Y, si bien elorigen de estas diferencias emocionales responde parcialmente a razonesbiológicas, también tiene que ver con la infancia y con los distintos mundosemocionales en que crecen las niñas y los niños. Existe una ampliainvestigación al respecto que pone de manifiesto que estas diferencias no sólose ven reforzadas por los distintos juegos elegidos por las niñas y los niñossino también por el temor de unas y otros a que se bromee a su costa por tenerun «novio» o una «novia». Un estudio sobre los compañeros elegidos por losniños demostró que, a los tres años de edad, éstos tienen el mismo número deamigos que de amigas, un porcentaje que va disminuyendo hasta que, a los cincoaños, sólo se tiene el 20% de amigos del otro sexo contrario y que casi llega aanularse a la edad de siete años. A partir de ese momento, los mundos de losniños y de las niñas discurren de manera paralela hasta volver a confluir alllegar a la edad de las primeras citas de la adolescencia.

Durante todo este periodo, laslecciones emocionales recibidas por los niños y las niñas son muy diferentes. Aexcepción del enfado, los padres hablan más de las emociones con sus hijas quecon sus hijos y es por esto por lo que las niñas disponen de más informaciónsobre el mundo emocional. Cuando los padres, por ejemplo, cuentan cuentos a sushijos pequeños, suelen utilizar palabras más cargadas emocionalmente con lasniñas que con los niños. Cuando, por su parte, las madres juegan con sus hijose hijas, expresan un espectro más amplio de emociones en el caso de que lohagan con las niñas y son también más prolijas con ellas cuando describen unestado emocional, si bien suelen ser, en cambio, más minuciosas a la hora dedescribir a sus hijos varones las causas y las consecuencias de emociones talescomo el enojo (probablemente una forma de admonición).

Leslie Brody y Judith Hall,que han sintetizado los resultados de varias investigaciones sobre lasdiferencias emocionales existentes entre ambos sexos, afirman que la mayorprontitud con que las niñas desarrollan las habilidades verbales las hace másdiestras en la articulación de sus sentimientos y más expertas en el empleo delas palabras, lo cual les permite disponer de un elenco de recursos verbalesmucho más rico que puede sustituir a reacciones emocionales tales como, porejemplo, las peleas físicas. Según estas investigadoras: «los chicos, que nosuelen recibir ninguna educación que les ayude a verbalizar sus afectos, suelenmostrar una total inconsciencia con respecto a los estados emocionales, tantopropios como ajenos»: A la edad de diez años, el porcentaje de chicas ychicos que se muestran francamente agresivos y predispuestos a la confrontaciónabierta cuando se enfadan es aproximadamente el mismo.

Sin embargo, a los trece añoscomienza a aparecer una marcada diferenciación entre ambos sexos y lasmuchachas muestran entonces una mayor habilidad que los chicos en el uso detácticas agresivas de carácter más sutil, como el rechazo, el chismorreo y lavenganza indirecta. A esta edad, la gran mayoría de los muchachos se limita aseguir tratando de resolver sus discrepancias mediante las peleas, ignorandootro tipo de estrategias más sutiles. Este es sencillamente uno de los muchosmotivos por los que los muchachos —y más tarde los hombres— son menos diestrosy que las muchachas para moverse por los vericuetos de la vida emocional.

Las chicas suelen organizarsus juegos en grupos reducidos y cohesionados, poniendo un marcado interés enminimizar las discrepancias y maximizar la cooperación, mientras que loschicos, por su parte, tienden a organizarse en grupos más numerosos y a incidiren los aspectos más competitivos. Veamos, por ejemplo, la distinta respuestaque suelen tener unos y otras cuando el juego se ve interrumpido porque algunode los participantes se ha hecho daño. Lo que se espera de un niño que se hayalesionado es que se aleje momentáneamente del juego hasta que deje de llorar yse halle nuevamente en condiciones de reintegrarse a él. Pero cuando tal cosaocurre en un grupo de chicas, en cambio, el juego se paraliza mientras todas secongregan en torno a la afectada tratando de consolarla. En opinión de lainvestigadora de Harvard Carol Gilligan, este marcado contraste entre losjuegos de las niñas y los de los niños constituye un ejemplo de una de lasdiferencias clave existentes entre ambos sexos: los muchachos se sientenorgullosos de su solitaria y tenaz independencia y autonomía, y las chicas, porsu parte, se sienten integrantes de una red interrelacionada. Es por ello porlo que los chicos se sienten amenazados cuando algo parece poner en peligro suindependencia, algo que, en el caso de las chicas, ocurre cuando se rompe unade sus relaciones. Como destaca Deborah Tannen en su libro You Just Don ‘tUnderstand, esta diferencia de perspectiva entre ambos géneros les lleva aesperar cosas muy distintas de una simple conversación, ya que el hombre suelesentirse satisfecho con hablar sobre «algo» mientras que la mujer busca unaconexión emocional más profunda.

Y esta disparidad en laeducación emocional termina desarrollando aptitudes muy diferentes, puesto quelas chicas «se aficionan a la lectura de los indicadores emocionales —tantoverbales como no-verbales— y a la expresión y comunicación de sussentimientos». Los chicos, en cambio, se especializan en «minimizar lasemociones relacionadas con la vulnerabilidad, la culpa, el miedo y el dolor»,’una conclusión corroborada por abundante documentación científica. Por ejemplo,existen cientos de estudios que han puesto de manifiesto que las mujeres suelenser más empáticas que los hombres, al menos en lo que se refiere a su capacidadpara captar los sentimientos que se reflejan en el rostro, el tono de voz yOtro tipo de mensajes no verbales. De modo parecido, también resulta bastantemás fácil descifrar los sentimientos en el rostro de una mujer que en el de unhombre. Aunque, en realidad, no existe, de entrada, ninguna diferenciamanifiesta en la expresividad facial de las niñas y la de los niños, a lo largode su desarrollo en la escuela primaria los chicos se van volviendo menosexpresivos, todo lo contrario de lo que ocurre en el caso de las chicas, locual, a su vez, puede reflejar otra diferencia clave entre ambos géneros, esdecir, que las mujeres suelen ser capaces de experimentar con mayor intensidady variabilidad que los hombres un amplio espectro de emociones. Por ello, entérminos generales, cabe afirmar que las mujeres son más «emocionales» que loshombres. Todo esto supone que las mujeres tienden a llegar al matrimonio con unmayor dominio de sus emociones, mientras que los hombres lo hacen con unaescasa comprensión de lo que esto significa para la estabilidad de la relación.De hecho, un estudio efectuado sobre 264 parejas ha revelado que, para lasmujeres, el principal motivo de satisfacción de una relación viene dado por lasensación de que existe una «buena comunicación» en la pareja. Ted Huston,psicólogo de la Universidad de Texas que se ha dedicado a estudiar enprofundidad las relaciones de pareja, observa que: «desde el punto de vistade la esposa, la intimidad conlleva, entre otras muchas cosas, la capacidad deabordar cuestiones muy diferentes y, en especial, de hablar sobre la relaciónmisma. La inmensa mayoría de los hombres, por el contrario, no aciertan acomprender esta demanda y suelen responder diciendo algo así como: “yo quierohacer cosas con mi mujer pero ella sólo quiere hablar”». Huston descubrióasimismo que, durante el noviazgo, los hombres se hallan más predispuestos aentablar este tipo de diálogo capaz de colmar el deseo de intimidad de sufutura esposa pero que, pasado este periodo, los hombres —especialmente en lasparejas más tradicionales— van invirtiendo cada vez menos tiempo en conversarcon sus esposas y satisfacen su necesidad de intimidad dedicándose aactividades tales como cuidar juntos del jardín en lugar de tener una buenaconversación sobre cualquier tema.

Esta lenta escalada delsilencio masculino puede originarse, en parte, en el hecho de que, segúnparece, los hombres suelen ser muy optimistas sobre la situaciónreal de su matrimonio mientras que las mujeres son más sensiblesa los aspectos problemáticos de la relación. Un estudio realizado sobreel matrimonio pone en evidencia que los hombres muestran un punto de vista másingenuo que sus esposas en todo lo concerniente a la relación (hacer el amor,estado de las finanzas, vínculos familiares, comprensión mutua o importancia delos defectos personales). Las esposas, por su parte, suelen mostrarse másexigentes a la hora de plantear sus demandas, especialmente en los matrimoniosinfelices. Si al cándido punto de vista de los maridos sobre el matrimoniosumamos su poca predisposición a afrontar los conflictos emocionales, nosharemos una idea más precisa del motivo de las frecuentes quejas de las mujeressobre la evasiva actitud de sus maridos para hacer frente a los problemas queaquejan a cualquier relación. (Estamos hablando, claro está, de lageneralización de una diferencia que no es aplicable a todos los casos particulares.Un amigo psiquiatra, por ejemplo, se lamentaba de que, en su matrimonio, élfuera el único en sacar a relucir este tipo de cuestiones y de que su esposa semostrara sumamente remisa a hacer frente a los problemas emocionales.)

No cabe duda de que la torpezade los hombres para percatarse de los problemas de la relación se debe a surelativa falta de capacidad para descifrar el contenido emocional de lasexpresiones faciales. Las mujeres suelen ser mucho más sensibles que loshombres para captar un gesto de tristeza. Es por esto por lo que las mujeressuelen verse obligadas a aparentar una desolación absoluta para que un hombrepueda llegar a darse cuenta de cuáles son sus verdaderos sentimientos y darleluego también el tiempo suficiente para que se plantee cuál puede ser la causade su malestar.

Consideremos ahora lasimplicaciones de esta brecha emocional entre géneros en el modo en que losmiembros de la pareja abordan las exigencias y discrepancias queinevitablemente comporta toda relación íntima. De hecho, las cuestionespuntuales como la frecuencia de las relaciones sexuales, la educación de loshijos, el ahorro y las deudas que el matrimonio puede afrontar, no suelen serel motivo principal de cohesión o de separación de la pareja. El factor determinante,por el contrario, suele centrarse en el modo en que la pareja aborda lascuestiones más o menos candentes. Y, por así decirlo, llegar a un acuerdo sobrecomo estar en desacuerdo suele ser la clave para la supervivencia delmatrimonio.

Para sortear los escollos delas emociones tortuosas, las mujeres y los hombres deben tratar de ir más alláde las diferencias genéricas innatas porque, en caso de no lograrlo, larelación se verá abocada al naufragio. Como veremos a continuación, el riesgode zozobrar ante estos escollos aumenta considerablemente en el caso de que unoo ambos cónyuges presenten carencias manifiestas en el desarrollo de lainteligencia emocional.

EL FRACASO MATRIMONIAL

Fred:¿Has recogido mi ropalimpia?

Ingrid:(En tono burlesco)«Has recogido mi ropa limpia». Recógela tú. ¿Crees que soy tu criada’?

Fred:Eso difícilmente podríaser. Si fueras mi criada, al menos sabrías limpiar la ropa.

Si este diálogo caústico ehiriente hubiera sido extraído de una obra de teatro podría resultar hasta cómico,pero el hecho es que tuvo lugar entre un matrimonio que —y esto no resultasorprendente— acabó divorciándose a los pocos años. El intercambio tuvo lugaren un laboratorio dirigido por John Gottman, psicólogo de la Universidad deWashington, quien posiblemente haya llevado a cabo el análisis más exhaustivosobre el aglutinante emocional que mantiene unida a la pareja y sobre lossentimientos corrosivos que contribuyen a destruirla. En el curso de estainvestigación se grababan en video las conversaciones que mantenían las parejasy posteriormente eran microanalizadas para tratar de descubrir los más mínimosindicios de las corrientes emocionales subyacentes. Este proceso decartografiado de las discrepancias que terminan abocando al divorcio constituyeun argumento sumamente convincente en favor del papel decisivo que desempeña lainteligencia emocional en la supervivencia de la pareja.

En las dos últimas décadas. Gottmanha rastreado los altibajos de más de doscientas parejas, algunas de ellasrecién casadas y otras que llevaban unidas mucho tiempo. La precisión delanálisis realizado por Gottman sobre el ecosistema matrimonial ha sido tal que,en uno de sus estudios, le permitió predecir con una exactitud del 94% (¡unaprecisión ciertamente inaudita en este tipo de estudios!) qué parejas, de entretodas las que pasaron por su laboratorio, terminarían separándose en lospróximos tres años (como ocurrió en el caso de Ingrid y Fred, cuya cáusticadiscusión poníamos como ejemplo al comienzo de esta sección). La precisión delanálisis de Gottman se deriva de su escrupulosa metodología y de laminuciosidad con que recoge sus datos.

Mientras los miembros de lapareja, por ejemplo, conversan entre si, unos sensores se encargan de registrarlos más mínimos cambios fisiológicos; asimismo, Gottman realiza también unanálisis secuencial de todas las expresiones faciales (utilizando un sistema delectura de las emociones desarrollado por Paul Ekman) que le permite detectarlos matices más sutiles y fugaces de los sentimientos. Después de finalizar lasesión, cada participante se dirige a un laboratorio separado para mirar lacinta de video y hablar de los sentimientos que experimentó durante losmomentos más álgidos de la conversación. El resultado de este tipo de estudiosconstituye el equivalente a una radiografía emocional del matrimonio.

Según Gottman, las críticasdestructivas son una incipiente señal de alarma que indica que elmatrimonio se halla en peligro. En un matrimonio emocional mente sano, tanto laesposa como el marido se sienten lo suficientemente libres como para formularabiertamente sus quejas. Pero suele ocurrir que, en medio del fragor delenfado, las quejas se formulen de un modo destructivo, bajo la foma de unataque en toda regla contra el carácter del cónyuge. Pamela y Tom, por ejemplo,quedaron a una hora concreta frente a la estafeta de correos para ir al cine y,seguidamente, Pamela se dirigió con su hija a una zapatería mientras su maridoiba a echar un vistazo a la librería. Pero a la hora convenida Tom todavía nohabía aparecido. «¿Dónde se habrá metido? La película empieza dentro de diezminutos —se quejó Pamela a su hija—. Si alguien sabe cómo estropear algo, ésees tu padre.» y cuando Tom apareció diez minutos después, contento por haberseencontrado con un viejo amigo y excusándose por el retraso, Pamela le espetósarcásticamente: «muy bien; ya tendremos ocasión de discutir tu sorprendentehabilidad para echar al traste todos los planes. Eres un egoísta y undesconsiderado».

Pero este tipo de quejas esalgo más que una simple protesta, es un verdadero atentado contra lapersonalidad del otro, una crítica dirigida al individuo y no a sus actos. Anteel intento de disculpa de Tom, Pamela le estigmatizó con los calificativos de«egoísta y desconsiderado». No es infrecuente que las parejas atraviesen pormomentos similares, momentos en los que una queja sobre algo que el otro hahecho se convierte en un ataque en toda regla contra la persona y no contra elhecho en cuestión.

Estas feroces críticaspersonales tienen un impacto emocional mucho más corrosivo que una quejarazonada y tienden a producirse —quizá comprensiblemente— con mayor frecuenciacuando la esposa o el marido siente que sus quejas no son escuchadas ni tenidasen consideración.

La diferencia existenteentre una queja y una crítica personal es evidente. En la queja, uno señalaespecíficamente aquello que le molesta del otro miembro de la pareja y criticasus acciones —no su persona— expresándole cómo se siente. Por ejemplo, la frase«cuando olvidaste meter mi ropa en la lavadora sentí que te preocupabas muypoco de mi» no es beligerante ni pasiva sino una expresión asertiva que ilustraun grado de inteligencia emocional. Lo que ocurre en el caso de la críticapersonal, en cambio, es que un miembro de la pareja se sirve de una demandaconcreta para arremeter contra el otro («Siempre eres igual de egoísta einsensible. Esto me demuestra que no puedo confiar en que hagas nada bien»).Este tipo de crítica deja a quien la recibe avergonzado, disgustado, ultrajadoy humillado, y es muy probable que termine abocando a una reacción defensivaque no contribuya en nada a mejorar la situación.

Las críticas cargadas dequejas suelen ser muy destructivas, especialmente en el caso de que no sólo se transmitanmediante las palabras sino que se expresen de forma airada y recurriendotambién al tono de voz y al gesto. La forma más evidente consiste en laridiculización o el insulto directo («idiota», «puta» o «cabrón»), pero laverdad es que el lenguaje corporal puede alcanzar el mismo grado deensañamiento que el ataque verbal (un gesto despectivo, fruncir el labio —laseñal universal del disgusto— o poner los ojos en blanco en un gesto deresignación).

La impronta facial de laqueja consiste en la contracción de los músculos que retraen los extremos de laboca hacia los lados (normalmente hacia la izquierda) y en la elevación de losojos. La presencia tácita de esa expresión emocional en el rostro de uno de losesposos aumenta el ritmo cardiaco del otro en dos o tres latidos por minuto.Esta comunicación soterrada termina provocando un efecto fisiológico ya que,según descubrió Gottman, si un marido muestra con frecuencia su desprecio deeste modo, la esposa acusará una clara propensión hacia una gama concreta deproblemas de salud que van desde el simple resfriado hasta la gripe, lasinfecciones de vejiga y los desórdenes gastrointestinales. Y Gottman consideraque, cuando el rostro de la esposa expresa contrariedad —el pariente próximodel reproche— cuatro o más veces durante una conversación de quince minutos, esun síntoma de que la pareja se separará en un periodo máximo de cuatro años.

Pero aunque las protestas olas expresiones ocasionales de disgusto no suelen conducir a la disgregacióndel matrimonio, constituyen un factor de riesgo equivalente al hecho de fumar ode padecer una elevada tasa de colesterol para terminar desarrollando unaenfermedad cardiaca; de modo que, cuanto más intensa y prolongada sea ladescarga de este tipo de emociones, mayor será el peligro. En el camino queconduce hasta el divorcio, cada una de estas situaciones sienta las bases parala siguiente, en una escala de sufrimiento creciente. De este modo, las quejas,las desavenencias y las criticas frecuentes constituyen peligrosos indicadoresque evidencian que la mujer o el marido han establecido un veredictoconcluyente de culpabilidad sobre el otro. Esta condena inapelable constituyeuna pauta negativa y hostil de pensamiento que desemboca fácilmente enagresiones que hacen que el receptor se ponga a la defensiva y se apreste deinmediato al contraataque.

Los dos polos de la pauta derespuesta de lucha-o-huida constituyen las dos modalidades extremas dereacción del cónyuge que se siente atacado. Lo más común es devolver el ataquecon una explosión de ira pero esta vía suele concluir en una estérildisputa a voz en grito. Por su parte, la huida, la otra respuesta alternativa,puede llegar a ser más perniciosa todavía, especialmente en el caso de queconlleve la retirada a un silencio sepulcral.

La táctica del cerrojoconstituye la última defensa. La persona que se cierra sobre sí misma se limitaa quedarse en blanco, a inhibirse de la conversación respondiendo lacónicamenteo manteniendo un silencio y una expresión pétrea, una táctica que envía unpoderoso y contundente mensaje que combina el distanciamiento, la superioridady el rechazo. Esta pauta es fácilmente observable en los matrimonios conproblemas y en el 85% de los casos es el marido quien se encierra en sí mismocomo respuesta a una esposa que lo acosa con constantes quejas y críticas. Perouna vez que termina estableciéndose como respuesta habitual tiene un efectodevastador sobre la salud de la relación porque aborta toda posibilidad deresolver las desavenencias.

PENSAMIENTOS TOXICOS

Los niños están alborotandomás de la cuenta y Martin —su padre— está cada vez más irritado. Entonces sedirige a su esposa Melanie con un agresivo:

—Querida ¿no crees que loschicos deberían estarse quietos?

(Pero lo que en realidad estápensando es: «Melanie es demasiado permisiva con los niños».)

Ante el irritante comentariode su marido, Melanie se enoja. Entonces, su rostro se tensa, frunce el ceño yreplica:

—Sólo están jugando un rato.No tardarán mucho en acostarse.

(Pero su auténticopensamiento es: «ya está Martin quejándose otra vez».)

Ahora es Martin quien sehalla ostensiblemente enfadado e, inclinándose amenazadoramente hacia delantecon los puños apretados, exclama:

—¿No podrías acostarlosahora mismo, querida?

(Su verdadero pensamiento,no obstante, es: «me lleva la contraria en todo lo que digo. Tendré que hacerloyo mismo».)

Melanie. asustada por lasúbita muestra de cólera de Martin responde, en un tono más sosegado:

—No. Ya iré yo y losacostaré.

(Pero lo que realmente piensaes: «esta perdiendo el control y podría llegar a pegarles. Será mejor que lesiga la corriente».)

Este tipo de conversacionesparalelas —la verbal y la mental— ha sido puesto demanifiesto por Aaron Beck. el creador de la terapia cognitiva, como ejemplo delos pensamientos que pueden emponzoñar una relación matrimonial. «Elauténtico intercambio emocional que tuvo lugar entre Melanie y Martin estabaprefigurado por sus pensamientos y éstos. a su vez, estaban predeterminados porun estrato mental más profundo al que Beck denomina “pensamientos automáticos»,es decir, creencias fugaces sobre las personas con quienes nos relacionamos ysobre nosotros mismos que reflejan nuestras actitudes emocionales másprofundas. El pensamiento profundo de Melanie era algo así como «Martin meintimida continuamente con sus enfados», mientras que el de Martin. por suparte, era «no tiene ningún derecho a tratarme así». De este modo Melanie se sientecomo una víctima inocente en su matrimonio mientras que Martin cree que tienetodo el derecho a indignarse por lo que considera un trato injusto por parte desu esposa.

El pensamiento de que uno esuna víctima inocente o de que tiene derecho a indignarse es típico de aquellosmatrimonios en crisis que, de un modo u otro, se agreden de continuo. Una vezque este tipo de pensamientos —como, por ejemplo, la justa indignación— seautomatizan, desempeñan un papel autoconfirmante y. de este modo, el miembro dela pareja que se siente víctima acecha constantemente todo lo que hace el otropara poder confirmar su propia opinión de que está siendo atacado o menospreciado,ignorando, al mismo tiempo, todo acto mínimamente positivo que pueda cuestionaro contradecir esta visión.

Este tipo de pensamientos esmuy poderoso y pone en marcha el sistema de alarma neurológico. El pensamientode que uno es una víctima desencadena un secuestro emocional que activa lalarga serie de ofensas que uno ha recibido del otro, olvidando simultáneamentetodo lo positivo que haya aportado que no cuadre con la visión de que uno esuna víctima inocente. De este modo, el otro miembro de la pareja se veencerrado en una especie de callejón sin salida ya que todo lo que haga —aunquetrate de ser deliberadamente amable— será reinterpretado a través de esteprisma de negatividad y rechazado como una tímida tentativa de negar su culpa.

En situaciones similares,las parejas que se hallan libres de este tipo de procesos mentales suelenadoptar una interpretación más positiva, en consecuencia son menos proclives aexperimentar un secuestro emocional y, en caso de hacerlo, se recuperan conmayor prontitud. El patrón general de pensamientos que alimentan o, por elcontrario, aligeran la crisis se atiene al modelo de optimismo o pesimismopropuesto en el capitulo 6 por el psicólogo Martin Seligman. La visiónpesimista sería aquélla que considera que nuestra pareja tiene un defectoinherente e inmutable que sólo genera sufrimiento: «es un egoísta que sólopiensa en sí mismo. Así lo parieron y jamás cambiará. Lo único que quiere de míes que esté completamente a su servicio sin tener en cuenta cuáles son missentimientos». La visión optimista contrapuesta podría expresarse más o menosdel siguiente modo: «ahora parece muy exigente pero, en el pasado, hademostrado ser muy comprensivo. Tal vez esté atravesando una mala racha. Es muyposible que tenga algún problema en el trabajo». Esta última perspectiva nodescalifica al otro miembro de la pareja ni considera desesperanzadamente quela relación matrimonial esté dañada de manera irreversible, sino que piensa, encambio, que sólo se trata de un problema circunstancial y pasajero. La primeraactitud aboca a la desazón mientras que la segunda proporciona, en cambio, unasensación de mayor sosiego.

Las parejas que adoptan unapostura pesimista son sumamente proclives a los raptos emocionales y seenfadan, ofenden y molestan por todo lo que hace su compañero, creciendo suirritación a medida que avanza la discusión. Este estado de inquietud interna,unido a su actitud pesimista, les hace más proclives a recurrir a la crítica ylas quejas desconsideradas en las desavenencias con su pareja, lo cualincrementa, a su vez, la probabilidad de terminar adoptando una actituddefensiva o de clara cerrazón.

Es muy posible que lospensamientos tóxicos más virulentos sean aquéllos que albergan los hombres quellegan a maltratar físicamente a sus esposas. Un estudio sobre la violenciamarital llevado a cabo por psicólogos de la Universidad de Indianademostró que las pautas de pensamiento de estos hombres son las mismas que lasde los niños bravucones del patio de recreo. Suele tratarse de hombres queinterpretan las acciones neutras de sus esposas como ataques y utilizan esteprejuicio para justificar su agresividad hacia ellas (quienes se muestran sexualmenteagresivos en sus citas con las mujeres sufren un proceso muy parecido,prejuzgándolas con suspicacia y desdeñando sus posibles objeciones)i Como hemosvisto en el capítulo 7, este tipo de hombres se siente especialmente amenazadopor el desdén, el rechazo o la vergüenza pública a que les pueden someterlessus esposas. Una escena típica que suele activar la «justificación» de laviolencia del marido es la siguiente: «estás en una fiesta y de repente te dascuenta de que hace media hora que tu mujer está hablando y riendo con esehombre tan atractivo que parece estar coqueteando con ella». La respuestahabitual de este tipo de hombres ante el rechazo o abandono de sus esposasoscila entre la indignación y la humillación. Es muy posible que, en tal caso,pensamientos automáticos del tipo «ella va a dejarme» actúen a modo dedesencadenante de un secuestro emocional en el que el maridoviolento reaccione impulsivamente o, como dicen los investigadores, manifiesteuna «respuesta conductual inapropiada”

EL DESBORDAMIENTO: EL NAUFRAGIO DEL MATRIMONIO

Estas actitudes suelenoriginar un estado de crisis constante que sirve de detonante a frecuentessecuestros emocionales que dificultan la cicatrización de las heridasprovocadas por la ira.

Gottman utiliza el términodesbordamiento para referirse a esta sobrecarga de desazón emocional queresulta imposible de controlar y que arrastra consigo a quienes se vensuperados por la negatividad de su pareja y por su propia respuesta ante ella.El desbordamiento impide oir sin distorsiones el mensaje recibido, respondercon la cabeza despejada, organizar los pensamientos y termina desatando las másprimitivas de las respuestas. Lo único que desean quienes se ven arrastradospor las emociones es que la tempestad amaine, escapar de la situación o. aveces, incluso vengarse. De este modo, el desbordamiento constituye untipo de secuestro emocional que se autoperpetua.

Hay personas que presentanun elevado umbral de desbordamiento, personas que soportan fácilmente el enfadoy los reproches mientras que otras, en cambio, saltan disparadas en el mismoinstante en que su cónyuge las critica. El correlato fisiológico deldesbordamiento se mide por el aumento del ritmo del latido cardiaco. Encondiciones de reposo, la frecuencia cardíaca de la mujer es de unas ochenta ydos pulsaciones por minuto, mientras que la de los hombres es del orden desetenta y dos (aunque hay que precisar que el promedio concreto depende de laaltura y el peso de la persona). El desbordamiento comienza con un aumento delritmo cardíaco de unos diez latidos por minuto sobre la frecuencia normal encondiciones de reposo y, cuando esta frecuencia alcanza las cien pulsacionespor minuto (cosa que puede ocurrir fácilmente en situaciones de enfado o dellanto), se dispara la secreción de adrenalina y de otras hormonas quecontribuyen a mantener elevado el estado de estrés durante un buen rato.

De este modo, la frecuenciacardíaca constituye un claro indicador del momento en que se produce unsecuestro emocional, en cuyo caso el aumento puede llegar ser de diez, veinte ohasta treinta pulsaciones en el corto intervalo que separa un latido delsiguiente. En esa situación, los músculos se tensan y la respiración se hacedificultosa, se produce una especie de aluvión de sentimientos tóxicos, unaincómoda y aparentemente inevitable inundación de miedo e irritación querequiere de «todo el tiempo del mundo», subjetivamente hablando, para poder sersuperada.

En el momento culminante delsecuestro, las emociones alcanzan una intensidad extraordinaria, la perspectivadel sujeto se estrecha y su pensamiento se vuelve tan confuso que no existe lamenor posibilidad de poder asumir el punto de vista del otro y tratar desolucionar las cosas de un modo más razonable.

Está claro que, en algunaque otra ocasión, todas las parejas atraviesan por momentos de intensidadsimilar. El problema comienza cuando uno u otro cónyuge se siente continuamentedesbordado. En este caso, el miembro de la pareja que se siente agobiado por elotro se mantiene constantemente en guardia para responder a cualquier signo deagresión o de injusticia emocional, y se vuelve tan susceptible alos ataques, las ofensas y los desaires, que salta ante la menor provocación.En estas circunstancias, el simple comentario «cariño ¿por qué no hablamos?»puede activar un pensamiento reactivo del tipo «ya está buscando pelea otravez» que desencadene un desbordamiento emocional. Por otra parte, también hayque decir que cada nuevo desbordamiento dificulta la recuperación de laexcitación fisiológica resultante, lo cual provoca, a su vez, que un comentarioinofensivo se interprete desde una óptica sesgada que aboca al desbordamientoreiterado.

Éste es posiblemente elpunto más crítico de una relación de pareja, un punto a partir del cual ya noparece haber posible vuelta atrás. El cónyuge que se siente desbordadointerpreta todo lo que el otro hace desde una óptica absolutamente negativa.Así, las cuestiones más nimias se transforman en auténticas batallas campalesporque los sentimientos se hallan continuamente heridos. Con el tiempo, elcónyuge que se siente desbordado comienza a considerar que todos y cada uno delos problemas que aquejan a la relación son imposibles de resolver, ya que sumismo estado emocional obstaculiza cualquier intento de solucionar las cosas. Amedida que la situación empeora, comienza a parecer inútil todo intento dehablar de lo que está ocurriendo, y cada miembro de la pareja trata de resolverpor su cuenta los problemas que le aquejan. Es entonces cuando comienzan allevar vidas paralelas, viviendo en un aislamiento completo que no hace sinofomentar su sensación de soledad dentro del matrimonio. El último paso, comoafirma Gottman, suele ser el divorcio.

Las dramáticas consecuenciasde la falta de competencia emocional resultan bien patentes en el camino queconduce hasta el divorcio. El circuito reverberante de la crítica, eldesprecio, la actitud defensiva, el encerramiento, la desconfianza y eldesbordamiento emocional es un reflejo de la desintegración de la conciencia deuno mismo, de la pérdida del autocontrol emocional, de la empatía y de lacapacidad para consolarse mutuamente.

LOS HOMBRES. EL SEXO VULNERABLE

Volvamos ahora a lasdiferencias genéricas en la vida emocional que constituyen la espoleta ocultade las desavenencias matrimoniales. La investigación ha descubierto laexistencia de una diferencia básica en el valor que asignan los hombres y lasmujeres (después incluso de treinta y cinco años de matrimonio) a lacomunicación emocional. Por término medio, las mujeres afrontan con másfacilidad que los hombres las molestias que conlleva una disputa matrimonial.Ésta es, al menos, la conclusión a la que ha llegado Robert Levenson, psicólogode la Universidadde California, en Berkeley, tras un estudio basado en el testimonio de 151parejas que llevaban mucho tiempo casadas.

Levenson descubrió que lamayor parte de los maridos tenían una especial aversión a las disputasmatrimoniales, algo que para las mujeres, en cambio, no suponía ningún tipo deproblema. «Pero, si bien los maridos propenden a desbordamientos menosnegativos, en cambio, suelen experimentar el desbordamiento emocional conmás facilidad. Y una vez que éste tiene lugar, el menor signo denegatividad de la esposa desencadena una mayor secreción de adrenalina porparte del marido, lo cual supone que éste requiera de más tiempo pararecuperarse fisiológicamente del desbordamiento». Esto puede sugerir, dichosea de paso, que la típica imperturbabilidad masculina —tan bien representadapor el estoico Clint Eastwood— puede no ser más que un mecanismo de defensacontra el posible desbordamiento emocional.

Según Gottman, la razón deque los hombres estén tan predispuestos a atrincherarse en sí mismos hay quebuscarla en la protección que esta situación les procura contra eldesbordamiento emocional. La investigación ha revelado que cuando se produceeste encerramiento en uno mismo, el ritmo cardiaco desciende una media de diezlatidos por minuto, proporcionando una sensación subjetiva de consuelo. Pero —yhe aquí la paradoja— cuando los hombres inician este proceso de retirada, elritmo cardíaco de las mujeres asciende a cotas criticas. Esta danza limbica, enla que cada uno de los miembros de la pareja busca sosiego en tácticas contrapuestas,da lugar a posturas muy distintas ante el enfrentamiento emocional, de modo talque los hombres tratan de evitarlo con el mismo fervor con el que sus esposasse sienten compelidas a buscarlo.

Por esto es por lo que losmaridos tienden a encerrarse en si mismos en la misma proporción en que lasmujeres tienden a atacarles. Esta asimetría es la consecuencia de que lasmujeres tiendan a prestar más atención a las cuestiones emocionales. Y estapropensión a sacar a colación las desavenencias y las protestas para tratar deresolverlas es la que desata la resistencia de los maridos a comprometerse enalgo que posiblemente termine abocando a una acalorada discusión. En el momentoen que la mujer percibe el intento del marido de eludir este compromiso, aumentael volumen y la intensidad de sus demandas y comienza a criticarleabiertamente. Cuando el marido, como respuesta, se pone a la defensiva y seencierra en si mismo, la mujer se siente frustrada e irritada, añadiendo asímás motivos de queja que no hacen sino incrementar su frustración. Luego, en elmomento en que el marido percibe que está siendo objeto de las críticas yquejas de su esposa, comienza a adoptar un modelo de pensamiento de víctimainocente o de justa indignación que fácilmente desencadena el desbordamiento.Para protegerse de este desbordamiento, el marido se pone cada vez más a ladefensiva atrincherándose en si mismo. Pero recordemos que, en el momento enque el marido recurre a la táctica del encerramiento es la esposa quien sesiente abocada al callejón sin salida del desbordamiento. Es así cómo elcírculo vicioso de las peleas matrimoniales termina desencadenando una espiralde agresividad completamente descontrolada.

CONSEJOS PARA EL MATRIMONIO

La distinta forma en que loshombres y las mujeres se relacionan con los sentimientos dolorosos tieneconsecuencias tan peligrosas para la vida de relación que tal vez debiéramospreguntarnos ¿qué es lo que pueden hacer las parejas para salvaguardar el amory el afecto que se profesan mutuamente?, o, dicho de otro modo, ¿qué es lo quemantiene a salvo al matrimonio? Las investigaciones realizadas sobre lasparejas que perduran a lo largo de los años han llevado a los consejerosmatrimoniales a esbozar un conjunto de recomendaciones específicas para hombresy para mujeres, y una serie de consejos de carácter más global aplicables tantoa unos como a otros.

Hablando en términosgenerales, los hombres y las mujeres necesitan remedios emocionales diferentes.En este sentido, nuestra recomendación seria que los hombres no trataran deeludir los conflictos sino que, en cambio, intentaran comprender que lasllamadas de atención de una esposa o sus muestras de disgusto, pueden estarmotivadas por el amor y por el intento de mantener la fluidez y la salud de larelación (aunque, ciertamente, la hostilidad manifiesta también puede respondera otros motivos).

La acumulación soterrada dequejas va creciendo en intensidad hasta el momento en que se produce unaexplosión, mientras que su expresión abierta, en cambio, libera el exceso depresión. Los maridos, por su parte, deben comprender que el enfado y eldescontento no son sinónimos de un ataque personal sino meros indicadores de laintensidad emocional con que sus esposas viven la relación.

Los hombres también debepermanecer atentos para no tratar de zanjar una discusión antes de tiempoproponiendo una solución pragmática precipitada porque, para una esposa, essumamente importante sentir que su marido escucha sus quejas y empatiza con sussentimientos (lo cual no necesariamente supone que deba coincidir con ella). Ental caso, la esposa podría interpretar este consejo como una forma de rechazo,como si sus sentimientos fueran algo absurdo o carente de importancia. Por elcontrario, los maridos que, en lugar de subestimar las quejas de su esposa,permanecen junto a ella en medio del fragor de una discusión, las hacensentirse escuchadas y respetadas. Lo que una esposa desea es que sussentimientos sean tenidos en cuenta, respetados y valorados, aunque el maridose halle en desacuerdo.

No es infrecuente, portanto, que una esposa se tranquilice cuando sienta que se escucha su puntode vista y se tienen en cuenta sus sentimientos.

En lo que respecta a lasmujeres, el consejo es muy parecido.

Dado que uno de los principalesproblemas para el hombre es que su esposa suele ser demasiado vehemente alformular sus quejas, ésta debería hacer el esfuerzo de no atacarlepersonalmente. Una cosa es una queja y otra muy distinta una crítica o unaexpresión de desprecio personal. Las quejas no son ataques al carácter sino tansólo la clara afirmación de que una determinada acción resulta inaceptable. Lasagresiones personales suelen provocar la reacción defensiva y elatrincheramiento del marido, lo cual sólo contribuye a aumentar la sensación defrustración y a provocar la escalada de la violencia. También puede ser de granayuda el que la esposa trate de formular sus quejas en un contexto más ampliosin dejar de expresar el amor que pueda sentir hacia su marido.

LAS «BUENAS PELEAS»

El periódico de hoy nosbrinda una lección objetiva sobre la forma más inadecuada de resolver losconflictos que aquejan a los matrimonios. Marlene Lenick se peleó con su esposoMichael porque él quería ver el partido entre los Cowboys de Dallas y los Eaglesde Filadelfia, mientras que lo que ella quería era ver las noticias. Cuando sumarido se sentó en el sofá dispuesto a ver el partido, la señora Lenick dijoque «ya había tenido suficiente fútbol» y, acto seguido, se dirigió aldormitorio, cogió un revólver del calibre 38 y disparó dos veces sobre suesposo. Como consecuencia de este incidente, Marlene ha sido acusada de intentode homicidio con premeditación y puesta en libertad bajo fianza de 50.000dólares, mientras que el señor Lenick, por su parte, tuvo suerte y siguerecuperándose de las heridas de bala que rozaron su abdomen y le atravesaron elomóplato izquierdo y el cuello. Por suerte son pocas las disputas matrimonialesque alcanzan este grado de virulencia pero nos brindan una oportunidad excelentepara revisar aquellas condiciones que pueden infundir un mínimo de inteligenciaemocional a la relación matrimonial. Por ejemplo, las parejas más establesexpresan abiertamente sus puntos de vista cuando abordan un tema, una actitudque también pone en juego la capacidad de saber escuchar. Desde un punto devista emocional, cualquier muestra de empatía constituye una excelente válvulade escape de la tensión puesto que lo que generalmente busca un cónyuge dolidoes que se tengan en cuenta sus sentimientos.

Las parejas que acabandivorciándose suelen mostrarse incapaces de encontrar argumentos que detenganla escalada de la tensión. La diferencia existente entre las parejas quemantienen una relación saludable y aquéllas otras que terminan divorciándose radicaen la presencia o ausencia de vías que ayuden a disolver las desavenenciasconyugales. Las válvulas de seguridad que impiden que una discusión desemboqueen una explosión de consecuencias irreversibles dependen de acciones tansencillas como atajar la discusión a tiempo antes de que se desproporcione, laempatía y el control de la tensión. Estas acciones constituyen una especie determostato emocional que impide que la expresión de los sentimientos rebase elpunto de ebullición y nuble la capacidad de los miembros de la pareja paracentrarse en el tema que estén discutiendo.

Una estrategia global quepuede contribuir al buen funcionamiento del matrimonio consiste en no tratar decentrarse de entrada en aquellos temas álgidos concretos que suelen desencadenarlas peleas matrimoniales (como, por ejemplo, el cuidado de los niños, el sexo,el dinero y el trabajo doméstico) sino, en cambio, tratar de cultivar juntos lainteligencia emocional y así aumentar las posibilidades de que las cosasdiscurran por cauces más sosegados. Existe un abanico de competenciasemocionales —la capacidad de tranquilizarse a uno mismo (y de tranquilizar a lapareja), la empatía y el saber escuchar— que facilitan el que la pareja seacapaz de resolver más eficazmente sus desacuerdos. El desarrollo de este tipode habilidades hace posible la existencia de discusiones sanas, de «buenaspeleas» que contribuyen a la maduración del matrimonio y cortan de raíz lasformas negativas de relación que suelen conducir a su disgregación. Pero loshábitos emocionales no pueden cambiarse de la noche a la mañana, se trata deuna labor que exige mucha atención y perseverancia. Los cambios fundamentalesque puede experimentar una pareja están directamente relacionados con laprofundidad de su motivación. La mayor parte de las reacciones emocionales quese presentan en el seno del matrimonio comenzaron a modelarse desde nuestra mástierna infancia, imbuidas por el aprendizaje que supuso la relación entrenuestros padres y ejercitadas posteriormente en nuestras relaciones másíntimas. Por más que tratemos de convencernos de lo contrario, todos llevamosla impronta de los hábitos emocionales aprendidos en la relación que sostuvimoscon nuestros padres (como reaccionar desproporcionadamente ante agravios depoca importancia o encerrarnos en nosotros mismos al menor signo deenfrentamiento).

Tranquilizarse a uno mismo

En el núcleo de toda emociónintensa subyace un impulso a la acción y por esto resulta fundamental eldominio de los impulsos para el desarrollo de la inteligencia emocional. Noobstante, esto puede ser especialmente difícil de llevar a la práctica en lasrelaciones más próximas, donde uno se juega tanto. Las reacciones que afloranen este ámbito afectan a nuestras necesidades más profundas, como el deseo desentirse amado y respetado, el miedo a ser abandonado o la sensación de serrechazado emocionalmente. No deberíamos, pues, asombramos demasiado de que, enuna pelea matrimonial, solamos comportarnos como si nuestra vida se hallara enpeligro.

Pero es imposible dar con lasolución adecuada cuando uno se halla bajo el influjo de un secuestroemocional. Por esto una de las competencias clave consiste en que ambosmiembros de la pareja aprendan a calmar sus sentimientos más angustiosos, locual supone el desarrollo de la capacidad de recuperarse rápidamente deldesbordamiento a que aboca todo secuestro emocional. Durante un secuestroemocional, las capacidades de escuchar, pensar y hablar con claridad se venclaramente mermadas y es por ese mismo motivo por lo que el hecho detranquilizarse constituye un paso absolutamente necesario sin el cual no puedeexistir el menor progreso en la resolución del problema en cuestión.

Aquellos matrimonios queestén interesados en este punto pueden tratar de monitorizar su pulso carotídeo—está a unos pocos centímetros por debajo del lóbulo de la oreja y lamandíbula— cada cinco minutos en el transcurso de una discusión (algo quequienes practican algún tipo de ejercicio aeróbico pueden hacer sin dificultadalguna). El número de latidos que tienen lugar durante quince segundosmultiplicado por cuatro nos da el promedio de pulsaciones cardiacas por minuto.Este control del pulso mientras uno trata de calmarse proporciona al sujeto unaespecie de gráfico basal, cuyo aumento en unos diez latidos por encima de lamedia constituye un claro indicador de que está en peligro de experimentar undesbordamiento emocional. En el caso de que el pulso sea incluso más acelerado,la pareja debería descansar durante unos veinte minutos antes de reanudar lacharla (aunque una pausa de cinco minutos tal vez bastara, el tiempo derecuperación fisiológica suele ser más prolongado). Como hemos visto en elcapitulo 5, los residuos fisiológicos del enfado actúan a modo de detonantecapaz de generar más enfado. Por esto, un descanso prolongado nos proporcionamás tiempo para que el cuerpo se recupere de la excitación previa.

Aquellos matrimonios que,por la razón que fuere, consideren embarazoso el hecho de monitorizar suspulsaciones cardíacas durante una discusión, pueden establecer, al menorindicio de desbordamiento emocional por parte del otro, algún tipo de acuerdoprevio que les proporcione un tiempo muerto. Durante este período de descanso,el enfriamiento puede verse potenciado mediante la práctica de algún tipo derelajación o de ejercicio aeróbico (o cualquiera de los otros métodos que hemosmencionado en el capítulo 5) que contribuyan a que el cónyuge afectado serecupere del secuestro emocional.

Desintoxicarse de la charla interna con uno mismo

Si tenemos en cuenta que lospensamientos negativos sobre nuestra pareja constituyen el desencadenante deldesbordamiento emocional, no nos resultará difícil comprender el gran alivioque puede suponer que la mujer o el marido afectados por este tipo de críticaslas exteriorice. Los pensamientos del tipo «no puedo soportar más tiempo estasituación» o «no merezco este trato» constituyen expresiones que responden almodelo de víctima inocente o de justa indignación. Como señala el terapeuta cognitivoAaron Beck, cuando el marido o la mujer, en lugar de limitarse a sentirseheridos o enfadados, pueden darse cuenta de estos pensamientos y hacerlesfrente, comienzan a liberarse de su influjo. Pero, para ello, será necesarioque primero aprendan a dominar este tipo de pensamientos, a darse cuenta de queno tienen por qué creer en ellos y a hacer el esfuerzo deliberado de buscar argumentoso perspectivas que permitan cuestionarlos. Una esposa, por ejemplo, que, enmedio de una discusión, piensa «no tiene en cuenta mis necesidades» o «sólopiensa en sí mismo», puede afrontar este tipo de pensamientos recordando las múltiplesocasiones en que su marido se ha mostrado amable con ella.

Esto le permitiráreencuadrarlos y relativizarlos: «aunque lo que ha hecho me parece absurdo y meha molestado, otras veces, en cambio ha demostrado claramente que se preocupapor mí». La primera formulación sólo aboca a sentirse más dolido e irritadomientras que la segunda, en cambio, deja abierta la posibilidad de que se produzcauna transformación y una resolución positiva.

Escuchar y hablar de un modo no defensivo

Él:¡Estás gritando!

Ella: Es cierto, estoygritando. Pero tú no has oído ni una sola palabra de lo que he dicho. Tú no meescuchas.

El hecho de saber escuchar constituyeuna habilidad que contribuye a mantener unida a la pareja. Aun en medio de unaacalorada discusión, cuando tanto la mujer como el marido son presa de unsecuestro emocional, él, ella o, en ocasiones, ambos a la vez, podríanreconducir la situación tratando de serenarse y respondiendo positivamente acualquier intento conciliador. No obstante, las parejas que acabandivorciándose suelen dejarse arrastrar por la ira, se aferran a los pormenoresdel problema inmediato y se muestran incapaces de escuchar —por no hablar deresponder positivamente— cualquier oferta de paz implícita en las palabras desu pareja. La actitud defensiva se manifiesta en la forma en que el sujetoignora o rechaza las quejas del otro, reaccionando como si se tratara de un ataqueen lugar de un intento de arreglar las cosas. También es cierto que, a veces,los argumentos aducidos por el otro miembro de la pareja pueden adoptar laforma de un ataque o expresarse con tal carga de negatividad que difícilmentepodrían tomarse de otro modo.

Pero, aun en el peor de loscasos, siempre cabe la posibilidad de que la pareja reconsidere conscientementelo que se han dicho el uno al otro, tratando de obviar los contenidos máshostiles o negativos del intercambio —el tono, los insultos y las críticasmordaces—, tratando de extraer sus aspectos más relevantes.

Pero, para poder afrontareste reto, cada miembro de la pareja deberá tener presente que la negatividadmanifiesta de su compañero constituye una declaración tácita de la importanciaque reviste el tema para él o, dicho de otro modo, constituye una demanda deatención. Así, en el caso de que ella gritase: « ¿no vas a dejar deinterrumpirme?», él, por ejemplo, podría responder sin reaccionar a suhostilidad diciendo: «muy bien. Continúa y di todo lo que tengas que decir».

La empatía —queconsiste en escuchar los sentimientos reales subyacentes al mensaje verbal— esel modo más eficaz de escuchar sin adoptar una actitud defensiva. Como vimos enel capitulo 7, para que cada miembro de la pareja sea capaz de empatizarrealmente con el otro es imprescindible que aprenda a sosegar sus reaccionesemocionales hasta volverse lo bastante sensible a sus propias respuestasfisiológicas como para poder captar con fidelidad los sentimientos de supareja. Sin esta receptividad fisiológica no existirá la menor posibilidad decaptar los sentimientos del otro. La empatía desaparece en el mismo momento enque nuestros sentimientos son tan poderosos como para anular todo lo demás y nodejar abierta la menor posibilidad de sintonizar con el otro.

Existe un método muy eficaz,utilizado con frecuencia en la terapia matrimonial, que se denomina «reflejar»y que permite establecer una escucha emocionalmente adecuada. Cuando un miembrode la pareja expresa una demanda, el otro debe reformularla en sus propiaspalabras, tratando de expresar no sólo los pensamientos sino también lossentimientos subyacentes implicados.

Luego, este reflejo debe sercontrastado para asegurarse de que es adecuado y, en caso contrario, repetirlode nuevo hasta conseguirlo. No obstante, hay que decir que este ejercicio no estan sencillo como parece a simple vista. El hecho de sentirse adecuadamentereflejado no sólo proporciona la sensación de que uno está siendo comprendidosino que también conlleva necesariamente una cierta armonía emocional que aveces basta para desmantelar un ataque inminente y terminar con la escalada dela violencia que puede conducir a un enfrentamiento abierto.

El arte de hablar de formano defensiva consiste en la capacidad de ceñirse a una queja concreta sinterminar desembocando en un ataque personal. El psicólogo Haim Ginott, elpionero de los programas de comunicación eficaz, afirma que la mejor forma deexpresar una demanda responde al modelo «XYZ», es decir, «cuando dices Xme haces sentir Y, pero me habría gustado sentirme Z». Por ejemplo: «cuandono me llamaste por teléfono y no me avisaste de que llegarías tarde a nuestracita para cenar me sentí despreciada y enfadada. Me habría gustado que meadvirtieras de tu retraso», en lugar del habitual «eres undesconsiderado y un egoísta». En resumen, pues, la comunicación abierta nosupone un desafío, una amenaza ni un insulto, y tampoco deja lugar para ningunade las innumerables manifestaciones de una actitud defensiva, como las excusas,la evitación de responsabilidades, los contraataques destructivos, etcétera. Eneste caso la empatía vuelve a revelarse como un instrumento sumamente eficaz.

Cabe añadir, por último, queel respeto y el amor no sólo pueden despejar la hostilidad delseno del matrimonio, sino también de todos los demás ámbitos de nuestra vida.Un modo muy eficaz de disminuir la tensión que provoca una pelea es permitirque el otro miembro de la pareja sepa que somos capaces de comprender su puntode vista y aceptar su posible validez, aunque no coincida plenamente con elnuestro. Otra posibilidad consiste en tratar de asumir nuestra parte deresponsabilidad o incluso disculpamos si reconocemos que nos hemos equivocado.En el peor de los casos, esta confirmación significa que uno comprende lo quese le está diciendo y tiene en cuenta las emociones implicadas («me doy cuentade que estás alterada») aunque no esté de acuerdo con su motivación. En cambio,en otras ocasiones, por ejemplo, cuando no hay ninguna pelea en juego laconfirmación puede adoptar la forma de un elogio, tratando de destacar y alabarexplícitamente alguna cualidad del otro. Este tipo de comunicación no sólocontribuye a crear una relación de pareja más sosegada, sino que tambiénpermite ir acumulando un capital emocional de sentimientos positivos.

La práctica

Para que estas estrategiasdemuestren su utilidad en los momentos emocionalmente más críticos, deben estarsuficientemente grabadas. El hecho es que nuestro cerebro emocional reaccionade manera automática con aquellas respuestas emocionales que hemos aprendido alo largo de toda nuestra vida en los repetidos momentos de enfado y desufrimiento emocional, de tal modo que éstas terminan dominando todo nuestropanorama mental. La memoria y la reactividad están muy estrechamente ligadas alas emociones y es por esto por lo que en estos momentos resulta más difícilevocar respuestas asociadas a las situaciones de calma. Así pues, si no nosfamiliarizamos y entrenamos en dar respuestas emocionales más positivas, nosresultará sumamente difícil poder llegar a evocarlas cuando estemos alterados.

Por el contrario, el adiestramiento en este tipo de respuestashasta hacerlas automáticas nos proporcionará la oportunidad de recurrir a ellasen medio de una crisis emocional. Por esta razón. si queremos que lasestrategias recién citadas se conviertan en respuestas espontáneas (o al menosen respuestas que no tarden demasiado en producirse) y lleguen a formar partede nuestro repertorio emocional, deberemos ensayarlas ypracticarlas tanto en los momentos más tranquilos como en medio de la másacalorada discusión. Todos éstos son, pues, pequeños remedios que contribuyen aforjar nuestra inteligencia emocional, antídotos, en fin, contra ladesintegración matrimonial.

 10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN

 Melburn McBroom era un jefeautoritario y dominante que tenía atemorizados a todos sus subordinados, unhecho que tal vez no hubiera tenido mayor trascendencia si su trabajo sehubiera desempeñado en una oficina o en una fábrica. Pero el caso es que McBroomera piloto de avión.

Un día de 1978, su avión seestaba aproximando al aeropuerto de Portland, Oregón, cuando de pronto se diocuenta de que tenía problemas con el tren de aterrizaje. Ante aquellasituación, McBroom comenzó a dar vueltas en torno a la pista de aterrizaje,perdiendo un tiempo precioso mientras trataba de solucionar el problema.

Tanto se obsesionó queconsumió toda la gasolina del depósito mientras los copilotos, temerosos de suira, permanecían en silencio hasta el último momento. Finalmente el aviónterminó estrellándose y en el accidente perecieron diez personas.

Hoy en día, la historia deeste accidente constituye uno de los ejemplos que se estudia en los programasde entrenamiento de los pilotos de aviación.’ La causa del 80% de losaccidentes de aviación radica en errores del piloto, errores que, en muchos delos casos, podrían haberse evitado si la tripulación hubiera trabajado enequipo. En la actualidad, el adiestramiento de los pilotos de aviación no sólogira en torno a la competencia técnica sino que también presta atención a losrudimentos mismos de la inteligencia social (la importanciadel trabajo en equipo, la apertura de vías de comunicación, la colaboración, laescucha y el diálogo interno con uno mismo).

La cabina de un aviónconstituye un microcosmos de cualquier tipo de organización laboral. Pero,aunque no dispongamos de la evidencia dramática que supone un accidente deaviación, no deberíamos pensar que una moral mezquina, unos trabajadoresatemorizados, un jefe tiránico y, en suma, cualquiera de las muchas posiblescombinaciones de deficiencias emocionales en el puesto detrabajo, carezca de consecuencias destructivas. En realidad, los costes de estasituación se traducen en un descenso de la productividad, un aumento de losaccidentes laborales, omisiones y errores que no llegan a tener consecuenciasmortales y el éxodo de los empleados a otros entornos laborales más agradables.Este es, a fin de cuentas, el precio inevitable que hay que pagar por un bajonivel de inteligencia emocional en el mundo laboral, un precio que puedeterminar conduciendo a la quiebra de la empresa.

El hecho de que la falta deinteligencia emocional tiene un coste es una idea relativamente nueva en elmundo laboral, una idea que algunos empresarios sólo aceptan con muchasreservas.

Un estudio realizado sobredoscientos cincuenta ejecutivos descubrió que la mayoría de ellos sentía que sutrabajo exigía «la participación de su cabeza pero no de su corazón».Muchos de estos ejecutivos manifestaron su temor a que la empatía y lacompasión por sus compañeros de trabajo interfirieran con los objetivos de laempresa. Uno de ellos llegó incluso a decir que consideraba absurda la ideamisma de tener en cuenta los sentimientos de sus subordinados porque, a sujuicio, «es imposible relacionarse con la gente». Otros se disculparondiciendo que, si no permanecieran emocionalmente distantes, serían incapaces deasumir las «duras» decisiones propias del mundo empresarial, aunque lo ciertoes que les gustaría poder tomar esas decisiones de una manera más humana. Eseestudio se realizó en los años setenta, una época en la que el ambiente delmundo empresarial era muy distinto del actual. En mi opinión, estas actitudes,hoy en día, están pasadas de moda y se está abriendo paso una nueva realidadque sitúa a la inteligencia emocional en el lugar que le corresponde dentro delmundo empresarial. Como me dijo Shoshona Zuboff, psicóloga de la Harvard BusinessSchool, «en este siglo las empresas han experimentado una verdaderarevolución, una revolución que ha transformado correlativamente nuestro paisajeemocional. Hubo un largo tiempo durante el cual la empresa premiaba al jefemanipulador, al luchador que se movía en el mundo laboral como si se hallara enla selva. Pero, en los años ochenta, esta rígida jerarquía comenzó adescomponerse bajo las presiones de la globalización y de las tecnologías de lainformación. La lucha en la selva representa el pasado de la vida corporativa,mientras que el futuro está simbolizado por la persona experta en lashabilidades interpersonales».

Algunas de las razones deesta situación son bien patentes, imaginemos, si no, las consecuencias de unequipo de trabajo en el que alguien fuera incapaz de reprimir una explosión decólera o que careciera de la sensibilidad necesaria para captar lo que sientela gente que le rodea. Todos los efectos nefastos de la alteración sobre elpensamiento que hemos mencionado en el capitulo 6 operan también en el mundolaboral. Cuando la gente se encuentra emocionalmente tensa no puede recordar,atender, aprender ni tomar decisiones con claridad. Como dijo un empresario:«el estrés estupidiza a la gente».

Imaginemos, por otra parte,los efectos beneficiosos del dominio de las habilidades emocionalesfundamentales (ser capaces de sintonizar con los sentimientos de las personasque nos rodean, poder manejar los desacuerdos antes de que se conviertan enabismos insalvables, tener la capacidad de entrar en el estado de «flujo»mientras trabajamos, etcétera). El liderazgo no tiene que ver con el control delos demás sino con el arte de persuadirles para colaborar en la construcción deun objetivo común. Y, en lo que respecta a nuestro propio mundo interior, nadahay más esencial que poder reconocer nuestros sentimientos más profundos ysaber lo que tenemos que hacer para estar más satisfechos con nuestro trabajo.

Existen otras razones menosevidentes que reflejan los importantes cambios que están aconteciendo en elmundo empresarial y que contribuyen a situar las aptitudes emocionales en unlugar preponderante. Permítanme ahora destacar tres facetas diferentes de lainteligencia emocional: la capacidad de expresar las quejas en forma de críticaspositivas, la creación de un clima que valore la diversidad y no la conviertaen una fuente de fricción y el hecho de saber establecer redes eficaces.

LA CRITICA ESNUESTRO PRIMER QUEHACER

Él era un maduro ingenieroque dirigía un proyecto de desarrollo de software y que estaba presentando alvicepresidente de desarrollo de producto de la compañía el resultado de mesesde trabajo logrado por su equipo. Con él se hallaban el hombre y la mujer conlos que había trabajado codo con codo durante tantas semanas, orgullosos depresentar al fin el fruto de su labor.

Pero cuando el ingenierohubo terminado su presentación, el vicepresidente le espetó irónicamente: «¿Cuántotiempo hace que han terminado la carrera? Sus especificaciones son ridículas.Ni siquiera vale la pena echarles un vistazo».

Después de eso, elingeniero, completamente abatido, permaneció sentado y en silencio el resto dela reunión. Sus dos acompañantes hicieron entonces un alegato —ciertamente algohostil— sin orden ni concierto en defensa de su proyecto. Finalmente, elvicepresidente recibió una llamada telefónica que puso fin bruscamente a lareunión, dejando un poso de amargura e ira.

Durante las dos semanassiguientes el ingeniero estuvo obsesionado por los comentarios delvicepresidente. Desalentado y deprimido, estaba convencido de que nunca más sele asignaría ningún proyecto de importancia y, aunque estaba contento con sutrabajo, llegó a pensar incluso en abandonar la compañía.

Finalmente fue a visitar alvicepresidente y le habló de la reunión, de sus críticas y de su desánimo. Fueentonces cuando le preguntó: «Estoy algo confundido con lo que usted trataba dehacer. No comprendo cuáles eran sus intenciones. ¿Le importaría decirme qué eralo que pretendía?»

El vicepresidente se quedóperplejo, pues no tenía la menor idea de que sus observaciones hubieran tenidoun efecto tan devastador. De hecho, en modo alguno había desestimado elproyecto sino que, por el contrario, opinaba que era prometedor, pero quetodavía debía seguir perfeccionándose. Y lo que menos había pretendido era herirlos sentimientos de nadie. Luego, tardíamente, pidió perdón por lo ocurrido.

Éste, en realidad, es unproblema de feedback, un problema de dar la información exactanecesaria para que la otra persona siga por un determinado camino. El feedback,en su sentido original en la teoría de sistemas, implica el intercambio dedatos sobre cómo está funcionando una parte de un sistema, con la comprensiónde que todas las partes están interrelacionadas, de modo que la transformaciónde una parte puede terminar afectando a la totalidad. En una empresa, todo elmundo forma parte del sistema, y el feedback es el alma de laorganización, el intercambio de información que permite que la gente sepa siestá haciendo bien su trabajo o si, por el contrario, debe mejorarlo, efectuaralgunos cambios o reorientarlo por completo. Sin feedback la gentepermanece en la oscuridad y no tiene la menor idea de la forma en que deberelacionarse con su jefe o con sus compañeros, lo que se espera de ellos y quéproblemas empeorarán a medida que pase el tiempo.

En cierto sentido, lacrítica es una de las funciones más importantes de un jefe aunque es tambiénuna de las más temidas y soslayadas. Como ocurría con el sarcásticovicepresidente del ejemplo con el que comenzábamos esta sección, los jefes nosuelen ser especialmente diestros en el arte crucial del feedback. Yesta deficiencia tiene un coste realmente extraordinario porque, del mismo modoque la salud emocional de una pareja depende de la forma en que expresen susquejas, la eficacia, la satisfacción y la productividad de la empresa dependentambién de la forma en que se hable de los problemas que se presenten. Enrealidad, la forma en que se expresan y se reciben las críticas constituye unelemento determinante en la satisfacción del trabajador con su cometido, consus compañeros y con sus superiores.

La peor forma de motivar a alguien

Las vicisitudes emocionalesque operan en el seno del matrimonio también lo hacen en el mundo laboral,donde asumen formas similares. En ambos casos, las críticas suelen expresarseen forma de quejas personales más que como quejas sobre las que se puedeactuar, en forma de acusaciones personales cargadas de disgusto, sarcasmo ydesprecio y, en consecuencia, también dan lugar a reacciones de defensa, dedeclinación de la responsabilidad y finalmente al pasotismo o a la amargaresistencia pasiva que provoca el hecho de sentirse maltratado. De hecho, comonos dijo un ejecutivo, una de las formas más comunes de crítica destructivaconsiste en una afirmación generalizada y universal —como, por ejemplo:«¡tú lo confundes todo!», expresada en un tono duro, sarcástico y enojado— queno propone una forma mejor de hacer las cosas ni tampoco deja abierta la menorposibilidad de respuesta. Este tipo de afirmación, en suma, despierta lossentimientos de impotencia y de enojo. Desde el punto de vista de lainteligencia emocional, estas críticas manifiestan una flagrante ignorancia delos sentimientos que puede llegar a tener un efecto devastador en lamotivación, la energía y la confianza de quien las recibe.

Esta dinámica destructivaquedó clara en una investigación en la que se pidió a una serie de ejecutivosque recordaran algún momento en el que una amonestación a sus subordinadoshubiera terminado convirtiéndose en un ataque personal. El hecho es que estosataques tienen efectos muy similares a los que ocurren en el seno delmatrimonio puesto que, la mayor parte de las veces, los empleados que losrecibieron reaccionaron poniéndose a la defensiva, disculpándose, eludiendo laresponsabilidad o cerrándose completamente en banda (que no es sino una formade tratar de evitar todo contacto con la persona que le está regañando). Nocabe la menor duda de que, si se les hubiera sometido al mismo tipo demicroscopio emocional que John Gottman utilizó con las parejas casadas, sehabrían descubierto en aquellos atribulados empleados los mismos pensamientosde víctima inocente o de justa indignación propios de losmaridos o esposas que se sentían injustamente atacados y lo mismo habríaocurrido si se hubieran medido sus reacciones fisiológicas. Y esta respuestapone en marcha un ciclo que, en el mundo empresarial, suele abocar alequivalente laboral del divorcio: la renuncia al trabajo o el despido.

En un estudio realizadosobre 108 jefes y trabajadores de cuello blanco, las críticas inadecuadasestaban por delante de la desconfianza, los problemas personales y las luchaspor el poder y el salario como uno de los principales motivos de conflicto enel mundo laboral.

Un experimento llevado acabo en el Rensselaer Polytechnic Institute demostró claramente el efectopernicioso de la crítica mordaz sobre las relaciones laborales. El experimentoconsistía en elaborar un anuncio para un nuevo champú, una tarea que fueencomendada a un grupo de voluntarios. Otro voluntario (confabulado con losexperimentadores) era el encargado de valorar —mediante dos tipos de críticaspredeterminadas— los anuncios que se proponían. Una de las críticas eraconsiderada y concreta, pero la otra incluía acusaciones sobre supuestasdeficiencias innatas de la persona (con comentarios tales como «no merece lapena que vuelvas a intentarlo. No puedes hacer nada bien» o «tal vez seafalta de talento. Se lo pediré a otro»).

Comprensiblemente, quienesse sentían atacados se ponían a la defensiva, se enojaban y rehusaban colaboraren futuros proyectos con la persona que les había criticado. Muchos dijeron queno volverían a relacionarse con ella; en otras palabras, se cerraroncompletamente a ellos. Este tipo de crítica resultaba tan desalentador que,quienes la recibían, abandonaban toda nueva tentativa y —tal vez lo más perjudicial—afirmaban sentirse incapaces de hacer las cosas bien. El ataque personal, ensuma, tiene un efecto devastador sobre el estado de ánimo.

La mayor parte de losejecutivos son muy proclives a la crítica y muy comedidos, en cambio, con lasalabanzas, dejando así que sus subordinados sólo reciban un feedbackcuando han cometido un error. Esto es lo que suele ocurrir en el caso de losejecutivos que permanecen sin dar ningún tipo de feedback durante largosperíodos de tiempo. «Casi todos los problemas de rendimiento de lostrabajadores no aparecen súbitamente sino que van desarrollándose a lo largodel tiempo», señala J.R. Larson, un psicólogo de la Universidad de Illinois(Urbana), quien luego prosigue diciendo: «si un jefe no expresa prontamentesus sentimientos, su frustración irá lentamente en aumento hasta que, el díamás inesperado, estalle de golpe. Si, por el contrario, manifiesta sus críticas,el empleado tendrá, al menos, la posibilidad de corregir el problema. Condemasiada frecuencia, la gente sólo expresa sus críticas cuando las cosas hanllegado ya a un punto extremo; en otras palabras, cuando están demasiadoenfadados como para poder controlar lo que dicen. Y lo que ocurre entonces esque las críticas se vierten del peor modo posible, con un tono de amargo sarcasmo,sacando a la luz la larga lista de agravios que han ido acumulando, agrediendocon ella a sus empleados. Pero este tipo de ataques no hace más quedesencadenar una guerra, porque quien los recibe se siente agredido y terminaenojándose. Esta es, en resumen, la peor forma de motivar a alguien».

La estrategia adecuada

Veamos ahora una posiblealternativa a la situación que acabamos de describir, porque la críticaadecuada puede ser una de las herramientas más poderosas con las que cuenta unjefe. Por ejemplo, el despectivo vicepresidente del que hablábamos al comienzode este capítulo podría haber dicho —pero no dijo— al ingeniero de softwarealgo así como: «el principal problema con el que nos encontramos en esteestadio es que su plan requiere mucho tiempo, lo cual encarecería demasiado loscostes. Me gustaría que pensara más en su propuesta, especialmente en losdetalles concretos del software, para ver si puede encontrar una forma de hacerel mismo trabajo más rápidamente». Este mensaje hubiera tenido un efectocompletamente opuesto al de la crítica destructiva puesto que, en lugar degenerar impotencia, rabia y desaliento, habría alimentado la esperanza dehacerlo mejor y también habría sugerido el modo más adecuado de acometer estaactividad.

Las críticas adecuadas no seocupan tanto de atribuir los errores a un rasgo de carácter como de centrarseen lo que la persona ha hecho y puede hacer. Como observa Larson: «los ataquesal carácter —llamarle a alguien estúpido o incompetente, por ejemplo-yerran por completo el objetivo. Así, lo único que se consigue es ponerinmediatamente a la otra persona a la defensiva, con lo cual deja de estarreceptivo a sus recomendaciones sobre la forma de mejorar la situación».Este consejo, obviamente, es también aplicable a la expresión de las quejas enel seno del matrimonio.

Y, en términos demotivación, cuando las personas consideran que sus fracasos se deben a algunacarencia innata, pierden toda esperanza de transformar las cosas y dejan deintentar cambiarlas.

Recordemos que lacreencia básica que conduce al optimismo es que los contratiempos y losfracasos se deben a las circunstancias y que siempre podremos hacer algo paracambiar éstas.

Harry Levinson, un antiguopsicoanalista que se ha pasado al campo empresarial, da los siguientes consejossobre el arte de la crítica (que curiosamente también están inextricablementeligados al arte del elogio):

«Sea concreto.Concéntrese en algún incidente significativo, en algún acontecimiento queilustre un problema clave que deba cambiar o en alguna pauta deficiente (como,por ejemplo, la incapacidad de realizar adecuadamente determinados aspectos deun trabajo). Saber que uno está haciendo «algo» mal sin saber de qué se trataconcretamente resulta sumamente descorazonador. Limitese a lo concreto,señalando también lo que la persona hace bien, lo que no hace tan bien y cómopodría cambiarlo. No vaya con rodeos y evite las ambigüedades y las evasivasporque eso podría enmascarar el mensaje real.» (Esto, evidentemente, seasemeja mucho al consejo que suele darse a las parejas a la hora de expresarsus quejas: diga exactamente cuál es el problema, lo que está equivocado, cómole hace sentir y qué es lo que podría cambiarse.)

«La concreción—señala Levinson— es tan importante para los elogios como para las criticas.Con ello no quiero decir que los elogios difusos no tengan efecto sobre elestado de ánimo y que no se pueda aprender de ellos.». Ofrezca soluciones.La crítica, como todo feedback útil, debería apuntar a una forma de resolverel problema. De otro modo, el receptor puede quedar frustrado,desmoralizado o desmotivado. La crítica puede abrir la puerta a posibilidades yalternativas que la persona ignoraba o simplemente sensibilizaría a ciertasdeficiencias que requieren atención pero, en cualquier caso, debe incluirsugerencias sobre la forma más adecuada de afrontar estos problemas.

Permanezca presente. Lascríticas, al igual que las alabanzas, son más eficaces cara a cara y enprivado. Es muy probable que las personas a quienes no les agrada criticar —nialabar— tiendan a hacerlo a distancia pero, de ese modo, la comunicación resultademasiado impersonal y escamotea al receptor la oportunidad de responder o desolicitar alguna aclaración.

Permanezca sensible. Esta esuna llamada a la empatía, a tratar de sintonizar con el impacto quetienen sus palabras y su forma de expresión sobre el receptor. Según Levinson,los ejecutivos poco empáticos tienden a dar feedbacks demasiadohirientes y humillantes. Pero el efecto de este tipo de críticas resultadestructivo porque, en lugar de abrir un camino para mejorar las cosas,despierta la respuesta emocional del resentimiento, la amargura, las actitudesdefensivas y el distanciamiento.

Levinson también ofrecealgunas recomendaciones emocionales para quienes se encuentran en el poloreceptivo de la crítica. Una de ellas consiste en considerar a la crítica no comoun ataque personal sino como una información sumamente valiosa para mejorar lascosas. Otra consiste en darse cuenta de que uno responde de manera defensiva enlugar de asumir la responsabilidad. Y, si esto le resulta demasiado difícil,puede ser útil pedir un tiempo para tranquilizarse y asimilar el mensaje antesde proseguir. Finalmente, Levinson recomienda considerar las críticas como unaoportunidad para trabajar junto a la persona que critica y resolver el problemaen lugar de tomarlo como un enfrentamiento personal. Todos estos sabiosconsejos, obviamente, constituyen también sugerencias muy adecuadas para quelas parejas casadas traten de expresar sus quejas sin dañar a la relación. Nodebemos olvidar que lo que resulta válido en el mundo del matrimonio también esaplicable al mundo laboral.

ACEPTAR LA DIVERSIDAD

Sylvia Skeeter, ex—capitándel ejército de unos treinta años de edad, era gerente de un restauranteDenny’s en Columbia (Carolina del Sur). Una tranquila noche, un grupo declientes negros —un ministro presbiteriano, un pastor y dos cantantes degospel— entraron y se sentaron dispuestos a cenar mientras las camareras lesignoraban. «Las camareras —recordaba Skeeter— comenzaron entonces a hablar, conlas manos en las caderas, como si las personas que acababan de sentarse a unpar de metros no existieran».

Skeeter, indignada, seenfrentó entonces a las camareras y se quejó al director, quien se encogió dehombros respondiendo: «así es como han sido educadas y no hay nada que yo puedahacer por cambiar las cosas». Skeeter, que era negra, renunció entonces a sutrabajo.

Si se hubiera tratado de unincidente aislado esta situación hubiera podido pasar completamenteinadvertida. Pero el hecho es que Sylvia Skeeter fue una de las muchas personasque fueron llamadas a declarar como testigo en un juicio por prejuiciosraciales seguido contra la cadena Denny’s cuyo veredicto final les obligó apagar 54 millones de dólares en concepto de indemnización a los miles declientes negros que habían sufrido este tipo de vejaciones.

Entre los muchos demandantesse encontraban siete agentes afroamericanos del servicio secreto que, en unviaje que hicieron como agentes de seguridad del presidente Clinton cuando éstevisitó la Academia Naval de Annapolis, tuvieron que esperar cerca de una hora sudesayuno mientras sus colegas de la mesa de al lado eran servidos al momento.Otra de las demandantes fue una mujer negra paralítica de Tampa (Florida),quien permaneció esperando en su silla de ruedas durante un par de horas a quele sirvieran el postre después de una cena de fin de curso. A lo largo deljuicio seguido por esta manifiesta discriminación, quedó demostrado que elorigen del problema radicaba en la creencia —especialmente al nivel de losgerentes del distrito y de las distintas secciones— de que los clientes negroseran malos para el negocio.

Hoy en día, como resultadode la condena y de la publicidad que ha rodeado a todo el caso, la cadenaDenny’s está tratando de compensar su anterior discriminación hacia la comunidadnegra.

Y todos los empleados,especialmente los jefes, están obligados a asistir a sesiones de formación enlas que se consideran las ventajas de una clientela multirracial.

Este tipo de seminarios seha convertido en moneda corriente en el seno de multitud de empresas de todoslos Estados Unidos y cada vez resulta más claro que, aunque la gente tengaprejuicios, debe aprender a actuar como si no los tuviera. Y los motivos deesta actitud no son tan sólo de tipo humano sino también pragmáticos. Uno deellos es el nuevo rostro que está asumiendo la fuerza laboral dominante, endonde los varones blancos están convirtiéndose en una franca minoría. Unestudio realizado en varios cientos de empresas norteamericanas ha puesto derelieve que más del 75% de la nueva fuerza del trabajo no es de raza blanca, unauténtico cambio demográfico que tiene también su reflejo en el mundo delconsumo. Otra de las razones es la creciente necesidad de las empresasmultinacionales de empleados que no sólo dejen de lado todo prejuicio yrespeten a la gente de diferentes culturas (y mercados) sino que también tenganen cuenta las ventajas competitivas que conlleva esta actitud. Un tercer motivoes el fruto potencial de la diversidad, en términos de mayor creatividadcolectiva y energía empresarial.

Todo esto significa que lacultura de la empresa debe fomentar la tolerancia aun en el caso de quepersistan los prejuicios individuales. Pero ¿cómo puede hacer esto una empresa?Lo cierto es que los cursos de un día, el pase de un vídeo o los cursillos de«entrenamiento en la diversidad» de fin de semana no parecen servir paraeliminar realmente los prejuicios de quienes asisten a ellos, ya sea de losblancos contra los negros, de los negros contra los asiáticos o de los asiáticoscontra los hispanos. De hecho, el efecto de ciertos cursos inadecuados deentrenamiento en la diversidad —aquéllos que prometen demasiado y despiertanfalsas esperanzas o que simplemente fomentan la atmósfera de confrontación enlugar de alentar la comprensión— puede ser precisamente el contrario deldeseado al llamar la atención sobre las diferencias y fomentar de ese modo lastensiones que dividen a los grupos en el puesto de trabajo. La comprensión delas posibilidades de que uno dispone ayuda a comprender la naturaleza delprejuicio mismo.

Las raices del prejuicio

El doctor Vamik Volkan es unpsiquiatra de la Universidad de Virginia que todavía recuerda su infancia enel seno de una familia turca de la isla de Chipre, amargamente dividida entredos comunidades, la griega y la turca. Cuando era niño. el doctor Volkan oyórumores de que cada uno de los nudos del cinturón del sacerdote griego de lalocalidad representaba a niños turcos que había estrangulado con sus propiasmanos y todavía recuerda el tono de consternación con el que le contaron laforma en que sus vecinos griegos comían cerdo, una carne considerada impura porla cultura turca. Hoy en día, como estudioso de los conflictos étnicos, Volkanilustra con sus recuerdos infantiles la forma en que los odios y los prejuiciosintergrupales se perpetúan de generación en generación. En ocasiones,especialmente en aquellos casos en los que exista una larga historia deenemistad, la fidelidad al propio grupo exige el precio psicológico de lahostilidad hacía otro grupo.

El aprendizaje delcomponente emocional de los prejuicios tiene lugar a una edad tan temprana quehasta quienes comprenden que se trata de un error tienen dificultades paraerradicarlo por completo. Según afirma Thomas Pettigrew, un psicólogo social dela Universidadde California en Santa Cruz que se ha dedicado durante varias décadas alestudio de los prejuicios: «las emociones propias de los prejuicios seconsolidan durante la infancia mientras que las creencias que los justifican seaprenden muy posteriormente. Si usted quiere abandonar sus prejuicios advertiráque le resulta mucho más fácil cambiar sus creencias intelectuales al respectoque transformar sus sentimientos más profundos. No son pocos los sureños que mehan confesado que, aunque sus mentes ya no sigan alimentando el odio en contrade los negros, no por ello dejan de experimentar una cierta repugnancia cuandoestrechan sus manos. Los sentimientos son un residuo del aprendizaje al quefueron sometidos siendo niños en el seno de sus familias».

El poder de los estereotipossobre los que se asientan los prejuicios procede de la misma dinámica mentalque los convierte en una especie de profecía autocumplida. En este sentido, laspersonas recuerdan más fácilmente los ejemplos que confirman un estereotipo queaquéllos otros que tienden a refutarlo. Por esto cuando en una fiesta, porejemplo, nos presentan a un inglés abierto y cordial —un hecho que desmiente elestereotipo del británico frío y reservado— la gente suele decirse a sí mismaque es una excepción o que «ha estado bebiendo».

La persistencia de los prejuiciossutiles puede explicar el hecho por el cual, aunque durante los últimoscuarenta años la actitud de los norteamericanos blancos hacia los negros hayasido cada vez más tolerante y las personas repudien cada vez mas abiertamentelas actitudes racistas, todavía siguen subsistiendo formas encubiertas ysutiles de prejuicio. Cuando a este tipo de personas se les pregunta por elmotivo de su conducta afirman no tener prejuicios, pero lo cierto es que, diganlo que digan, en situaciones ambiguas siguen comportándose de un modo racista.

Éste es el caso, porejemplo, del jefe que cree no tener prejuicios pero que se niega a contratar aun trabajador negro —no por motivos racistas, en su opinión, sino porque sueducación y su experiencia «no son idóneas para el trabajo»—, pero que no tienelos mismos remilgos a la hora de contratar a un blanco que posea la mismaformación. O también puede asumir la forma de colaborar con un vendedor blancoy negarse a hacer lo mismo con un vendedor de origen negro o hispano.

Ninguna tolerancia hacia la intolerancia

Pero, si bien los prejuicioslargamente sostenidos no pueden ser desarraigados con facilidad, sí que esposible, no obstante, hacer algo distinto con ellos. En el caso de Denny’s, porejemplo, hubiera tenido que amonestarse a las camareras o a los directores desección que se dedicaban a discriminar a los negros. Pero, en lugar de eso,algunos jefes parecen haberles alentado, al menos tácitamente, a ejercer ladiscriminación (porque algunas de las políticas seguidas por la empresa —comoexigir que los clientes negros pagaran por anticipado o negarse a enviarfelicitaciones de cumpleaños a sus clientes negros, por ejemplo— eran abiertamenteracistas). Como dijo John P. Relman, el abogado que presentó la demanda contraDenny’s en nombre de los agentes negros del servicio secreto: «el equipodirectivo de Denny’s no quiso darse cuenta de lo que el personal estabahaciendo. Debe haber habido algún mensaje que permitió a los directores desección actuar siguiendo sus impulsos racistas». Pero todo lo que sabemos sobrelas raíces de los prejuicios y sobre la forma de eliminarlos sugiere que esprecisamente esta actitud —la de hacer oídos sordos— la que consiente ladiscriminación. En este contexto, no hacer nada significa dejar que el virusdel prejuicio se propague sin ofrecer resistencia alguna. Más fundamentaltodavía que los cursos de entrenamiento en la diversidad —o tal vez esencialpara que éstos logren su objetivo— es la posibilidad de cambiar de maneradecisiva las normas de funcionamiento de un grupo asumiendo, desde la cúspidedel organigrama hacia abajo, una postura activa en contra de cualquier forma dediscriminación. Tal vez, de este modo, los prejuicios no puedan erradicarse,pero lo que sí que puede eliminarse son los actos de prejuicio. Como dijo unejecutivo de IBM: «no podemos tolerar ningún tipo de menosprecio ni deinsulto. El respeto por los derechos de los individuos constituye un elementocapital de la cultura de IBM». Si la investigación sobre los prejuiciostiene alguna lección que ofrecernos para contribuir a establecer una culturalaboral más tolerante, ésta es la de animar a las personas a manifestarseclaramente en contra de los más pequeños actos de discriminación o acoso(contar chistes ofensivos o colgar calendarios de chicas ligeras de ropa queresultan degradantes para la mujer, por ejemplo). Un estudio descubrió que,cuando las personas de un grupo escuchan a alguien expresar prejuicios étnicos,los miembros del grupo tienden a hacer lo mismo. El simple acto de llamar a losprejuicios por su nombre o de oponerse francamente a ellos establece unaatmósfera social que los desalienta mientras que, por el contrario, hacer comosi no ocurriera nada equivale a autorizarlos. En este quehacer, quienes sehallan en una posición de autoridad desempeñan un papel fundamental, porque elhecho de no condenar los actos de prejuicio transmite el mensaje tácito de quetales actos son adecuados. Por el contrario, responder a esas acciones con unareprimenda transmite el poderoso mensaje de que los prejuicios no son algointrascendente sino que tienen consecuencias muy reales (y, por cierto, muynegativas).

Aquí también sonbeneficiosas las habilidades que proporciona la inteligencia emocional, no sóloen lo que se refiere a cuándo hay que hablar claro sino también en cuanto asaber como hacerlo. De hecho, este tipo de feedback debería transmitirsecon toda la sutileza de una crítica eficaz que pudiera escucharse sin despertarlas resistencias del receptor. Cuando los jefes y los compañeros hacen esto —oaprenden a hacerlo— de manera natural, los actos de prejuicio terminandesvaneciéndose.

Los más eficaces cursos deentrenamiento en la diversidad imponen un nuevo contexto explicito de reglasque deja los prejuicios fuera de lugar, alentando a los espectadoressilenciosos a manifestar sus malestares y sus objeciones. Otro ingredienteactivo de los cursos de entrenamiento en la diversidad consiste en asumir elpunto de vista del otro, una postura que fomenta la empatía y latolerancia, porque es más probable que uno se manifieste claramente en contrade algo cuando ha podido experimentarlo directamente en carne propia.

En resumen, pues, es máspráctico tratar de eliminar la expresión de los prejuicios que intentar cambiaresa actitud, puesto que los estereotipos cambian muy lentamente (si es que lohacen).

Como lo demuestran aquelloscasos en los que se ha tratado de eliminar la discriminación escolar y queterminaron generando más hostilidad intergrupal, el simple hecho de reunir a lagente procedente de diferentes grupos contribuye poco o nada a menoscabar laintolerancia. La multitud de programas de entrenamiento en la diversidad que sehan generalizado en el ámbito empresarial ha puesto de relieve que un objetivorealista consiste en cambiar las normas de funcionamiento de un grupo en el queoperan los prejuicios. Este tipo de programas sirven para promover en laconciencia colectiva la idea de que la intolerancia o el acoso no sonaceptables y no serán tolerados. Pero de eso a tener la esperanza poco realistade que esta clase de programas erradicará los prejuicios media un abismo.

Además, dado que losprejuicios constituyen una variedad del aprendizaje emocional, el reaprendizajees posible, aunque necesite tiempo y no pueda ser el resultado de un simplecursillo de entrenamiento en la diversidad. Lo que sí puede servir, en cambio,es la cooperación sostenida día tras día y el esfuerzo cotidiano hacia unobjetivo común entre personas procedentes de sustratos diferentes. Lo que nosenseñan las escuelas que promueven la integración racial es que, cuando elgrupo fracasa en este intento, se forman pandillas hostiles y se intensificanlos estereotipos negativos. Pero cuando los estudiantes trabajan en equipo comoiguales en la búsqueda de un objetivo común, como ocurre en los equiposdeportivos o en las bandas de música —y como también sucede naturalmente en elmundo laboral cuando las personas trabajan codo con codo a lo largo de losaños— los estereotipos terminan rompiéndose. No luchar en contra de losprejuicios en el puesto de trabajo supone además perder la ocasión deaprovechar las oportunidades creativas y empresariales que ofrece una fuerza detrabajo diversificada. Como veremos en la próxima sección, cuando un equipo detrabajo en el que participan recursos y perspectivas diferentes funcionaarmónicamente, es más probable que alcance soluciones más creativas y máseficaces que cuando esas mismas personas trabajan aisladamente.

LA SABIDURIA DELAS ORGANIZACIONES Y EL CI COLECTIVO

A finales de este siglo, untercio de la población laboral activa de los Estados Unidos serán «trabajadoresdel conocimiento», es decir, personas cuya productividad estará orientadahacia el aumento del valor de la información (va sea como analistas de mercado,escritores o programadores de ordenador). Peter Drucker, el eminente expertodel mundo empresarial que acuñó el término «trabajadores del conocimiento»,señala que la experiencia de estos trabajadores es altamente especializada y,dado que los escritores no son editores ni los programadores de ordenadores sondistribuidores de software, su productividad depende de la adecuadacoordinación de los esfuerzos individuales en el seno de un equipo. Hastaahora, la gente siempre ha trabajado en cadena pero, según Drucker, en el casode los trabajadores del conocimiento «la unidad de trabajo no será elindividuo sino el equipo». Por ese mismo motivo es por lo que la inteligenciaemocional —las habilidades que fomentan la armonía entre las personas— será unbien cada vez más preciado en el mundo laboral.

La forma más rudimentaria deequipo de trabajo organizativo es la reunión —ya sea en una sala de juntas, enuna sala de conferencias o en una oficina—, un elemento insoslayable deltrabajo de cualquier grupo de ejecutivos. La reunión —la confluencia depersonas en una misma habitación— no es sino una forma evidente y algoanticuada de trabajo, dado que las redes electrónicas, el correo electrónico,las teleconferencias, los equipos de trabajo, las redes informales, etcétera,están convirtiéndose en nuevas entidades funcionales dentro del mundoempresarial. Bien podríamos decir que si el organigrama jerárquico constituyeel esqueleto de una organización, estos componentes humanos constituyen susistema nervioso central.

Dondequiera que la gente sereúna a colaborar, ya sea en una reunión de planificación organizativa o en unequipo de trabajo que aspira a la creación de un producto común, existe unasensación muy real de una especie de CI grupal que constituye la suma total delos talentos y habilidades de todos los implicados. Y es este CI el quedetermina lo bien que cumplen con su cometido.

Pero el factor másimportante de la inteligencia colectiva no es tanto el promediode los CI académicos de sus componentes individuales como su inteligenciaemocional. En realidad, la verdadera clave del elevado CI de un grupo es suarmonía social. Es precisamente la capacidad de armonizar la que determina elque, manteniendo constantes todas las demás variables, un determinado grupo seaespecialmente diestro, productivo y eficaz mientras que otro —compuesto porindividuos cuyos talentos sean equiparables— obtenga resultados más pobres.

La idea de que existe unainteligencia grupal procede de Robert Sternberg, un psicólogo de Yale, y deWendy Williams, una estudiante graduada, que llevaron a cabo una investigaciónpara tratar de comprender los elementos que contribuyen a la eficacia de undeterminado grupo.« Después de todo, cuando las personas se reúnen paratrabajar en equipo, cada una de ellas aporta determinados talentos (como, porejemplo, la fluidez verbal, la creatividad, la empatía o la experienciatécnica). Y, si bien un grupo no puede ser «más inteligente» que la suma totalde los talentos de los individuos que lo componen, si que puede, en cambio, sermucho más estúpido en el caso de que su dinámica interna no potencie lostalentos de los implicados». Este axioma resultó evidente cuando Sternbergy Williams reclutaron a diversas personas para formar grupos que debíanenfrentarse al reto creativo de diseñar una campaña publicitaria eficaz para unedulcorante ficticio que se presentaba como un prometedor sustituto del azúcar.

Uno de los hallazgos mássorprendentes de aquella investigación fue que las personas que estabandemasiado ansiosas por formar parte del grupo terminaron convirtiéndose en unlastre que enlentecía su rendimiento global, porque eran demasiadocontroladores y dominantes. Estas personas parecían carecer de uno de loscomponentes fundamentales de la inteligencia social, la capacidad de reconocerlo que es apropiado y lo que no lo es en el toma y daca de la relación social.Otro factor claramente negativo fueron los pesos muertos, los individuos que noparticipaban.

El factor individual másimportante para maximizar la excelencia del funcionamiento de un grupo fue sucapacidad de crear un estado de armonía que les permitiera sacar el máximorendimiento del talento de cada uno de sus miembros. En este sentido, elrendimiento global de los grupos armoniosos era mayor cuando alguno de susintegrantes era especialmente diestro, algo que en los otros grupos en los queexistía mayor fricción interindividual parecía resultar más difícil decapitalizar. El ruido emocional y social —el ruido provocado por elmiedo, la ira, la rivalidad o el resentimiento— disminuye el rendimiento delgrupo mientras que la armonía, en cambio, permite que un grupo saque el máximoprovecho posible de las aptitudes de sus miembros más talentosos y creativos.

La moraleja de este cuentoes muy clara en lo que respecta al trabajo en equipo, pero también tieneimplicaciones más generales para cualquiera que trabaje en el seno de unaorganización.

Muchas de las cosas que lagente hace en su trabajo dependen de su capacidad para organizar una red difusade compañeros, y diferentes tareas pueden exigir la participación de diferentescomponentes de esa red. Y esto, a su vez, permite la creación de grupos adhoc, grupos compuestos especialmente para sacar el máximo rendimientoposible de los talentos, la experiencia y la situación de sus integrantes. Eneste sentido, la forma en que la gente puede «trabajar» una red —es decir,convertirla en un equipo provisional ad hoc— constituye un factorcrucial en el éxito en el mundo laboral.

Veamos, por ejemplo, unestudio sobre trabajadores «estrella» realizado en los mundialmente famososLaboratorios Bell. de Princeton, un lugar que concentra una densidad detalentos difícil de igualar. Ahí trabajan ingenieros y científicos cuyo CIacadémico es extraordinariamente elevado. Pero dentro de este pozo de talentos,algunos son verdaderas «estrellas» mientras que otros sólo alcanzan resultadosmás bien mediocres. Pues bien, la investigación demostró que la diferenciaentre unos y otros no radica tanto en su CI académico como en su CIemocional y que los trabajadores «estrella» eran personas más capaces demotivarse a sí mismas y más dispuestas a organizar sus redes informales enequipos ad hoc.

Los trabajadores «estrella»estudiados trabajaban en una división de la empresa que se dedicaba a crear ydiseñar los dispositivos electrónicos que controlan los sistemas telefónicos,un instrumento muy complicado de la ingeniería electrónica. La elevadacomplejidad de la tarea superaba tanto a la capacidad de cualquier individuoaislado que debía realizarse en equipos de 5 a 150 ingenieros, puesto que ningún ingenieroaislado sabía lo suficiente como para realizar a solas su trabajo y necesitabala colaboración y la experiencia de otras personas. Para descubrir ladiferencia existente entre los muy productivos y aquéllos otros que eranmediocres, Robert Kelley y Janet Caplan pidieron a los jefes y a los empleadosque seleccionaran entre el 10 y el 15% de los ingenieros que destacaban como«estrellas».

Como señalaron luego en la Harvard BusinessReview, cuando Kelley y Caplan compararon los resultados obtenidos por lostrabajadores «estrella» «en lo que respecta a un amplio espectro de medidascognitivas y sociales (desde la valoración del CI hasta los inventarios depersonalidad)» con los resultados logrados por los demás, no lograron detectarla menor diferencia innata significativa entre los dos grupos. «Lainvestigación demuestra, pues, que el talento académico —o el CI— no es un buenpredictor de la productividad en el puesto de trabajo.» Pero después dellevar a cabo detalladas entrevistas comenzó a vislumbrarse que las diferenciascriticas tenían que ver con las estrategias internas e interpersonalesutilizadas por los «estrella» para realizar su trabajo. Una de las másimportantes resultó ser el tipo de relación que se establece con una red depersonas clave.

Las cosas van mucho mejorpara las personas «estrella» porque éstas dedican más tiempo a cultivar buenasrelaciones con las personas cuyos servicios pueden resultar más críticamentenecesarios. «Un trabajador medio en los Laboratorios Bell hablaba de quedarseperplejo por un problema técnico.» Según Kelley y Calan: «él llamó entonces avarios gurús técnicos y luego esperó su respuesta postal o electrónica,perdiendo así un tiempo valiosísimo». Los trabajadores «estrella», por suparte, pocas veces deben enfrentarse a estas situaciones porque se ocupan deestablecer esas redes fiables antes de que realmente las necesiten y cuandopiden consejo a alguien casi siempre obtienen una respuesta más rápida».

Las redes informalesson especialmente interesantes para resolver problemas imprevistos. «Laorganización formal se establece para solucionar problemas fácilmenteanticipables —afirma un estudio de este tipo de redes—, pero cuando aparecenlos problemas inesperados, la organización informal suele volverse inoperante.La red compleja de vínculos sociales informales se formaliza a lo largo deltiempo en redes sorprendentemente estables. Altamente adaptativas, las redesinformales se mueven diagonal y elípticamente, saltándose pasos enteros delorganigrama para conseguir que las cosas funcionen debidamente.»

El análisis de las redesinformales muestra que, del mismo modo que quienes trabajan codo con codo nonecesariamente se confían información especialmente sensible (como, porejemplo, el deseo de cambiar de trabajo o el resentimiento sobre elcomportamiento de los jefes o de otros compañeros), menos lo harán todavía encaso de situaciones críticas. En realidad, un examen más preciso muestra que almenos existen tres variedades de redes informales: las redes de comunicación(quién habla con quién); las redes de experiencia (basadas en las personas a quienesse pide consejo) y las redes de confianza. Los nudos principales de las redesde experiencia suelen ser las personas que tienen una reputación de excelenciatécnica que a menudo les conduce al ascenso en el escalafón laboral. Pero nohay mucha relación entre ser un experto y ser considerado como alguien a quienconfiar los secretos, las dudas y las debilidades. Un jefe mezquino o tiránicopuede ser alguien sumamente experto pero la confianza que despertará en sussubordinados será tan baja que saboteará su capacidad directiva y quedaráexcluido de las redes informales. Los trabajadores «estrella» de unaorganización suelen ser aquéllos que han establecido sólidas conexiones entodas las redes, sean de comunicación, de experiencia o de confianza.

Además del dominio de estasredes convencionales, existen también otras formas de sabiduría organizativa.Por ejemplo, los trabajadores «estrella» de los Laboratorios Bell hanconseguido coordinar eficazmente sus esfuerzos en el trabajo en equipo; son losmejores en lograr el consenso; son capaces de ver las cosas desde laperspectiva de los demás (como los clientes u otros compañeros de trabajo),y son persuasivos y promueven la cooperación al tiempo que evitan losconflictos. Mientras todo esto descansa en las habilidades sociales, lostrabajadores «estrella» también desplegaron otro tipo de maestría: tomariniciativas —tener la suficiente motivación como para asumir lasresponsabilidades derivadas de su trabajo y más allá de él— y disponer delautocontrol necesario como para organizar adecuadamente su tiempo y su trabajo.Todas estas habilidades, obviamente, forman parte de la inteligencia emocional.

Existe, por tanto, unafuerte evidencia de que el descubrimiento realizado en los Laboratorios Bellaugura un futuro en el que las habilidades básicas de la inteligencia emocional—el trabajo en equipo, la colaboración entre los individuos y el aprendizaje deuna mayor eficacia colectiva— serán cada vez más importantes. En la medida enque los servicios basados en el conocimiento y el capital intelectual vayanconvirtiéndose en un factor más decisivo en las organizaciones, la forma en quela gente colabore entre sí irá convirtiéndose también en una auténtica ventajaintelectual. Así pues, el crecimiento y hasta la misma supervivencia de laorganización depende, en definitiva, del aumento de la inteligenciaemocional colectiva.

11. LA MENTE Y LA MEDICINA

—¿,Quién le enseñó eso, doctor?
—El sufrimiento —respondió en seguida el médico.

Albert Camus, La peste

 

Un ligero dolor en la ingleme obligó a visitar al médico. Todo parecía muy normal hasta que el análisis deorina reveló la presencia de rastros de sangre.

—Quisiera que fuera alhospital a que le hicieran una citología renal —me comentó el doctor, con tonodistante.

No recuerdo nada de lo quedijo a continuación porque mí mente pareció quedarse atrapada en la palabracitología... ¡cáncer!

Sólo tengo un recuerdo muyvago de lo que me dijo acerca del día y el lugar en que debía hacerme laprueba. Y, aunque se trataba de unas indicaciones muy sencillas, tuvo querepetírmelas tres o cuatro veces porque mi mente parecía resistirse a olvidarla palabra citología y me sentía como si me acabaran de atracar frente a lapuerta de mi propia casa.

Pero ¿de dónde provenía unareacción tan desproporcionada?

El médico se había limitadoa hacer su trabajo tratando de rastrear todas las posibles ramificaciones quele permitieran emitir un buen diagnóstico. Poco importaba, en aquel momento,que la probabilidad racional de padecer cáncer fuera mínima, porque el reino dela enfermedad está dominado por la emoción y por el miedo. Nuestra fragilidademocional ante la enfermedad se asienta en la creencia de que somosinvulnerables, una creencia que la enfermedad -especialmente la enfermedad grave—hace añicos, destruyendo así la seguridad e invulnerabilidad de nuestrouniverso privado y volviéndonos súbitamente débiles, desamparados e indefensos.

El problema estriba en queel personal sanitario se ocupa de las dolencias físicas pero suele descuidarlas reacciones emocionales de sus pacientes. Y esta falta de atención hacia larealidad emocional del enfermo soslaya la creciente evidencia que demuestra elpapel fundamental que desempeña el estado emocional en la vulnerabilidad a laenfermedad y en la prontitud del proceso de recuperación. Lamentablemente, sinembargo, la atención médica moderna no suele caracterizarse por seremocionalmente muy inteligente.

El hecho es que laentrevista con una enfermera o con un médico debería ser una oportunidad paraobtener una información tranquilizadora, amable y afectuosa y no, como sueleocurrir, una invitación a la desesperanza. No es infrecuente que losprofesionales clínicos tengan demasiada prisa o se muestren indiferentes antela angustia de sus pacientes. A decir verdad, también hay enfermeras y médicoscompasivos que dedican tiempo a tranquilizar, informar y medicar de la maneraadecuada, pero la tendencia general parece abocarnos a un universo profesionalen el que los imperativos institucionales transforman al personal sanitario enalguien demasiado indiferente a la vulnerabilidad de sus pacientes o demasiadopresionado como para poder hacer algo al respecto. Y, si tenemos en cuenta lacruda realidad de un sistema sanitario cada vez más mediatizado por lascuestiones económicas, no parece que las cosas vayan a mejorar.

Más allá de las motivacioneshumanitarias de que la labor del médico consiste tanto en cuidar como en curar,existen otras importantes razones que nos inducen a pensar que la realidad psicológicay sociológica de los pacientes compete también al dominio de la medicina.Existen pruebas claras de que la eficacia preventiva y curativa de la medicinapodría verse potenciada si no se limitara a la condición clínica de lospacientes sino que tuviera también en cuenta su estado emocional. Obviamente,esto no es aplicable a todos los individuos y a todas las condiciones, pero elanálisis de los datos procedentes de miles de casos nos permite afirmar hoy,sin ningún género de dudas, las ventajas clínicas que conlleva una intervenciónemocional en el tratamiento médico de las enfermedades graves.

Históricamente hablando, lamedicina moderna se ha ocupado de la curación de la enfermedad (del desordenclínico) dejando de lado el sufrimiento (la vivencia que el paciente tiene desu enfermedad). Los pacientes, por su parte, se han visto obligados a compartireste punto de vista y a sumarse a una conspiración silenciosa que trata deocultar las reacciones emocionales suscitadas por la enfermedad o a desdeñaríascomo algo completamente irrelevante para el curso de la misma, una actitud quese ve reforzada, asimismo, por un modelo médico que rechaza de pleno la ideamisma de que la mente tenga alguna influencia significativa sobre el cuerpo.

No obstante, en el poloopuesto nos encontramos con una ideología igualmente contraproducente, lacreencia de que somos los principales artífices de nuestras enfermedades, lacreencia de que basta con afirmar que somos felices y salmodiar una retahíla deafirmaciones positivas para curarnos de las más graves dolencias. Pero estapanacea retórica que magnifica la influencia de la mente sobre la enfermedad nohace sino crear más confusión y aumentar la sensación de culpabilidad delpaciente, como si la enfermedad fuera el testimonio palpable de un estigmamoral o de una falta de valía espiritual.

La actitud justa está entreambos extremos. Trataré, a continuación, de revisar la información científicadisponible para poner de relieve estas contradicciones y aclarar con más precisiónel peso de las emociones —y, en consecuencia, de la inteligencia emocional— enel curso de la salud y de la enfermedad.

«LA MENTE DELCUERPO»: RELACIÓN ENTRE LAS EMOCIONES Y LA SALUD

Un descubrimiento realizadoen 1974 en el laboratorio de la Facultad de Medicina y Odontología de la Universidad deRochester nos obligó a recomponer el mapa biológico que hasta aquel momentoteníamos sobre el cuerpo. El psicólogo Robert Ader descubrió que, al igual queel cerebro, el sistema inmunológico también es capaz de aprender, un hallazgociertamente sorprendente porque el conocimiento médico imperante por aquelentonces sostenía que el cerebro y el sistema nervioso central eran los únicoscapaces de adaptarse a las exigencias del medio modificando su comportamiento.El hallazgo realizado por Ader inauguró una investigación que permitiódescubrir las múltiples vías de comunicación existentes entre el sistemanervioso y el sistema inmunológico, las miles de conexiones biológicas quemantienen estrechamente relacionados la mente, las emociones y el cuerpo.

En este experimento, Aderadministró a varias ratas blancas una medicación —que iba acompañada de laingesta de agua edulcorada con sacarina— que disminuía artificialmente lacantidad de leucocitos T (destinados a combatir la enfermedad). Pero Aderdescubrió, no obstante, que la mera administración de agua con sacarina —sinningún tipo, por tanto, de medicación inhibidora— seguía provocando un descensotal del número de células que algunas ratas terminaron enfermando y muriendo.Este experimento demostró que el sistema inmunológico había aprendido aresponder al agua con sacarina, algo que, según el criterio científicoprevalente, carecía de todo sentido.

Según el neurocientíficoFrancisco Varela, de la Escuela Politécnica de Paris, el sistema inmunológicoconstituye el «cerebro del cuerpo», el que define su sensación de identidad, delo que le pertenece y lo que no le pertenece.’ Las células inmunológicas sedesplazan por todo el cuerpo con el torrente sanguíneo, estableciendo contactocon casi todas las células del organismo y atacándolas cuando no las reconoce,cumpliendo así con la función de defendernos de los virus, las bacterias o elcáncer. Pero también puede darse el caso de que las células inmunológicasinterpreten equivocadamente el mensaje de ciertas células del cuerpo y terminenocasionando una enfermedad autoinmune, como la alergia o el lupus, por ejemplo.Hasta el día en que Ader realizó su imprevisto descubrimiento, los fisiólogos,los médicos y hasta los biólogos consideraban que el cerebro (con susdiferentes ramificaciones a través del cuerpo vía sistema nervioso central) yel sistema inmunológico eran entidades independientes y. por tanto, incapacesde influirse mutuamente. Según los conocimientos disponibles desde hacía unsiglo, no existía ningún tipo de comunicación entre los centros cerebrales quecontrolan el sabor y aquellas regiones de la médula ósea encargadas de lafabricación de leucocitos.

En los años transcurridosdesde entonces, el modesto descubrimiento realizado por Ader ha obligado acambiar radicalmente nuestro criterio sobre las relaciones existentes entre elsistema inmunológico y el sistema nervioso central, dando origen a una nuevaciencia, la psiconeuroinmunologia (o PNI), actualmente en la vanguardia de lamedicina. El mismo nombre de esta nueva ciencia da cuenta del vinculo existenteentre la «mente» (psico), el sistema neuroendocrino (neuro) —que subsume elsistema nervioso y el sistema hormonal— y el término inmunología, que se refiere,obviamente, al sistema inmunológico.

A partir de entonces, unaserie de investigadores ha descubierto que los mensajeros químicos más activos,tanto en el cerebro como en el sistema inmunológico, se concentran en lasregiones nerviosas encargadas del control de las emociones? David Felten,colega de Ader, nos ha proporcionado algunas de las pruebas más concluyentes afavor de la existencia de un vinculo fisiológico directo entre las emociones yel sistema inmunológico. Felten comenzó observando que las emociones tienenun efecto muy poderoso sobre el sistema nervioso autónomo (encargado, entreotras cosas, de regular la cantidad de insulina liberada en la sangre y latensión arterial). Trabajando con su esposa Suzanne y otros colegas, Feltenlogró determinar el lugar concreto en el que, por decirlo así, el sistemanervioso se comunica directamente con los linfocitos y las células macrófagasdel sistema inmunológico. En sus observaciones realizadas con el microscopioelectrónico, Felten descubrió también la existencia de conexiones directasentre las terminaciones nerviosas del sistema nervioso autónomo y las célulasdel sistema inmunológico. Este punto físico de contacto permite a las célulasnerviosas liberar los neurotransmisores que regulan la actividad de las célulasinmunológicas (aunque, en realidad, la comunicación se establece en ambos sentidos),un hallazgo ciertamente revolucionario porque hasta la fecha nadie habíasospechado siquiera que las células del sistema inmunológico pudieran ser elblanco de mensajes procedentes del sistema nervioso.

Para determinar con mayorprecisión la importancia de estas terminaciones nerviosas en el funcionamientodel sistema inmunológico, Felten dio un paso más allá y llevó a cabo diferentesexperimentos con animales a los que extrajo algunos de los nervios de losnódulos linfáticos y del bazo, en donde se elaboran y almacenan las célulasinmunológicas, y luego les inoculó varios virus para tratar de verificar larespuesta de su sistema inmunológico. El resultado de esta investigaciónconstató un espectacular descenso en la respuesta inmunológica frente al ataquevírico. La conclusión de Felten es que, a falta de estas terminacionesnerviosas, el sistema inmunológico es incapaz de responder como debiera anteuna invasión vírica o bacteriana. Así pues, en resumen, el sistema nervioso nosólo está relacionado con el sistema inmunológico sino que cumple con un papelesencial para que éste desempeñe adecuadamente su función.

Otro factor fundamental enla relación existente entre las emociones y el sistema inmunológico está ligadoa las hormonas liberadas en situaciones de estrés. Las catecolaminas(epinefrina y norepinefrina, llamadas también adrenalina y noradrenalina), elcortisol, la prolactina y los opiáceos naturales (como, por ejemplo, la-endorfinay la encefalina) son algunas de las hormonas liberadas en situaciones detensión que tienen una gran influencia sobre las células del sistemainmunológico. Aunque las relaciones concretas existentes entre estas hormonas yel sistema inmunológico resultan muy difíciles de precisar, no cabe la menorduda de que su presencia entorpece el adecuado funcionamiento de las célulasinmunológicas. El estrés, por consiguiente, disminuye la resistenciainmunológica, al menos de forma provisional, tal vez como una estrategia deconservación de la energía necesaria para hacer frente a una situación queparece amenazadora para la supervivencia del individuo. Pero, en el caso de queel estrés sea intenso y prolongado, la inhibición puede terminar convirtiéndoseen una condición permanente. ¿A partir del momento en que se hizo evidente larelación entre el sistema nervioso y el sistema inmunológico? los microbiólogosy otros científicos en general han seguido descubriendo cada vez más conexionesentre el cerebro, el sistema cardiovascular y el sistema inmunológico.

LAS EMOCIONES TOXICAS: DATOS CLINICOS

Pero, a pesar de talespruebas, la inmensa mayoría de los médicos siguen mostrándose renuentes aaceptar la relevancia clínica de las emociones. Si bien es cierto que existennumerosas investigaciones que demuestran que el estrés y las emocionesnegativas debilitan la eficacia de distintos tipos de células inmunológicas, nosiempre queda claro que su alcance establezca algún tipo de diferencia clínica.

Pero el hecho es que cadavez son más los médicos que reconocen la incidencia de las emociones en eldesarrollo de la enfermedad. El doctor Camran Nezhat, eminente cirujanoginecológico de la Universidad de Stanford, afirma que «cuando una mujer a quienvoy a intervenir quirúrgicamente me dice que tiene miedo, postergo de inmediatola intervención», y luego prosigue diciendo «todos los cirujanos saben quela gente muy asustada no responde adecuadamente a una intervención quirúrgica,ya que tienden a sangrar en exceso, son más propensos a las infecciones y a lascomplicaciones y tardan más tiempo en recuperarse. Es mucho mejor, por tanto,que el paciente se halle completamente sereno».

Es evidente que el pánico yla ansiedad aumentan la tensión arterial y que, en consecuencia, las venasdilatadas por la presión sanguínea sangran más profusamente cuando sonseccionadas por el bisturí del cirujano. El sangrado excesivo —recordémoslo—constituye una de las principales complicaciones a las que se enfrenta todaintervención quirúrgica, una complicación que a veces puede terminarconduciendo hasta la misma muerte.

Pero más allá de estos datosanecdóticos cada vez es mayor la información que subraya la importancia clínicade las emocines. Es posible que los datos más convincentes al respecto procedande un metaanálisis que revisa los resultados de 101 investigaciones llevadas acabo con miles de personas. Este metaestudio confirma hasta qué punto resultannocivas para la salud las emociones perturbadoras « y demuestra que laspersonas que sufren de ansiedad crónica, largos episodios de melancolía ypesimismo, tensión excesiva, irritación constante, y escepticismo ydesconfianza extrema, son doblemente propensas a contraer enfermedades como elasma, la artritis, la jaqueca, la úlcera péptica y las enfermedades cardíacas(cada una de la cuales engloba un amplio abanico de dolencias)». Lasemociones negativas son, pues, un factor de riesgo para el desarrollo de laenfermedad, similar al tabaquismo o al colesterol en lo que concierne a lasenfermedades cardíacas. En resumen, pues, las emociones negativasconstituyen una seria amenaza para la salud.

Habría que matizar, porúltimo, que la presencia de una amplia correlación estadística no significa, enmodo alguno, que todas las personas que experimentan estos sentimientoscrónicos terminen siendo presa de alguna de estas enfermedades, pero laevidencia del papel que desempeñan las emociones es, con mucho, más amplia delo que nos sugiere este metaestudio. Si prestamos atención a los datosrelativos a emociones concretas, especialmente a las tres principales —la ira,la ansiedad y la depresión—, no cabe la menor duda de la relevancia clínica delas emociones, aun cuando los mecanismos biológicos concretos mediante los cualesactúan todavía no hayan sido completamente elucidados.

Cuando la ira resulta suicida

Un golpe lateral en suvehículo le llevó a emprender una frustrante y estéril peregrinación. Primerotuvo que cumplimentar tediosos formularios en la compañía de seguros y, despuésde demostrar que la carrocería de su coche había resultado seriamente dañada yque el responsable del accidente era el conductor del otro vehículo, todavíatuvo que pagar 800 dólares. Después de aquel incidente llegó a sentirse tan malque el simple hecho de coger el coche bastaba para enojarle. Finalmente se vio enla obligación de vender su automóvil. Años más tarde, el mero recuerdo deaquella situación bastaba para hacerle palidecer de rabia.

Este desagradable incidenteforma parte de un estudio llevado a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad deStanford sobre los efectos de la irritabilidad en los pacientes aquejados deuna enfermedad cardiaca. El objeto del estudio —realizado sobre sujetosque, al igual que el hombre que acabamos de mencionar, habían padecido unataque cardíaco— era el de averiguar el impacto del enfado sobre la actividad cardiaca.El resultado fue sorprendente porque, en el mismo momento en que los pacientesrelataban los incidentes que les habían hecho sentirse furiosos, la eficacia desu bombeo cardíaco (denominada también, en ocasiones, «fracción de eyección»)descendió un 5% y, en algunos casos, hasta el 7% o incluso más, un indicadorque los cardiólogos consideran un síntoma de isquemia del miocardio, un peligrosodescenso en la cantidad de sangre que llega al corazón.

Este descenso en la eficaciadel bombeo cardíaco no ha sido constatado, en cambio, en presencia de otrassensaciones perturbadoras, como la ansiedad, por ejemplo, ni tampoco durante elejercicio físico. El enojo, pues, parece ser una de las emociones más dañinaspara el corazón. Y eso que, según relataron los afectados, el recuerdo delincidente problemático no les enfurecía ni la mitad de lo que lo habían estadocuando sucedió el incidente, un dato que demuestra que, en el curso de lasituación real, su corazón se hallaba mucho más afectado.

Este descubrimiento seinserta en un conjunto de pruebas mucho más amplio extraído de una docena deestudios que subrayan el efecto dañino del enfado para el corazón. El antiguopunto de vista al respecto no aceptaba fácilmente que la personalidad tipo A—la persona que siempre tiene prisa y que padece una elevada tensión sanguínea—constituye un grave factor de riesgo para las enfermedades cardíacas, pero losnuevos descubrimientos realizados al respecto demuestran hoy que lairritabilidad constituye un claro factor de riesgo.

Muchos de los datos de quedisponemos sobre la irritabilidad proceden de la investigación realizada por eldoctor Redford Williams de la Universidad de Duke. Por ejemplo, Williams descubrió que losmédicos que obtuvieron las puntuaciones más elevadas en un test de hostilidadrealizado cuando todavía eran estudiantes mostraban, alrededor de los cincuentaaños, un índice de mortalidad siete veces mayor que quienes habían obtenidopuntuaciones más bajas. La tendencia al enfado constituye, pues, un predictormejor del índice de mortalidad temprana que otros factores de riesgo tales comofumar, un nivel elevado de tensión arterial o el índice de colesterol en lasangre. Por su parte, las angiografías —una operación en la que se inserta uncatéter en la arteria coronaria para cuantificar sus posibles lesiones—realizadas por el doctor John Barefoot, de la Universidad deCarolina del Norte, ayudaron a demostrar la existencia de una elevadacorrelación entre los resultados del test de hostilidad y la gravedad de lalesión coronaria.

Con ello no estamosafirmando en modo alguno que la irritabilidad termine ocasionando unaenfermedad coronaria, sino sólo que constituye un factor de riesgo más quetener en cuenta.

Como me explicó Peter Kaufman, director interino del Behavioral MedicineBranch of the National Heart. Lung,and Blood lnstitute: «aún no estamos en condiciones de afirmar rotundamente queel enfado y la hostilidad desempeñan un papel determinante en las primerasfases del desarrollo de una enfermedad coronaría, si contribuyen a intensificarel problema una vez que éste se ha manifestado o ambas cosas a la vez.»Tengamos en cuenta que cada nueva explosión de ira aumenta la frecuencia cardiacay la tensión arterial, forzando así al corazón a un sobreesfuerzo adicionalque, en el caso de repetirse asiduamente, puede terminar resultando sumamenteperjudicial, especialmente si consideramos también que la fuerza del flujosanguíneo que discurre por la arteria coronaria a cada latido en estascircunstancias «puede dar lugar a microdesgarros de los vasos sanguíneos, quefavorecen el desarrollo de la placa. En el caso de las personas crónicamenteenojadas, la aceleración habitual del ritmo cardíaco y la elevada presiónarterial pueden terminar consolidando, en un período aproximado de treintaaños, una placa arterial que contribuya a la aparición de la enfermedadcoronaria».

Como lo demuestra el estudiode los recuerdos irritantes de este tipo de enfermos, los mecanismosdesencadenados por el enojo afectan directamente a la eficacia del bombeocardíaco, una situación que convierte al enfado en un factor especialmentenocivo para las personas que se hallan aquejadas de una enfermedad coronaria.Un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Stanford sobre 1.110 personas que,tras padecer un primer ataque cardíaco fueron sometidas a un seguimiento de másde ocho anos. puso de manifiesto que la propensión a la agresividad y a lairritabilidad aumenta el riesgo de sufrir nuevos ataques. Este resultado fueconfirmado posteriormente por otra investigación realizada en la Facultad de Medicina deYale sobre 999 personas que habían sufrido un ataque cardíaco y que tambiénfueron sometidas a un seguimiento, esta vez de diez años. El resultado de estainvestigación demostró que las personas especialmente susceptibles al enfadoeran tres veces más proclives —y cinco veces mas, en el caso de que su nivel decolesterol fuera también elevado— a experimentar un paro cardíaco que laspersonas más tranquilas.

No obstante, losinvestigadores de Yale señalan que la irritabilidad no es el único factor queaumenta el riesgo de muerte por enfermedad cardiaca, sino que también lo sonlas emociones negativas intensas de todo tipo que regularmente liberan hormonasestresantes en el torrente sanguíneo. Pero hay que decir que, como demuestra unestudio realizado en la Facultad de Medicina de Harvard en el que se pidió a más demil quinientas personas que habían sufrido un ataque al corazón quedescribieran el estado emocional en que se hallaban en las horas previas alataque, la irritabilidad representa el caso más evidente de la estrecha relaciónexistente entre las emociones y las enfermedades del corazón. Este estudiodemostró que el enfado duplica las probabilidades de que quienes sufren unaenfermedad del corazón experimenten un paro cardiaco, y que este incremento delriesgo perdura hasta unas dos horas después de que el enfado haya desparecido.

Pero este descubrimiento noimplica que debamos tratar de eliminar el enfado cuando éste resulte apropiado,puesto que también existen pruebas de que su represión aumenta la agitacióncorporal y la tensión arteriales Por otro lado, como hemos visto en el capítulo5, el hecho de expresar el enfado contribuye a alimentarlo, haciendo másprobable este tipo de respuesta frente a cualquier situación problemática. Enopinión de Williams, la aparente paradoja existente entre el hecho de expresar ono el enfado carece de toda importancia, porque lo verdaderamente importanteradica en la cronicidad o no de este estado de ánimo. La expresión ocasional dela hostilidad no resulta peligrosa para la salud; el problema surge cuando lairritabilidad se hace tan constante como para permitirnos adscribir al sujeto aun tipo de personalidad hostil, un estilo personal anclado en la desconfianza yel escepticismo y propenso a las críticas sarcásticas y humillantes, así como alos accesos de mal humor. Pero el hecho es que la irritabilidad crónica nosupone necesariamente una sentencia de muerte sino que, por el contrario,constituye un hábito y que, como tal, puede ser modificado. En este sentido,resulta relevante el resultado de un programa desarrollado en la Facultad de Medicina de la Universidad deStanford y dirigido a un grupo de pacientes que habían sufrido un ataquecardíaco con la intención de ayudarles a moderar las actitudes que les hacíanproclives al mal genio. Este entrenamiento en el control del enfado condujo auna disminución del 44% en la incidencia de nuevos ataques cardíacos encomparación con aquellos otros pacientes que no se habían sometido a él. Otroprograma concebido por Williams arrojó resultados igualmenteesperanzadores  El programa de Williams,al igual que el de Stanford, tiene por objeto enseñar los rudimentos básicos dela inteligencia emocional, especialmente en lo que concierne al desarrollo dela empatía y a la atención a los síntomas menores del enfado apenas seadvierta su presencia. Este programa pide a los participantes que hagan elesfuerzo decidido de anotar los pensamientos escépticos u hostiles en el mismomomento en que se presenten. En el caso de que éstos persistan, el sujeto debetratar de interrumpirlos diciendo (o pensando) «¡alto!» y, a continuación, debetratar de reemplazarlos por otros más positivos. En el caso, por ejemplo, deque el ascensor se retrase, uno debería tratar de buscar una explicaciónpositiva en lugar de enojarse por la falta de cuidado de la persona a quien unosupone responsable y, por ejemplo, en lo que respecta a los encuentrosinterpersonales frustrantes, los pacientes deben desarrollar la capacidad dever las cosas desde el punto de vista de la otra persona. La empatía, en suma,constituye un auténtico bálsamo para el enfado.

Como me dijo Williams: «elantídoto más adecuado contra la irritabilidad consiste en el desarrollo de unaactitud más confiada. Todo lo que se requiere es una motivación adecuada, perocuando las personas comprenden que su irritación puede conducirles rápidamentea la tumba, se encuentran mucho más predispuestas a intentarlo».

El estrés: la ansiedad desproporcionada e inoportuna

«Me sentía continuamenteansiosa y tensa, una situación que empezó mientras estaba en el instituto y erauna excelente estudiante. Entonces comencé a preocuparme por las notas, loshorarios y la relación con los profesores y mis compañeros. Mis padres mepresionaban para que me esforzara todavía más y para que me convirtiera en unaestudiante modelo... Supongo que entonces sencillamente me derrumbé ante tantapresión, porque mis problemas digestivos comenzaron durante el último año deinstituto. Desde aquella época he tenido que evitar el café y las comidaspicantes. y cuando me siento inquieta o tensa, noto como si el estómago meardiera, y cada vez que estoy preocupada siento náuseas».

Según la experienciacientífica disponible, es muy posible que la ansiedad —la angustia ocasionadapor las presiones de la vida— sea la emoción que se halle más relacionada conel inicio y el proceso de recuperación de una enfermedad. Desde un punto devista evolutivo, la ansiedad tal vez resultara útil cuando cumplía con lafunción de predisponemos a afrontar algún tipo de peligro, pero en la vida modernasuele manifestarse de forma desproporcionada e inoportuna. En tal caso, laangustia no constituye tanto una respuesta de activación ante un peligro realcomo una reacción ante un

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publicado por hacheaefe a las 10:28 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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